Apología de la eutanasia

Publicado febrero 18, 2017 por arivolovich
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(Texto publicado en La Razón)

Para Lea Volovich

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“¿Es tu voluntad morir hoy?”, pregunta la enfermera de Michèle Causse —escritora, crítica y traductora francesa quien debido a una enfermedad ósea que la aquejaba a lo largo de años, decidió ponerle fin a su sufrimiento en 2010— al tiempo que le muestra una copa con pentobarbital sódico que sostiene con las puntas de sus dedos. “Es mi voluntad”, responde Michèle sin chistar, recostada en una cama con un semblante que irradia vida y dueña de un refinado sentido del humor que conserva hasta su último aliento. “Porque si te tomas este medicamento vas a caer en un sueño y eventualmente morirás”, enfatiza la enfermera para terminar con la parte protocolaria del procedimiento y entregarle el recipiente a Causse, cuya mirada se ilumina enseguida con esa excitación que surca el rostro de todo viajero. “Si ven que empiezo a babear, por favor detengan la grabación. Después de todo, aún conservo mi honor”, agrega Causse en un tono picaresco, después de ingerir el coctel tóxico y despedirse de su enfermera y compañera sin el menor atisbo de solemnidad, como muestra el documental que retrata su proceso de suicidio asistido por la clínica Dignitas: una de seis agrupaciones suizas que defienden el derecho a una muerte digna y que resalta por ser la más grande como también porque es accesible para ciudadanos suizos y extranjeros por igual, al menos para aquellos que puedan costearlo.

Michelle figura entre los más de mil europeos que viajan a Suiza cada año para ejercer su derecho a una muerte digna; para hacer con su vida lo que ellos juzguen necesario.

Dignidad es un término complejo —señala Arnoldo Kraus, médico clínico, reumatólogo, escritor y uno de los activistas más férreos en pro de la eutanasia en México—. Eutanasia es quizás la acción que más se asocia con, y motiva la reflexión sobre, el concepto dignidad. Las definiciones no ayudan. Las de la Real Academia Española, cuando se trata de seres humanos, no sirven. En su Diccionario de la lengua española enumeran ocho conceptos. Copio tres: 1. Calidad de digno. 2. Excelencia, realce. 3. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Los restantes poco ilustran.

El tema es complejo. Son varios los motivos. El fundamental es la mirada que cada ser humano tiene acerca de su vida, de su amor propio, y de los medios y formas gracias a los cuales “vive su existencia” y confronta sus problemas.

Otros factores provienen de las modificaciones asociadas al envejecimiento. La dignidad de un joven no corresponde a la de un viejo; el primero, cuando la situación social lo permite, finca sus esfuerzos en conseguir los medios para instalarse en la vida. Los ancianos buscan acomodar las pérdidas propias de la edad a la realidad y se esmeran en contar con suficiente dinero para sortear sus problemas de salud y manutención para no depender de otros.

Economía y dignidad se entrecruzan. Para los pobres subsistir es el reto; resolver los avatares cotidianos —comer, medicamentos, agua en casa— es lucha diaria. En esa lid, la dignidad tiene otras lecturas, todas supeditadas a la supervivencia. Brecht tiene razón, “Primero comer, después la moral”. Las personas adineradas tienen más oportunidades de construir su dignidad y de ocuparse, o no, de la dignidad de los otros; pueden pensar en eutanasia, los pobres no: son víctimas de “eutanasia social” —morir en la calle, dejar recién nacidos en la vía pública—, y carecen de dinero para atenderse en unidades de terapia intensiva —anota Kraus en un texto publicado por la revista Nexos en junio de 2015.

A pesar de tratarse de un derecho humano fundamental, Dignitas —fundada en 1998 por el abogado y miembro de la Sociedad Suiza para la Convención de los Derechos Humanos, Ludwig Minelli— forma parte de las escasas opciones disponibles para quienes buscan ponerle fin a su sufrimiento sin la necesidad de recurrir a métodos convencionales y sumamente dolorosos, sin mencionar la estela traumática que los suicidios violentos dejan detrás de sí.

El mayor obstáculo para el progreso deseado en esta materia proviene de las instituciones religiosas, respaldadas por los políticos en turno. Lo mismo que objetores de conciencia que carecen de un elemento esencial para emitir sus juicios: el conocimiento empírico y la consecuente empatía humana.

EL TABÚ DE LA EUTANASIA

Arnoldo Kraus ilustra muy bien uno de los impactos negativos que esto supone: “El rechazo a la eutanasia activa y al suicidio asistido proviene de la fe, de las religiones, que pregonan un dios que da la vida, por lo que sólo él puede quitarla; esa idea ha complicado que la gente voltee a ver otra posibilidad”.

Comparto este fragmento de Los suicidas de Antonio Di Benedetto, a propósito de la postura de la religión frente al suicidio:

Principio católico fundamental: Únicamente Dios da y quita. Viejo Testamento y Nuevo Testamento: No condenan expresamente el suicidio. / Conjetura generalizada (y errónea): No hacía falta, en los tiempos bíblicos casi nadie se suicidaba. / Casos en las Escrituras: Sansón, Saúl y poquísimos más.

Mandamiento sustancialmente invocado: “No matarás”. Se considera que incluye el suicidio. / San Agustín: No matarás a otro ni a ti mismo. Otro argumento de San Agustín: Puesto que ninguna ley permite a nadie matar por su propia autoridad, el suicida es un homicida.

Posición de la Iglesia —Concilio de Arles, año 452: El suicidio es un crimen; sólo puede ser consecuencia del furor diabólico. Concilio de Praga, año 563: Los suicidas no serán honrados en misa con ninguna conmemoración, el canto de los salmos no acompañará los cuerpos a su tumba.

Santo Tomás, interpretado por Sciacca: “No se ama ordenadamente a sí mismo el que se da voluntariamente la muerte, por cuanto se considera dueño de la vida que Dios le ha dado, se revela a la voluntad de su Señor y Padre, comete pecado mortal y se priva de la salvación eterna”.

La despenalización de la eutanasia es un asunto de altísima prioridad, si tomamos en cuenta que alrededor de veinte millones de personas requieren de cuidados paliativos anualmente (según cifras de la OMS). No obstante, la eutanasia permanece en calidad de tabú hasta nuestros días.

“No discutimos razones morales. ¿Qué moral? ¿La católica? ¿La musulmana? ¿La budista? Nosotros trabajamos sobre la base atea de autodeterminación” —afirma Ludwig Minelli, para espantar el oscurantismo inherente a la religión.

UNA DEFINICIÓN MÉDICA

Antes de continuar, valdría la pena brindar una definición médica de la eutanasia, sus variantes y la diferencia entre ésta y el suicidio asistido. Para lo cual vuelvo a recurrir a las palabras de Arnoldo Kraus:

Eutanasia es el acto o método que se aplica para producir la muerte sin dolor y finalizar con el sufrimiento en pacientes terminales y sin esperanza.

Eutanasia activa implica la finalización deliberada de la vida por medio de una terapia encaminada a procurar la muerte. La eutanasia pasiva reviste dos formas: la abstención terapéutica —no se inicia el tratamiento— y la suspensión terapéutica —se eliminan los tratamientos iniciados. Para quienes sufren y no hay esperanza, la eutanasia activa es “más humana” que la pasiva: finaliza antes el sufrimiento y las vejaciones innecesarias.

El suicidio asistido consiste en proveer al interesado los medicamentos adecuados para terminar con su vida. El médico funge como guía pero es el enfermo quien decide cuándo y dónde ingerirlos y quiénes serán sus compañeros en el momento final.

Estados Unidos es el segundo país donde el suicidio asistido es legal. En Oregon se aprobó la ley en 1997 y posteriormente se avaló en Washington, Montana y Vermont. La experiencia recogida en Oregon ha demostrado ser exitosa; en contra de las opiniones de los detractores de la eutanasia, con el paso de los años los casos no han aumentado “dramáticamente”, además, ahora, los médicos han ahondado en el tema y se ocupan con más ahínco de los enfermos terminales —añade Kraus.

En septiembre de 2015, el Senado de California aprobó el suicidio asistido, lo mismo que Canadá en julio de 2016. En enero del mismo año Francia aprobó la denominada “ley de final de la vida”, misma que permite la sedación profunda para evitar el sufrimiento de enfermos terminales, pero que prohíbe la ayuda activa para morir a través de la eutanasia o del suicidio asistido. El texto acordado por el gobernante Partido Socialista (PS) y por la oposición conservadora de Los Republicanos (LR), informa la Agencia EFE,

ha sido adoptado a mano alzada por los diputados de la Asamblea Nacional. La ley obligará a los médicos a aplicar la “sedación profunda y continua” a un paciente en fase terminal que lo solicite, definido como aquel con una “afección grave e incurable” con “pronóstico vital comprometido a corto plazo” y con un cuadro médico de “sufrimiento que resiste a los tratamientos”.

PIONEROS DE LA EUTANASIA

Por su parte y desde febrero de 2015, Colombia figura como el único país latinoamericano en donde la eutanasia es legal. Una de las sentencias emitidas por la Corte Constitucional de ese país decretó que “la eutanasia es tan solo un procedimiento para proteger el derecho a morir dignamente”.

El 4 de enero del año que corre, con 56 votos a favor, 27 en contra y una abstención, la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México aprobó el derecho a la Muerte Digna, establecido en el artículo 11 de la Constitución capitalina donde se señala que el “derecho humano fundamental (de la autodeterminación) deberá posibilitar que todas las personas puedan ejercer plenamente sus capacidades para vivir con dignidad. La vida digna contiene implícitamente el derecho a una muerte digna”. Es un primer paso que ahora depende del Congreso para realizar una ley secundaria y establecer sus reglamentaciones.

Este tímido progreso —pero progreso, al fin y al cabo— se debe en gran medida a uno de sus pioneros, los más notables exponentes y defensores de la eutanasia, como es el caso del médico, autor y activista político Jack Kevorkian.

El doctor Kevorkian, originario de Michigan, ayudó a ponerle fin al sufrimiento de 130 enfermos terminales entre 1990 y 1998 gracias a su denominada máquina de muerte: un aparato que permitía a sus pacientes inyectarse por sí solos un cóctel de potasio y cloruro.

Kevorkian soportó con notable valentía la cacería de brujas desatada por los medios de comunicación y encabezada por los aparatos de justicia estadunidenses para defender sus principios y su lema máter: “Morir no es un crimen”. En más de una ocasión fungió como su propio representante legal para acaparar los reflectores, consciente de los beneficios que esto suponía para poder exponer este derecho humano fundamental que nadie más se atrevía señalar.

En 1999 fue sentenciado a 25 años de prisión por homicidio de segundo grado en el penal de Lakeland (Coldwater, Michigan) por llevar a cabo esta práctica fuera de los márgenes de la ley, de los cuales cumplió ocho antes de ser puesto en libertad debido a su “buena conducta”. “Fue estupendo, uno de los periodos más interesantes de mi vida”, afirmó ante los reporteros que lo esperaban afuera de la prisión, a sus 78 años de edad, con ese sentido del humor y espíritu inquebrantables que caracterizaban a Jack Kevorkian. El mal apodado Doctor Muerte (apodo que por cierto se le ha designado maliciosamente a otros defensores visibles de la eutanasia) falleció el 3 de junio de 2011, a sus 83 años, debido a una trombosis cerebral que siguió a su hospitalización causada por las fallas renales que lo aquejaban desde unos años atrás.

Pero los avances en torno a la eutanasia ya no se limitan a casos estrictamente físicos. Holanda, país de vanguardia en lo que se refiere a esta práctica, ha esbozado un nuevo concepto denominado “vidas completadas” para ser anexado a esta agenda.

Jorge Nicolás Lafferriere, director del Centro de Bioética Persona y Familia argentino, detalla esta iniciativa en su informe:

En una carta dirigida al Parlamento fechada el 12 de octubre de 2016, los ministros de Salud, Edith Schippers, y de Justicia, Ard Van Der Steur, del gobierno de Holanda proponen que se legalice la eutanasia para las personas que han llegado a la decisión de que su vida ya está completa.

En su carta indican que esta medida debería instrumentarse a través de un sistema paralelo y distinto a la legislación actualmente existente sobre eutanasia. La carta es una respuesta al informe que produjo el Comité Schnabel en febrero de 2016 (Parliamentary Papers, House of Representatives, 2015/16, 32 647, no. 51). Se trata de un comité dirigido por el profesor Paul Schnabel que, por encargo de la Cámara de Diputados del Parlamento Holandés, llevó adelante un estudio sobre los dilemas que rodean a este tipo de eutanasia. El Comité estudió el concepto de vida completa, el marco legal aplicable, el tamaño y características de la población que quiere terminar su vida por considerarla “completa”, los aspectos éticos, las maneras de prevenir una situación en la que las personas no tienen prospectivas de una vida significativa y los desafíos legales y límites que supone responder su deseo. El Comité consideró que la legislación sobre eutanasia permite abarcar estas situaciones y no hay necesidad de una reforma. Para el informe, no sería deseable ampliar el espectro legal del suicidio asistido.

El gobierno agradeció el informe, pero considera que la legislación no ofrece alternativas a las personas cuyo sufrimiento no tiene una dimensión “médica” y que consideran que su vida está “completa” y requieren ayuda para ponerle fin. Para el gobierno, puede ser legítimo ese pedido de ayuda de una persona que tiene un sufrimiento insoportable y sin perspectivas de mejoría, pero que no tiene una dimensión médica.

En su carta, el gobierno sostiene que se proponen condiciones para que las personas elijan esta forma de suicidio asistido: debería ser “voluntario”, con detenida consideración de la naturaleza de la decisión sobre la seguridad y los cuidados debidos y con la ayuda de un consejero sobre el final de la vida. Este consejero debería establecer sin lugar a dudas que no hay tratamiento, médico o de otro tipo, que pueda cambiar la decisión de la persona de morir. La propuesta está limitada a los “adultos mayores”, dado que la demanda de decisiones autónomas en el final de la vida es creciente en este grupo etáreo. Otra condición es que haya una intervención de una tercera persona que actúe como instancia de corroboración —concluye Lafferriere.

LOS PASOS DE NITSCHKE

Como he señalado con anterioridad, la eutanasia ha sido motivo de ina- gotables controversias: todas ellas opuestas al sentido común inherente al humanismo, de parte de quienes son incapaces de calzar los zapatos del otro y empatizar con su agonía. Uno de los argumentos más recurrentes de los que se manifiestan en contra de la eutanasia y el suicidio asistido es que promueve e incita al suicidio. Philip Nitschke —ex médico, humanista y otra de las voces que se suman a la defensa del derecho a una muerte digna, también apodado Doctor Muerte— responde con una elocuencia envidiable a este sinsentido pragmático: “Suicidarse es tan económico y sencillo como comprarse una soga”. Claro que el método indoloro y supervisado puede resultarle atractivo a los individuos que buscan ponerle fin a su sufrimiento (ya sea por cuestiones físicas o psicológicas), pero el simple hecho de que hayan llegado a esta conclusión es una señal inequívoca de que sus vidas han dejado de tener sentido. La calidad de vida no se reduce a un tema meramente médico. Esto lo sabe muy bien Nitschke.

El referido médico es uno de los fundadores de Exit International —una agrupación australiana en pro de la eutanasia— y destaca por ser el primer médico en administrar una inyección letal dentro del corto marco (de 1996 a 1997) en que la eutanasia fue legal en el Territorio del Norte australiano. Su licencia médica fue suspendida temporalmente por el Consejo Médico australiano ya que había decretado que Nitschke representaba una amenaza para la salud pública. Además, Nitschke también se dio a conocer gracias a su introducción del concepto de “suicidio racional” en la agenda eutanásica. En una charla que dispensó para la plataforma TED Talks, Nitschke —autor de tres títulos sobre el tema— explica ésta y otras problemáticas:

El discurso predominante en nuestra sociedad en lo que respecta al suicidio es que se trata de una cuestión médica; que la gente que quiere suicidarse seguramente sufre de una condición preexistente de depresión y que ésta debería ser tratada por la comunidad médica. Muchos médicos creen que el simple hecho de que alguien quiera quitarse la vida es en sí un síntoma de enfermedad mental; que no existe tal cosa como el suicidio racional; que se trata de un oxímoron. El problema con este precepto médico es que hay muchas evidencias que indican que existen personas en sus plenas facultades mentales para tomar decisiones en beneficio propio que deciden suicidarse. En cierto sentido la ley está de acuerdo con esto, ya que el suicidio no está penalizado; pero sí existen leyes que castigan su asistencia con severidad, lo cual supone una paradoja a todas luces visible. Las consecuencias de penalizar la asistencia al suicidio son graves, ya que los individuos que no cuentan con la asistencia e información necesarias para llevar a cabo este acto, se sienten aislados y por ende ansiosos y desesperados […]. Según lo muestran las estadísticas, el método más común utilizado por los suicidas es la horca. Uno no necesita saber mucho para ahorcarse, pero es una muerte espeluznante y la sociedad debería sentirse avergonzada por estas estadísticas —asegura Nitschke.

En la misma charla, Philip ejemplifica el suicidio racional con argumentos sociales, como fue el caso de una conocida que quería morir junto a su esposo ya que llevaban sesenta años de matrimonio y dado que consideraba que una existencia sin él carecería de todo sentido. Thomas Szasz —quien fue profesor emérito de psiquiatría en la Universidad de Siracusa en Nueva York y crítico de los fundamentos morales y científicos de la psiquiatría, lo mismo que uno de los referentes de la antipsiquiatría— refuerza los argumentos de Nitschke:

El suicidio es un derecho humano fundamental. Esto no quiere de- cir que sea algo deseado. Sólo significa que la sociedad no tiene el derecho moral de interferir, por la fuerza, con la decisión de una persona en consumar este acto. El resultado de ello es una infantilización y deshumanización trascendental del suicida.

Cabe mencionar que Nitschke se ha ganado la animadversión incluso por parte de quienes se manifiestan a favor de la eutanasia, pues consideran que Nitschke puede darle aliento a los detractores debido a lo que consideran una postura radical. No obstante, el médico radicado en Holanda no piensa frenar su lucha en pro del derecho a morir.

EL TESTIMONIO DE STEFAN ZWEIG

Para concluir, y a modo de tributo a uno de los humanistas más sobresalientes del siglo XX, termino con las dos cartas póstumas que Zweig legó a la humanidad:

Querida Friderike (su ex esposa): cuando recibas esta carta estaré mucho mejor. En Ossining me viste mejor y más calmado, pero mi depresión ha empeorado, me siento tan mal que ya no puedo concentrarme en mi trabajo.

A ello se suma la triste certeza —la única que tenemos— de que esta guerra ha de durar todavía años y de que pasará mucho tiempo antes de poder regresar a nuestra casa. Ciertamente me ha gustado estar en Petrópolis pero echo de menos los libros, que me son indispensables para mi trabajo. En cuanto a la soledad, que inicialmente aportaba un notable apaciguamiento, se ha transformado en un pesar… También la idea de que mi obra mayor, el Balzac, no podrá terminarse nunca puesto que no tengo la perspectiva de dos años de trabajo sin interrupciones, y los libros necesarios para la documentación serían difíciles de conseguir. Y finalmente está la guerra, esta guerra que nunca termina, que todavía no ha alcanzado su peor momento. Soy demasiado débil para aguantar todo esto, y la pobre Lotte no lo ha tenido fácil conmigo, sobre todo porque su salud ha empeorado también.

Tú tienes a tus hijos y con ello una tarea en la vida; tú tienes intereses varios, una inquebrantable energía. Estoy seguro de que alguna vez vivirás mejores tiempos y comprenderás por qué mi pesimismo me ha impedido aguantar más. Te escribo estas líneas en mis últimas horas. No te puedes imaginar cuán aliviado me siento desde que tomé esta decisión. Dales recuerdos cariñosos a tus hijos de mi parte y no sufras, recuerda siempre cómo he admirado a Joseph Roth o a Rieger que supieron evitar el sufrimiento. Ten coraje, ahora sabes que estoy tranquilo y feliz. Con mi amor y amistad, Stefan.

Declaración: Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma. Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria.

De esta manera considero lo mejor, concluir a tiempo y con integridad una vida, cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal.

Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto.

Stefan Zweig.

El efecto Trump

Publicado febrero 11, 2017 por arivolovich
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(publicado en La Razón)

 

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9 de noviembre

05:45 Lo primero que me viene a la mente al despegar los párpados es la sospecha de que el poodle de la vecina del tres goza de una salud sexual nula mientras barajo las maneras de lograr sofocar sus ladridos sin ser presentado ante los tribunales de YouTube; como tampoco viéndome obligado a incurrir en la zoofilia. Lo segundo que sale a flote es esa frágil seguridad de que el status quo del orden mundial sobrevivió intacto bajo el predecible sello de los Clinton y del establishment de la política estadunidense.

La conmoción disloca mi mandíbula al exponer mis retinas a los titulares. Me quedo largo rato frente a la pantalla con la ilusión de que el resultado cambie con cada abrir y cerrar de ojos; con la esperanza de que lo que estoy leyendo se debe a una fisura corneal desatendida y no gracias a otra faena catastrófica de la democracia.

Conforme imagino un mundo liderado por la batuta dorada de Trump (no pienso aburrirlos con calificativos gastados para describir a ese Homo floresiensis vestido de macaco inconexo; a esa bancarrota seudohumana del calibre de Hitler y Mussolini y que habita ya la Casa Blanca, en gran medida gracias a la cobertura de los medios de comunicación —consagrados a ordeñar el rating—, al obsoleto sistema electoral estadunidense, a la postura antisistema del electorado, a la injerencia rusa en las elecciones estadunidenses y a un discurso que cabe en menos de dos tweets, entre un sinfín de factores que no excluyen la infinita estupidez humana; como tampoco quiero atosigarlos con la bien sabida amenaza que representa el referido neofascista para México y para el mundo entero), me asaltan presagios apocalípticos cada vez más nítidos. Experimento cuatro de las cinco primeras etapas del duelo ideadas por la doctora Elisabeth Kübler-Ross mientras espero que el café se disuelva en el agua. No tengo la más mínima intención ni mucho menos la capacidad de conciliar la aceptación. La sola idea de que los próximos cuatro (a ocho) años estaremos sometidos al capricho de un septuagenario capaz de borrar a Chihuahua del mapa con un solo poke no lo permite.

08:15 El cielo obstruido, la llovizna y el frío se antojan más como una premonición que una simple manifestación atmosférica. Mi desasosiego se ve multiplicado una vez que afianzo ambos pies sobre la calle. Cabezas gachas, quijadas tiesas y miradas aturdidas surcan mi campo visual mientras me integro al flujo de transeúntes que desemboca en la estación del Metrobús. Observo a través del cristal los pocos hilos de luz que perforan las nubes y que apenas permiten distinguir los tristes contornos de carne y hueso, del gris profundo que tiñe al paisaje citadino. De no ser por la tipografía de los rótulos y los espectaculares que pululan a los costados de Insurgentes, juraría que estoy recorriendo alguna avenida principal de Piongyang.

“¿Qué más da? Nuestros gobernantes son astillas del mismo palo”, musito a modo de consuelo sin conseguir el efecto deseado.

14:15 Heme de vuelta en casa, pero la aceptación sigue brillando por su ausencia. Los lamentos del embutido neurótico del tres logran sustraerme del documento Word que permanece en blanco. Vuelvo a sopesar las cualidades curativas de la zoofilia.

14:30 Se me ocurre llamarle a mi amigo Francisco Javier Mesa Ríos, psiquiatra y psicoterapeuta, docente en la Facultad de Medicina de la UNAM y médico en el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, para agendar una entrevista con el objetivo de despejar algunas dudas en torno a la psicosis colectiva y al perfil psicológico de quien ahora funge como el líder del “mundo libre”, entre otras cuestiones.

7 de diciembre

18:06 “No me salgas con esas mamadas, Manuel. ¿Sientes culpa o miedo?”, oigo a la vecina del ocho reprocharle a su media naranja mientras me alisto para la entrevista.

18:15 Me encuentro con Javier y echo a andar la grabadora.

¿Has notado un aumento en los casos de ansiedad a raíz de la victoria de Trump, ya sea en tu consulta privada o en el Fray Bernardino?

En México aún no se han registrado casos de ansiedad desde que anunciaron los resultados electorales, creo que es demasiado temprano para saberlo. Aunque en Estados Unidos sí se ha visto un alza significativa en lo que se refiere al estrés y la ansiedad secundaria relacionada directamente con la victoria de Trump y de lo que depara el 2017. Ya existe un registro de personas con desbordamiento emocional.

(Según una encuesta llevada a cabo por la Asociación Americana de Psicología, 52 por ciento de los estadunidenses padecen de estrés y ansiedad a raíz de las elecciones presidenciales).

¿Podríamos decir que el triunfo electoral de Trump es fruto de una psicosis colectiva? 

Más o menos. Técnicamente hablando, la psicosis colectiva se refiere a un grupo de dos o más individuos —generalmente en espacios compartidos o quienes están expuestos a situaciones similares­— que comparten una idea delirante o un tipo de pensamiento aberrante o anormal y que manifiestan síntomas psicológicos similares detonados por una razón específica. Por ejemplo: la madre que llega a casa y les dice a sus hijos que se encuentra poseída y los hijos empiezan a creerlo y a vivenciar la idea delirante impuesta por la madre. A eso se refiere la psicosis compartida, a una persona de mayor poder en ese sistema jerárquico que transmitió una idea asimilada por los más sumisos y obedientes de ese micro sistema, que no dudan de lo que les dice la madre y asumen su psicosis.

¿Y si lo pasamos al ámbito político? 

Tendré que hacer la comparación entre los espacios menores y los macro espacios. En los espacios menores era más fácil medir la psicosis colectiva ya que los síntomas de las personas eran muy similares y fáciles de comparar. Para ello tenemos el ejemplo clásico de las denominadas tarantelas medievales, cuando llegaba alguien medio poseído y entonces todos de pronto manifestaban los mismos síntomas, ya que lo veían, lo vivenciaban, y sus contextos culturales les permitían compartir esos síntomas. En el macro sistema, personas en distintos lugares muestran síntomas o maneras de confrontar el fenómeno de un modo distinto. No son lo mismo, pero igual la gente sufre de malestar, ansiedad, preocupación y miedo. Recordemos que en los fenómenos políticos las emociones son compartidas por multitudes. Entonces, si tienes a un líder mesiánico estilo Donald Trump, Hitler, etcétera, lo que va a suceder es que las personas se van a quedar empapadas de su energía emocional y van a vibrar con ella hasta creerse el producto que les están vendiendo. No se categoriza propiamente como una psicosis colectiva, pero los procesos son similares ya que la gente no razona, no hace juicios, no discierne, no piensa por sí misma y cree lo que dice un determinado grupo crítico; por lo que podría parecerse a un fenómeno psicótico compartido. Insisto, la función es similar, salvo que no se trata de una idea delirante ya que tiene fundamentos reales.

¿Crees que la Asociación Americana de Psiquiatría (apa, por sus siglas en inglés) debería de alertar al público cuando un presidenciable muestra síntomas claros de trastornos mentales?

Un año previo al 8 de noviembre —el día de la elección—, uno de los dilemas de los psiquiatras estadunidenses era si estaban autorizados a emitir juicios clínicos de la salud mental de Trump. Esto nos remite a la Regla Goldwater. (El doctor Mesa Ríos se refiere a una ley impulsada por la propia APA en 1973, a propósito de un incidente que comprometió al candidato republicano a la presidencia de 1964, Barry Goldwater: la revista Fact hizo una encuesta a unos 12 mil psiquiatras para establecer si el susodicho estaba en su sano juicio para asumir la presidencia; 1,189 de las 2,417 respuestas dictaminaron que no era apto para el cargo. Goldwater terminó por perder las elecciones y demandó a la revista. La APA decretó que era poco ético emitir diagnósticos sin el consentimiento de un individuo y sin evaluarlo personalmente, además de sembrar desconfianza en la psiquiatría).

¿Cuál sería tu diagnóstico clínico del presidente Trump?

Hay quienes a pesar de la Regla Goldwater han emitido sus diagnósticos, los cuales son muy cercanos al mío. En mi opinión Donald Trump padece un trastorno de la personalidad. Básicamente es un trastorno narcisista de la personalidad. El narcisismo es necesario en los seres humanos, pero en ocasiones se vuelve patológico, e incluso hay quienes lo clasifican como narcisismo maligno. Ese Yo en contra de todo tan característico de Trump ya empieza a rayar en esta clase de narcisismo.

También hay quienes lo han diagnosticado como un psicópata. La psicopatía tiene tanto grados funcionales como disfuncionales. Un ejemplo de los psicópatas funcionales son los empresarios, las personas poco afectivas, poco vinculadas emocionalmente, pero que son trabajadoras, ganan dinero y obtienen resultados. Donald Trump ha sido clasificado con esa psicopatía funcional. Así que está entre el narcisismo maligno y la psicopatía funcional: ése sería mi diagnóstico.

¿Internarías a alguien con los síntomas de Trump? 

Sólo internamos a un individuo cuando sus actos, conductas o pensamientos ponen en riesgo su vida o la vida de los demás. En consecuencia tendríamos que preguntarnos qué de lo que ha hecho Trump pone en riesgo la vida de los demás. Y sí, sin duda alguna pone en riesgo la vida de millones de personas a través de los mecanismos regulatorios a su disposición; sin embargo, éste no es un criterio de hospitalización. Por ejemplo, si yo tengo un paciente con una idea delirante o una alucinación auditiva que le está diciendo que mate a todo aquel que vista una chamarra de cuero, entonces tendría que internarlo hasta que se le quiten los síntomas psicóticos. La diferencia radica en que Trump, como no es un psicótico, va a echar a andar una serie de mecanismos regulatorios que sean afines a sus objetivos. Nuestra preocupación es que dichos mecanismos le obedezcan y cumplan sus caprichos. Si alguien va de acuerdo con las leyes y el orden impuesto por la mayoría, no se le puede calificar de psicótico aunque esté loco.

Va otro ejemplo para esclarecer las diferencias entre una persona psicótica y una psicopática. En los trastornos bipolares hay una fase conocida como “manía” en la que la dopamina inunda el cerebro. Durante la fase maniaca las personas suelen tener ideas delirantes que se denominan “megalómanas”. En estas ideas delirantes, megalómanas, las personas se piensan más de lo que son. A diferencia de éstos, los psicópatas son personas que presumen sobre lo construido. Claro que exageran y sobrevaloran sus logros, pero también pueden sustentarlos con hechos.

20:02 “Vaya que esa ameba fosforescente lo puede sustentar. Logró transportarnos a la Alemania de 1931”, pienso después de despedir a Javier y me recargo sobre el mostrador de una Farmacia Similares. El boticario me barre con la mirada para luego ofrecerme un catálogo de cremas antiarrugas. Pregunto si tiene opiáceos genéricos y ante la negativa me retiro de mala gana para retomar mi camino de vuelta a casa.

“En un mundo en el que la locura parece ser la norma, el sentido común debería ser catalogado como un síndrome de abstinencia”, me convenzo y acerco mis fosas nasales a las axilas para constatar que huelo a una ruina filistea.

20:20 “Reír o llorar, ésa es la cuestión”, concluyo en la ducha e inmediatamente me veo doblegado por una risa que comunica más nerviosismo que bienestar anímico. Pienso en las futuras visitas conyugales de Putin a la Casa Blanca y los desenlaces apocalípticos de dicha unión en un futuro escalofriantemente cercano; en que estamos ante un momento histórico, lamentablemente. Experimento una saudade bronca por Bernie Sanders y su legado hipotético a la vez que tallo mis partes nobles con shampoo. Imagino el Medio Oriente como una cuenca humeante; a un México sumido en una depresión irreversible.

La ventana del baño no logra opacar del todo los chillidos del caniche casto que se unen al alud de fantasías catastróficas concentradas en mi nuca. Me encuentro lejos de conciliar la tranquilidad que sigue a la aceptación; no obstante, recuerdo que el sentido del humor es lo último que se pierde y me aferro a esa máxima inmaculada. Los poodles ladran, pero la caravana avanza.

El opio del pueblo

Publicado diciembre 12, 2016 por arivolovich
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¿Existirá la manera de catalogar a la religión como una adicción en lo que se refiere al ámbito clínico? ¿El lugar de los santos está en los podios del establishment religioso o sobre el diván? ¿La metadona será más efectiva que Dios o viceversa? Si bien este texto no pretende dar una respuesta categórica a la sentencia marxista que lo bautiza, sí busca explorar la pregunta postulada mediante aproximaciones metodológicas, desde una disciplina que pocas veces se asocia con la religión: la ciencia. Es aquí justamente donde tiene un papel decisivo la pericia de Gady Zabicky —médico psiquiatra y adictólogo, quien formó y dirigió la Clínica de Trastorno Dual dentro del Programa de Investigaciones Relacionadas con Sustancias del Instituto Nacional de Psiquiatría (INP), en México; su trayectoria académica comenzó en esa institución y continuó en la Universidad Rockefeller en Nueva York, donde se enfocó en la genética de las adicciones y las clínicas de metadona. Zabicky también forma parte del Colectivo por una Política Integral hacia las Drogas (Cupihd)—, pues se requiere de  mucha destreza para poder llevar a cabo esta frágil danza entre el rigor científico y ese halo de ambigüedad que suele rodear al esoterismo. Las palabras fueron extirpadas quirúrgicamente de una larga y suculenta conversación en torno al leitmotiv que propone el título. Todas ellas, las que se desplegarán a continuación, son autoría del doctor Zabicky: “La etimología de adicción se remonta a los jueces de la antigua Grecia. Interesantemente, tiene mucho que ver con el juego o, si se prefiere, con la ludopatía. Cuando alguien no podía pagar una deuda, el juez dictaminaba: ‘tú estás adictum de él’, a lo que él diga;  en otras palabras, estás sometido a su decisión. Y de allí viene esta evolución del término: estás sometido a lo que la droga o a lo que la conducta te lleva a hacer. Estás a decir o a dicho de la sustancia y de la conducta. Ahora, si nos interesa llevarlo a un ámbito más práctico, podría decir que la adicción es toda una serie de conductas y de fenómenos que le suceden a un individuo que no puede controlar su manera de consumir una sustancia o de ejercer una conducta. Pero yo creo que deberíamos de tratar de marcar una distinción desde ahora, porque vamos a tocar esta división a lo largo de la plática. Hay un mundo que se llama dependencia o adicción a las sustancias, y otro que se llama adicciones a procesos, en donde está el juego patológico, las compras compulsivas, el internet, la pornografía, etcétera, y que si bien sí existen varias cosas en común entre éstas, también tienen diferencias insoslayables, y habría que verlas de maneras distintas.

 

“Hay un par de fronteras con la psiquiatría, y me gustaría empezar desde este punto, porque siento que es necesario dar este preámbulo. Uno de los grandes problemas de la psiquiatría consiste en que supuestamente los psiquiatras somos los expertos en la salud mental, pero la gran mayoría de las cosas que conocemos sobre la mente del hombre, son a través de la enfermedad mental y no de su salud. Lo cual nos lleva a cuestionarnos ¿qué es la salud mental?, ¿cómo definirla? Y esa definición ha sido muy elusiva. En especial porque hay varias cosas en la vida como la sexualidad, la religión, el arte (entre otras), en donde las fronteras no pueden ser trazadas. Hay un momento en el cual la psiquiatría choca de frente con la libertad, la otredad, el actuar de la gente, y los psiquiatras no podemos partir desde una premisa tan cuadrada como para decir que Dalí estaba loco, digo, posiblemente lo estaba, pero ¿era un loco o un genio?  La misma pregunta podría aplicarse a los dadaístas, tan solo por dar otro ejemplo. Para el Vaticano, Juana de Arco es una santa, ha sido canonizada; para los psiquiatras es un caso de estudio de esquizofrenia paranoica histérica. Entonces, acá hay una línea que no puedes trazar claramente. Hasta adónde una persona, ya sea por una fe o por un acto religioso está atravesando el umbral de la psicopatología. Si tu llevas a un danés o a un sueco un 12 de diciembre a La Villa, y les muestras a las personas que vienen hincadas sangrando de las rodillas porque están en penitencia, te dirían que eso es una locura, es un acto de autoflagelación, mientras que dentro del contexto mexicano es completamente normal. O si nosotros como mexicanos somos testigos de una ceremonia vudú y vemos cómo esta gente entra en trance y lo que les sucede; aquí en México tendríamos que hospitalizar a una persona que presentara esta conducta.

 

“Desde hace unos aproximadamente 25 años contamos con un aparato conocido como Resonancia Magnética Nuclear que, se ha convertido en una herramienta fundamental para las neurociencias. Porque tiene una forma de aplicarla que se denomina resonancia magnética nuclear funcional. Entonces tú puedes detectar cambios en el metabolismo del cerebro mediante ciertos paradigmas. Lo que significa que podemos tener a un sujeto vivo en un resonador, con una imagen que indica cómo está funcionando su cerebro, no en términos anatómicos, sino de cómo el cerebro está consumiendo glucosa u oxígeno. Entonces, por ejemplo, si tú le pones una fotografía de una mujer en una postura explícitamente sexual, vas a ver cómo se activan ciertas zonas del cerebro que corresponden a esta función cerebral. Esto se puede lograr con cualquier paradigma, para así, ubicar qué zona del cerebro se echa a andar con determinados estímulos. Efectivamente, si tú le tomas un estudio cerebral a las personas que llegan a estos estados de trance religioso, vas a detectar que algo muy especial ocurre en sus cerebros. La cuestión es que no es específico para el trance religioso, porque si le tomas ese mismo estudio a una persona que le están anunciando que ha sido nominada para el Óscar, vas a toparte con una imagen similar, lo mismo que si sometes a esta prueba a una madre que amamanta a su hijo por primera vez. No sé hasta dónde podemos catalogar estos estímulos como una suerte de dependencia. El hecho de que la naturaleza nos dotó con este sistema para que sintamos mucho placer al realizar ciertas actividades, está diseñado para sobrevivir como especie. Todas las demás cosas que hemos generado como humanos se montan en este circuito de la recompensa: los deportes atléticos, los juegos de azar, las drogas, etcétera. “Para pacientes dependientes a los opiáceos por un período mayor a seis meses, con un diagnóstico basado en el DSM-5*, es mil veces más efectiva la metadona que Dios. Y me refiero a ellos como dependientes en lugar de adictos, heroinómanos, cocainómanos, teporochos, etcétera, porque son pacientes dependientes a una sustancia X, y así es como se les debe de llamar siempre. Ciertamente, una gran fracción de las personas que se recuperan de un proceso adictivo, recurre a algún tipo de apoyo espiritual. Es una parte de las tradiciones, de las máximas de Alcohólicos Anónimos, que el alcoholismo es una enfermedad trifásica, entendiéndose como una enfermedad física, psicológica y espiritual. Si tú observas los doce pasos de AA, cuatro de ellos tienen que ver con el poder superior.

 

“Me rehusaría a caer en la definición de alguien adicto a Dios, en cambio estoy completamente claro de que hay personas que se vuelven adictas a ciertas sustancias. Hay gente que reza todos los días, que musita brajót**, que se inclina cinco veces al día hacia la Meca, como tú quieras, pero ¿en dónde uno puede trazar esa línea?,  ¿en qué momento se vuelve una adicción? No hay una definición operativa de esto que sugieres, no la hay. Por ejemplo, alguien que se flagela en la espalda, ¿por el solo hecho de sangrar se convierte en una patología? No lo sé, porque de la misma manera al perforarte un arete o hacerte un tatuaje, implica también transgredir esta frontera física de tu cuerpo y no por ello podemos decir que estás loco. No es una respuesta categórica de ausente o presente, positivo o negativo, no puede ser de esta manera, pero sí, definitivamente podemos hablar de personas que corren 5 kilómetros diarios y que cuando dejan de hacerlo, se sienten realmente mal: no se concentran, están malhumorados, no funcionan igual, no logran conciliar el sueño. Estoy haciendo referencia a una abstinencia a una conducta, ésta es la palabra clave aquí, es la conducta lo que interesa. Y que esta conducta me genera una situación de mucho placer, es una conducta que me agrada, cerebralmente es un reforzador positivo, como le llamamos en el ámbito de la psiquiatría, y una vez que el cerebro encuentra esta fuente de estímulos, es muy difícil convencerlo de que deje de hacerlo. Entonces, efectivamente hay personas que todos los días tienen que correr para poder sentirse bien. Piénsalo de esta forma, todos los que hemos estado enamorados con amor apache; ese primer amor de los 17 años es algo durísimo que le sucede al cerebro (se liberan oxitocinas, endorfinas, dopaminas, encefalinas y serotoninas). Una vez más Darwin nos proveyó con esto, porque en la edad en la que debemos de reproducirnos, el cerebro te hace ver a una mujer y te impulsa a no detenerte hasta embarazarla. Porque quieres que tus genes sigan adelante. Esta conducta es algo que se medía por transmisores cerebrales superpotentes. Qué es lo que sucede cuando llevas una relación increíble, en el mero hervor de un año, con la primera mujer con la que llevas una vida sexual libre y estás enamoradísimo y, de pronto, ella te dice ‘hasta aquí, gracias por haber participado’. Lo que tú sientes es un síndrome de abstinencia. No puedes dormir, sientes náuseas, estás deprimido, tiemblas, sueñas con esta mujer, que es lo mismo que le sucede al tipo que deja de beber o de meterse cocaína: sueña que sigue consumiendo las sustancias en cuestión. “De manera muy interesante no hay ningún ritual religioso del que me hables, en donde no haya una sustancia de por medio. Por ejemplo, el vino de los judíos y los cristianos, aunque sea un solo trago, pero lo que es importante resaltar aquí es la representación: es Dionisio, es Quetzalcóatl que fue corrido de su tribu por ponerse una borrachera de 50 conejos, es el peyote de los huicholes, el café de los musulmanes, cualquiera que sea, no puedes conciliar la religión sin estos elementos. “Los científicos biológicos nos encontramos frente a un problema epistemológico muy fuerte. Nos habíamos planteado en 1990 que nos íbamos a tardar hasta dentro de siete años en esclarecer el genoma humano. Nos tardamos 10 años menos de lo previsto. Otra cosa que fue muy preocupante, casi como abrir el cofre de un auto para darte cuenta que éste no tiene motor; calculábamos encontrarnos con poco más de 110 mil locaciones, sólo para descubrir que no eran más de 30,000. Nos dimos cuenta de que nos faltaban un montón de notas. Fue cuando entendimos que la cuestión iba por la epigenética. No es que el gen A nos lleve al genotipo B, sino que el gen A + el X + el Z + el ZXB nos dan el genotipo. Y esto es tan complejo como multiplicar 30, 000 por 30,000, ése es el número de combinaciones posibles para poder explicar un genotipo. Lo que sabemos al día de hoy es que el gen se expresa, porque está programado para expresarse, pero que el medio ambiente también influye en cómo se expresa ese gen. Dicho de otra manera, si pudieras poner a un sujeto originario de alguna etnia africana durante 10 mil años en la Antártica, iría perdiendo la melanina. “Si le preguntas a cien adictólogos qué es una adicción, te vas a encontrar con 99 definiciones distintas. Hay maneras muy diferentes de entenderla porque hay muchas escuelas, muchas perspectivas y muchas maneras de opinar sobre ello. Quizá el factor denominador común de todas, es la noción de la pérdida de control. Entonces ¿de qué manera aplicas este concepto? En otras palabras, ¿cómo aplicas la pérdida de control sobre qué tan religioso es un individuo? Yo entendería que puedo jugar hasta darle en la madre a la economía de mi familia, o que puedo beber hasta partirle el queso a mi hígado, o que puedo fumar marihuana hasta convertirme en un hongo que no habla con nadie más que con su dealer. ¿Cómo aplicar esto a la religión? ¿En qué momento demasiada religión se puede volver algo que contribuya a que se disminuya mi funcionalidad, a que me haga daño a mí mismo, a que sufra mi cuerpo, mi matrimonio? “Para echarle otro ingrediente al caso. Surgió una corriente neurocientífico filosófica denominada The Mysterians que parte de un principio muy interesante que postula lo siguiente: si nuestro cerebro fuera tan sencillo como para comprenderlo de la misma manera como comprendemos una televisión o una computadora, no nos estaríamos haciendo las preguntas que nos hacemos. Es un oxímoron. Seríamos un robot autómata que es algo incomparable con la complejidad de nuestro cerebro. Siempre que pienses en las neurociencias, el fenómeno que observas, por definición, es mucho más complejo de lo que comprendes. Es decir, ¿esta zona de la dopamina tiene relación con el circuito de la recompensa? Sí, pero habría que pensarlo en términos de una sinfónica. Tú tienes 300 instrumentos, pero basta con que una sola viola esté desafinada para romper la armonía, pero tienes que contemplar a toda la sinfonía, no puedes limitarte a señalar sólo el oboe o el clarinete, esto no existe en lo que se refiere al cerebro. Uno de los lugares comunes entre la gente es pensar que los seres humanos sólo usamos un cuarto de nuestro cerebro, lo cual no es cierto. Hay momentos en los que activamos un 99 por ciento de nuestro cerebro. Al día de hoy este paradigma es irrelevante, ya sabemos perfectamente para qué sirve cada parte del cerebro. De la misma manera, podemos relacionar todo lo dicho con anterioridad a preguntas tan populares como ¿qué onda con toda esta banda como Yuri o el integrante de Control Machete que recurren al cristianismo —en estos casos específicos— para curarse?  Si tú lees los escritos de Freud, sobre todo hacia el final de su vida, en más de una ocasión menciona que todo lo que él propone, léase el psicoanálisis, va a funcionar hasta el momento en que logremos descifrar cómo funciona el cerebro. En este sentido no existe nadie más antifreudiano que el mismo Freud. Él sabía que la relevancia de sus teorías caducaría el día en que comprendiéramos la neurofisiología humana. Y eso es precisamente lo que está sucediendo. Hoy por hoy el psicoanálisis ya no cura nada, es una mera costumbre aristocrática. Hoy en día, los problemas mentales se resuelven a través de la medicina. De la misma manera que ahora nos refugiamos en AA y en el poder superior y en el ‘sólo por hoy Dios mío ayúdame para no beber’ por el simple hecho de que no contamos con una respuesta más atinada. Habrá un momento en que la vamos a tener, y ése mismo día se acabará Alcohólicos Anónimos. Ya llegará el día —y puede que éste llegue durante el transcurso de nuestras vidas— en que yo pueda decirte ‘a ver, tú naciste con un genotipo que con estas células madre que vienen modificadas vas a poder volver a beberte un tequila antes de la comida’. Digo, cometeremos errores y retrocederemos y volveremos a intentarlo, pero si algo hemos aprendido de la ciencia es que podemos construir todo lo que nos proponemos, la ciencia ficción ya no existe. Estamos ubicados en un punto inédito de la humanidad. Así como tuvimos el siglo de los descubrimientos, el de la circunnavegación, la revolución industrial, etcétera, hoy en día, además de la era cibernética, nos encontramos en el siglo de la mente. Ya no estamos en pañales.

 

“Otro punto importante para lograr ilustrar la gran problemática que existe en poder clasificar la religión como adicción. Imagínate un anexo de Alcohólicos Anónimos o de Narcóticos Anónimos. Estás bebiendo todo el día, estás fumando piedra todo el día, te apaño con los de la camioneta, te meto en una mazmorra y a ver cómo te va, viejo. Dentro de seis meses vas a salir sin consumir. Te vamos a dejar caer la doctrina y todo lo que ésta conlleva. Pero si hay algo de lo que estamos seguros es que una vez allí adentro, no vas a poder beber alcohol, ni fumar coca, ni apostar, ni consultar sitios pornográficos en internet. Pero ¿cómo le haces en un anexo para religiosos? Porque la religión está en la cabeza. Lo único que necesito hacer para incurrir en mi conducta es rezar. ¿Cómo caería yo en un síndrome de abstinencia? Es un constructo amorfo. Sí es cierto que ha muerto más gente a causa de la religión que por las drogas, pero por todo lo dicho anteriormente, es muy difícil catalogar la religión como una adicción”.

 

Convicción

Publicado abril 3, 2016 por arivolovich
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“No crea usted que la Anarquía es un dogma, una doctrina invulnerable, indiscutible, venerada por sus adeptos como el Corán por los musulmanes. No, la libertad absoluta que reivindicamos hace evolucionar continuamente nuestras ideas, las eleva hacia nuevos horizontes (de acuerdo con la capacidad de los distintos individuos) y las saca de los estrechos límites de toda reglamentación, de toda codificación. No somos ‘creyentes’”, le escribió Emile Henry al director de la cárcel momentos antes de que le rebanaran la cabeza.

El hijo bastardo de Santa [extracto de Jet Lag. Moho, 2013]

Publicado diciembre 24, 2015 por arivolovich
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La primera vez que experimenté en carne propia las consecuencias negativas de mi bagaje étnico-cultural fue en diciembre de 1981, a mis siete años, pocos meses después de mi llegada a México. Recuerdo haber quedado inmóvil, con las palmas pegadas sobre la vitrina del Liverpool, completamente absorto por las brillantes esferas doradas y rojas, las estrellas y las luces de colores que brotaban del enorme pino penetrando mis pupilas como dagas de caramelo. Por primera vez me sentía embriagado. Lo único que conocían mis ojos era los tenues amarillos de las dunas y el azul profundo del Mediterráneo de mi natal Ashdod. De pronto apareció un sujeto regordete por detrás del árbol. Me sobresalté, aparté mi frente y solté mis manos del vidrio: hasta ese momento los únicos adultos que había visto en pijama eran mis padres y, quizá, mis abuelos. Aquel señor de gorro y barbas blancas me señaló con su dedo índice e inmediatamente extendió sus brazos con la intención de exponer la gran cantidad de regalos que descansaban debajo del árbol. Luego acarició su barba, se frotó el estómago al tiempo que se regocijaba con una risa que no alcanzaba a oír del otro lado del cristal. Al igual que Nixon, su sonrisa y su mirada no cuajaban. Sentí una mano sobre mi hombro. Era mi madre.

—Tenemos que irnos, papá nos está esperando en el auto —me dijo.

—Pero creo que el señor quiere darme esos regalos —le contesté y lo señalé con una mano temblorosa.

—Cariño, esos regalos no son para ti —me contestó, acarició mi frente y sonrió un tanto apenada.

Barrí con la mirada aquel árbol fotogénico y sus destellos hipnotizantes antes de seguir a mi madre, sin soltar de vista al hombre del pijama rojo, quien se alejaba de mi alcance físico y conceptual con cada paso de mi madre.

—Tu abuela está preparando levivót (tortas de papa) —aseguró guiñeando el ojo en un intento fútil por animarme.

Cuando cerré la puerta del auto sabía que había perdido algo que, en realidad, nunca me había pertenecido.

Las levivót son un alimento tradicional de Jánuca, una festividad judía que por lo general coincide con la Navidad. Algunos confunden Jánuca con una especie de Navidad judía, pero en realidad lo que se celebra durante “la Fiesta de las Luminarias” es la victoria de un pequeño grupo de rebeldes judíos —los macabeos— sobre el ejército de Antíoco IV Epífanes, el rey del antiguo Imperio Asirio, que saqueó Jerusalén en 164 a.C., prohibió la práctica del judaísmo y obligó la sustitución de las tradiciones hebreas por las helénicas. Cabe mencionar que Jánuca, como toda celebración, es una simplificación de un suceso histórico mucho más complejo. Además de las revueltas antiimperialistas también se desencadenaba una cruenta guerra civil entre los macabeos y los judíos helenizados. Pero bueno, nada que una dulce sufganiá (panecillo relleno de mermelada) no pueda opacar. Jánuca se celebra a lo largo de ocho días en los que se enciende una vela cada noche sobre un candelabro llamado januquiá. Esta tradición conmemora el “milagro de Jánuca”, el del pequeño jarrito de aceite que logró mantener iluminada la menorá (lámpara) durante ocho días en el Templo sitiado y recién reconquistado por los macabeos. Los niños, además de una dieta peligrosamente alta en carbohidratos, reciben una perinola de cuatro caras que llevan la inscripción de una letra en hebreo que en conjunto forman las siglas de la frase “un gran milagro ocurrió allá”, aludiendo al jarrito de aceite.

Lo que yo tenía completamente claro aquel día al entrar en casa de mis abuelos era que ni veinte toneladas de tortas de papa y de panecillos dulces ni dos contenedores de perinolas iban a aquietar mi más reciente descubrimiento sobre el fenómeno llamado Navidad y Santa Claus. Lo último que pasó por mi mente al prender la vela de la januqiá era la soberbia de Antíoco o la Jihád de los macabeos. No podía sacudir la imagen de ese árbol majestuoso que se proyectaba frente a mí como la versión infantil de un delirium tremens.

Mastiqué a duras penas un trozo de levivá tibia y observé con desdén la perinola que descansaba inanimada al lado de mi plato. Mi abuelo estaba sentado frente a mí, entretenido en algún párrafo de un ejemplar viejo del New York Times. Era originario de Filadelfia y veterano de la Segunda Guerra Mundial. Había visto una dosis suficiente de muerte como para desechar la idea de la posible existencia de cualquier dios. Lo mismo le daba Jánuca, la Navidad o el Ramadán. Entré en el cuarto de visitas, cerré la puerta y me apoyé sobre el marco de la ventana para observar desde la oscuridad el edificio de enfrente y las familias que bebían y comían en aparente armonía dentro de sus aposentos iluminados. Todo parecía tan alegre, cordial. Perfecto. Daba la impresión de que aquellos seres extraordinarios habitaban un mundo paralelo al mío. Me alejé de la ventana y me recosté sobre el diván antiguo de mi abuela para lo que sería, sin darme cuenta, mi primera sesión psicoanalítica. El 24 de diciembre de 1981, bajo el manto de la nochebuena defeña, sentí por primera vez los límites, anteriormente invisibles, de la otredad y cómo me encapsulaban dentro de una minoría (aquí habría que sustituir la palabra otredad por “regalos y luces” y minoría por “casa de mis abuelos”). Los dos años que seguí en México pasé la Navidad jugando con mi vecino Ahmed. Supongo que ambos nos sentíamos unidos por nuestra orfandad cultural de temporada. Sin la intención de obedecer a un estereotipo chusco, casi siempre jugábamos con pistolas y cuchillos.

Diez años después de estar al margen de la Navidad y ya equipado con un agnosticismo propiamente labrado y el cinismo de mi abuelo, volví a México. Si bien Jánuca y la Navidad habían perdido para mí toda su connotación religiosa, para mi sorpresa, y a pesar de los años, la noche del 24 me invadió el mismo sentimiento de exclusión. Los años que siguieron me hice de un elenco de misfits navideños que incluía a Oren, Hina, Tarek y Alberto. Oren y Hina eran una pareja de (judíos ateos) amigos míos de la infancia; Tarek (musulmán ateo), un brillante antropólogo marroquí que vino de Berkeley para cumplir con su trabajo de campo para su doctorado, al igual que Alberto (adventista del Séptimo Día), sólo que éste nació en California. Conscientes de que encarnábamos a la perfección a los protagonistas de todas las bromas religiosas jamás hechas y por hacerse, cada nochebuena abordábamos religiosamente el quebradizo Tsuru celeste de Oren y Hina para surcar la ciudad en busca de un bar-orfanato que nos diera asilo. En una ocasión dimos con un pequeño tugurio que se escondía en una diminuta calle que cortaba Insurgentes. “Abierto en Navidad”, decía el anuncio de neón naranja. “Allí está nuestro oasis”, señaló Tarek, y todos soltamos un grito de júbilo como si en realidad estuviéramos perdidos en el Sahara. El lugar era tan oscuro como una taberna inglesa. Sólo dos de las siete mesas estaban ocupadas. En una se encontraban dos diplomáticos nigerianos y en la otra una joven pareja de sinaloenses. El dueño era un junior danés de origen iraní que había llegado al país en 1989. Se sentó en nuestra mesa para platicarnos cómo dio con México durante un viaje de negocios que hizo a Cancún, donde se enamoró perdidamente de su actual ex. Tarek se encargó de invitar a Emmanuel, Kingsley (los diplomáticos nigerianos), Adriana y Juan Carlos (la pareja de Sinaloa) a nuestra mesa. En un abrir y cerrar de ojos nos convertimos en los tripulantes de un buque pirata respetable. Los ecos de aquella nochebuena de 2005 retumbaban en mis aposentos melancólicos mientras caminaba solo por el Parque México de la colonia Condesa la noche del 24 de diciembre del año pasado. Oren y Hina se mudaron a Guatemala, Tarek consiguió una plaza de docente en la Universidad de Houston y Alberto se casó y se fue a Montreal. Me detuve frente a un enorme árbol navideño, hipnotizado por su luminiscencia. Imaginé una mano sobre mi hombro. Era mi madre. “Eso no es para ti”, la oí decir. No lo puedo evitar: siempre que me llega el olor a pino me invade una sensación de pérdida.

Estrógeno explosivo

Publicado junio 8, 2015 por arivolovich
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(Extracto de Jet Lag. Editorial Moho, 2013)

La objetable veracidad histórica de la guerra de Troya no es un impedimento para poder tomarla como referencia de grandes batallas, debido a la espectacularidad poética que da forma a la Ilíada. Si hacemos un recuento de otras guerras que quedaron grabadas en la historia, partiendo del determinismo religioso que impulsó el inicio de las Cruzadas en el siglo XI, pasando por el Imperio Mongol y la ferocidad de un ejército liderado por la osadía de Gengis Khan o el olor a sangre y pólvora que impregnaron los campos de batalla napoleónicos y las dos Guerras Mundiales —por mencionar algunas de las más significativas—, no cabe la menor duda de que el dedo acusador siempre va a detenerse sobre un sospechoso común: la testosterona. Pero vivimos en una época de cambios violentos. Las guerras ya no son lo que eran; tampoco sus protagonistas. La igualdad de género se ha abierto paso donde menos se esperaba: dentro del fundamentalismo islámico. La Yihad (Guerra Santa) y sus mártires suicidas se están tiñendo de rímel.

No está de más aclarar que el fenómeno de los ataques suicidas no es algo nuevo. Los iniciadores de la tendencia fueron judíos. Remontándonos al siglo I d.C, los sicariis (de ellos viene la palabra sicario) no eran más que pandilleros urbanos que actuaban como el brazo militar de los zelotes. Los zelotes eran militantes religiosos judíos (en inglés, zealot significa fanático), los líderes radicales que encabezaban las rebeliones antirromanas que pretendían lograr —sin intención de ser irónicamente correctos— la liberación de Palestina. Una de las marcas registradas de los sicariis era su método de asesinato que consistía en aislar a los soldados romanos para degollarlos frente a sus compañeros, completamente conscientes de que ellos mismos morirían segundos después a manos de los funcionarios armados del Imperio Romano. Los nipones también vieron el gran potencial que se escondía detrás de la estrategia suicida —el daño infligido era cuatro veces mayor al de la lucha “convencional”— antes de lanzar a sus ya famosas brigadas de pilotos kamikaze contra la flota marina estadounidense. Aunque el suicidio como arma política y militar lleva acompañándonos desde la Antigüedad hasta la era del Blue Ray y los iPhones, lo que marcó un cambio significativo en esta disciplina radical fue la técnica empleada por los nuevos suicidas. Los hombres bomba no llegaron sino hasta la década de los ochenta, como parte de un experimento del Hezbollá para repelar la invasión israelí al Líbano.

El primer caso de una mujer kamikaze se registró el 9 de abril de 1985. Sana Khyadali, una chiíta integrante de un grupo político secular denominado el Partido Nacional Socialista Sirio (PNSS), fue la pionera de las mujeres shahid.* La joven de dieciséis años esperaba un convoy del Ejército de Defensa Israelí que patrullaba la zona de Jazzín en el sur del Líbano, antes de detonar los explosivos que se escondían retacados dentro de su vehículo para desaparecer y despedirse del mundo junto a dos soldados del EDI.

Seis años más tarde, el 21 de mayo de 1991, Thenmuli Rajaratnam (conocida como Dhanu), una joven perteneciente al grupo independentista Los Tigres Tamiles de la Liberación del Eelam** (TTLE) de Sri Lanka, puso fin a su vida y a la de otras dieciséis personas de la misma manera que su semejante libanesa, logrando eliminar en la ciudad India de Sriperumbudur a su objetivo principal: el ex primer ministro indio Rajiv Gandhi.

Además del Medio y Extremo Oriente, el Cáucaso también ha funcionado como escenario para el fenómeno de las mujeres bomba. Shamil Basayev, el Señor de la Guerra, enemigo número uno de Rusia y quien hasta el día de su muerte —9 de julio de 2006, durante un ataque de las fuerzas especiales rusas— fue el jefe militar de la guerrilla chechena y uno de los terroristas más buscados del mundo, a pesar de inclinarse a favor del radicalismo islámico, confesó haber entrenado a las Viudas Negras chechenas: una brigada caracterizada por sus atentados suicidas y formada por mujeres que como bien señala el nombre, perdieron a sus maridos (y seres queridos) en la prolongada guerra contra Rusia. Basayev, conocido entre otras cosas por poner un precio a la cabeza de Vladimir Putin, había concretado las amenazas dirigidas a Moscú enviando su brigada de mujeres kamikazes para aterrorizar al Kremlin y a sus ciudadanos. La primera vez que el mundo reconoció este nuevo brazo armado del conflicto checheno fue en octubre de 2002, cuando un puñado de mujeres vestidas de negro y fajadas con cinturones explosivos tomaron más de ochocientos rehenes en el Teatro Dubrovka de Moscú. Las Viudas Negras (o viudas bomba) integran uno de los grupos suicidas más sanguinarios de la historia, y han cobrado la vida de centenares de personas. Uno de los detalles que caracteriza a las Viudas Negras es que siempre cargan los certificados de defunción de sus seres queridos.

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La muralla construida a base de la misoginia promovida por los tabúes sociales y las rígidas imposiciones religiosas que por lo general caracterizan a los movimientos militantes islámicos es un filtro que debería castigar, detener y por consecuencia disuadir a las mujeres de participar en cualquier actividad política y militar, sobre todo si tomamos en cuenta las connotaciones heroicas que se atribuyen a los fedayín*** y muyahidines**** contra la discreción exigida a las mujeres en este contexto social. Pero hay factores que respaldan y explican estas supuestas contradicciones. El más inmediato es que las mujeres pasan los controles policiales y militares con mayor facilidad que los hombres por el simple hecho de que estadísticamente no encajan con el perfil del terrorista común. También, expertos en materia antiterrorista indican que el impacto en la opinión pública es mucho más profundo cuando se trata de un atentado perpetrado por una fémina, aunque uno no necesita ser experto para entender las razones por las cuales el terrorismo femenino es más llamativo. Sólo basta con pasear por los lugares comunes de la femineidad como el instinto maternal, la sensibilidad, la compasión, para poder apreciar el contraste conceptual. Las posturas de los líderes de algunos de los grupos radicales de mayor renombre como el Hamás o Al Qaeda oscilan entre la conveniencia del pragmatismo y el puritanismo dogmático. El fallecido jeque Ahmed Yasin, jefe del Hamás, no reparó en las posibles contradicciones que algunos vieron en el yihadismo femenino porque partía desde una perspectiva puramente útil, por eso declaró que “los combatientes varones se topan con muchos obstáculos. Se trata de una evolución más en nuestra lucha. Las mujeres son como un ejército en la reserva y hay que usarlas cuando son necesarias”. La postura del número dos de Al Qaeda, el egipcio Ayman al Zawahiri, es menos progresista, por decirlo de alguna forma. La mano derecha de Bin Laden dedicó parte de su mensaje de dos horas —transmitido como respuesta a más de novecientas preguntas publicadas en internet por parte de simpatizantes de Al Qaeda— para exponer su rechazo a la participación militar femenina en la Yihad. “El papel de la mujer está limitado al cuidado del hogar y los hijos de los muyahidines”, declaró, consiguiendo así una oleada de respuestas por parte de mujeres islamistas radicales que exigían igualdad de género y quienes se sentían profundamente ofendidas porque el número dos de Al Qaeda ignoraba el hecho de que la rama iraquí de su organización contaba con más de veinte mujeres “martirizadas” desde 2003.

A pesar de que la Guerra Santa sigue siendo cosa de hombres, existen algunos grupos de apoyo que promueven esta creciente demanda para la equidad sexual, sin importar si ésta se logra únicamente en la otra vida. Un ejemplo de esto es una página cibernética (www.minbar-sos.com) que se dedica, entre otras cosas, a alentar a las futuras yihadistas. Este sitio fue creado en Bélgica por Malika el Aroud, viuda de quien en 2001 asesinó al jefe de la guerrilla antitalibán.

Wafa Idris, quien el 27 de enero de 2002 hizo estallar su backpack —matando a un anciano e hiriendo a más de cien transeúntes israelíes— para convertirse en la cuadragésima séptima shahid y la primera mujer que logró morir en nombre de Alá representando la causa palestina, no alcanzó a participar en las discusiones que ha incitado esta polémica. Wafra era originaria del campo de refugiados al-Amari de Cisjordania. “De todos los voluntarios de la Media Luna Roja —el equivalente a la Cruz Roja—, Wafra era la más animada”, dice Bárbara Víctor (periodista especializada en el Medio Oriente) sobre la impresión que la palestina de 27 años dejó en ella, dos meses antes de inmolarse en el centro de Jerusalén. Aunque podríamos descartar la depresión como un factor determinante en la motivación suicida de los shahids, cabe mencionar que las mujeres representan un pueblo reprimido dentro de otro. “A medida que viajaba por Gaza de una población Cisjordana a otra, entrevistando a las familias y a los amigos de las mujeres que habían logrado entregar sus vidas […] descubrí la dura realidad de que nunca era una mujer la que reclutaba a las kamikazes […] que los motivos y las recompensas para los hombres que morían como mártires eran muy distintos a los de las mujeres. En consecuencia, consideré que era fundamental comprender el razonamiento de los hombres que ofrecen una justificación moral para seducir y adoctrinar a una mujer o una chica y, en última instancia , convencerla de que lo mejor que puede hacer con su vida es ponerle fin […] Lo que me desconcertó cuando entrevistaba a aquellos hombres fue que todos ellos habían conseguido convencer a hermanas, hijas o esposas a su cargo de que dada la ‘trasgresión moral’ cometida por un miembro masculino de la familia, el único medio para redimirse ellas mismas y salvar el honor de su familia era morir como una mártir. Sólo entonces estas mujeres disfrutarían de una vida inmortal llena de felicidad, respeto y esplendor y, finalmente, serían iguales a los hombres”, escribe Bárbara Víctor en su libro Las siervas de la muerte.

La “guerra convencional” no es en el fondo más que una expresión eufemística que pretende encubrir la destrucción y el horror institucionalizados. El terrorismo de Estado sí existe y es igualmente reprobable que el “no convencional”. El terrorismo empieza donde termina el diálogo, y tanto el nacionalismo radical como el fundamentalismo religioso se han encargado de quitarle la voz al otro, sea quien sea ese otro. Hay quienes darían su vida para poder alzar la voz y ser escuchados. Ellas lo hicieron, y sus acciones fueron seguidas por un silencio desconcertante.

 

* Shahid: mártir, del árabe. Una persona que muere por la causa de Dios.

** Los Tigres Tamiles de la Liberación del Eelam: organización armada que surge en 1976 como parte de un creciente resentimiento de la minoría tamil frente a la discriminación de la población cingalesa, el grupo étnico dominante de Sri Lanka.

*** Fedayín: guerrero que actúa obedeciendo sus convicciones políticas.

**** Muyahidín: guerrero que actúa acorde con sus convicciones religiosas.

La tragedia de Clipperton

Publicado enero 3, 2015 por arivolovich
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SobrevivientesClipperton

A casi cien años y mil 250 kilómetros de distancia de los parachuts, las calandrias, las irritantes brigadas de motos acuáticas, el humo y el cortejo artificial de las voluptuosas discotecas de la costera; de las parejas que, una tras otra, parecen recrear algún pasaje de una melodía luismiguelera caminando a lo largo de una playa empalagada de tantos años de susurros y promesas perfumadas; a mil 250 kilómetros del horizonte kitsch acapulqueño se esconde una isla que contiene una historia de terror cuyas imágenes podrían ofuscar el efecto romántico de cualquier atardecer.

Breviario de una disputa internacional
Aunque el primero en avistar esta isla fue el navegante portugués Fernando de Magallanes ⎯sin poner pie en ésta⎯ en 1521 para registrarla bajo el nombre Médanos en la vasta bitácora de las pertenencias del Imperio español, la isla es mejor conocida por el nombre del temerario pirata inglés John Clipperton, quien utilizó esta diminuta plataforma de arena (de 7 km2 y una laguna salada en medio que ocupa el 90 por ciento de la superficie de la isla) a principios del siglo XVIII como escondite, bodega para almacenar sus saqueos y para planificar sus embestidas en contra de blancos españoles y la Nao de China que llegaba al puerto de Acapulco. En 1711 los capitanes de los buques franceses La Princesse y La Découverte redescubren la isla e inmediatamente la bautizan como La Île de la Passion para adjudicarla a la soberanía de Luis XIV. La independencia mexicana heredó, entre otras cosas, los residuos de tierra desparramados por el disminuido imperialismo español. Parte de esta herencia incluía La Isla de la Pasión que fue anexada a territorio nacional en la Constitución de 1824. Los años consiguientes convirtieron este terruño minúsculo en un escenario de conflictos mercantiles entre ingleses y estadounidenses para conseguir los derechos de extracción de guano, sobre todo durante la guerra hispano-estadounidense en 1898. Al enterarse del potencial económico de la Isla, los franceses no tardaron en cuestionar la legitimidad de la soberanía inglesa, estadounidense y mexicana sobre ésta, exigiendo su parte del pastel y haciendo una alusión a la declaración de toma de posesión hecha en 1858 por el teniente Víctor Le Coat de Kerveguen en nombre del emperador Napoleón III.* Porfirio Díaz rechazó las demandas francesas ⎯argumentando que México era el único acreedor de los antiguos territorios españoles⎯ al mismo tiempo que pactaba un acuerdo con la compañía inglesa Pacific Islands Company que se dedicaba a la extracción de guano en el Pacífico ⎯como indica explícitamente su nombre. Bajo la supervisión del Porfiriato, la compañía inglesa construyó un muelle y un asentamiento minero, poblándolo con más de 100 trabajadores de distintas nacionalidades traídos de San Francisco.

Los infortunios de los Arnaud
En 1907 Porfirio Díaz ordenó edificar un faro de luz a un pequeño pelotón comandado por el capitán Ramón Arnaud Vignon ⎯de padres franceses, paradójicamente⎯ quienes además de inspeccionar las labores de explotación por parte de las compañías foráneas, su estancia tenía el propósito de imponer una presencia simbólica en la ínsula que ondeara ante las posibles miradas que acechaban detrás de los binoculares de los buques franceses. La pobre calidad del guano clippertoniano finalmente obligó la retirada de la Pacific Islands Company en 1908 para luego convertirse en The Pacific Phosphate Company. Ese mismo año y durante una breve visita a su natal Orizaba, el capitán Arnaud contrajo matrimonio con Alicia Rovira Gómez. La joven pareja, al contrario de muchas, llegó a una pequeña isla tropical para ponerle fin a su luna de miel. El ahora denominado “gobernador de la Isla”, Ramón Arnaud, caminaba erguido sobre la estrecha playa, manteniendo la disciplina y la cordura de sus soldados a base de ejercicios rutinarios mientras que una nueva generación de clippertonianos nacía ⎯incluyendo a dos de los tres hijos del matrimonio Arnaud⎯ durante este periodo de calma. Para ese entonces el barco de suministros llegaba para abastecer a los isleños cada dos meses de manera puntual y sin mayores contratiempos. No fue sino hasta 1913, en una visita autorizada que hizo la familia Arnaud en Acapulco, cuando se enteraron de los violentos cambios que azotaban al país. Ni el exilio forzado de Porfirio Díaz a París, ni el asesinato de Francisco Madero y José María Pino Suárez ordenado ese mismo año por un resentido Victoriano Huerta, ni el hecho de que el mismo ejército del “gobernador de la Isla” estaba a punto de entablar una guerra contra los constitucionalistas fueron argumentos suficientes como para lograr disuadir a un testarudo Arnaud en cumplir las órdenes caducas de un general que, dicho sea de paso, se encontraba a 10 mil kilómetros de distancia, en el corazón del “enemigo”, degustando vinos y tragando croissants.
Y así, Arnaud y familia regresaron a gobernar a los isleños de su reinado tropical. Para 1914, todas las maniobras militares y políticas estaban enfocadas hacia la turbulenta Revolución mexicana, despojando al pequeño destacamento del capitán Arnaud de cualquier relevancia sustancial para los propósitos estratégicos que presentaban los nuevos tiempos. El barco de suministros dejó de llegar. La playa de La Isla de la Pasión se llenaba gradualmente de miradas expectantes que se dirigían hacia un horizonte cada vez más hostil e imponente. Arnaud y sus isleños se vieron obligados a limitar su dieta a los huevos de pájaros bobos (la población más grande en el mundo), pescados y los pocos cocos que daban las escasas palmeras. Para esas instancias, muchos de los habitantes de la isla habían muerto de escorbuto.
En lo que seguramente fue un día sumamente estimulante para los clippertonianos, durante una tormenta apareció un naufragio estadounidense frente a la costa de Clipperton. Arnaud y sus soldados lograron salvar a los sobrevivientes estadounidenses, aunque con la baja de uno de los rescatadores que fue devorado por un tiburón. Una vez recuperados y al enfrentar la posibilidad de haber sido víctimas de un abandono intencional, tres marineros estadounidenses se osaron a remar mil 250 kilómetros para llegar a tierra firme en una pequeña balsa. En contra de todas las posibilidades lograron su cometido e inmediatamente notificaron a las autoridades, quienes no mostraron ningún interés en rescatar a un pelotón huertista perdido. Ninguno de los habitantes de La Isla de la Pasión sospechaba que había comenzado la Primera Guerra Mundial, ni que el Tampico ⎯el buque de las provisiones que zarpó del puerto de Topolobampo⎯ sería perseguido y hundido a manos del Vicente Guerrero de los revolucionarios en lo que fue la única batalla naval registrada en la Revolución Mexicana.
No fue sino hasta que el USS Cleveland ⎯un barco de la marina estadounidense⎯ ancló al lado de la costa de Clipperton el 14 de junio de 1914 cuando Arnaud se enteró de los sucesos que sacudían al mundo entero. El USS Cleveland había llegado con la intención de salvar al resto de náufragos norteamericanos y ofreció llevarse a bordo a Arnaud, sus soldados y familias a tierra firme. En un gesto de insolencia patriótica, el gobernador de la Isla rechazó la oferta hecha por el capitán del Cleveland argumentando que no contaba con órdenes directas de sus superiores, que tenían suficientes raciones para sobrevivir cinco meses y porque no podía tratar con el enemigo. El USS Cleveland y los náufragos estadounidenses desaparecieron en el horizonte. Sin embargo, Arnaud escondía un motivo que podía explicar su obtusidad flagrante. Años antes había sido acusado de desertor y el abandonar su puesto podía ser interpretado como una segunda deserción.
El tiempo transcurría y el horizonte seguía despejado. Los muertos eran enterrados debajo de la arena de la laguna. Los pocos cocos eran reservados para las mujeres y los niños. Los hombres ya mostraban señales claras de delirio y desesperación. Dos años después de la partida del USS Cleveland, en octubre de 1916, el gobernador Arnaud avistó un barco y le ordenó a sus soldados ⎯prácticamente a todos los hombres de la isla menos al farero, Victoriano Álvarez⎯ a seguirlo a la pequeña lancha de remos para intentar alcanzar el navío. Las mujeres y niños observaron boquiabiertos cómo la pequeña tripulación comandada por Arnaud bajaba del buque y volvía hacia la isla. El terror se apoderó de las esposas e hijos al ver cómo las olas hundían la endeble embarcación de sus maridos y padres hasta perderlos de vista para siempre dentro de la aguas infestadas de tiburones.

El Marqués de Clipperton
La larga desventura de las recientes viudas ⎯entra las que estaba Alicia Rovira Gómez ⎯ y huérfanos estaba a punto de tomar un curso aún más tenebroso. Victoriano Álvarez, al verse libre de cualquier figura autoritaria, se autoproclamó rey de la Isla, convirtiendo gradualmente a las sobrevivientes femeninas en sus esclavas sexuales. Tanto las mujeres como las niñas de la Isla se encontraban a la merced de la violencia caprichosa de Álvarez. Las violaciones formaban parte de la rutina diaria. La viuda del capitán Arnaud había logrado repeler a Álvarez hasta el 18 de julio de 1917. Lo siguió, resignada, acompañada de sus hijas hasta llegar al faro. Aprovechándose de un descuido del farero endemoniado, las mujeres de Clipperton lograron tirarlo al piso de un golpe y ponerle fin a su reinado de terror a base de patadas y martillazos. Alicia Rovira, en un arrebato de ira le pidió a su hijo de siete años ⎯Pedro Ramón Arnaud⎯ que fuera por el petróleo que tenía escondido. “¡Vamos a quemarlo!”, gritaba Alicia en medio de la excitación colectiva.
En un hecho que pone en cuestión la palabra casualidad, ese mismo día y con el cadáver del violador aún tibio, un barco de guerra norteamericano ⎯el USS Yorktown, al mando del capitán H.P. Perril⎯ que surcaba la zona, avistó y rescató a las cuatro mujeres y siete niños que sobrevivieron a este episodio antagónico de la Revolución Mexicana.

*El 2 de marzo de 1909, ante la persistencia francesa, Porfirio Díaz firma un documento en el cual México y Francia pactan llevar el caso Clipperton a una tribunal arbitral. El juez en cuestión fue Víctor Manuel III, el rey de Italia, asignado por el Vaticano. El veredicto se pronunció a favor de Francia. Víctor Manuel III concluyó de manera tajante que la soberanía de la isla le pertenecía a Francia desde la toma de posesión hecha en nombre de Napoleón III el 17 de noviembre de 1858. Debido a un cúmulo de circunstancias, la Primera Guerra Mundial entre tantas más, la sentencia del jerarca italiano no se dio a conocer sino hasta el 28 de enero de 1931. Las iniciativas de personas como del explorador francés Jean Louis Étienne y la investigadora del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICML) de la UNAM, entre otras, han ofrecido la mejor solución a la disputa territorial entre ambos países. La Isla de Clipperton se ha convertido en un laboratorio oceanográfico en donde científicos de ambos países trabajan en conjunto para estudiar la fauna de la zona.