Blues del desempleo

Publicado abril 13, 2019 por @ari_volovich
Categorías: Uncategorized

(Publicado en El Cultural)

desempleopic

Lunes

Despierto para encontrarme de frente con los ojos de mi gato que me observan como dos soles azafranados, con ese detenimiento punzante y despreocupado de los psicópatas. Hunde sus uñas en mi piel para acariciar mi pómulo, sólo lo suficiente como para marcarlo ligeramente y comunicarme que ha recuperado el apetito. El reloj marca las 5 am. “Piedad, maldita bestia adorable”, murmuro a regañadientes y lo acaricio de mala gana antes de incorporarme lentamente sobre el borde de la cama. Me tallo los párpados y volteo a ver a mi mujer quien sigue profundamente dormida, seguramente soñando con un hombre dotado de poderes adquisitivos.

El minino sale de la recámara rumbo a la cocina con una parsimonia y elegancia que coquetea con lo sublime. Mientras me postro frente a él para llenar su tazón de croquetas, éste me barre con la mirada para recordarme que a pesar de que su antiguo imperio (el egipcio) yace soterrado debajo de incontables puestos de shawarma y falafel, él sigue siendo una deidad digna del eterno sacrificio de los mortales.

Dejo a la bestia pelirroja en lo suyo y abro el refrigerador sin saber a bien lo que busco. Me rasco esa panza que se formó en mi último trabajo godín, y cierro la puerta del refrigerador sin saber a bien qué hago parado ahí. La deidad afelpada desatiende por un momento el código conductual que exige su estirpe para lamer su esfínter con la lengua. “Por algo los desterraron”, callo.

Vuelvo a la cama con la intención de restarle dos horas al lunes, pero en cuanto mi cabeza toca la almohada, la realidad estalla en mi nuca y se adhiere a mis neurotransmisores como una efervescencia indeseada. “Estoy desempleado”, me recuerdo, y mis ojos se abren de par en par para fundirse con el techo.

07:00 hrs

El despertador de mi media naranja resuena en mi caja timpánica como la antigua alarma sísmica. Sólo sigo en la cama por cuestiones protocolarias: mi mirada no se ha despegado del techo en dos horas. Me levanto como un embutido autómata para llevar a cabo lo que se ha vuelto mi rutina diaria. Prendo el boiler, limpio los desechos del semidios pelirrojo, preparo café y hago unos huevos revueltos, mientras maquino la estrategia a seguir para continuar con la búsqueda de trabajo.

Mi domadora me planta un beso en la frente y desaparece detrás de la puerta para cumplir con su guardia en el hospital. El semidios y yo nos volteamos a ver como quienes acaban de asimilar la orfandad.

“La locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”, repito la definición de Einstein de modo inconsciente y entro a mi cuenta de LinkedIn. El ícono de las notificaciones está en rojo. Un rayo de esperanza surca mi persona, hasta que me encuentro con la amable sugerencia de un algoritmo para felicitar a Equis o Ye por su Ene aniversario en Tal empresa.

Abro mi correo. “Excelente tarde, maestro Volovich. Nos encantaría contar con una colaboración suya para nuestra nueva aventura editorial. Desafortunadamente, por el momento no contamos con presupuesto, pero…”. Borro el mensaje y sigo desplazándome por ese acantilado de remedios milenarios contra la disfunción eréctil, de ofertas de viajes imposibles y demás afrentas a mi fino ser hasta que agoto la esperanza de encontrarme con alguna pista de ese unicornio azul mal denominado Chuleta. Vuelvo a abrir el refrigerador.

08:40 hrs

La ama de casa que está detrás mío en la cola de la caja me tantea con la mirada. Sonrío para capear su desprecio con el decoro de los justos, a la vez que pongo el queso tipo manchego sobre la banda, consciente de que sólo me falta una cabellera abultada y pagar la leche con la chequera para encarnar a la perfección al viejo y entrañable Dude Lebowski.

El tema The Man in Me de Dylan sonoriza mi camino de vuelta a casa. Saludo a la señora del puesto de periódicos, al franelero adicto al chemo y al sastre de mi cuadra sin quitarme los audífonos, y sin permitir que el pánico que ameritan cuatro meses de desempleo desde mi último trabajo formal corroa mi hipotálamo.

09:15 hrs

Entro al Facebook para reforzar la máxima de Einstein una vez más y atosigar a amigos editores, escritores y periodistas para que me compartan sus contactos e indagar si saben de un puesto fijo en algún medio. Hay quienes se muestran reticentes, celosos de sus contactos; otros se dedican ya a oficios redituables y se declaran orgullosamente fuera del medio editorial; un grupo selecto de hermanos en armas me dicen las cosas de frente: los medios ya fueron. Observo de reojo al gato que intenta cazar una mosca varada en la engañosa inmensidad de la ventana. “Estamos en las mismas, colega”, le digo y éste me responde con una mirada pasmada.

11:10 hrs

Marilyn me platica de los problemas que tiene con el editor de su novela mientras caminamos a paso pseudo rápido alrededor del parque para cumplir con nuestra cuota diaria de ejercicio. “Su bipolaridad lo ha aislado del mundo editorial parisino. De hecho, se mudó a una casa en la costa de Marsella y sólo responde un correo al año, nunca contesta el teléfono y se rumora que rara vez sale a la calle, así que mi novela depende, en gran medida, del estado de su química cerebral”, me cuenta con una sonrisa melancólica.

13:20 hrs

Me encuentro con un viejo amigo en la calle. Nos ponemos al día. Se entera de mi desfavorable posición en la escala social.

Viejo Amigo: ¿Te acuerdas de Equis Ye?

Yo: Sí, cómo no. Era conocido en todo el gremio periodístico por sus cualidades zalameras.

Viejo Amigo: Ése mero.

Yo: ¿Qué ha sido de ese sexoservidor?

Viejo Amigo: Pues ahora es director de Tal. ¿Por qué no le echas un grito?

13:40 hrs

“Cómo has estado, estimadísimo Equis Ye. Cuánto tiempo sin vernos. Oye, te cuento, hasta hace unos meses estaba editando la sección nacional de Tal periódico y pues me encantaría volver al ruedo lo antes posible. ¿Habrá alguna vacante en tu equipo de trabajo?”, escribo a su cuenta de Whatsapp y enseguida veo que las palomitas se pintan de azul.

23:45 hrs

Observo mi celular: las palomas permanecen azules e inalterables. Mi mujer me pide, con el cepillo de dientes incrustado en su boca, que le platique de mi día. Me apuro en dar un sorbo al bote de Listerine para refugiarme bajo la quinta enmienda estadounidense y así evitar una descripción dantesca de mis desventuras antes de poder sumergirme en el dulce socialismo que se respira en el terreno onírico.

Martes

Las garras del gato me despiertan a la misma hora. Vuelvo a postrarme delante de Él para verter las croquetas en su tazón cual siervo abnegado.

Me acuesto para perder la vista en el techo. Mis ojos empiezan a resentir los estragos del déficit del sueño, parecen sostener el peso de dos planetas moribundos. Mi mente se empeña en hacer un recorrido de los empleos que tuve en mis años mozos, desde limpiaplatos en un restaurante en Tel Aviv, como albañil, proyeccionista de cine, o cuando movía pianos de músicos mediocres en Beverly Hills. Mi semblante se ve empotrado por una sonrisa nostálgica.

7:00 hrs

Suena el despertador de mi mujer. Prendo el boiler, limpio los desechos del semidios pelirrojo, preparo café y hago unos huevos revueltos, mientras maquino la estrategia a seguir para continuar con la búsqueda de trabajo.

Mi domadora me planta un beso en la frente y desaparece detrás de la puerta para cumplir con su guardia en el hospital.

09:20 hrs

Abro el Whatsapp para encontrarme con un mensaje de Roberto, un colega y amigo que hice en mi último trabajo. Me dice que están buscando un editor adjunto para su sección, aunque me advierte que son más horas de trabajo por menos paga, que el jefe es un déspota a la vieja usanza y que la moral del nuevo medio está a la baja. Además, me cuenta, lo más seguro es que contraten a una chica recién egresada de la universidad quien ya se había presentado a la entrevista, porque según lo que escuchó, prefieren a un “elemento más explotable”. “¿Te interesa?”, pregunta. “Claro”, respondo sin chistar y enseguida me pasa los datos de la reclutadora de recursos humanos. Concreto una cita a las 16:30 horas.

11:35 hrs

Le platico a Marilyn de mi entrevista y percibo que mi voz ha recuperado cierto brillo. Una familia de ratas se interpone en nuestro camino obligándonos a parar en seco. Intento ahuyentarlas acercándome a pasos agigantados y plantando las suelas sobre el cemento con todas mis fuerzas. La madre voltea con una lentitud premeditadamente ofensiva para establecer contacto visual conmigo sin dejar de masticar los restos de una salchicha.

“Es alucinante la falsa seguridad que te da la estabilidad económica”, le digo a Marilyn.

14:30 hrs

Salgo de la regadera para plantarme frente al espejo. Aplico el rastrillo para desdibujar todo rastro de escepticismo de mi semblante. Me cepillo los dientes, unto mis axilas con una sustanciosa capa de desodorante, limpió la cera de mis tímpanos y arranco algunos pelos blancos que sobresalen de mis orejas. “El secreto de la limpieza étnica está en los pequeños detalles”, me digo a modo de chiste privado.

16:20 hrs

Noto que el cierre de mi pantalón está abierto. Lo cierro e inmediatamente después se abren las puertas del elevador para colocarme en la antesala del periódico.

La recepcionista me extiende una sonrisa genérica, pide por mi nombre y asunto a tratar antes de intercambiar la información a través del auricular. “En un momento estarán con usted, si gusta puede tomar asiento”, me dice extendiendo su brazo.

Una mujer a principio de sus treintas, vestida de prendas corporativas, entra en la sala de espera para recibirme con otra sonrisa genérica. Procuro responderle con un gesto similar, pero fracaso de manera categórica. A petición suya, la sigo hasta una oficina sin ventanas.

Reclutadora de recursos humanos: Ahora sí, Ariel (sic), platícame, ¿cómo estás?

Mi fino ser: A punto de buscar asilo en la selva amazónica (callo).

Reclutadora de recursos humanos: ¿Por qué te gustaría trabajar en nuestro medio?

Mi fino ser: Por la perra necesidad (callo).

Reclutadora de recursos humanos: ¿Cuáles consideras que son tus mayores virtudes?

Mi fino ser: Mi capacidad de contener mis instintos homicidas ante preguntas descerebradas (callo).

El test de Rorschach se extiende más de la cuenta. A juzgar por el semblante de la reclutadora, cada vez que doy una respuesta estoy más cerca de conseguir una habitación acolchonada en el Fray Bernardino que de habitar un cubículo en el diario.

Reclutadora de recursos humanos: Me dio mucho gusto platicar contigo. Nos comunicaremos a tu correo electrónico en el transcurso de la semana para hacerte llegar nuestra decisión.

Mi fino ser: Un placer (miento).

17:45 hrs

Una vez en el interior del Metrobús me desabotono la camisa. “¿Cómo te fue?”, pregunta el Whatsapp de mi mujer. El pasajero que tengo enfrente percibe mi resoplido y se limita a sacudir la cabeza para comunicar su reproche.

Miércoles

5:00 hrs

Lleno el tazón de Su Excelencia mientras repaso las enormes ventajas de haber nacido gato en el modelo económico capitalista.

7:00 hrs

Suena el despertador de mi mujer. Prendo el boiler, limpio los desechos del semidios pelirrojo, preparo café y hago unos huevos revueltos, mientras maquino la estrategia a seguir para continuar con la búsqueda de trabajo.

Mi domadora me planta un beso en la frente y desaparece detrás de la puerta para cumplir con su guardia en el hospital.

Reviso mi correo, abro mi Whatsapp y mi cuenta de LinkedIn. “Cinco personas vieron tu perfil esta semana”, me asegura el sitio, para llenar mi cabeza con más información inútil.

 11:02 hrs

“¿Y, cómo te fue?”, pregunta Marilyn. “Prefiero hablar de AMLO o del conflicto israelí-palestino. Tú elige”, le respondo con una sonrisa genérica y acelero el paso. La madre rata me ve y sale disparada.

13:20 hrs

“Estimado Ariel (sic), te escribo para comunicarte que desafortunadamente ya llenamos la vacante para el puesto de editor adjunto, de igual manera, agradecemos muchísimo tu interés y…”, reza el correo. Apoyo la frente sobre mis palmas.

13: 25 hrs

Negación.

13:55 hrs

Ira.

14:05

Negociación.

14:26

Depresión. 

23:00 hrs

Aceptación.

Jueves

7:00 hrs

Suena el despertador de mi mujer. Prendo el boiler, limpio los desechos del semidios pelirrojo, preparo café y hago unos huevos revueltos, mientras maquino la estrategia a seguir para continuar con la búsqueda de trabajo.

Me llama mi padre para comentarme que un conocido suyo anda buscando un encargado-de-confianza para una de sus tiendas de electrodomésticos. Me pasa su teléfono y le marco inmediatamente para fijar la cita para el mediodía.

12:00 hrs

Empleador Potencial: ¿Cuál es tu experiencia?

Mi fino ser: Soy escritor, periodista, traductor, guionista y editor.

Empleador Potencial: ¡Ja ja ja!

12:15 a 13:35 hrs

Negación, ira, negociación, depresión.  

23:00 hrs

Aceptación.

Viernes

Las garras del dios desterrado se hunden en mi pómulo. Abro los ojos.

“Ah, por fin es viernes”, suspiro para ventilar un falso alivio. Después de todo, existen pocas cosas más extenuantes que el desempleo.

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Adiós al mundo Marlboro

Publicado febrero 23, 2019 por @ari_volovich
Categorías: Uncategorized

*Publicado en El Cultural

smoking

DOMINGO 21 DE OCTUBRE DE 2018. 20:12 hrs. “En la puta vida quiero volver a verte, ¿me oyes, hijo de la gran puta?”, le digo a lo que queda de mi cigarrillo, acercándolo a mis ojos para enseguida aplastar la colilla en el cenicero. Una buena descarga de amor propio recorre mi cuerpo dada mi convicción inalterable. “¡En la puta vida, dije!”, y aplasto otra colilla con esa sobrecompensación histriónica de los culpables.

21:10 hrs. Mañana mismo me inscribo al programa del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, le aseguro a mi mujer, quien me había recomendado la clínica del INER. Enseguida prendo un cigarro para celebrar mi decisión y sortear la angustia que me provoca la sola idea de dejar a mi compañero de vida desde que Berlín estaba dividida por un muro.

LUNES 22 DE OCTUBRE. 08:22 hrs. Los puestos ambulantes sobre la Calzada de Tlalpan, justo antes de llegar a la entrada del INER, son iguales a los que pululan en cada centímetro cúbico de cemento capitalino: tacos, tortas, jugos, cigarros sueltos, excepto por un puesto dedicado a la venta y renta de oxígeno para satisfacer la demanda del mercado cautivo que entra y sale, a duras penas, del hospital.

El guardia de seguridad que custodia la entrada intercepta a dos viejos que están delante de mí, entubados a sus respectivos tanques de oxígeno. “¿Cuál es el motivo de su visita?”, pregunta con amabilidad pobremente ejecutada. “Placer”, responde uno de ellos y me uno a sus carcajadas ásperas, al igual que a la inevitable tos que le sigue. El semblante alargado del guardia manifiesta los síntomas más visibles de esa enfermedad incurable denominada antipatía. Extiende su brazo y nos pide que vayamos al módulo donde todos los pacientes deben registrarse.

Se abren las puertas del ascensor y recorro el pasillo hasta llegar a la sala de espera. Tomo asiento en una hilera de sillas, frente a dos pacientes enchufados de la nariz a la toma de oxígeno que sale de la pared: “Mi futuro inminente”, pienso. Sus antebrazos se apoyan en los tanques de oxígeno mientras discuten sobre el panorama nacional, haciendo hincapié en la delicada situación por la que atraviesa la industria del textil mexicano a raíz de la llegada de AMLO al poder.

Un cartel nos muestra una figura humana abatida por todos los males asociados al tabaquismo: el resultado que arroja la imagen es un doble del Gollum de Tolkien, en caso de que éste fuera interrogado por la extinta Policía Judicial a lo largo de un sexenio. Una mujer entrada en sus treinta sale a mi encuentro. “¿Ari?”, pregunta con una sonrisa radiante que combina con su bata blanca, y me pide que la siga a su consultorio.

Las preguntas de la entrevista están diseñadas con el fin de sacar a flote el verdadero motivo por el cual la gente acude a la Clínica de Tabaquismo, para descartar la posibilidad de que sólo obedezcan a presiones externas, a partir del precepto —completamente cierto— de que nadie logra dejar el tabaco a menos de que en verdad lo desee.

Terminada la entrevista, la psicóloga me indica que tengo que acudir a la oficina de la trabajadora social para someterme al estudio socioeconómico y así determinar el monto a pagar por el tratamiento, que incluye diez sesiones grupales, una consulta con un neumólogo y una nutrióloga residentes, un electrocardiograma, estudios de laboratorio, una espirometría, una placa torácica, seguida por una consulta con un neumólogo de renombre.

La trabajadora social me recibe con amabilidad genuina, muy distinta a esa cortesía impuesta del personal de los hospitales chic. La entrevista marcha viento en popa. No tengo nada que ocultar: ando jodido.

Una vez que calcula tu casta dentro del tenso abanico que conforma a la especie neoliberal, la entrañable señora de ojos castaños te da en mano el recibo con el precio a pagar por el tratamiento.

MARTES 23 DE OCTUBRE. 09:55 hrs. Nuestra terapeuta, Jennifer, me recibe con una sonrisa y me invita a pasar al salón designado para las terapias grupales. Respiro satisfecho ante los contrastes entre cada uno de mis nuevos camaradas de vicio. He aquí, a grandes rasgos, las fichas biográficas, con sus respectivos seudónimos, que alcancé a registrar durante la sesión:

LUIS (35 años): Un nini alcohólico en recuperación que vive de sus rentas, enganchado a la mariguana y dependiente de más grupos de apoyo, como Doble A y Narcóticos Anónimos. Es un vivo homenaje a la obra de Chuck Palahniuk.

RIGOBERTO (48): Director de una escuela secundaria. Su saco, pantalones y calcetines oscilan entre un beige intencional y un involuntario café deslavado. Un peinado sujeto por una extravagante capa de gomina. Acudió a la clínica porque su consumo “escaló de uno a dos cigarros diarios”. No me jodas, Rigoberto.

JOAQUÍN (61): Pintor de renombre, de ojos alegres y semblante simpático. Diagnosticado con EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica), exalcohólico y cocainómano. Su manera de expresarse muestra a un ser educado y bien leído.

ARMANDO (70): Comerciante de telas cuyo negocio quebró de la noche a la mañana y lo hundió en una depresión severa, por lo que empezó a fumar a sus 59 años. Así es.

ALDO (25): Chef de un restaurante en Polanco. Padece un cuadro ansioso agudo y una hipocondría notable para su temprana edad. Fuma tres cajetillas diarias.

GUADALUPE (49): Trabaja en una dependencia gubernamental. Todos sus enunciados incluyen la palabra hipotiroidismo.

MORRIS (53): Doble A en recuperación tras un abuso de cuarenta años. Lo perdió todo por culpa de la gota amarga. A pesar de eso, se mantiene con una actitud jovial y esperanzada y se muestra dispuesto a nadar a contracorriente. Su apariencia está varada en algún punto de la década de los ochenta.

MONIQUE (54): Una señora de sociedad venida a menos. Divorciada de un federal quien la golpeó durante treinta años hasta que por fin consideró recurrir al divorcio. Su corte de cabello y vestimenta remiten a Los Ángeles de Charlie.

Cada una de las presentaciones concluye con un aplauso, a petición de Jennifer, para estimular al ponente en turno.

11:20 hrs. Los labios de la terapeuta se mueven sin emitir palabra alguna. Contemplo su dentadura inmaculada y recuerdo que me urge una limpieza. Noto que sus ojos están anclados en mis pupilas.

—¿Ari, estás con nosotros? —persiste Jennifer.

—Sólo en cuerpo —pienso, pero me limito a asentir con un  indeciso.

—Cuéntanos qué fue lo que te trajo a nuestro programa.

11:23 hrs. Por más que comprendo el sentido psicológico del aplauso en sesiones de esta naturaleza, cuando concluyo mi rutina y las palmas de mis compañeros se juntan con una mirada empática, mi primer instinto es quemarme a lo bonzo para experimentar un dolor distinto, más llevadero. El alza en el precio de los combustibles me obliga a entrar en razón. Jennifer nos encomienda la monumental tarea de llegar a la próxima sesión en estado de abstinencia.

11:35 hrs. Compro un cigarro suelto en el puesto de periódicos que está a la salida del INER. “Al menos ahora fumo con culpa”, me digo a modo de consuelo.

VIERNES 26 DE OCTUBRE. 10:45 hrs. Guadalupe confiesa que sigue fumando un cigarro antes de dormir, cuando se siente más ansiosa, aunque no sabe si la ansiedad obedece a la falta de nicotina o a su hipotiroidismo. Por otro lado, Rigoberto asegura, no sin cierto dejo de superioridad, haber “dominado el vicio por completo”.

Luis nos cuenta que mandó pedir chicles de nicotina de Estados Unidos (dejaron de venderse en México), pero que va a seguir fumando igual (cajetilla y media al día) hasta que lleguen, porque bastante le ha costado dejar la mariguana y el alcohol. El consumo de Aldo sigue ininterrumpido. Su pie derecho no deja de moverse, de tal modo que parece tener vida propia. Se muerde los pellejos del pulgar entre cada enunciado.

Jennifer le pide a Armando que describa las sensaciones físicas y psicológicas tras su abstinencia interrumpida. La ansiedad sigue como el obstáculo a vencer para sumarnos a la existencia de los no fumadores, esos seres mitológicos que se contentan con el aire fresco y la granola.

Morris nos narra varias anécdotas desgarradoras de cómo perdió a su familia debido a su alcoholismo y a la ausencia inherente a la adicción. La crudeza que contienen sus relatos se ve desdibujada con la vehemente frivolidad de Monique, quien nos comparte remedios homeopáticos para prevenir el cáncer de mama.

11:35 hrs. Jennifer nos pide nuevamente llegar a la sesión en estado de abstinencia.

11:48 hrs. Ojeo las portadas de los periódicos por última vez antes de pisar la colilla con mi suela. La cantidad de narcos que acaparan los titulares tiene un parecido escalofriante con el catálogo de Netflix, ¿o es al revés?

MARTES 30 DE OCTUBRE. 10:00 hrs. Hay desertores en nuestras filas. Rigoberto, Luis y Aldo no llegan a la sesión. La ronda testimonial varía muy poco: Monique usa su turno para intentar enmendar la relación con su madre, y Guadalupe es la única que llega en estado de abstinencia. Dice sentirse sumamente irritable, pero se lo atribuye al hipotiroidismo. Jennifer nos extiende un cuestionario que busca determinar qué tanto de nuestra adicción responde a una cuestión psicológica y qué otro tanto obedece a una dependencia física, con el objetivo de decidir el tratamiento a seguir para cada caso.

11:20 hrs. Resulta que en mí predomina la dependencia física.

MARTES 6 DE NOVIEMBRE. 10:45 hrs. Jennifer nos da una hoja con nuestro tratamiento. A algunos les recetan el Wellbutrin (un antidepresivo muy eficaz para disminuir el deseo de fumar), a otros, los parches de nicotina. A mí me recomiendan el Champix (sustancia que ocupa los receptores de nicotina en el cerebro), lo mismo que a Armando. Tengo mi historial con dicho medicamento. Gracias a éste dejé de fumar seis años. Sé que es caro, pero supongo que las enfermeras a domicilio cobran más.

13:30 hrs. La cola de la farmacia resulta más larga que la del banco, lo cual me parece una alegoría dolorosa y atinada de la salud nacional. Me meto a Facebook para ponerme al tanto de las batallas políticas, sociales e ideológicas que se libran en los muros de mis amigos.

MIÉRCOLES 7 DE NOVIEMBRE. 07:50 hrs. Engullo la primera pastilla de Champix.

VIERNES 9 DE NOVIEMBRE. 02:02 hrs. Despierto de golpe, con la espalda y frente sudadas. Mis sueños se han tornado más vívidos a causa del medicamento, igual que la primera vez que lo tomé. No sólo recuerdo que AMLO le lavaba los pies al Papa en un escenario central de Burning Man, sino que podría hacer un retrato hablado de los poros exfoliados en los empeines de Su Santidad, al igual que rescatar buena parte de los diálogos y la atmósfera, entre otros elementos.

10:25 hrs. Disfrazo a AMLO y al Papa con pseudónimos durante mi relato para no herir susceptibilidades. Armando narra efectos secundarios similares a los míos.

SÁBADO 10 DE NOVIEMBRE. 07:30 hrs. Despierto sin la necesidad inmediata de saciar mi dependencia a la nicotina.

11:06 hrs. Decido poner a prueba la eficacia del medicamento prendiendo un cigarro. La primera calada resbala sin contratiempos. A la tercera se imponen el asco y las náuseas que me obligan a apagarlo inmediatamente, con un repudio similar al de un supremacista blanco.

MARTES 13 DE NOVIEMBRE. Consulta grupal con un neumólogo residente del INER.

VIERNES 16 DE NOVIEMBRE. Consulta grupal con una nutrióloga, también residente del INER. Cumplo casi una semana en abstinencia.

MARTES 20 DE NOVIEMBRE. 08:30 hrs. Abordo el Metrobús. Mi olfato decide recuperarse en el momento en que el pasajero parado a mi lado, cuyo esfínter se ubica justo a la altura de mis fosas nasales, decide ventilar un pedo que, a juzgar por el buqué, lleva atorado desde cuando los mayas dominaban la astrología.

10:00-11:30 HRS. Los seis sobrevivientes del grupo somos ovacionados por nuestros logros, a pesar de que Joaquín no ha conseguido dejar la planta maldita.

VIERNES 23 DE NOVIEMBRE. Jennifer nos entrega las formas de los análisis y las consultas que incluye el programa antitabaco para que agendemos nuestras citas.

MARTES 27 DE NOVIEMBRE. Las ovaciones continúan, seguidas de las inevitables despedidas y los buenos deseos de los compañeros durante la sesión de cierre.

MIÉRCOLES 28 DE NOVIEMBRE. 08:00 hrs. Me presento en el laboratorio del INER para la muestra de sangre y orina.

08:40 hrs. Voy a mi espirometría. A la señal del médico, vacío el contenido de mi alma dentro de un aparato que mide la capacidad pulmonar.

08:50 hrs. El buen doctor me pide que inhale el broncodilatador que tiene en la mano y vuelvo a realizar la prueba.

09:15 hrs. “Una de dos: o siempre has tenido asma y nadie lo detectó, o bien tienes principios de EPOC. Vamos a pasarle tus resultados al neumólogo”, me asegura el buen doctor, y por un instante la luz institucional se torna negra. En cuanto recupero la vista y un ritmo cardiaco deseable, le agradezco y me apresuro a salir del INER.

Decido postergar el resto de consultas y estudios hasta después del Día de Reyes. Quedan pendientes la placa torácica y el veredicto del neumólogo. La ignorancia es la esencia de la dicha, dicen.

VIERNES 30 DE DICIEMBRE DE 2018. 21:08 hrs. En un ejercicio retrospectivo, mi naturaleza crítica busca las flaquezas de la Clínica de Tabaquismo, hasta que caigo en cuenta de que llevo mes y medio sin fumar.

El último shah de Morelos

Publicado febrero 11, 2019 por @ari_volovich
Categorías: Uncategorized

20 de junio de 1979. Cuernavaca, Morelos. Mediodía.

*publicado en Tierra Adentroshah

En un escenario posible, el último sha de Irán succiona una almeja mientras observa a su némesis recorriendo las calles de Teherán con las manos en alto y arropado por las multitudes. El ayatola Jomeini lanza algunas consignas que son coreadas por el pueblo. El último exponente de la dinastía Pahlaví deposita sobre la pantalla un par de ojos abatidos por la nostalgia y suspira largo y tendidamente antes de dejar su laguna azul en el borde la alberca. Chasquea sus dedos mientras sale del agua con una parsimonia que hace gala de su nobleza, y un guardaespaldas llega a su encuentro con una bata de seda verde pistache en las manos. Un mayordomo se postra inmediatamente delante del monarca y le extiende una charola de oro puro con una pastilla para regular la presión sanguínea de Su Majestad, al mismo tiempo que otro mozo le unta bloqueador solar en la nariz.

 

Su esposa observa la escena detrás de unas espesas gafas de sol. Nota que la piel de su marido ha adquirido un tono amarillento, pero se lo adjudica al reflejo de los adoquines de oro. Acerca la boquilla a sus labios y le da una larga calada al cigarrillo. El humo sale de su boca para cubrir la pantalla y desdibujar el rostro solemne del ayatola Ruhollah Jomeini; del verdugo de la monarquía absolutista de los Pahlaví, dinastía que venía gobernando Irán desde 1925.

 

El sha se amarra la bata y toma asiento al lado de su esposa. Vuelve a chasquear los dedos para ordenar otro laguna azul a uno de los mozos. Vacía el contenido del coctel en su interior de un solo trago. El matrimonio Real se limita a sintonizar su reino inasible sin cruzar palabra alguna. Pahleví encorva la espalda para pegar su nariz a la tele. El emblema de La Guardia Revolucionaria Islámica ondea en las pupilas melancólicas de Su Majestad.

 

Han transcurrido ya cuarenta años de la Revolución Islámica (RI) y desde que el sha se vio obligado a hacer las maletas; cuarenta años que han soterrado todo rastro de los grupos seculares de resistencia civil que dieron vida a la RI. Y es que en realidad se trataba de un movimiento social mucho más vasto, heterogéneo y complejo, que buscaba imponer una agenda bastante progresista para el irán de aquel entonces, clamando por la justicia social, por la liberación de la mujer, entre otras demandas apegadas a los derechos humanos y civiles. No obstante, lo que parecía ser una revolución sin precedentes en el Medio Oriente, terminó siendo una herramienta para infatuar a uno de los regímenes más opresivos de nuestra era.

 

Y es que el clérigo chií se deslindó de sus compromisos hacia sus contrapartes izquierdistas en cuanto asumió el poder del país, el 11 de febrero de 1979, para sorpresa de muchos, sobre todo de la Unión Soviética que había puesto todas sus fichas sobre la RI con la falsa certeza de que las facciones comunistas tendrían cabida en el nuevo régimen. No obstante, Jomeini hizo a un lado a sus antiguos compañeros de lucha al tiempo que esclarecía la postura del nuevo orden ante las potencias mundiales, tras calificar a la URSS y a Estados Unidos de Pequeño y Gran Satán, respectivamente.

 

Existe la teoría de que el régimen del ayatola había pactado con el entonces candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Ronald Reagan, con el fin de liberar a los rehenes de la embajada estadounidense hasta después de saber los resultados de la contienda electoral a cambio de un buen flujo de armamento y de dólares, con el objetivo de prevenir la reelección de Jimmy Carter y para ensalzar al nuevo líder del mundo libre. Sea cierto o no, lo que es un hecho es que los rehenes fueron puestos en libertad el mismo día que Reagan asumió el cargo, en un affaire que posteriormente fue conocido como Irangate.

 

Previo a la RI, los Estados Unidos de Carter brindaban su apoyo al sha y a su proyecto de modernización y laicización del país. Pero como ahora sabemos, el tablero geopolítico cambió de manera estrepitosa. El sha, quien figuraba como uno de los aliados más sólidos de los estadounidenses en la región, de pronto se encontraba en una gira forzada por el mundo.

 

EU no tardó en retirar su patrocinio a Irán para depositarlo en la humanidad de un tirano célebre y futuro enemigo del país de las barras y las estrellas: Sadam Husein. Irak, una nación de mayoría sunita, ahora contaba con la fuerza militar para enfrentar a su archienemigo chií. Lo que dio pie a un conflicto bélico que duró ocho años (de 1980 a 1988) y que cobró más de un millón de vidas, no sólo de soldados, sino también de la población civil. Entre las incontables atrocidades cometidas a lo largo de esta guerra, destacan las perpetradas por el régimen de Sadam Hussein —apoyado por los estadounidenses quienes apostaban por el debilitamiento mutuo de estas dos potencias regionales— que recurrió, una y otra vez, a métodos de guerra anticonvencionales, como el uso de gas mostaza en contra del ejército y de la población civil iraní y kurda por igual.

 

¿De dónde viene la división entre sunitas y chiís?

 

Situémonos en la Península Arábiga; más específicamente en La Meca del siglo VII: la cuna de su fundador, Mahoma, y quien es considerado por la mayoría de los musulmanes como el cuarto califa, o el último de un largo linaje de profetas enviados por Dios, de los cuales sobresalen Abraham, Moisés y Jesús.

 

En el año 632, Mahoma muere en las inmediaciones de Medina sin haber designado a un sucesor. La elección de Abu Bakr as-Siddiq —un mercader de La Meca, suegro de Mahoma y el primer converso al islam— generó mucho revuelo y controversia ya que fue elegido por sus allegados y sin la orden explícita de Mahoma, lo cual resultó en la fragmentación más importante dentro del islam: en sus dos referidas corrientes predominantes.

 

Islamización de Irán

Uno de los precedentes históricos que abrió el paso a la islamización del otrora imperio persa —que profesaba religiones politeístas como el zoroastrismo o el mazdeísmo, dado que tenía la particularidad de adoptar las religiones de los pueblos que conquistaba, como una especie de tributo y compensación al sometimiento— sucedió casi mil años atrás, en el año 330 (a.n.e.). Me refiero a la sublevación de los griegos liderada por el macedonio Alejandro Magno, quien a pesar de contar con una notable desventaja numérica, conquistó y puso fin a uno de los imperios más temidos de la antigüedad.

 

Estos antecedentes, aunados a la decadencia de la religión zoroástrica y la muerte de Mahoma  —misma que sirvió para impulsar el califato con mayor ímpetu—, dieron lugar a la conquista musulmana en el año 637 para instalar el islam chií en Irán que, dicho sea de paso, prevalece hasta la fecha (89 por ciento de la población iraní profesa el chiismo).

 

Otra condición que permitió la expansión del islam fue el hecho de que hubo una conversión masiva en todo lo ancho y largo del imperio turco otomano que, en su máximo apogeo (siglo XV), adoptó la religión abrahámica como su doctrina principal.

 

El imperio otomano interpreta un papel crucial en nuestra época ya que su último aliento se disolvió apenas a principios del siglo XX (en 1914, para ser exactos, aunque fue formalmente disuelto en 1920 por el Tratado de Sèrves) y simbolizó, de paso, el principio de la transición de los imperios antiguos a las superpotencias modernas.

 

¿Y la justicia social, apá?

“Libertad, independencia, justicia social”, clamaba el pueblo bajo el liderazgo de Jomeini, quien orquestaba la sublevación desde su exilio en Francia; mismo que aprovechó para mediatizar la RI al ofrecer cientos de entrevistas a todo aquel medio de comunicación que se mostrara interesado en la causa. Hoy en día, las voces que exigían un Irán progresista e igualitario pertenecen al olvido, a un trasfondo pocas veces asociado con la RI. Esto se debe a que el ayatola recurrió al taghiyya (disimulo, mentira), una cláusula en el código chiita que les permite ocultar la verdad.

 

¿Qué les había prometido a sus contrapartes marxistas?

En las entrevistas referidas arriba, Jomeini se había pronunciado a favor del uso opcional del velo, también se comprometió a respetar las libertades políticas y sindicales, a legalizar el Partido Comunista (fuertemente castigado por el Sha) y a evitar las prácticas oscurantistas a toda costa.

 

¿Cómo es el Irán posrevolucionario?

Irán está lleno de contradicciones. Por una parte, es el país de mayoría musulmana en el que existe el mayor registro de mujeres en las aulas universitarias (ocupan 62 por ciento), mientras que, paralelamente, el país se rige por la sharía (ley islámica), misma que decreta que la mujer vale la mitad que un hombre.

 

Por si fuera poco, el Código Civil iraní permite a los hombres decidir la vida de las mujeres; si pueden estudiar, trabajar o deben limitarse a las labores domésticas. El Estado pone el destino de las mujeres en manos del criterio de los hombres. En otras palabras: la mujer iraní es tan libre como lo permitan los hombres de su entorno familiar.

 

La segregación entre los sexos es más que evidente en la vía pública iraní, ya sea en la calle, en la playa o en el transporte público; vamos, que los hombres y las mujeres ni siquiera establecen contacto visual. Además, el uso del velo es obligatorio, convirtiéndose así en el símbolo de la opresión.

 

Después de China, es el país con el mayor número de ejecuciones a presos. La lapidación y los latigazos figuran en su código penal, castigos en los que los mismos jueces muy a menudo participan.

 

Las relaciones homosexuales son castigadas con la pena de muerte, al igual que el narcotráfico (en la actualidad existen 5 mil presos condenados a muerte), entre muchas restricciones y penalizaciones impuestas por la sharía que alcanzan para llenar varios tomos de literatura fantástica.

 

Por otra parte, los detractores del régimen figuran entre los más preparados en lo que se refiere a su nivel educativo, lo cual hace de la numerosa disidencia iraní la más poderosa del Medio Oriente. Lamentablemente, la fuerza represora del gobierno, ejecutada por la Guardia Revolucionaria, es proporcionalmente directa a la de sus opositores, frustrando así cualquier guiño revolucionario.

 

Las dos caras de Irán

Las severas prohibiciones impuestas por la sharía logran dividir al país en dos. Está el Irán de la vía pública y el Irán que vive a puerta cerrada. Mientras que en la calle todos obedecen la ley islámica al pie de la letra (con la excepción de las mujeres que protestan mostrando un poco de pelo debajo del velo y vistiendo ropa ajustada), muchas casas se convierten en antros nocturnos en donde se llevan a cabo fiestas desenfrenadas, en las cuales se ventilan las frustraciones sexuales y demás prohibiciones mediante orgías, bebiendo cantidades industriales de alcohol y consumiendo cualquier tipo de drogas. El underground iraní es una especie de revolución subcutánea que amenaza con brotar a la superficie en cualquier momento. Pero por lo pronto, el fragilísimo status quo se mantiene inalterable, atento y preparado para frustrar la próxima rebelión.

 

23 de octubre de 1979. Teherán. 7 am

En otro escenario posible, el ayatola se frota los párpados y sofoca un bostezo hondo con la palma de su mano. Coge un ejemplar del Washington Post y camina al baño arrastrando los pies. Levanta la taza del escusado con la punta de su pantufla. El Ash Reshteh de la noche anterior lo había estreñido. Puja con todas sus fuerzas pero tan sólo logra ventilar algunos gases aislados. Desiste y estira el periódico con las manos. El esfínter del Líder Supremo sufre un espasmo violento en cuanto sus pupilas chocan con la tinta. La noticia de que el sha había dejado su exilio en México para hospitalizarse en Estados Unidos lo toma completamente por sorpresa. Según el diario estadounidense, el monarca se internó en un hospital militar en la base aérea de Lackland, ubicada en Texas. Jomeini lanza un alarido para llamar la atención de sus guardaespaldas quienes custodian la puerta del baño. Estos permanecen inmutables, pensando que el ayatola está reaccionando al estreñimiento más que a un arrebato de ira.

 

Mientras tanto, los funcionarios de la embajada estadounidense en Teherán siguen con sus labores, sin sospechar que están a punto de ser secuestrados por culpa de los cálculos en la vesícula billar de Su Majestad.

Saudade de la barbarie

Publicado enero 9, 2019 por @ari_volovich
Categorías: Uncategorized

(Publicado en Economía Hoy)

Captura de pantalla 2019-03-13 a la(s) 12.13.46

Hace poco menos de quince años, surcaba la autopista Puebla-México a bordo de mi viejo Nissan Sentra. Recuerdo con nitidez el sentimiento de incredulidad y sorpresa que se concentró en mi nuca mientras escuchaba la narración de los locutores acerca de un linchamiento de tres agentes policiales en las inmediaciones de Tláhuac. Mi primer instinto fue tallarme los tímpanos con la mente mientras algunos destellos de lava aparecían en mi retrovisor a causa de la actividad del Popocatépetl. Mi segunda reacción fue golpear la radio con mis dedos con la esperanza de destrabar una transmisión que supuse estaba atascada en algún siglo anterior a Cristo. Me asaltaron varias imágenes del medioevo combinadas con algunas rutinas de los Monty Python que se extendieron hasta la última caseta. Una vez que eché el freno de mano para afianzar los neumáticos en la ciudad, la noticia ya estaba en boca de todos. Muchos descartaban la gravedad de lo sucedido calificándolo como un acto aislado de violencia, sin siquiera reparar en este latente guiño sintomático propiciado por un Estado ausente.

“Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos”, advertía Emil Cioran. Desgraciadamente, las palabras del rumano maldito han resonado en el contorno nacional desde entonces. Tan es así que añoro el linchamiento de Tláhuac, al menos en lo que respecta a las reacciones a escala ciudadana y mediática que desató aquel acontecimiento hasta entonces inusitado. Hoy en día, nos conmueve más ver a un caniche bailando al son del éxito en turno de Maluma que una docena de decapitados en nombre del dólar.

Cualquiera que haya coqueteado con una crisis de cualquier índole sabe que la negación es un mecanismo de autodefensa contraindicado para padecimientos de largo plazo.

Para enfatizar este punto, me veo obligado a recorrer más de doce mil kilómetros de distancia. Me encontraba de vuelta en mi rancho (Ashdod, Israel). Había aceptado una invitación extendida por mis tíos para degustar a los mamíferos menos astutos de la cadena alimenticia en un asado nocturno en su jardín. La plática giraba principalmente en torno a la Champions League, mientras que las turbinas de los F16 se multiplicaban en el cielo seguidas de sonidos graves y opacos que llegaban desde la Franja de Gaza (ubicada a 23 kilómetros de distancia). Las ondas expansivas de las explosiones hacían vibrar las copas medio llenas -según el observador- de vino que descansaban sobre la mesa, sin que este fenómeno antinatural lograra interrumpir la plática.

—¿No escuchan el bombardeo? —osé preguntar.

—Es el viento —respondió mi tía sin pestañear a la vez que me servía una segunda ración de babaganush y encarnaba en buena medida, la manera en la que la mayoría de los israelíes afrontan el tema de la ocupación.

Claro que en el caso de Israel y en este ejemplo en específico, quienes más sufren las secuelas negativas de la negación son los gazatíes, pero valdría la pena asumir que en la ecuación del panorama nacional mexicano, nosotros somos los palestinos.

Un elefante llamado heroína

Publicado noviembre 4, 2018 por @ari_volovich
Categorías: Uncategorized

heroinHay un elefante en la República y se llama heroína. A pesar de que se ha registrado un alza considerable en el consumo de esa sustancia en los últimos años, no hay iniciativa gubernamental para atender este problema galopante, de tintes epidémicos. Tampoco ha atraído la atención mediática que merece.

No obstante, el abuso de esta sustancia sólo refleja el aspecto sintomático o superficial de un trasfondo mucho más complejo, donde predomina el dolor emocional de quienes no encuentran otra manera de saciar un vacío insondable. Con el fin de hablar de este asunto, contacté a la doctora Martha Romero (antropóloga, psicóloga clínica e investigadora en el Instituto Nacional de Psiquiatría, INP), quien lleva cuatro años entrevistando a usuarios de heroína, tanto en cárceles como en clínicas privadas. A continuación, lo que platicamos una mañana en las inmediaciones del INP.

¿A qué atribuye el alza en el consumo de heroína en México?

La producción de heroína en el mundo tuvo varias limitantes. La guerra de Estados Unidos en Afganistán mermó la capacidad de este productor de heroína por excelencia y la demanda se enfocó en México —que reúne los factores geográficos y medioambientales para su cultivo—, por lo que se volvió más accesible.

También, Estados Unidos reforzó el control sobre los opiáceos y opioides, ocasionando que la gente enganchada a los derivados de esos medicamentos recurriera al consumo de heroína. Siempre ha habido usuarios en la frontera norte del país. Ahora los hay en casi todos los estados, al menos eso reportan en internet las estadísticas de tratamiento de Centros de Integración Juvenil.

Es decir, hay usuarios que demandan tratamiento. Llama la atención que, según las teorías de las adicciones, los usuarios tienen una carrera delictiva: comienzan con el alcohol, el tabaco, pasan a la mariguana y luego a la cocaína. Pero la realidad es otra: para 80 por ciento de los usuarios que he entrevistado, la droga de primer y único uso es la heroína, lo cual es preocupante porque causa una adicción muy severa, por los costos para conseguirla y los daños que causa a lo largo de los años, con síndromes de abstinencia muy severos, a los que llaman la malilla. No se pueden curar, sólo consumir más heroína o metadona, el medicamento que usan en algunas clínicas. Pero si no pueden conseguir ni una ni otra, lo que hacen es robar.

“Los jóvenes son muy vulnerables. Muchos están solos porque los padres migraron y las madres están en el trabajo. Encuentran pocas redes de apoyo social y son un blanco fácil.

¿Cuál población es más vulnerable?

Toda. De Oaxaca, Guerrero, Chiapas, Michoacán. Gente pobre que trabaja en el campo, artesanos, comerciantes. Son un blanco fácil para la oferta y la demanda y tienen pocos recursos de tratamiento. Otro segmento vulnerable son las mujeres oaxaqueñas, las que menos llegan a tomar un tratamiento y no se dejan entrevistar fácilmente. Muchas de ellas son sexoservidoras. También están los turistas que comenzaron su consumo en otros países y vienen para continuarlo. Su perfil es distinto: tienen más educación, son dueños de negocios.

También los jóvenes son muy vulnerables. Muchos están solos porque los padres migraron y las madres están en el trabajo. Encuentran pocas redes de apoyo social y son un blanco fácil para vender o consumir.

En realidad todos son vulnerables, debido a una soledad profunda. Si hay tanta disponibilidad, la pregunta es por qué no todo el mundo consume. Que la heroína esté disponible induce el consumo de quien tiene una necesidad emocional y la quiere llenar de esa manera. Eso lo aprendí de un dealer que entrevisté: me dijo que mientras uno tenga a alguien que lo escuche, que llene ese vacío, no necesita consumir ninguna sustancia. Pero cuando la soledad es abrumadora, la sustancia tiene efectos muy placenteros. Todos los entrevistados mencionan que cualquier dolor emocional o físico desaparece.

Creo que la vulnerabilidad no radica en el género, en que seas joven, viejo, profesionista o intelectual, sino en las cuestiones emocionales que están detrás y de abandonos muy significativos; indiferencia de la familia, abandonos —digamos— no intencionales, porque la pobreza hace que las familias se dividan por cuestiones de sobrevivencia.

Muchas veces no hay un maltrato físico, sino un simple no existes para mí, para la familia, para el entorno; las escuelas no los quieren, las redes de apoyo social les son inaccesibles. También hay mucho estigma y prejuicio; de modo que es como una puerta giratoria: el consumidor se siente estigmatizado y por lo tanto consume más. Se aíslan y siempre hay alguien del narco ávido de captarlos como consumidores o vendedores.

¿Cómo viven los consumidores dentro de la prisión?

Es una desgracia completa. Las personas que he entrevistado aceptan que han cometido delitos menores, pero ninguno, hasta donde sé, ha matado… Roban por la desesperación de consumir y porque no hay tratamiento disponible. En la cárcel meten en un cuarto a cuarenta usuarios en abstinencia, lo que implica vómitos, diarreas, dolor, una ansiedad que no se calma con nada; algunos sufren taquicardias y paros respiratorios, pueden morir sin la debida atención. Pero como la sustancia está disponible en la prisión, se vuelven a drogar.

Si bien quienes van a prisión pierden ciertos derechos, la salud no debe ser uno de ellos. Pueden usar algún sustituto de la heroína, como la metadona, para no pasarla tan mal en la cárcel. Entiendo las dificultades de manejar un medicamento regulado como la metadona, que puede ser una droga de abuso; si la prescriben mal, el paciente puede volverse adicto o morir. Hay que capacitar al personal de salud para el uso adecuado y, eventualmente, poner un servicio médico en las prisiones y los centros de readaptación social del país. Se vale soñar: me gustaría que los médicos capacitaran a los convictos, porque hay gente muy generosa en las prisiones que quisiera capacitarse. Por el bien de toda la población.

¿Cómo cambió tu percepción sobre los usuarios de heroína en estos cuatro años de entrevistarlos?

En un principio tenía muchos prejuicios, los imaginaba como en las películas: rudos, agresivos, salvajes. En cambio, me encontré con comerciantes, amas de casa, profesionistas, investigadores, artesanos, médicos, enfermeros, estudiantes de medicina. Todos empezaron a consumir por ese vacío que menciono, aunque algunos por mera curiosidad, pensando que le podían ganar a la sustancia.

La mayoría puede consumir de uno a cinco años y seguir sus actividades cotidianas sin ningún efecto mayor, pero como se trata de heroína la adicción aumenta. Si al principio se inyectan una o dos veces al día, al final son diez o veinte veces al día, con lo que implica en gasto y daño físico, porque las venas se deterioran, sufren abscesos, flebitis, y pueden tardar más de cuatro horas para encontrar un punto donde inyectarse.

Todos los usuarios relatan el cansancio de vivir así, despertar y pensar que tienen que inyectarse, buscar cómo costear el consumo, conseguir la jeringa… Claro que les cuesta, porque si llevan diez años consumiendo no van a rehabilitarse en un día. El tratamiento es exitoso, pero algunos usuarios padecen trastornos psiquiátricos graves que surgen una vez que ya no pueden consumir heroína.

Una diferencia me llama mucho la atención: que los usuarios que vienen de los estados del sur a las clínicas conservan los vínculos familiares. Sus familias son solidarias, entienden de otro modo la adicción y los acompañan durante el tratamiento. En cambio, en la ciudad son jóvenes, brillantes, profesionistas, pero llegan solos y de la familia no vemos ni sus luces.

¿Cuál es el nivel económico de la gente que llega a las clínicas clandestinas?

Hay personas de todos los estratos. La ventaja del tratamiento es que el costo del medicamento incluye las consultas médicas y la responsabilidad es de la clínica. Esto me parece una cuestión de solidaridad enorme, y la mayoría de los pacientes responden de manera muy positiva a la confianza que se deposita en ellos.

¿Hay una negación institucional?

No creo que sea una negación, más bien un problema de seguridad. Por ejemplo, había una clínica en Oaxaca y mataron a la médica. Los Centros de Integración Juvenil, que reciben dinero del gobierno y la iniciativa privada, poseen otras clínicas, en Puebla, Guerrero, Ciudad Juárez, Mexicali. Funcionan muy bien. El mayor impedimento es la inseguridad por la que atraviesa el país.

“Si bien quienes van a prisión pierden ciertos derechos, la salud no debe ser uno de ellos. Pueden usar algún sustituto de la heroína, como la metadona, para no pasarla tan mal en la cárcel”.

En ese punto, una persona interviene en la charla:

Disculpen la interrupción, hablo como la madre de un adicto y tengo que decir que muchas personas no pueden acceder a los Centros de Integración Juvenil porque el mínimo a pagar son cien pesos diarios. ¿Cómo es posible que estén cobrando eso?

Martha Romero: Les cobran 120 pesos diarios por el medicamento. El problema es que éste debe pasar por un montón de regulaciones de la Cofepris. Revisan los libros y el uso debido del medicamento, el registro de los pacientes; la clínica debe pagarle a una persona responsable del manejo del medicamento, al médico y la seguridad. En esta clínica del INP, por ejemplo, hay pacientes que pagan veinte pesos y otros que pagan tres mil, según los estudios socioeconómicos. En lo personal, pienso que no puede ser gratuito porque la gente no valora las cosas regaladas y las personas que usan sustancias gastan mucho más dinero. Un gramo de heroína cuesta alrededor de 350 pesos y pueden consumir tres o cuatro gramos al día. ¿Su hijo es usuario de heroína?

Madre: Sí, es consumidor de heroína y otras sustancias.

Martha: Muchas gracias por compartirlo, porque eso da más validez a lo que digo. Es un problema que está creciendo muchísimo en México y del cual se habla poco. No es cuestión de que las familias sean las responsables de todo, a veces son las experiencias propias, la vida misma. Por desgracia las adicciones requieren de equipos multidisciplinarios, porque se puede lograr la abstinencia, pero eso no quiere decir que el problema esté resuelto: hay que sanar la emoción que está detrás, que los lleva a consumir.

¿Cuáles han sido los aprendizajes de tus años en la clínica?

Son muchos. Entre ellos el de un usuario de Tierra Caliente, un chico muy brillante, músico. Ha consumido a lo largo de diez años. Me contó que en su pueblo empezaron a decapitar a los usuarios para evitar que creciera el consumo en la región. Que era una vida llena de vergüenza. Cuando alguien reconoce el mal que hizo sé que no se trata de un sociópata. En este caso, el paciente logró rehabilitarse, ahora estudia medicina y lo que quiere es dedicarse a curar a sus hermanos los heroínos.

Él estuvo en prisión. Como era el único que sabía inyectar, se ofrecía para inyectar a los demás reos. La heroína les costaba diez pesos. Se inyectaban en la ingle, lo cual es muy peligroso porque puede ocasionarles un paro cardiaco. Es una mezcla de emociones terribles, pero habría que rescatar que hay una gran solidaridad entre ellos, y yo creo que la solidaridad entre la gente más necesitada es la más valiosa, ya que es un acto de amor. Él, por ejemplo, podría abrir un negocio, pero prefirió ayudar a quienes considera sus hermanos. No digo que los usuarios sean gente fácil, pero encuentro en ellos muchos actos de solidaridad. Por qué no habríamos de hacer nuestro mejor esfuerzo para rehabilitarlos y quitarles el dolor.

¿Cómo se involucró con los usuarios de heroína?

Todo empezó con las prácticas de riesgo que acostumbraban los usuarios, relativas al contagio de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual: todos relataron que en los momentos más álgidos de su adicción compartieron jeringas.

¿Alguna sugerencia a quienes busquen rehabilitarse?

Claro. Hay centros que dependen de CENSIDA, como la Clínica Condesa en la Ciudad de México, donde la gente puede acudir para hacerse exámenes gratuitos de VIH, hepatitis y cualquier infección de transmisión sexual. Es importante recalcar que hoy nadie se muere de VIH porque los antirretrovirales son gratuitos y cuando los toman dejan de contagiar y tienen menos probabilidades de morir.

La adicción en sí es un problema severo, pero si además le agregamos hepatitis y VIH, el cuadro se complica muchísimo. En México hace falta tratamiento, es preferible ofrecerlo y evitar que gente tan valiosa como la que he entrevistado haya muerto por falta de tratamiento, información o seguridad. Espero equivocarme y que no sea una epidemia, pero así empezó en Estados Unidos.

Nación Freak

Publicado octubre 5, 2018 por @ari_volovich
Categorías: Uncategorized

suicidex900

16 de septiembre de 2011. 01:15 horas.

Una ráfaga de viento templado encuentra su cauce en el interior del Salón Corona para extender los últimos residuos del clamor patriotero que crepitan a lo lejos desde las tráqueas avinagradas de aquellas minorías en ascenso que aún bien iniciado el siglo que corre, eligen ignorar las atrocidades perpetradas por un gobierno que los ha despreciado desde siempre a cambio de la fugaz euforia que brinda la ilusión de la pertenencia; de aquellas personas que no han logrado desarrollar los anticuerpos necesarios para permanecer inmunes ante el ondeo anacrónico de las banderas, a los jingles nacionales y al derroche de cinismo que arrojan las botargas en turno desde el balcón del Palacio Nacional.

La corriente de aire desdibuja la melena rubia de Álvar —un colega vasco que conocí en Jerusalén 10 años atrás— sin permitir que este fenómeno microclimático lo doblegue. Vacía en su interior un tarro de cerveza para luego secarse los labios con la manga de su camisa a cuadros. “¡La cerveza mexicana sí que mola, macho!”, exclama con un par de ojos inyectados de sangre y premoniciones etílicas.

Un sujeto envuelto en una chamarra militar de corte americano, ajada debido a una prolongada exposición al neoliberalismo, se para frente a nosotros. Masculle algunos temas de los Beatles y los Rolling Stones que procura enfatizar inútilmente con su armónica. Detrás de sus gafas de sol azul metálicas yace empotrado un rostro de piedra. Las baladas se ven interrumpidas de vez en vez por sus soliloquios en torno a las secuelas de la conquista española, reparando en el daño de la aludida colisión histórica en la psique nacional y de paso, en la suya.

A Álvar le resulta divertido cada vez que el sujeto nos señala como los “anglosangrones presentes”, “ultrajadores del alma noble del indígena” y “contaminadores de la Pacha Mama”.  Posee una mentalidad varada en algún punto de los años noventa, cuando todavía se pronunciaban términos tan fantásticamente descabellados como el racismo inverso y no el racismo a secas, sin despertar las sospechas de las buenas conciencias. Vive convencido de que sólo el racismo y la xenofobia de los güeros deben ser tomadas con cierta seriedad. Entiendo su fascinación. La glorificación de lo ordinario es necesaria para lograr sublimar la experiencia turística.

Escucho con un desdén por demás desenfadado los desplantes de xenofobia rampante y el tarareo rasposo de aquel ombudsman de lo prehispánico en su incansable repertorio a modo de tributo a los mayores exponentes musicales anglosangrones. Un ojo poco versado me calificaría de apático y no estaría del todo errado. Álvar celebra y aplaude cada una de las rabietas que salen de la boca de aquel rostro inmutable.

Para mi fortuna, la ginebra logra su cometido de manera súbita y puntual. Los lamentos post hispánicos del sujeto de la armónica y las carcajadas de Álvar se van opacando hasta adherirse cual jeroglíficos al torrente sonoro que fluye a una latitud cada vez más remota a la mía. Me dejo arropar de buena gana por el silencio que sigue a mi adormecimiento sensorial y reposo mis ojos en la calle a modo de lengua para extraer sus nutrientes tóxicos, cuando de pronto, la silueta de Andreas Kartak —al menos la que siempre ha existido en mi imaginario— surca mi campo visual. Reposo mis ojos sobre su espalda mientras lo veo alejarse a paso lento y firme hasta desaparecer en la esquina de 5 de Mayo, para desprender un aroma que se me antoja de esencia púrpura. De nada serviría frotar mis párpados dado que siempre he desconfiado de la realidad.

“Ahora vuelvo, hermano”, le digo a Álvar quien se encuentra demasiado absorto en los destellos cómicos de la xenofobia como para reparar en mi futura ausencia. Lanzo un billete sobre la mesa para pagar las tres cervezas que bebí con el fin de encubrir mi contrabando de ginebra y salgo tras la pista del entrañable antihéroe.

“Qué poca carrilla aguanta el Gran Satán”, alardea el sujeto de la armónica detrás de mis espaldas ante su público cautivo. Las carcajadas de Álvar me siguen media cuadra hasta que el escape de una motoneta se impone para enmudecer buena parte de Bolívar.

Pego la ánfora a mis labios y por un instante no me queda claro quién está sorbiendo a quién. Me apresuro para alcanzar la esquina de 5 de Mayo antes de perderlo de vista. Logro observar a lo lejos el contorno intermitente de Kartak que pasa por debajo de los postes de luz hasta desintegrarse gradualmente en la oscuridad. Imprimo mayor velocidad a mis pasos —no corro aunque me prendan fuego— y doblo a la derecha obedeciendo mis intuiciones para adentrarme en Filomeno Mata hasta donde nace Xicoténcatl. La calle se encuentra pobremente iluminada y deshabitada excepto a la Silueta que ahora está recargada sobre el muro del Museo Nacional de Arte mientras que forja un cigarrillo.

maxresdefault

“¡Kartak!”, vocifero sin detenerme. La Silueta permanece inmutable, con su sombrero y hombros teñidos del verde pálido que vierten los postes de luz. Con una parsimonia por demás envidiable, frota la cabecilla de un fósforo en el raspador. El destello de la pólvora ilumina la punta del cigarrillo y una barba irregular. “¡Andreas Kartak!”, grito nuevamente desde una distancia que no puedo medir y sin embargo considero prudente. Lejos de responder a mi llamado, la Silueta me da la espalda y vuelve a ponerse en marcha. La sigo a diez pasos de distancia. La Silueta se detiene en la esquina de Donceles y Xicoténcatl. La luminosidad trasnochada del raído letrero del Teatro Fru Fru consigue darle cierta nitidez a la Silueta. Me resulta irreconocible. Esa complexión rolliza corresponde más a la de un banquero que a la del santísimo bebedor. No obstante, me dejo llevar por la impulsividad e inhibición inherentes a la intoxicación etílica, acelero mi paso y pongo mi mano sobre su hombro para detenerlo en seco. La Silueta desplaza mi mano con violencia y se planta a diez centímetros de mi nariz (quienes han sido testigos de mi trompa, sabrán que nos separaba al menos un metro).

“¿Qué pasó, chavo?”, me pregunta con un tono seco y enérgico.

Permanezco inmóvil mientras intento enfocar la vista. Tardo unos segundos en reconocer las puntas agudas que dan forma a su gorra y el semblante hostil que la sostiene.

“¿Se encuentra usted en estado de ebriedad?”, cuestiona mientras que esboza un conato de sonrisa.

No respondo. Acerco mi dedo índice a la leyenda de la Secretaría de Seguridad Pública inscrita en la placa para cerciorarme de que mis ojos no me están traicionando, en un ejercicio similar a la lectura Braille. La Silueta me interrumpe sujetando mi antebrazo con ambas manos. Sacudo sus pezuñas de encima empujándolo del pecho, en un reflejo que responde a la repulsión instintiva más que a un guiño violento.

“No puede caminar por la vía pública en estado de ebriedad”, me grita a la par que pone su mano sobre la funda de su pistola.

Miro directamente a ese par de ojos negros y la inexpresión que comunican me remite a las palomas.

Antes de que el desencuentro logra escalar a la primera plana de una publicación amarillista, una travestí de minifalda blanca y tacones de aguja rojos se desliza del interior de un vocho amarillo que está estacionado justo debajo del letrero del Teatro Fru Fru, desdoblándose lentamente para adquirir una dimensión sobrehumana. El burócrata que se encuentra en el asiento trasero permanece con la mirada al frente, completamente pasmado, no sé si por el placer o la culpa, si acaso sabe diferenciarlos. La santa bebedora agita su cabellera en el aire y endereza su columna para multiplicarse en la atmósfera. Le da un sorbo a su ánfora, pasa su muñeca por los labios y dirige sus ojos a la esquina donde nos encontramos la silueta y yo.

“Cariño, no te dejes intimidar por ese acomplejado, que no tiene la autoridad para reprimir un deseo. Te lo digo yo que soy la novia de Ebrard”, asegura con la convicción de los justos.

El asombro se apodera de mí. La observo con un par de ojos colmados por la admiración y la simpatía. Las carcajadas salen a raudales de mi garganta y junto las palmas para ovacionar lo que resulta ser mi primer momento Almodóvar.

—¡Métete a tu bocho, pendeja!  —refunfuña la Silueta con una voz quebrada.

—¿Por qué no vienes conmigo?, baby. La última vez hasta te quité lo cerdo —le revira con una sonrisa desafiante.

La Silueta sale a su encuentro y pronto el intercambio de palabras se torna en jaloneos y  empujones. Justo antes de ofrecer mi persona en defensa de mi madrina, las puertas del teatro se abren y salen decenas de drags, locas, freaks, vestidas, reinas y demás gemas del excentricismo mágico capitalino para intervenir la escena y arroparnos con su presencia llamativa. La Silueta, abrumada por los insultos y aquel majestuoso despliegue de individualismo, se aleja corriendo por Donceles sosteniendo su gorra con ambas manos.

Choco mi ánfora con la de la Santa Bebedora y permanecemos todos —todos excepto el burócrata que ahora cubre su rostro con su saco— aglomerados alrededor del vocho destartalado para celebrar nuestra victoria minuta, lanzando destellos de júbilo hacia lo más hondo de la noche citadina.

“¿Dónde estás, tío?”, interroga el mensaje de texto de Álvar.

“En la única patria que reconozco”, respondo para mis adentros, satisfecho por el inusitado sentimiento de pertenencia que acompaña mi asertividad.

Incluso después de muerto volveré a Donceles y Xicoténcatl, aunque sea para saciar esa necedad natural del junkie en su eterna persecución de las primeras sensaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Del aborto y otros servicios a la humanidad

Publicado septiembre 10, 2018 por @ari_volovich
Categorías: Uncategorized

simone_veil_1974_afp
 (Publicado en El Cultural)
A la memoria de Simone Veil

Una de las mayores certezas astrofísicas de nuestros tiempos es que la polémica que proyecta el tema del aborto puede observarse desde cualquier butaca del vecindario solar. Los debates que giran en torno a esta milenaria manzana de la discordia atraen y reúnen más disciplinas de las que caben en los juegos olímpicos modernos. Representa una de las fuerzas más polarizantes y a la vez unificadoras a escala mundial. ¿En qué otro escenario, además del futbol, podemos contemplar a cristianos, judíos, católicos y musulmanes sosteniendo las mismas pancartas y coreando los mismos lemas?

Pero bien, estas líneas no pretenden detenerse más de la cuenta en los dilemas religiosos, biológicos y filosóficos que incita el tema del aborto; más bien buscan centrarse en las secuelas negativas que supone la criminalización y demonización de este derecho humano fundamental, vistas desde una perspectiva primordialmente pragmática.

Además de los riesgos a la salud física y psicológica —un aproximado de 22 mil mujeres mueren anualmente alrededor del mundo debido a la práctica de abortos clandestinos y a métodos anticonceptivos poco confiables—, a los que se ven expuestas las mujeres debido a la penalización del aborto y al deliberado encubrimiento de información sobre los métodos anticonceptivos, existen consecuencias de mayor alcance que valdría la pena tomar en consideración. Me refiero específicamente al impacto social de los embarazos no deseados (en los países en vías de desarrollo, 81 por ciento de estos embarazos ocurren a causa del escaso acceso a métodos anticonceptivos modernos). Los datos que crecen en la lupa empírica suelen incomodar a las facciones opositoras, aunque la lógica rara vez hace mella en las creencias y en la gente de ideas fijas (por no decir varadas).

Uno no puede surcar esta existencia sin chocar de frente con preguntas del tipo: “¿Y si la mamá de Beethoven hubiera decidido abortar?” A lo que uno puede responder, en caso de que exista una franca disposición de nutrir el infantilismo: “¿Y si la madre de Hitler hubiera tenido a bien tomarse la píldora del día después? El Zyklon B y los bombarderos han interrumpido más vidas que el Nexpanon”. Supongamos que la preocupación de quienes dicen luchar para preservar la denominada santidad de la vida es genuina. Entonces, ¿cómo explicar que esos mismos grupos muy a menudo se expresan a favor de la pena de muerte? ¿Acaso no debería estar en la misma latitud prioritaria condenarla, aunque sea por cortesía a la congruencia? Las propuestas de los Pro-Vida et al, malviven en un punto medio entre la ironía, la comedia involuntaria y la contradicción.

Insisto, no considero prudente detenerse —acabo de caer en el error— en estos buscapiés con ínfulas de argumentos. Sólo consiguen distraernos del punto primordial: nadie, absolutamente nadie tiene el derecho de dictarle a otro qué hacer con su propio cuerpo. Mucho menos si no están dispuestos a reparar en los daños que suponen los embarazos no deseados en la sociedad, las madres, y claro, en los que nacen.

CEAUŞESCU Y SU POLICÍA MENSTRUAL

El efecto Ceauşescu ilustra muy bien el impacto negativo de los embarazos no deseados y las lamentables consecuencias de su criminalización. Para ello tendríamos que remontarnos a mediados de la década de los sesenta.

Hasta 1966, Rumania gozaba de una de las leyes pro aborto más liberales del mundo. La interrupción voluntaria del embarazo en ese país figuraba como el método anticonceptivo por omisión: la relación era de cuatro abortos por cada nacimiento vivo. Todo esto cambió de manera súbita en el momento que Nicolae Ceauşescu asumió las riendas del poder. Un año después de haber iniciado su carrera de tirano —que duraría 23 años—, Ceauşescu penalizó el aborto, tras declarar que “El feto es propiedad de la sociedad entera”. Las únicas que podían eludir esta nueva ley eran las madres de cuatro hijos o mujeres bien posicionadas dentro del partido comunista. El objetivo era por demás obvio. Su intención era estimular el crecimiento de la población para el supuesto fortalecimiento de la Nación. Sobra decir que logró su cometido, al menos en el aspecto cuantitativo de su propuesta: un año después de imponer esta prohibición, la tasa de natalidad se duplicó.

Al mismo tiempo que criminalizó la práctica del aborto, Ceauşescu bloqueó todas las vías de información para la planificación familiar; prohibió la educación sexual, lo mismo que los anticonceptivos. Instauró un organismo cuyo nombre resulta más alusivo a una banda punk que a otro brazo de la ley: la Policía Menstrual, cuya tarea consistía en sorprender a las mujeres en sus lugares de trabajo para administrarles pruebas de embarazo. Lejos de hacer honor a las acepciones cómicas que inspira su denominación, la Policía Menstrual obligaba a pagar el “impuesto del celibato” a las mujeres que se “resistían” a concebir.

El resultado de esta cruzada —conocida como el Decreto 770— en favor de la procreación nacional arrojó resultados claramente desfavorables. Un aproximado de diez mil mujeres murieron debido a las complicaciones comunes de los abortos clandestinos; los niños que llegaron al mundo en nombre de la madre patria nacieron en un país que sólo beneficiaba a quienes pertenecían a la élite comunista; a un país que no contaba con la oferta laboral y educativo que exigía la precipitada alza demográfica.

A estas circunstancias adversas habría que sumar tres factores determinantes para el desempeño de los recién nacidos: el resentimiento de las madres que nunca quisieron serlo, el hecho de que los hijos no deseados nacieron en hogares de escasos recursos y bajo la tutela de un solo progenitor. Estos puntos representan el mayor obstáculo para el sano desarrollo psicológico de los hijos indeseados. Se manifiesta en todos los aspectos de la vida: desde la adaptación social, la inserción en el mercado laboral, hasta la posibilidad de mantener relaciones afectivas duraderas. Basta con apoyarse en la lógica para ver la relación entre los embarazos no deseados y las altas tasas de crímenes violentos, entre otras secuelas.

Una fracción considerable de las más de noventa mil personas que asistieron y se manifestaron en la plaza central de Bucarest durante el último discurso de Ceauşescu eran adolescentes y jóvenes que lograron llevar al tirano y su esposa a un juicio improvisado, seguido de una visita guiada al paredón de fusilamiento, la mañana de Navidad de 1989. El padre intelectual murió a manos de los huérfanos que legó a Rumania. La justicia poética no está exenta de paradojas.

EL CASO DE ESTADOS UNIDOS

En sentido contrario, entra a cuadro la precipitada disminución en los índices de criminalidad en Estados Unidos durante la década de los noventa.

El origen de este fenómeno nos remite a finales de los años sesenta, cuando algunos estados comenzaban a permitir la práctica del aborto, aunque sólo bajo circunstancias excepcionales como la violación, el incesto o si la vida de la mujer corría peligro. Para 1970, Nueva York, California, Washing-ton, Alaska y Hawái eran los únicos estados donde la interrupción voluntaria del embarazo era completamente legal y accesible. No obstante, el resto del territorio estadounidense se resistía al cambio. Todo esto dio un vuelco drástico con la aparición del caso Roe contra Wade.

Una mujer de 23 años llamada Norma McCorvey —bajo el pseudónimo de “Jane Roe”— llegaría para desafiar las leyes texanas —el aborto en ese estado era permitido únicamente si existía algún riesgo físico para la mujer— tras alegar que su embarazo era el resultado de una violación. La corte falló en su favor pero no modificó las leyes estatales. Después de varias apelaciones, el archivo de McCorvey llamó la atención de la Suprema Corte que terminó por inclinar la balanza hacia el sentido común para despenalizar el aborto en todo el país.

Lo que nos regresa a la década de los noventa. La tasa de criminalidad en Estados Unidos había disminuido de golpe, sobre todo en lo que se refiere a los homicidios. En un principio, los expertos atribuían esta repentina caída en la incidencia criminal a las innovadoras estrategias policiales, a los refuerzos de seguridad en las prisiones, a los cambios en el mercado de las drogas, al envejecimiento de la población, a medidas más estrictas respecto al control de las armas, a la mejora económica y al incremento de policías.

Todas estas teorías fueron desmitificadas de manera categórica. Pero quizá valdría la pena detenernos en la menos descabellada de todas: la mejora económica. Ha sido demostrado que la tasa de desempleo es proporcional a los crímenes no violentos. Durante el boom económico de los noventa el desempleo había disminuido tan sólo un 2 por ciento, mientras que el índice de criminalidad mostró una caída libre de 40 por ciento. Se ha comprobado que el crecimiento económico surte de poco a nulo efecto en los crímenes violentos. Donde más hace mella es en los crímenes relacionados con el dinero, como es el caso de los robos. Más allá de eso, en los años sesenta Estados Unidos también gozaba de un notable crecimiento económico, que se vio acompañado de un incremento en el crimen.

Otro de los beneficios que trajo consigo la despenalización del aborto en Estados Unidos fue la drástica disminución en lo que se refiere a los infanticidios, a los matrimonios forzados y al número de neonatos puestos en adopción.

Lamentablemente, el tiempo es subjetivo. El elenco medieval que ahora malvive en la Casa Blanca se ha encargado, o al menos tiene toda la intención de retroceder las agujas del reloj histórico gracias a sus políticas retrógradas motivadas por la avaricia, la estupidez y el fanatismo. Habrá quienes consideren irrelevante lo que suceda en Estados Unidos, pero la incidencia de ese país en el mundo es más real que la hambruna. Un ejemplo negativo de ello es la guerra que han desatado contra la planificación familiar y los derechos reproductivos, cortando toda la asistencia monetaria destinada a las organizaciones no gubernamentales alrededor del mundo. Las consecuencias que suponen estas nuevas medidas pueden ser devastadoras: un incremento precipitado de la pobreza extrema, de la mortandad en los recién nacidos y de las mujeres que mueren debido a los abortos clandestinos, lo mismo que a causa de embarazos riesgosos; alzas desmesuradas en cuanto a las enfermedades de transmisión sexual como el VIH y el SIDA; la insustentabilidad que representa la sobrepoblación mundial, entre un sinfín de estragos que estas políticas obtusas multiplicarán hasta el hastío.

No obstante y a pesar de este panorama desolador, aún hay quienes están dispuestos a remar contra la corriente de oscurantismo que fluye del capitolio washingtoniano, como es el caso de Women On Waves (WOW): una organización holandesa de carácter caritativo y sin fines de lucro fundada en 1999 por la médico Rebecca Gomperts. Cada año, la tripulación de WOW iza las velas de su emblemático velero azul y blanco para difundir información sobre los abortos seguros y ofrecer interrupciones voluntarias de embarazos a quienes los necesiten, a bordo de su clínica flotante que abre sus puertas a los países y regiones donde este servicio es inaccesible e ilegal.

A propósito de la presencia de la embarcación Adelaide en aguas mexicanas (Ixtapa-Zihuatanejo) hace algunos meses, me comuniqué con Leticia Zenevich, la coordinadora de campaña de Women On Waves. Comparto a continuación algunos extractos de ese intercambio telefónico:

¿Cuál es el mensaje de WOW para México?

Tenemos tres mensajes principales: El primero es que el aborto es una cuestión de justicia social. Las mujeres con recursos, a pesar de las leyes, pueden viajar a la Ciudad de México o a Estados Unidos para llevar a cabo el procedimiento de una manera segura, independientemente del estatus legal del aborto.

En México son las mujeres pobres, lo que se refiere casi siempre a las mujeres indígenas, quienes más resienten las consecuencias de la ley; mujeres que se encuentran lejos de los centros urbanos y están sujetas a la carga que conlleva la criminalización. Aquí mismo en Guerrero pueden ser procesadas y terminar tras las rejas por el simple hecho de acceder a clínicas públicas, lo que implica una absoluta violación a sus derechos humanos.

Lo último es que buscamos generar conciencia respecto a los diez años desde que el aborto fue despenalizado en la Ciudad de México y sus consecuentes beneficios, mediante una comparación del índice de complicaciones. En la Ciudad de México, donde los procedimientos son legales y accesibles, el índice de complicaciones es menor al 0.68 por ciento, mientras que en el resto del país el índice asciende al 36 por ciento. La descriminalización no conduce a más abortos, simplemente los hace mucho más seguros.

¿Cómo logran transmitir su mensaje a las comunidades más marginadas?

La cantidad de mujeres que pueden beneficiarse de manera efectiva de nuestra campaña —al menos en lo que se refiere a los servicios que brindamos en la clínica flotante— es simbólica. Más bien usamos esta campaña como un medio para acaparar la atención de los medios y así lograr que las mujeres puedan leer al respecto y generar un debate nacional sobre el aborto; también para que sepan que el aborto es legal en muchos países, que es un procedimiento muy sencillo, y si tienen acceso a la información necesaria pueden llevarlo a cabo ellas mismas al margen de la ley. Intentamos brindarles esa información. Creamos una línea de apoyo (01 755 980 0548) para que las interesadas cuenten con las herramientas para llevar a cabo abortos de manera segura. Hemos logrado transmitir exitosamente esta información a más de setenta mujeres que han llamado a nuestro número. También hemos encauzado a las mujeres a fuentes existentes como es el caso de Fondo María, adonde las mujeres pueden llamar para recibir toda la información necesaria. A través de la campaña mediática, podemos llegar a las mujeres que ven la tele y leen los periódicos, exponiendo este debate con la esperanza de que decidan formar parte de éste.

¿Cuál ha sido la reacción de las autoridades mexicanas?

Las autoridades mexicanas no han interferido en nuestra misión. No obstante, tuvimos una experiencia muy distinta en Guatemala, donde no pudimos zarpar ya que hubo una intervención militar y de figuras políticas que actuaron bajo la orden expresa del presidente. Esto fue importante para que la gente viera que el derecho al aborto forma parte de un conjunto de libertades fundamentales, porque todo un ejército intentó detener una pequeña embarcación y negarle a las mujeres el acceso a la información. Insisto: la naturaleza de este debate va sobre las libertades fundamentales que deberían existir en toda sociedad democrática.

El choque con el ejército guatemalteco fue más que nada una muestra de la ausencia del Estado de derecho en ese país. Sentimos un poco de miedo, o más bien, nos sentimos preocupadas cuando nos enteramos que nuestro amparo se había perdido en los tribunales. El ejército hacía declaraciones ante la prensa sobre presuntas demandas que estaban levantando en nuestra contra; pero cuando nos presentamos en la corte nos enteramos de que no había tales, y descubrimos que nuestro amparo había desaparecido. Utilizaron muchas tácticas de intimidación, en todo momento se mantuvieron al margen de las reglas básicas de una sociedad democrática, lo que implica el derecho a un juicio justo.

¿Han tenido otros desencuentros con los estados soberanos en los que intervienen?

Sí, en Marruecos, por ejemplo. Habría que recordar que no se trata de un país democrático: está bajo el mandato del rey Abdulah. En cuanto se enteraron de nuestra presencia cerraron el puerto. Pero la verdad es que fuimos bastante ingeniosas. Pudimos trepar periodistas a bordo de nuestra embarcación y al menos logramos navegar alrededor del puerto para que los periodistas fotografiaran el número de nuestra línea de apoyo telefónico para que saliera impreso al día siguiente y fuera accesible a todas las mujeres marroquíes que lo necesitaran. Nuestra acción en Marruecos también sirvió para insertarnos en los países árabe parlantes.

En Portugal fuimos recibidas por dos buques de guerra, razón por la cual los citamos en la Corte Europea de Derechos Humanos, donde establecieron que nuestras acciones eran completamente legales y que cualquier intento por callarnos sería una violación a nuestro derecho de libre expresión. Este incidente marcó un hito en lo que respecta a los derechos de las mujeres en Europa. Pero al margen de las autoridades, siempre hemos contado con un apoyo masivo de parte de las mujeres. Y cuando las mujeres tienen el poder de decisión siempre van a abogar en pro del derecho a los abortos seguros, aun cuando se manifiestan en contra del aborto en términos generales.

¿Quiénes son sus mayores detractores?

Nuestro mayor obstáculo no son tanto las instituciones en sí, sino la falta de información. El hecho de que las mujeres no estén conscientes de que tienen el derecho a un aborto seguro y que lo pueden llevar a cabo con sus propias manos sin la supervisión de las autoridades e instituciones. Así que no estamos en guerra con ningún Estado: más bien, nuestra lucha consiste en develar la información para que sea accesible a todas las mujeres; para que sepan qué hacer con sus propios cuerpos y procurar su salud.

¿Cuál es el modus operandi de WOW?

Trazamos nuestra ruta dependiendo de contactos previos con los partidos políticos, las organizaciones no gubernamentales o con grupos de mujeres que nos buscan para arrojar algo de luz mediática sobre el tema, y, finalmente, investigamos acerca de las leyes en los países que planeamos visitar.

En México contamos con el apoyo de más de cuarenta ONGs que firmaron nuestros comunicados de prensa. Esta campaña es más mexicana que internacional. Aunque estemos aquí en muestra de solidaridad con las mujeres mexicanas, ellas son quienes están a cargo de este movimiento y lo han dirigido desde hace décadas.

* * *

Women On Waves es una de las organizaciones internacionales que abogan en pro de este derecho humano fundamental. En México también existen organizaciones no gubernamentales y asociaciones civiles, entre ellas MEXFAM, Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, Comunicación e Información de la Mujer, A. C. (CIMAC) y Católicas por el Derecho a Decidir, consagradas a la loable tarea de asistir e informar a la población en general y a las mujeres en particular sobre todo lo que respecta a los derechos reproductivos, la salud sexual y la planificación familiar.

Lamentablemente, hay senderos más sinuosos que otros. Las vías de acceso a la información muy a menudo se ven obstruidas por los estigmas y prejuicios que marcan las vidas de millones de mujeres, quienes se encuentran sometidas a los caprichos anacrónicos de sus sociedades. La educación mueve montañas, la fe sólo consigue desdibujarlas. Que la madre de Beethoven me perdone, pero el mundo no es precisamente un himno a la alegría.