Convicción

Publicado abril 3, 2016 por arivolovich
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“No crea usted que la Anarquía es un dogma, una doctrina invulnerable, indiscutible, venerada por sus adeptos como el Corán por los musulmanes. No, la libertad absoluta que reivindicamos hace evolucionar continuamente nuestras ideas, las eleva hacia nuevos horizontes (de acuerdo con la capacidad de los distintos individuos) y las saca de los estrechos límites de toda reglamentación, de toda codificación. No somos ‘creyentes’”, le escribió Emile Henry al director de la cárcel momentos antes de que le rebanaran la cabeza.

El hijo bastardo de Santa [extracto de Jet Lag. Moho, 2013]

Publicado diciembre 24, 2015 por arivolovich
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La primera vez que experimenté en carne propia las consecuencias negativas de mi bagaje étnico-cultural fue en diciembre de 1981, a mis siete años, pocos meses después de mi llegada a México. Recuerdo haber quedado inmóvil, con las palmas pegadas sobre la vitrina del Liverpool, completamente absorto por las brillantes esferas doradas y rojas, las estrellas y las luces de colores que brotaban del enorme pino penetrando mis pupilas como dagas de caramelo. Por primera vez me sentía embriagado. Lo único que conocían mis ojos era los tenues amarillos de las dunas y el azul profundo del Mediterráneo de mi natal Ashdod. De pronto apareció un sujeto regordete por detrás del árbol. Me sobresalté, aparté mi frente y solté mis manos del vidrio: hasta ese momento los únicos adultos que había visto en pijama eran mis padres y, quizá, mis abuelos. Aquel señor de gorro y barbas blancas me señaló con su dedo índice e inmediatamente extendió sus brazos con la intención de exponer la gran cantidad de regalos que descansaban debajo del árbol. Luego acarició su barba, se frotó el estómago al tiempo que se regocijaba con una risa que no alcanzaba a oír del otro lado del cristal. Al igual que Nixon, su sonrisa y su mirada no cuajaban. Sentí una mano sobre mi hombro. Era mi madre.

—Tenemos que irnos, papá nos está esperando en el auto —me dijo.

—Pero creo que el señor quiere darme esos regalos —le contesté y lo señalé con una mano temblorosa.

—Cariño, esos regalos no son para ti —me contestó, acarició mi frente y sonrió un tanto apenada.

Barrí con la mirada aquel árbol fotogénico y sus destellos hipnotizantes antes de seguir a mi madre, sin soltar de vista al hombre del pijama rojo, quien se alejaba de mi alcance físico y conceptual con cada paso de mi madre.

—Tu abuela está preparando levivót (tortas de papa) —aseguró guiñeando el ojo en un intento fútil por animarme.

Cuando cerré la puerta del auto sabía que había perdido algo que, en realidad, nunca me había pertenecido.

Las levivót son un alimento tradicional de Jánuca, una festividad judía que por lo general coincide con la Navidad. Algunos confunden Jánuca con una especie de Navidad judía, pero en realidad lo que se celebra durante “la Fiesta de las Luminarias” es la victoria de un pequeño grupo de rebeldes judíos —los macabeos— sobre el ejército de Antíoco IV Epífanes, el rey del antiguo Imperio Asirio, que saqueó Jerusalén en 164 a.C., prohibió la práctica del judaísmo y obligó la sustitución de las tradiciones hebreas por las helénicas. Cabe mencionar que Jánuca, como toda celebración, es una simplificación de un suceso histórico mucho más complejo. Además de las revueltas antiimperialistas también se desencadenaba una cruenta guerra civil entre los macabeos y los judíos helenizados. Pero bueno, nada que una dulce sufganiá (panecillo relleno de mermelada) no pueda opacar. Jánuca se celebra a lo largo de ocho días en los que se enciende una vela cada noche sobre un candelabro llamado januquiá. Esta tradición conmemora el “milagro de Jánuca”, el del pequeño jarrito de aceite que logró mantener iluminada la menorá (lámpara) durante ocho días en el Templo sitiado y recién reconquistado por los macabeos. Los niños, además de una dieta peligrosamente alta en carbohidratos, reciben una perinola de cuatro caras que llevan la inscripción de una letra en hebreo que en conjunto forman las siglas de la frase “un gran milagro ocurrió allá”, aludiendo al jarrito de aceite.

Lo que yo tenía completamente claro aquel día al entrar en casa de mis abuelos era que ni veinte toneladas de tortas de papa y de panecillos dulces ni dos contenedores de perinolas iban a aquietar mi más reciente descubrimiento sobre el fenómeno llamado Navidad y Santa Claus. Lo último que pasó por mi mente al prender la vela de la januqiá era la soberbia de Antíoco o la Jihád de los macabeos. No podía sacudir la imagen de ese árbol majestuoso que se proyectaba frente a mí como la versión infantil de un delirium tremens.

Mastiqué a duras penas un trozo de levivá tibia y observé con desdén la perinola que descansaba inanimada al lado de mi plato. Mi abuelo estaba sentado frente a mí, entretenido en algún párrafo de un ejemplar viejo del New York Times. Era originario de Filadelfia y veterano de la Segunda Guerra Mundial. Había visto una dosis suficiente de muerte como para desechar la idea de la posible existencia de cualquier dios. Lo mismo le daba Jánuca, la Navidad o el Ramadán. Entré en el cuarto de visitas, cerré la puerta y me apoyé sobre el marco de la ventana para observar desde la oscuridad el edificio de enfrente y las familias que bebían y comían en aparente armonía dentro de sus aposentos iluminados. Todo parecía tan alegre, cordial. Perfecto. Daba la impresión de que aquellos seres extraordinarios habitaban un mundo paralelo al mío. Me alejé de la ventana y me recosté sobre el diván antiguo de mi abuela para lo que sería, sin darme cuenta, mi primera sesión psicoanalítica. El 24 de diciembre de 1981, bajo el manto de la nochebuena defeña, sentí por primera vez los límites, anteriormente invisibles, de la otredad y cómo me encapsulaban dentro de una minoría (aquí habría que sustituir la palabra otredad por “regalos y luces” y minoría por “casa de mis abuelos”). Los dos años que seguí en México pasé la Navidad jugando con mi vecino Ahmed. Supongo que ambos nos sentíamos unidos por nuestra orfandad cultural de temporada. Sin la intención de obedecer a un estereotipo chusco, casi siempre jugábamos con pistolas y cuchillos.

Diez años después de estar al margen de la Navidad y ya equipado con un agnosticismo propiamente labrado y el cinismo de mi abuelo, volví a México. Si bien Jánuca y la Navidad habían perdido para mí toda su connotación religiosa, para mi sorpresa, y a pesar de los años, la noche del 24 me invadió el mismo sentimiento de exclusión. Los años que siguieron me hice de un elenco de misfits navideños que incluía a Oren, Hina, Tarek y Alberto. Oren y Hina eran una pareja de (judíos ateos) amigos míos de la infancia; Tarek (musulmán ateo), un brillante antropólogo marroquí que vino de Berkeley para cumplir con su trabajo de campo para su doctorado, al igual que Alberto (adventista del Séptimo Día), sólo que éste nació en California. Conscientes de que encarnábamos a la perfección a los protagonistas de todas las bromas religiosas jamás hechas y por hacerse, cada nochebuena abordábamos religiosamente el quebradizo Tsuru celeste de Oren y Hina para surcar la ciudad en busca de un bar-orfanato que nos diera asilo. En una ocasión dimos con un pequeño tugurio que se escondía en una diminuta calle que cortaba Insurgentes. “Abierto en Navidad”, decía el anuncio de neón naranja. “Allí está nuestro oasis”, señaló Tarek, y todos soltamos un grito de júbilo como si en realidad estuviéramos perdidos en el Sahara. El lugar era tan oscuro como una taberna inglesa. Sólo dos de las siete mesas estaban ocupadas. En una se encontraban dos diplomáticos nigerianos y en la otra una joven pareja de sinaloenses. El dueño era un junior danés de origen iraní que había llegado al país en 1989. Se sentó en nuestra mesa para platicarnos cómo dio con México durante un viaje de negocios que hizo a Cancún, donde se enamoró perdidamente de su actual ex. Tarek se encargó de invitar a Emmanuel, Kingsley (los diplomáticos nigerianos), Adriana y Juan Carlos (la pareja de Sinaloa) a nuestra mesa. En un abrir y cerrar de ojos nos convertimos en los tripulantes de un buque pirata respetable. Los ecos de aquella nochebuena de 2005 retumbaban en mis aposentos melancólicos mientras caminaba solo por el Parque México de la colonia Condesa la noche del 24 de diciembre del año pasado. Oren y Hina se mudaron a Guatemala, Tarek consiguió una plaza de docente en la Universidad de Houston y Alberto se casó y se fue a Montreal. Me detuve frente a un enorme árbol navideño, hipnotizado por su luminiscencia. Imaginé una mano sobre mi hombro. Era mi madre. “Eso no es para ti”, la oí decir. No lo puedo evitar: siempre que me llega el olor a pino me invade una sensación de pérdida.

Estrógeno explosivo

Publicado junio 8, 2015 por arivolovich
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(Extracto de Jet Lag. Editorial Moho, 2013)

La objetable veracidad histórica de la guerra de Troya no es un impedimento para poder tomarla como referencia de grandes batallas, debido a la espectacularidad poética que da forma a la Ilíada. Si hacemos un recuento de otras guerras que quedaron grabadas en la historia, partiendo del determinismo religioso que impulsó el inicio de las Cruzadas en el siglo XI, pasando por el Imperio Mongol y la ferocidad de un ejército liderado por la osadía de Gengis Khan o el olor a sangre y pólvora que impregnaron los campos de batalla napoleónicos y las dos Guerras Mundiales —por mencionar algunas de las más significativas—, no cabe la menor duda de que el dedo acusador siempre va a detenerse sobre un sospechoso común: la testosterona. Pero vivimos en una época de cambios violentos. Las guerras ya no son lo que eran; tampoco sus protagonistas. La igualdad de género se ha abierto paso donde menos se esperaba: dentro del fundamentalismo islámico. La Yihad (Guerra Santa) y sus mártires suicidas se están tiñendo de rímel.

No está de más aclarar que el fenómeno de los ataques suicidas no es algo nuevo. Los iniciadores de la tendencia fueron judíos. Remontándonos al siglo I d.C, los sicariis (de ellos viene la palabra sicario) no eran más que pandilleros urbanos que actuaban como el brazo militar de los zelotes. Los zelotes eran militantes religiosos judíos (en inglés, zealot significa fanático), los líderes radicales que encabezaban las rebeliones antirromanas que pretendían lograr —sin intención de ser irónicamente correctos— la liberación de Palestina. Una de las marcas registradas de los sicariis era su método de asesinato que consistía en aislar a los soldados romanos para degollarlos frente a sus compañeros, completamente conscientes de que ellos mismos morirían segundos después a manos de los funcionarios armados del Imperio Romano. Los nipones también vieron el gran potencial que se escondía detrás de la estrategia suicida —el daño infligido era cuatro veces mayor al de la lucha “convencional”— antes de lanzar a sus ya famosas brigadas de pilotos kamikaze contra la flota marina estadounidense. Aunque el suicidio como arma política y militar lleva acompañándonos desde la Antigüedad hasta la era del Blue Ray y los iPhones, lo que marcó un cambio significativo en esta disciplina radical fue la técnica empleada por los nuevos suicidas. Los hombres bomba no llegaron sino hasta la década de los ochenta, como parte de un experimento del Hezbollá para repelar la invasión israelí al Líbano.

El primer caso de una mujer kamikaze se registró el 9 de abril de 1985. Sana Khyadali, una chiíta integrante de un grupo político secular denominado el Partido Nacional Socialista Sirio (PNSS), fue la pionera de las mujeres shahid.* La joven de dieciséis años esperaba un convoy del Ejército de Defensa Israelí que patrullaba la zona de Jazzín en el sur del Líbano, antes de detonar los explosivos que se escondían retacados dentro de su vehículo para desaparecer y despedirse del mundo junto a dos soldados del EDI.

Seis años más tarde, el 21 de mayo de 1991, Thenmuli Rajaratnam (conocida como Dhanu), una joven perteneciente al grupo independentista Los Tigres Tamiles de la Liberación del Eelam** (TTLE) de Sri Lanka, puso fin a su vida y a la de otras dieciséis personas de la misma manera que su semejante libanesa, logrando eliminar en la ciudad India de Sriperumbudur a su objetivo principal: el ex primer ministro indio Rajiv Gandhi.

Además del Medio y Extremo Oriente, el Cáucaso también ha funcionado como escenario para el fenómeno de las mujeres bomba. Shamil Basayev, el Señor de la Guerra, enemigo número uno de Rusia y quien hasta el día de su muerte —9 de julio de 2006, durante un ataque de las fuerzas especiales rusas— fue el jefe militar de la guerrilla chechena y uno de los terroristas más buscados del mundo, a pesar de inclinarse a favor del radicalismo islámico, confesó haber entrenado a las Viudas Negras chechenas: una brigada caracterizada por sus atentados suicidas y formada por mujeres que como bien señala el nombre, perdieron a sus maridos (y seres queridos) en la prolongada guerra contra Rusia. Basayev, conocido entre otras cosas por poner un precio a la cabeza de Vladimir Putin, había concretado las amenazas dirigidas a Moscú enviando su brigada de mujeres kamikazes para aterrorizar al Kremlin y a sus ciudadanos. La primera vez que el mundo reconoció este nuevo brazo armado del conflicto checheno fue en octubre de 2002, cuando un puñado de mujeres vestidas de negro y fajadas con cinturones explosivos tomaron más de ochocientos rehenes en el Teatro Dubrovka de Moscú. Las Viudas Negras (o viudas bomba) integran uno de los grupos suicidas más sanguinarios de la historia, y han cobrado la vida de centenares de personas. Uno de los detalles que caracteriza a las Viudas Negras es que siempre cargan los certificados de defunción de sus seres queridos.

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La muralla construida a base de la misoginia promovida por los tabúes sociales y las rígidas imposiciones religiosas que por lo general caracterizan a los movimientos militantes islámicos es un filtro que debería castigar, detener y por consecuencia disuadir a las mujeres de participar en cualquier actividad política y militar, sobre todo si tomamos en cuenta las connotaciones heroicas que se atribuyen a los fedayín*** y muyahidines**** contra la discreción exigida a las mujeres en este contexto social. Pero hay factores que respaldan y explican estas supuestas contradicciones. El más inmediato es que las mujeres pasan los controles policiales y militares con mayor facilidad que los hombres por el simple hecho de que estadísticamente no encajan con el perfil del terrorista común. También, expertos en materia antiterrorista indican que el impacto en la opinión pública es mucho más profundo cuando se trata de un atentado perpetrado por una fémina, aunque uno no necesita ser experto para entender las razones por las cuales el terrorismo femenino es más llamativo. Sólo basta con pasear por los lugares comunes de la femineidad como el instinto maternal, la sensibilidad, la compasión, para poder apreciar el contraste conceptual. Las posturas de los líderes de algunos de los grupos radicales de mayor renombre como el Hamás o Al Qaeda oscilan entre la conveniencia del pragmatismo y el puritanismo dogmático. El fallecido jeque Ahmed Yasin, jefe del Hamás, no reparó en las posibles contradicciones que algunos vieron en el yihadismo femenino porque partía desde una perspectiva puramente útil, por eso declaró que “los combatientes varones se topan con muchos obstáculos. Se trata de una evolución más en nuestra lucha. Las mujeres son como un ejército en la reserva y hay que usarlas cuando son necesarias”. La postura del número dos de Al Qaeda, el egipcio Ayman al Zawahiri, es menos progresista, por decirlo de alguna forma. La mano derecha de Bin Laden dedicó parte de su mensaje de dos horas —transmitido como respuesta a más de novecientas preguntas publicadas en internet por parte de simpatizantes de Al Qaeda— para exponer su rechazo a la participación militar femenina en la Yihad. “El papel de la mujer está limitado al cuidado del hogar y los hijos de los muyahidines”, declaró, consiguiendo así una oleada de respuestas por parte de mujeres islamistas radicales que exigían igualdad de género y quienes se sentían profundamente ofendidas porque el número dos de Al Qaeda ignoraba el hecho de que la rama iraquí de su organización contaba con más de veinte mujeres “martirizadas” desde 2003.

A pesar de que la Guerra Santa sigue siendo cosa de hombres, existen algunos grupos de apoyo que promueven esta creciente demanda para la equidad sexual, sin importar si ésta se logra únicamente en la otra vida. Un ejemplo de esto es una página cibernética (www.minbar-sos.com) que se dedica, entre otras cosas, a alentar a las futuras yihadistas. Este sitio fue creado en Bélgica por Malika el Aroud, viuda de quien en 2001 asesinó al jefe de la guerrilla antitalibán.

Wafa Idris, quien el 27 de enero de 2002 hizo estallar su backpack —matando a un anciano e hiriendo a más de cien transeúntes israelíes— para convertirse en la cuadragésima séptima shahid y la primera mujer que logró morir en nombre de Alá representando la causa palestina, no alcanzó a participar en las discusiones que ha incitado esta polémica. Wafra era originaria del campo de refugiados al-Amari de Cisjordania. “De todos los voluntarios de la Media Luna Roja —el equivalente a la Cruz Roja—, Wafra era la más animada”, dice Bárbara Víctor (periodista especializada en el Medio Oriente) sobre la impresión que la palestina de 27 años dejó en ella, dos meses antes de inmolarse en el centro de Jerusalén. Aunque podríamos descartar la depresión como un factor determinante en la motivación suicida de los shahids, cabe mencionar que las mujeres representan un pueblo reprimido dentro de otro. “A medida que viajaba por Gaza de una población Cisjordana a otra, entrevistando a las familias y a los amigos de las mujeres que habían logrado entregar sus vidas […] descubrí la dura realidad de que nunca era una mujer la que reclutaba a las kamikazes […] que los motivos y las recompensas para los hombres que morían como mártires eran muy distintos a los de las mujeres. En consecuencia, consideré que era fundamental comprender el razonamiento de los hombres que ofrecen una justificación moral para seducir y adoctrinar a una mujer o una chica y, en última instancia , convencerla de que lo mejor que puede hacer con su vida es ponerle fin […] Lo que me desconcertó cuando entrevistaba a aquellos hombres fue que todos ellos habían conseguido convencer a hermanas, hijas o esposas a su cargo de que dada la ‘trasgresión moral’ cometida por un miembro masculino de la familia, el único medio para redimirse ellas mismas y salvar el honor de su familia era morir como una mártir. Sólo entonces estas mujeres disfrutarían de una vida inmortal llena de felicidad, respeto y esplendor y, finalmente, serían iguales a los hombres”, escribe Bárbara Víctor en su libro Las siervas de la muerte.

La “guerra convencional” no es en el fondo más que una expresión eufemística que pretende encubrir la destrucción y el horror institucionalizados. El terrorismo de Estado sí existe y es igualmente reprobable que el “no convencional”. El terrorismo empieza donde termina el diálogo, y tanto el nacionalismo radical como el fundamentalismo religioso se han encargado de quitarle la voz al otro, sea quien sea ese otro. Hay quienes darían su vida para poder alzar la voz y ser escuchados. Ellas lo hicieron, y sus acciones fueron seguidas por un silencio desconcertante.

 

* Shahid: mártir, del árabe. Una persona que muere por la causa de Dios.

** Los Tigres Tamiles de la Liberación del Eelam: organización armada que surge en 1976 como parte de un creciente resentimiento de la minoría tamil frente a la discriminación de la población cingalesa, el grupo étnico dominante de Sri Lanka.

*** Fedayín: guerrero que actúa obedeciendo sus convicciones políticas.

**** Muyahidín: guerrero que actúa acorde con sus convicciones religiosas.

La tragedia de Clipperton

Publicado enero 3, 2015 por arivolovich
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SobrevivientesClipperton

A casi cien años y mil 250 kilómetros de distancia de los parachuts, las calandrias, las irritantes brigadas de motos acuáticas, el humo y el cortejo artificial de las voluptuosas discotecas de la costera; de las parejas que, una tras otra, parecen recrear algún pasaje de una melodía luismiguelera caminando a lo largo de una playa empalagada de tantos años de susurros y promesas perfumadas; a mil 250 kilómetros del horizonte kitsch acapulqueño se esconde una isla que contiene una historia de terror cuyas imágenes podrían ofuscar el efecto romántico de cualquier atardecer.

Breviario de una disputa internacional
Aunque el primero en avistar esta isla fue el navegante portugués Fernando de Magallanes ⎯sin poner pie en ésta⎯ en 1521 para registrarla bajo el nombre Médanos en la vasta bitácora de las pertenencias del Imperio español, la isla es mejor conocida por el nombre del temerario pirata inglés John Clipperton, quien utilizó esta diminuta plataforma de arena (de 7 km2 y una laguna salada en medio que ocupa el 90 por ciento de la superficie de la isla) a principios del siglo XVIII como escondite, bodega para almacenar sus saqueos y para planificar sus embestidas en contra de blancos españoles y la Nao de China que llegaba al puerto de Acapulco. En 1711 los capitanes de los buques franceses La Princesse y La Découverte redescubren la isla e inmediatamente la bautizan como La Île de la Passion para adjudicarla a la soberanía de Luis XIV. La independencia mexicana heredó, entre otras cosas, los residuos de tierra desparramados por el disminuido imperialismo español. Parte de esta herencia incluía La Isla de la Pasión que fue anexada a territorio nacional en la Constitución de 1824. Los años consiguientes convirtieron este terruño minúsculo en un escenario de conflictos mercantiles entre ingleses y estadounidenses para conseguir los derechos de extracción de guano, sobre todo durante la guerra hispano-estadounidense en 1898. Al enterarse del potencial económico de la Isla, los franceses no tardaron en cuestionar la legitimidad de la soberanía inglesa, estadounidense y mexicana sobre ésta, exigiendo su parte del pastel y haciendo una alusión a la declaración de toma de posesión hecha en 1858 por el teniente Víctor Le Coat de Kerveguen en nombre del emperador Napoleón III.* Porfirio Díaz rechazó las demandas francesas ⎯argumentando que México era el único acreedor de los antiguos territorios españoles⎯ al mismo tiempo que pactaba un acuerdo con la compañía inglesa Pacific Islands Company que se dedicaba a la extracción de guano en el Pacífico ⎯como indica explícitamente su nombre. Bajo la supervisión del Porfiriato, la compañía inglesa construyó un muelle y un asentamiento minero, poblándolo con más de 100 trabajadores de distintas nacionalidades traídos de San Francisco.

Los infortunios de los Arnaud
En 1907 Porfirio Díaz ordenó edificar un faro de luz a un pequeño pelotón comandado por el capitán Ramón Arnaud Vignon ⎯de padres franceses, paradójicamente⎯ quienes además de inspeccionar las labores de explotación por parte de las compañías foráneas, su estancia tenía el propósito de imponer una presencia simbólica en la ínsula que ondeara ante las posibles miradas que acechaban detrás de los binoculares de los buques franceses. La pobre calidad del guano clippertoniano finalmente obligó la retirada de la Pacific Islands Company en 1908 para luego convertirse en The Pacific Phosphate Company. Ese mismo año y durante una breve visita a su natal Orizaba, el capitán Arnaud contrajo matrimonio con Alicia Rovira Gómez. La joven pareja, al contrario de muchas, llegó a una pequeña isla tropical para ponerle fin a su luna de miel. El ahora denominado “gobernador de la Isla”, Ramón Arnaud, caminaba erguido sobre la estrecha playa, manteniendo la disciplina y la cordura de sus soldados a base de ejercicios rutinarios mientras que una nueva generación de clippertonianos nacía ⎯incluyendo a dos de los tres hijos del matrimonio Arnaud⎯ durante este periodo de calma. Para ese entonces el barco de suministros llegaba para abastecer a los isleños cada dos meses de manera puntual y sin mayores contratiempos. No fue sino hasta 1913, en una visita autorizada que hizo la familia Arnaud en Acapulco, cuando se enteraron de los violentos cambios que azotaban al país. Ni el exilio forzado de Porfirio Díaz a París, ni el asesinato de Francisco Madero y José María Pino Suárez ordenado ese mismo año por un resentido Victoriano Huerta, ni el hecho de que el mismo ejército del “gobernador de la Isla” estaba a punto de entablar una guerra contra los constitucionalistas fueron argumentos suficientes como para lograr disuadir a un testarudo Arnaud en cumplir las órdenes caducas de un general que, dicho sea de paso, se encontraba a 10 mil kilómetros de distancia, en el corazón del “enemigo”, degustando vinos y tragando croissants.
Y así, Arnaud y familia regresaron a gobernar a los isleños de su reinado tropical. Para 1914, todas las maniobras militares y políticas estaban enfocadas hacia la turbulenta Revolución mexicana, despojando al pequeño destacamento del capitán Arnaud de cualquier relevancia sustancial para los propósitos estratégicos que presentaban los nuevos tiempos. El barco de suministros dejó de llegar. La playa de La Isla de la Pasión se llenaba gradualmente de miradas expectantes que se dirigían hacia un horizonte cada vez más hostil e imponente. Arnaud y sus isleños se vieron obligados a limitar su dieta a los huevos de pájaros bobos (la población más grande en el mundo), pescados y los pocos cocos que daban las escasas palmeras. Para esas instancias, muchos de los habitantes de la isla habían muerto de escorbuto.
En lo que seguramente fue un día sumamente estimulante para los clippertonianos, durante una tormenta apareció un naufragio estadounidense frente a la costa de Clipperton. Arnaud y sus soldados lograron salvar a los sobrevivientes estadounidenses, aunque con la baja de uno de los rescatadores que fue devorado por un tiburón. Una vez recuperados y al enfrentar la posibilidad de haber sido víctimas de un abandono intencional, tres marineros estadounidenses se osaron a remar mil 250 kilómetros para llegar a tierra firme en una pequeña balsa. En contra de todas las posibilidades lograron su cometido e inmediatamente notificaron a las autoridades, quienes no mostraron ningún interés en rescatar a un pelotón huertista perdido. Ninguno de los habitantes de La Isla de la Pasión sospechaba que había comenzado la Primera Guerra Mundial, ni que el Tampico ⎯el buque de las provisiones que zarpó del puerto de Topolobampo⎯ sería perseguido y hundido a manos del Vicente Guerrero de los revolucionarios en lo que fue la única batalla naval registrada en la Revolución Mexicana.
No fue sino hasta que el USS Cleveland ⎯un barco de la marina estadounidense⎯ ancló al lado de la costa de Clipperton el 14 de junio de 1914 cuando Arnaud se enteró de los sucesos que sacudían al mundo entero. El USS Cleveland había llegado con la intención de salvar al resto de náufragos norteamericanos y ofreció llevarse a bordo a Arnaud, sus soldados y familias a tierra firme. En un gesto de insolencia patriótica, el gobernador de la Isla rechazó la oferta hecha por el capitán del Cleveland argumentando que no contaba con órdenes directas de sus superiores, que tenían suficientes raciones para sobrevivir cinco meses y porque no podía tratar con el enemigo. El USS Cleveland y los náufragos estadounidenses desaparecieron en el horizonte. Sin embargo, Arnaud escondía un motivo que podía explicar su obtusidad flagrante. Años antes había sido acusado de desertor y el abandonar su puesto podía ser interpretado como una segunda deserción.
El tiempo transcurría y el horizonte seguía despejado. Los muertos eran enterrados debajo de la arena de la laguna. Los pocos cocos eran reservados para las mujeres y los niños. Los hombres ya mostraban señales claras de delirio y desesperación. Dos años después de la partida del USS Cleveland, en octubre de 1916, el gobernador Arnaud avistó un barco y le ordenó a sus soldados ⎯prácticamente a todos los hombres de la isla menos al farero, Victoriano Álvarez⎯ a seguirlo a la pequeña lancha de remos para intentar alcanzar el navío. Las mujeres y niños observaron boquiabiertos cómo la pequeña tripulación comandada por Arnaud bajaba del buque y volvía hacia la isla. El terror se apoderó de las esposas e hijos al ver cómo las olas hundían la endeble embarcación de sus maridos y padres hasta perderlos de vista para siempre dentro de la aguas infestadas de tiburones.

El Marqués de Clipperton
La larga desventura de las recientes viudas ⎯entra las que estaba Alicia Rovira Gómez ⎯ y huérfanos estaba a punto de tomar un curso aún más tenebroso. Victoriano Álvarez, al verse libre de cualquier figura autoritaria, se autoproclamó rey de la Isla, convirtiendo gradualmente a las sobrevivientes femeninas en sus esclavas sexuales. Tanto las mujeres como las niñas de la Isla se encontraban a la merced de la violencia caprichosa de Álvarez. Las violaciones formaban parte de la rutina diaria. La viuda del capitán Arnaud había logrado repeler a Álvarez hasta el 18 de julio de 1917. Lo siguió, resignada, acompañada de sus hijas hasta llegar al faro. Aprovechándose de un descuido del farero endemoniado, las mujeres de Clipperton lograron tirarlo al piso de un golpe y ponerle fin a su reinado de terror a base de patadas y martillazos. Alicia Rovira, en un arrebato de ira le pidió a su hijo de siete años ⎯Pedro Ramón Arnaud⎯ que fuera por el petróleo que tenía escondido. “¡Vamos a quemarlo!”, gritaba Alicia en medio de la excitación colectiva.
En un hecho que pone en cuestión la palabra casualidad, ese mismo día y con el cadáver del violador aún tibio, un barco de guerra norteamericano ⎯el USS Yorktown, al mando del capitán H.P. Perril⎯ que surcaba la zona, avistó y rescató a las cuatro mujeres y siete niños que sobrevivieron a este episodio antagónico de la Revolución Mexicana.

*El 2 de marzo de 1909, ante la persistencia francesa, Porfirio Díaz firma un documento en el cual México y Francia pactan llevar el caso Clipperton a una tribunal arbitral. El juez en cuestión fue Víctor Manuel III, el rey de Italia, asignado por el Vaticano. El veredicto se pronunció a favor de Francia. Víctor Manuel III concluyó de manera tajante que la soberanía de la isla le pertenecía a Francia desde la toma de posesión hecha en nombre de Napoleón III el 17 de noviembre de 1858. Debido a un cúmulo de circunstancias, la Primera Guerra Mundial entre tantas más, la sentencia del jerarca italiano no se dio a conocer sino hasta el 28 de enero de 1931. Las iniciativas de personas como del explorador francés Jean Louis Étienne y la investigadora del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología (ICML) de la UNAM, entre otras, han ofrecido la mejor solución a la disputa territorial entre ambos países. La Isla de Clipperton se ha convertido en un laboratorio oceanográfico en donde científicos de ambos países trabajan en conjunto para estudiar la fauna de la zona.

Apocalipsis ahorita: la vida es una sala de espera

Publicado enero 10, 2014 por arivolovich
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Predicadores, lunáticos, charlatanes, fundamentalistas, profetas lúcidos o pordioseros esquizofrénicos, todos ellos han estado anunciando el fin del mundo desde que existe la conciencia colectiva del mismo. La historia está plagada de líderes espirituales carismáticos —sobra mencionar a los protagonistas de las tres grandes religiones— que aparecen para promover su concepto del paraíso y ofrecer una contrapropuesta al desencanto y al tedio de un mundo lleno de sufrimiento, de gobiernos injustos y de burócratas desalmados. Si bien los apocalípticos difieren en los incentivos, la religión, la filosofía o los cálculos que los llevan a predicar la catástrofe final, hay un patrón de conducta que los caracteriza. Existe la promesa de la redención a través de una “corrección” espiritual para lograr la salvación, ya sea de un grupo selecto o de la humanidad entera. Eventualmente y sin excepciones, todos comparten un profundo sentimiento de decepción o, en su defecto, la muerte.

Los milleristas la llamaron “la Gran Decepción” después de experimentar en carne propia las profecías incumplidas de su líder, William Miller, en lo que llegó a ser uno de los fenómenos de catastrofistas más famosos del Continente Americano. Miller era un granjero originario de Low Hampton, Nueva York. Víctima de una profunda obsesión, William pasó años encerrado en su granja con la intención de descifrar las Escrituras Sagradas. A pesar de que para 1818 Miller estaba convencido de la precisión de sus cálculos, no fue sino hasta cinco años después cuando se dispuso a exponer los frutos de su interpretación ante la luz pública. Miller aseguraba, basándose en la profecía de Daniel 8:14 (“Y él me dijo: Hasta dos mil y trescientos días de tarde y mañana; y el santuario será purificado”) e iniciando su cuenta a partir del decreto de Artajerjes I para la “reconstrucción” de Jerusalén en el año 457 a.C., que la Segunda Venida de Cristo estaba fijada entre el 21 de marzo de 1843 y 1844. El primer minuto del 22 de marzo de 1844, en lo que seguramente fue el silencio más incómodo registrado en la historia y mientras presenciaba su terrible fracaso reflejado en los miles de rostros alargados de sus seguidores —quienes se habían congregado en los puntos topográficos más elevados de Estados Unidos—, Miller se apresuró a retomar sus notas para tachar, corregir sus cuentas y concluir que en realidad la fecha verdadera del Segundo Advenimiento se daría en menos de un mes: el 18 de abril del mismo año. Después de un rotundo y conclusivo fracaso, un William Miller desinflado y cabizbajo se disculpó y confesó su error ante una muchedumbre de creyentes inconsolables para ponerle fin a su carrera apocalíptica. No obstante, “la Gran Decepción” llegó meses después durante el amanecer del 23 de octubre del mismo año, cuando algunos milleristas, a pesar del sensato retiro de su profeta, insistieron una vez más en congregarse —basándose en otra interpretación del mismo pasaje, retomada por el predicador adventista Samuel Snow— para volver a encarnar la desilusión.

William Miller fue el impulsor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Casi 150 años después, una secta disidente y desprendida de ésta llevaría sus creencias apocalípticas hasta las máximas consecuencias. Los Davidianos –encabezados por Vernon Howell, quien luego cambiaría su nombre a David Koresh ya que se consideraba el sucesor espiritual del Rey David—, se abastecieron de un arsenal de armas imponente y se encerraron en un fortín construido sobre el Monte Carmel situado en Waco, Texas, convencidos de que las profecías cristianas que anuncian el juicio final estaban por cumplirse, interpretando la Biblia partiendo de pasajes del Apocalipsis. Koresh respondía a las acusaciones que se le hacían respecto al abuso sexual contra menores dentro de su comuna argumentando que poseía un derecho divino que anulaba las prohibiciones aplicadas a su persona. Debido a la preocupación creciente por los informes de inteligencia que señalaban una compra de armas masiva por parte de los davidianos, el Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego lanzó un asalto contra Koresh y sus adeptos el 28 de febrero de 1993. Seis davidianos y cuatro agentes murieron como resultado del tiroteo. El FBI inmediatamente asumió el mando de las operaciones durante los 51 días que duró el intercambio de fuego entre fanáticos religiosos y agentes federales que culminó el 19 de abril cuando el FBI intentó ocupar las instalaciones del Monte Carmel. Los davidianos prendieron fuego a su refugio matando a 76 de sus habitantes, incluyendo mujeres y niños.

El 19 de marzo de 1997, días antes de suicidarse, Marshall Applewhite aparecía en un video casero donde afirmaba ante una audiencia invisible que “el Planeta Tierra estaba a punto de sufrir un reciclaje” y que nuestra única oportunidad de salvación era “irnos” con ellos. “No estamos diciendo que la Tierra está llegando a su fin, estamos diciendo que la Tierra está a punto de reformarse y prepararse para la llegada de otra civilización humana”, aseguraba. Applewhite, entre otras cosas, decía ser el heredero de la mente de Cristo. Applewhite y Bonnie Lu Nettles fueron los fundadores de Heavens Gate: un combo compuesto de cristianismo y ciencia ficción. Los miembros de este culto creían que el Hale-Bopp —un cometa particularmente brillante— era la señal que les indicaba que tenían que deshacerse de sus cuerpos terrenales (sus “recipientes”) para poder abordar la nave espacial que se encontraba detrás del cometa y que los llevaría a un plano de existencia más alto. A finales de marzo de 1997, la policía encontró los cuerpos inanimados de los 39 miembros del culto que se suicidaron por turnos —unos ayudaron a otros a ingerir la mezcla de fenobarbital y vodka— dentro de una mansión en el Rancho de Santa Fe, a las afueras de San Diego, California. Todos ellos calzaban tenis nike negros y ocho cuerpos estaban castrados. En 1970 Applewhite se internó en un hospital psiquiátrico con el propósito de callar las voces que sólo él podía oír y para “controlar sus deseos homosexuales”. Fue en ese hospital donde conoció a Nettles, quien trabajaba como enfermera. Casualmente, ella fue la encargada de alimentar y validar las alucinaciones de Applewhite para así crear un culto que homenajeó como pocos la estupidez colectiva.

El new age no se ha quedado al margen de las profecías apocalípticas. Uno de sus representantes de mayor vigencia hoy en día es el estadunidense José Argüelles: fundador del Instituto de Investigación Galáctica de la Fundación para la Ley del Tiempo. Argüelles se dio a conocer en el mundo en agosto de 1987 por haber promovido la “Convergencia Armónica”: un evento esotérico celebrado paralelamente en lugares “sagrados” alrededor del planeta. En 1998, Argüelles se declaró muerto para poder reencarnar como el sucesor de Pacal Votan (también conocido en las leyendas mayas como “el Señor del Tiempo”) con el nombre de Valum Votan. El hecho de que Argüelles (akaValum Votan) nunca estudió astrología, arqueología o antropología —es doctor en historia del arte— no le ha impedido dedicarse a distorsionar y reinterpretar a su antojo uno de los calendarios mayas: el Tzolk’in (a cada día del Tzolk’in se le asigna uno de 20 nombres y uno de 13 números, formando un ciclo de 260 días), ofreciendo como resultado una versión híbrida compuesta de una mezcla improbable entre la antigua civilización mesoamericana y un inquebrantable espíritu new age, en franco desafío de las leyes de la ciencia con sentencias construidas con base en un vocabulario tan disperso e impreciso como el de un horóscopo. Según Argüelles, existe una “cultura galáctica cuatridimensional cuya esencia radica en el conocimiento espiritual”; este conocimiento se puede adquirir a través del cultivo del holón. El holón, explica Argüelles, “es la estructura enteramente cuatridimensional de nuestra alma y mente” que hemos perdido debido a nuestro “escepticismo materialista”. Según Valum Votan, nuestro error radica en vivir y concebir el universo de manera tridimensional y en nuestra percepción artificial del tiempo que está provocando una acelerada separación del “orden natural del universo”. Argüelles, sus colegas y los seguidores de su Calendario de las 13 Lunas están convencidos de que hay dos tipos de seres humanos: los noosféricos (quienes cuentan con este “órgano sensorial planetario que permite una apertura hacia una conciencia galáctica”) y los no-noosféricos. La interpretación de Valum señala el 2012 como el año que marca el final del Gran Ciclo dentro del calendario maya. Para poder sobrevivir lo peor la humanidad tiene que apresurarse y adaptarse al “tiempo natural”. Según sus cálculos, el margen de tiempo que tenemos para poder hacer el cambio y adoptar el Calendario de las 13 Lunas y 28 Días empezó el 26 de julio de 2004 y termina el mismo día del 2012. Los interesados o futuros creyentes pueden aportar con un donativo a la causa del Instituto de Investigación Galáctica. Lo único que tienen que hacer es entrar al sitio web (www.lawoftime.org) donde le aseguran a los contribuyentes potenciales que todas las ganancias benefician el Plan de Paz Universal antes del 2012 de la Fundación para la Ley del Tiempo. Y como prueba de la seriedad detrás de este indispensable estudio cósmico, los donativos se pueden hacer obedeciendo los ciclos lunares. La “Donación Lunar” —así aparece publicada en el sitio— varía de siete a mil 40 dólares y el monto seleccionado es deducido de la tarjeta de crédito al mejor estilo del Calendario Maya: cada 28 días.

Pero dejemos atrás la humedad asfixiante de Palenque y sacudámonos de encima los delirios mesiánicos y las interpretaciones románticas que nos ofrece un hinchado Valum Votan y posicionémonos frente al enorme muro que se interpone entre el siglo XXI y una autonomía apocalíptica medieval ubicada en el centro-occidente de nuestro país. Y es que México también ha sido escenario de cultos catastrofistas. En las inmediaciones subtropicales del municipio michoacano de Turicato y encima del cerro Poder de Dios (anteriormente conocido como El Mirador) se erige uno de los ejemplos más espectaculares —debido a su imponente infraestructura y los 5 mil fieles que llegaron a habitar este espacio desde todos los rincones de la República— de los sectarismos apocalípticos. Se trata de la Nueva Jerusalén, fundada en 1973 por su líder Nabor Cárdenas Mejorada. Los creyentes de la Nueva Jerusalén aseguran que la Virgen María del Rosario apareció el 13 de junio de 1973 ante la vidente Gabina Sánchez —una campesina avanzada en edad— para señalar a Nabor Cárdenas, quien para ese entonces era sacerdote católico, como el elegido para llevar a cabo una misa en el cerro Poder de Dios. Cada vez más convencido de la autenticidad de estas “apariciones y mensajes”, Nabor buscó el visto bueno de la Iglesia Católica para ganar credibilidad. No tardó mucho en ser excomulgado. No obstante, Nabor se apresuró en construir una ermita y logró hacerse de una cantidad significativa de adeptos. Las peregrinaciones aumentaron en un abrir y cerrar de ojos. Algunos decidieron quedarse a vivir en la Nueva Jerusalén. Dice su mitología que Gabina Sánchez y Nabor Cárdenas debían cambiar sus nombres a Mamá Salomé y Papá Nabor en obediencia al mandato de la Virgen. En 1981, tras la muerte de Mamá Salomé, se creo una fuerte división entre los residentes de la Nueva Jerusalén debido a las disputas de poder para su sucesión. Papá Nabor intervino a favor de su candidata predilecta expulsando a los 4 mil disidentes. En cierto punto de su corta historia, la Nueva Jerusalén contó con 9 mil habitantes. Esta aldea medieval considera que el fax, la televisión, la computadora y el internet, entre otras cosas, no son más que “herramientas de conocimiento satánicas”. Además existen marcadas divisiones jerárquicas —los “consagrados” y los “vivientes”— y se siguen implementando los castigos corporales ante provocaciones tales como el uso de maquillaje. Con el transcurso del tiempo los mensajes de la Virgen se inclinaron más hacia claras advertencias apocalípticas. Los fieles de la Nueva Jerusalén se saben protegidos del fin del mundo. Su fe les sugiere que cuando llegue el momento de la verdad, se abrirán enormes grietas alrededor de la Nueva Jerusalén para aislarlos del mundo y salvarlos. Para un culto apocalíptico la vida no es más que una sala de espera, por eso es que se ha prohibido la reproducción, las escuelas y los centros de salud.

Papá Nabor falleció el 19 de febrero de 2008 a sus 95 años. Su muerte dio paso a una nueva oleada de luchas de poder dentro de la comunidad. Agapito Gómez Aguilar asumió el cargo de vidente como sucesor de Papá Nabor después de una larga y violenta disputa contra sus opositores que provocó la intervención de personal militar en lo que fue la única vez que un organismo laico penetró las puertas de la Nueva Jerusalén.

La demencia, el miedo al vacío o las creencias que uno decide asumir frente a la existencia y el más allá no son las únicas determinantes para querer adoptar una fe avant-garde: basta con sentarse frente a cualquier noticiero durante media hora para que un delirio utópico suene lo suficientemente tentador como para fantasear con la idea de algún confort religioso-conceptual que nos aleje de la “crudeza terrenal”. También queda claro que es reconfortante desmentir la mortalidad con fábulas o teorías vacuas e intangibles. Pero podemos dormir tranquilos: si la existencia del planeta dependiera exclusivamente de la cualidad bondadosa de nuestras acciones o de la pureza de nuestros pensamientos, ni siquiera alcanzaríamos a presenciar el fuego.

“Jet Lag” lejos de los reflectores de la FIL:

Publicado diciembre 4, 2013 por arivolovich
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Para todos aquellos que brillaron por su ausencia —fueron demasiados, aunque iba muy bien acompañado—, va el texto que mi queridísimo amigo y compañero de mil batallas sin objetivos claros, Enrique Blanc, leyó en la presentación de Jet Lag en Palíndromo, al margen de la FIL Guadalajara:

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“Antes que otra cosa, quiero decir, asumirme en esta presentación como un intruso. Y así, como el propio Ari Volovich se torna un consumidor más de Farmacias Similares cuando surge de la botarga del Doctor Simi en uno de los episodios más divertidos de Jet Lag, el libro que presentamos hoy, a mí me gustaría brincar de esta silla y colocarme entre el público para presenciar la que hipotéticamente hubiese sido la reunión de Rogelio Villarreal, quien aquí nos acompaña, y Guillermo Fadanelli. Reunión que no sólo me evoca algunas noches de exceso etílico y divagaciones bohemias durante los dos años que viví como huésped del primero en un departamento oscuro de la calle Veracruz en la Ciudad de México, entre 1999 y 2000, precisamente los años en que conocí y trasnoché en más de una ocasión por las calles de esa urbe con el propio Volovich. Reunión hipotética pues, que a mí, que conozco de cerca los ires y venires de la amistad entre los dos personajes antes referidos, me parecía genial, producto indudable de la perversidad del propio autor de Jet Lag, la misma perversidad que reconozco a medida que avanzo por sus páginas. Pero no, Fadanelli argumentó no sé qué y ahora, yo, que soy uno de los autores que publica en su editorial, debo sentirme tal como quien decide por puro interés periodístico (léase morbo personal) calzarse los zapatos de la botarga del Doctor Simi sólo para ver qué se siente y llenar el hueco de quien varios años atrás decidió fundar una editorial que diera cabida a un grupo de forajidos con bolígrafo como los tres que estamos aquí reunidos.

Dicho esto, quiero confesar que más allá de conocer a Volovich como un agudo y sarcástico observador de la vida, no había llegado a su literatura —llámenle periodismo, si así lo desean— hasta que cayó Jet Lag en mis manos. Y es hasta entonces que finalmente entendí la dimensión que ha tenido para su visión del mundo el haber nacido en la ciudad israelí de Ashdod —cuyo clima urbano tan bien describe en el relato titulado “Ashdod City”— y el caminar por la vida sabiéndose judío, condición que el propio Ari, así me parece que lo ilustra Jet Lag, ha utilizado como un pretexto más para echar a andar los motores de una imaginación aguda, lúdica e inevitablemente salpicada de humor negro.

Quien conozca de cerca a Volovich sabrá que tres de sus rasgos más característicos son: Su compulsión por encender y fumar tabaco, uno. Su recurrencia a tocarse la barbilla, manía que está muy bien ilustrada en las páginas de su libro, y que lleva a cualquiera a pensar que cavila con profundidad sobre algún asunto… de nimia importancia, dos. Y tres, sus estridentes carcajadas, las que imagino que suelta cada que de su cabeza brotan los aforismos que, a la par de reflexiones, crónicas y relatos, dan forma a Jet Lag, libro que en ese sentido es una suerte de miscelánea literaria y en el que la variedad y la sorpresa con las que uno se topa a cada vuelta de página, figuran entre sus virtudes. Cito uno a continuación, sólo para dejar testimonio de la chispa de genialidad que varios de éstos exhiben: “¿Si un rabino se golpea la cabeza ve estrellitas de David?”

Me gusta sobremanera la metáfora con que Volovich, en un par de ocasiones, simboliza su compulsión por abstraerse de la realidad, comparándola con el hecho de pasar uno o varios minutos bajo el agua, obvio, sin respirar. “Me gustaría quedarme aquí —escribe en la página 56 del libro—, al menos hasta que todo termine; pero el instinto de supervivencia —ese chip integrado, cortesía de la casa­— desobedece mis intenciones forzándome a salir a la superficie, derrotado por mis propias limitaciones.”

No obstante el tono de ironía que subyace en muchos de los textos que reúne Jet Lag, hay otro tratamiento que de igual manera impacta en la escritura de Ari Volovich y que tiene más que ver con la desazón, con la propia pesadumbre con que él los impregna. Destaco “Al-Jazeera Express”, el que abre el libro, y uno de mis favoritos. Una crónica que linda con el relato, en la que la tensión dramática conseguida con oficio está ligada al hecho de que en Medio Oriente —la anécdota acontece en Jerusalén— cada nuevo pasajero que sube al autobús urbano donde viaja el protagonista, resulta una amenaza que los demás escudriñan con recelo y clasifican de acuerdo a su apariencia. La posibilidad nada improbable de que algún terrorista elija ese vehículo para inmolarse es algo que está presente en el cálculo que todo habitante de esa región parece tener en cuenta cada que sale a la calle. “El autobús arriba a la terminal. Al fin los semblantes pueden descansar. Se ven adoloridos”, puntualiza Volovich en el párrafo que pone fin al episodio.

Otro texto en el que este sentimiento se percibe es “Viñeta de la posguerra”, en el que Volovich escribe en su primer párrafo: “Incluso el vuelo de las palomas muestra un dejo de fatiga en el Israel de la posguerra. El calor no ayuda. Los automóviles parecen fusionarse y arrastrarse sobre el asfalto como caracoles mutantes a lo largo de las autopistas principales, como una alegoría burda que refleja el sentimiento colectivo.”

Divertido e ilustrativo es también el episodio en el que Volovich recuerda sus penurias como tanquero en el Ejército de Defensa Israelí, al que burló primero, y del que desertó después, por razones que se antojan más que lógicas, en “Diciembre de 1993”.

Antes de concluir diré que Jet Lag nos extiende el pasaporte que ilustra su portada para que nos internemos por ciudades como Tel Aviv, Jerusalén y Ashdod, a través de un viaje con ojos y oídos bien abiertos, y la mirada profunda y afilada de su autor. Un viaje cuyo periplo temático deambula entre la comedia irremediable de una región del Medio Oriente marcada por sus irresolubles e impenetrables contradicciones y la tragedia terrorífica de sus víctimas, como las que animan el escalofriante relato “Bajo un mismo cielo”, en el que, como el propio Volovich lo describe: “un soldado israelí y un guerrillero del Hezbollá, ambos con la piernas y los brazos mutilados por la batalla librada la noche anterior, quedaron acostados cara a cara sobre el fango.” En otras palabras, como bien hace notar Villarreal en la introducción del libro, en estos cuentos “el autor transita angustiosamente del infierno en el Medio Oriente, al infierno semitropical mexicano”. Y yo entiendo que dicha frase debe aludir, precisamente, a la experiencia inexplicable de pretender convertirse en el Doctor Simi por quince minutos, en la aventura suicida de meterse en una botarga un día caluroso en la Ciudad de México. Una prueba más del arrojo y la vehemencia de este escritor con desplantes de kamikaze.

En lo personal, ahora sí creo que concluyo, me quedo sobre todo con los textos de más largo aliento, aquellos en los que no sólo está el Volovich suspicaz e irónico de aforismos y prosas, sino también el narrador pulcro y resuelto que brinda a Jet Lag las que sin duda son sus mejores páginas”.

Breviario de la literatura judía:

Publicado noviembre 30, 2013 por arivolovich
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[extraído de la Agenda de la luna de la editorial Resistencia]

Para poder alcanzar una definición más puntual de la literatura judía, tendríamos que reunir las siguientes características: toda obra escrita por judíos sobre temas judíos, o bien, cualquier trabajo literario escrito en lenguas judías (entiéndase: en hebreo, yidish o ladino).

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El  yidish (su traducción literal significa “judío”): Idioma que se originó en Alemania medieval y que se extendió a través de  Europa Central y  Europa del Este,  hasta llegar a América y otros destinos de migración judía. Gran parte de su sintaxis y de su léxico proviene del alemán, aunque también se vio influenciada por las lenguas eslavas, por el hebreo y el arameo, con adiciones de otras lenguas locales. La ortografía del yidish utiliza los caracteres del alfabeto hebreo. Aunque este idioma aún se conserva por ciertas fracciones de la comunidad asquenazí (los judíos descendientes de las zonas mencionadas) alrededor del mundo, quienes actualmente la mantienen en vigor son principalmente los judíos ultra-ortodoxos asquenazíes que consideran el hebreo como una lengua sagrada que, por ende, sólo debe de ser empleada en las plegarias, o para  el estudio de la Torá.

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El ladino (también conocido como judeoespañol o djudezmo): Idioma hablado por los judíos sefardíes (Sfarád significa “España” en hebreo) quienes habitaron la Península Ibérica hasta su expulsión en 1492 por órdenes de Isabel I de Castilla (Isabel la Católica). El ladino es un derivado directo del castellano medieval y hoy en día incluye rasgos de otras lenguas de los países en los que los judíos se establecieron después de su expulsión de España —como lo son Turquía, Grecia, etcétera— además del hebreo.

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Si partimos del entendimiento de que tanto la Torá (el Pentateuco) como el Talmud (interpretación de la Torá que abarca siglos de discusiones rabínicas enfocadas principalmente a las tradiciones, las costumbres, las historias, las leyendas y las leyes judías) se nutren de distintas fuentes literarias, bien podría decirse que la antología es la forma más representativa y antigua de la literatura judía.

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Salvo la producción literaria de los judíos andalusíes quienes se asimilaron a la cultura árabe dominante de la Península Ibérica del siglo X (la denominada literatura hispanohebrea), entre la cual destaca la obra del médico, filósofo y poeta Yehudah Halevi, y algunas notables excepciones como lo fueron las aportaciones de Moshé ben Maimón (mejor conocido como Maimónides) a la filosofía medieval, o del mismísimo Baruch Spinoza (quien es considerado uno de los grandes filósofos racionalistas del siglo XVII); antiguamente el pensamiento judío estaba consagrado principalmente a temas estrictamente religiosos, tomando en cuenta que los textos pertenecientes a la corriente mística de la Kabala como lo es el Zohar (resplandor), entre otros, no se desprenden del referido contexto.

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No obstante, durante el siglo XVIII surgió el movimiento de La Haskalá (El Iluminismo Judío) que jugó un papel crucial en el consecuente auge y expansión del pensamiento judío en general, así como en la literatura judía secular en particular. Los padres intelectuales del movimiento de La Haskalá (“educación” en hebreo) fueron el filósofo judeo-alemán Moses Mendelssohn (1729-1786),  su compatriota, el traductor y escritor Aaron Halle-Wolfssohn (1754-1835) y el escritor judeo-austriaco Joseph Perl (1773-1839). Este movimiento responde a la creciente urgencia de integración —la cual les había sido negada a los judíos por medio de la segregación étnico-cultural, largamente impuesta por los gobernantes en turno— y acceso al conocimiento universal que la población judía fue acumulando durante siglos. Dicha integración suponía, naturalmente, un conflicto con el apego a las formas tradicionales de la religión al encauzar el intelecto hacia una corriente  universalista, racionalista y secular. Mucho le debe la literatura judía —al igual que todas las formas de expresión intelectuales y artísticas— a este movimiento. Gran parte de la literatura judía contemporánea comprende a autores que relatan la vida cotidiana de sus comunidades en diversas partes del mundo, sus conflictos, relaciones, movimientos políticos, transformaciones y migraciones. También existen textos sobre el pensamiento y las costumbres judías. A la vez, es importante mencionar la atención que recibe el Estado de Israel a partir del nacimiento del movimiento sionista.

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Dentro del marco de los parámetros que definen a la literatura judía, como se menciona al inicio, podríamos postular —no sin antes asumir el riesgo de exclusión que se corre siempre que se despliega una letanía de esta índole— a las siguientes plumas como las grandes exponentes de la literatura judía moderna: Sholem Aleichem, A. B. Yehoshúa, Y. L. Peretz, Hayim Nahman Bialik, Theodor Herzl, Saúl Tchernijovsky, Méndele Mojer Sforim, Amos Oz, David Grossman, Meir Shalev, Martin Buber, Aharon Appelfeld, Shulamit Hareven, Eli Amir, Zvi Greenberg, Yehuda Amijai, Nathan Alterman, S. Izhar, Shmuel Yosef “Shai” Agnon, Sami Michael, Anita Diamant, Sholem Asch, Phillip Roth, Nelly Sachs, Saúl Bellow, Stefan Zweig, Howard Fast, Leon Uris, Bernard Malamud, Yoram Kaniuk, Primo Levi, Imre Kertész e Isaac Bashevis Singer.