Herodes el bueno

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El 27 de abril de 2007, a escasos kilómetros de Belén, Ehud Netzer (arqueólogo israelí de la Universidad Hebrea de Jerusalén) sacudía la espesa capa de polvo que hasta entonces desdibujaba una de las figuras más emblemáticas de la Biblia y del mundo antiguo. A más de 2000 años de su muerte, Netzer había logrado dar con la tumba de Herodes el Grande. El tetrarca descansaba sobre una vertiente de Herodión (el palacio-fortaleza construido por el monarca en el desierto de Judea). Los dos milenios de distancia no aminoraron el impacto que este hallazgo tuvo sobre el mundo occidental ya que el antiguo rey de Judea goza de una de las peores reputaciones dentro de la cultura judeocristiana. Los judíos lo acusaban de traidor debido a sus concertacesiones con el Imperio Romano mientras que los cristianos lo recuerdan como el infanticida que intentó matar al niño Jesús —el medioevo se encargó de reforzar esta idea apoyándose de una campaña propagandística que representaba a Herodes, entre otras cosas, conversando con el mismísimo Lucifer—. Pero no existen documentos históricos que avalen el infanticidio en Belén; los únicos pasajes que describen esta supuesta matanza están en el Evangelio de Mateo:
2:1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto desde el oriente, y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo, Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta […] Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando lo halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y lo adore […] Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen con Herodes, regresaron a su tierra por otro camino […] Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores.

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La Biblia está muy lejos de ser un testimonio objetivo de los sucesos históricos y algunos expertos creen que existe una analogía intencional entre esta matanza descrita en el Nuevo Testamento y la ordenada por el faraón de Egipto la víspera del nacimiento de Moisés. Pero hoy en día contamos con los recursos científicos necesarios como para analizar la veracidad de este crimen de proporciones bíblicas. Los cálculos de Netzer absuelven a Herodes ya que indican que nuestro villano murió cuatro años antes del nacimiento de Jesús. ¿Qué mejor coartada que la muerte? Si bien este descubrimiento refuerza la teoría sobre la inocencia de Herodes en lo que se refiere al infanticidio de Belén, no logra exculparlo de una extensa serie de atrocidades perpetradas durante su reinado con las que se ganó el miedo y respeto de sus súbditos. Entre éstos resalta el asesinato del hermano de una de sus diez esposas (la princesa hasmonea Mariamne) en el año 35 a.C., quien era un sacerdote muy respetado del Segundo Templo. Herodes veía en la popularidad de su cuñado una amenaza que atentaba directamente en contra de su trono, por eso lo mandó matar ordenando que lo ahogaran en la piscina de su palacio en Jericó. Su matrimonio con Mariamne, en parte, respondía a una movida política que tenía como propósito generar una alianza con los hasmoneos (descendientes directos de los macabeos, tradicional casta de reyes de Judea; la monarquía hasmonea gobernó durante los setenta años anteriores a la invasión del Imperio Romano en 63 a.C), pero también obedecía al amor que sentía por la princesa. Esto no fue impedimento para que la asesinara —en 29 a.C.— debido a un arranque de celos alimentado por su hermana Salomé. Cabe recalcar que Herodes nunca se había visto tan profundamente atormentado y arrepentido a consecuencia de su temperamento violento que después del asesinato de su amada. Ni siquiera cuando, hacia el final de sus días, asesinó a tres de sus doce hijos por sospechar que éstos tramaban una conspiración en su contra. El astuto emperador Octavio Augusto dijo al respecto: “Preferiría ser el cerdo de Herodes antes que el hijo de Herodes”.
“La enfermedad de Herodes se agravaba día a día, castigándole Dios por los crímenes que había cometido. Una especie de fuego lo iba consumiendo lentamente, el cual no sólo se manifestaba por su ardor al tacto, sino que le dolía en el interior. Sentía un vehemente deseo de tomar alimento, el cual era imposible concederle; agréguese la ulceración de los intestinos y especialmente un cólico que le ocasionaba terribles dolores; también en los pies estaba afectado por una inflamación con un humor transparente y sufría un mal análogo en el abdomen; además una gangrena en las partes genitales que engendraba gusanos”, escribió el historiador del siglo I y biógrafo de Herodes, Flavio Josefo (37 d.C-102 d.C.), basándose en los escritos de Nicolás de Damasco, filósofo, consejero e íntimo amigo del rey. Según algunos científicos aventurados, los síntomas que describe Josefo apuntan hacia una insuficiencia renal crónica en etapa terminal combinada con gangrena de Fournier, una aflicción muy rara hoy en día. Juzgando entre otras cosas por la matanza de sus hijos y porque cambió más de seis veces su testamento, parece un hecho irrefutable que los delirios paranoicos de Herodes se incrementaron estrepitosamente hacia el final de su vida.

 

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Pero Herodes el Grande fue mucho más que un asesino desalmado o un padre disfuncional. Durante los años que gobernó Judea (desde que conquistó Jerusalén en 37 a.C hasta su muerte en 4 a.C) no sólo se mostró como uno de los constructores y urbanistas más importantes de su época sino que también se destacó por ser uno de los diplomáticos más versátiles de la historia. A pesar de que su origen (de madre árabe y padre edomita) le negaba un puesto dentro de la élite monárquica hasmonea y que siempre fue visto por sus súbditos judíos como un extranjero y traidor debido a su idiosincrasia pagana —que hoy llamaríamos liberal—, Herodes pudo afianzarse en el trono gracias a dos factores determinantes: la herencia política de su padre —de quien aprendió sobre los beneficios inmediatos que podía traer una alianza oportuna con el Imperio Romano, ya que éste se apoyó de los romanos con el fin de desterrar al príncipe hasmoneo Aristóbulo II para posicionar a su hermano y rival, Hircano II, al mando de Judea— combinada con su talento innato como mediador. Su padre fue envenenado en 43 a.C. por los hasmoneos quienes tres años más tarde ficharían a Herodes como su blanco natural, obligándolo a escapar de Jerusalén: ciudad que conquistaría en el año 37 a.C., ya con una corona oficial impuesta por la mano firme del Senado romano.
Herodes perfeccionó el método de plata o plomo, utilizándolo para lograr un equilibrio y mantener el grosor de la frágil línea que dividía al conquistador de sus conquistados, quienes contuvieron —durante ese periodo— sus intenciones antiimperialistas. Una de las mayores concesiones para sus súbditos hasmoneos fue la construcción del Segundo Templo (el sitio más sagrado del judaísmo. Hoy en día sólo queda como referencia el Muro Occidental, también conocido como el Muro de los Lamentos) sobre el Monte del Templo en Jerusalén. Si bien gran parte de las once fortalezas (Masada, Gebae, Amathus, Alexandrium, Docus, Cyprus, Hyrcania, Maqueronte, Malatha, Esbus y Herodión) ubicadas dentro de los confines del reino de Judea habían sido construidas anteriormente por los hasmoneos, Herodes las reforzó y mejoró para vestirlas del ostentoso glamour romano. Entre las majestuosas edificaciones de Herodes resalta Cesárea, originalmente construida como homenaje al César Augusto. Esta ciudad amurallada contaba con un palacio, un templo, un hipódromo, un teatro y las infaltables piscinas (una marca registrada del rey Herodes) que respetaban la estética del Imperio al pie de la letra. Aún más sorprendente fue el puerto de aguas profundas que descansaba sobre el Mediterráneo y funcionaba como el único portal marítimo de Judea.
Herodes, además de verse forzado a maniobrar y manipular a sus subordinados tenía que complacer, paralelamente, a los altos mandos de Roma. La estrecha relación que sostuvo con Marco Antonio por poco le cuesta su reinado después de que éste fue derrotado y humillado por el ejército de Octavio el 31 a.C. Pero Herodes sacó a relucir su astucia política. Sin reparar en las posibles consecuencias desfavorables, se presentó frente al joven emperador para ofrecerle la misma lealtad que había entregado al ahora comandante derrotado. Con esto, el osado Herodes logró ganarse el corazón de Octavio quien extendió su reinado expropiando terrenos de la amante de Marco Antonio, la reina Cleopatra. Al día de su muerte, el reinado de Herodes el Grande se extendía desde el actual desierto del Négev israelí hasta el río Litani en el Líbano, y del Mediterráneo hasta la oriental Canatha en Siria. Sus habilidades diplomáticas consiguieron mantenerlo al mando de Judea durante 33 años, desde que asumió el poder hasta el día en que sus restos fueron depositados en Herodión. Según señalan Ehud Netzer y sus colegas arqueólogos, todo parece indicar que las marcas de los martillazos sobre el sarcófago de Herodes son producto del vandalismo de los rebeldes judíos durante la primera rebelión antirromana (entre 66 y 72 d.C) por el repudio que sentían hacia la figura del tetrarca. No obstante, los documentos escritos por Flavio Josefo narran que a pesar del odio que despertaba entre los judíos, la procesión fúnebre se dio de manera respetable.
Despiadado, demencial, megalómano, lambiscón, torturador, son tan sólo algunos de los calificativos que podemos adjudicarle a Herodes el Grande y, sin embargo, estamos hablando de uno de los más grandes constructores, estadistas y pacificadores de la historia. ¿Acaso podríamos atribuirle una sola cualidad a nuestros gobernantes?

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