Ambulantes

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Lunes 10 de noviembre de 2008

19:00. El comandante Roberto Chávez Manjarrez (comandante general de la Cruz Roja Mexicana y jefe de Atención Prehospitalaria y Operaciones) me recibe en su oficina con una seriedad amable. Me cuenta que lleva seis años como director operativo. Asistió en el incendio de la Cineteca en 1982, en las dos explosiones de San Juanico, en el terremoto del 85 —donde su esposa y él apenas se salvaron después de que los restos de un edificio cayeron sobre su auto—, en el accidente aéreo en la carretera México-Toluca, en el descarrilamiento de los vagones del Metro, en los huracanes Boris y Paulina y, también, el pasado 4 de noviembre.
“Nos encontramos con explosiones y con fuego fuera de control”, dice el comandante. “No sabíamos si los heridos que íbamos encontrando venían en la aeronave o fueron golpeados por ésta. Inmediatamente empezamos a trasladar a los pacientes más graves a la Cruz Roja debido a la cercanía —tres kilómetros— con el lugar del accidente.

19:40. Felipe Calderón Hinojosa hace declaraciones puntiagudas en una tele enmudecida donde segundos después se ven los restos del jet más nombrado del año, mientras que los trabajadores de planta —“los remunerados”— y los voluntarios llenan la pequeña sala de operaciones antes del turno nocturno. Juzgando por la calidez con la que se saludan, por la intimidad de las preguntas y la acidez de las bromas que rebotan, uno no puede evitar la sensación de estar frente a una gran familia funcional, valga el oxímoron. A pesar de su evidente fatiga se ven serenos; han aprendido que la calma más que un estado de ánimo es una disciplina.

20:32. Espero la salida del comandante Chávez al lado de una de las 40 ambulancias que conforman la flota de la Central de la CR. Detengo la vista sobre una insignia grabada en letras negras, justo debajo del retrovisor de la ambulancia, que rinde homenaje a su antiguo comandante general: Agustín Zúñiga. De la hilera de ambulancias que se extiende sobre el estacionamiento la mayoría lleva un grabado en memoria de sus comandantes fallecidos.

20:40. Dos paramédicos se acercan a la ambulancia y me saludan con una sonrisa amplia. Uno de ellos es Carlos Erreguín Cruz (con 20 años de experiencia y de gran renombre en la CR) y Martín Santiago Mondragón, también con casi dos décadas en la organización. Carlos había llegado poco después del comandante Chávez a la escena del avionazo. “En un principio nos habían reportado que se trataba de un helicóptero. Lo que vimos al llegar fue la llanta del tren de aterrizaje, huesos despellejados y el torso de una mujer recargado sobre los restos de la turbina”, cuenta. “Te puedo decir que, independientemente de la antigüedad, la sangre sigue imponiendo respeto”, añade Carlos, con un dejo de tristeza. “Primero estamos alerta, luego orgullosos y sólo después viene la depresión”, interviene Martín. “Para mí, este trabajo se ha convertido en una necesidad orgánica”, confiesa. Martín se unió a las filas de la CR tras ser testigo de los incansables esfuerzos de los paramédicos por salvar a su padre, quien finalmente falleció en un accidente automovilístico. “Muchos llegan así como yo a la Cruz Roja”, explica, “yo sentía que tenía que retribuir”.

21:04. El comandante Chávez sale de la sala de operaciones, nos dice que ya es hora y se sienta en el asiento del conductor. Carlos se sienta a su lado y yo sigo a Martín para abordar la parte trasera de la ambulancia número 1 de la flota. “Uno de los casos que marcó mi carrera sucedió hace cuatro años. Recibimos un llamado de un joven que estaba a punto de tirarse a las vías del Metro”, me responde Martín, rompiendo el silencio y la monotonía del tráfico. “Él no dejaba que nadie se le acercara. Estaba muy agitado. Decía que veía al diablo. Logré acercarme lo suficiente como para poder hablar con él. Le dije que yo también me llamaba Martín, y poco a poco fui ganándome su confianza hasta que pude tranquilizarlo y disuadirlo. Notificamos a su madre. Ella llegó media hora después y se lo llevó a casa. Yo estaba convencido de que todo estaba bajo control, pero una hora más tarde nos avisaron que se había suicidado”, dice, melancólico.

21:58. Cubrimos base* en la Calzada de la Viga esquina con Playa Encantada. “Es un buen punto de acceso hacia el sur y el oriente de la ciudad”, explica Carlos. Martín me cuenta que cuando no está dentro de una ambulancia se dedica a dar cursos de primeros auxilios a trabajadores de empresas grandes. “Todos nosotros necesitamos un segundo ingreso”, el promedio de un asalariado de la CR es de tres mil pesos, “estamos aquí por amor a la camiseta”, confiesa, sonriente. Aprovecho la tranquilidad para preguntarle de sus experiencias como paramédico. Le han llegado a disparar, lo han asaltado, golpeado y robado en un sinfín de anécdotas que podrían llenar una vasta novela hiperrealista.

00:21. Nos interrumpe la voz en la radio que reporta un balaceado en la colonia Reynosa Tamaulipas en Azcapotzalco. “Ya es Z1 (muerto)… envíen onces (reporteros)”, anuncia menos de un minuto después.

01:00. El comandante Chávez se voltea hacia mí para recalcar el hecho de que me había tocado una noche particularmente tranquila. Ya lo veo, contesto, y vuelvo a cerrar los ojos.

02:02. “Estamos en el 7 (el lugar) con un 8-44 (policía ebrio)”, dice la transmisión, provocando risas cansadas. Mi risa llega con delay, después de saber lo que significa un 8-44**.

08:05. Ya en la Central de la Cruz Roja me despido de Carlos y de Martín. Nos vemos en una hora, comandante, le digo antes de apretarle la mano y salir convencido de que el cansancio es uno de los inductores sicóticos más potentes.

14:00. Eduardo Benítez (paramédico veterano de la Cruz Roja) me invita a sentarme en la sala de operaciones en lo que espero al comandante para salir a cubrir base. Me platica de cuando entró al New’s Devine. “La posición en la que encontramos a los chicos era muy extraña. Cuando llegamos estaban disgregados. Lo más impactante fue ver la cantidad de jóvenes que murió. Me quedé con esa imagen durante cuatro días”.

15:12. Saludo a Alfredo Camacho (un simpático joven de veinte años), uno de los paramédicos que integran el equipo del comandante para el turno vespertino. El comandante sale acompañado de Israel Hernández (el tercer paramédico del equipo), me saluda, entramos en la ambulancia y partimos hacia la Base 1 (Alameda Central). “La Cruz Roja fue el único lugar donde encontré gente igual a mí, personas que le gusta ayudar a los demás”, cuenta Alfredo. “No somos muy bien vistos por la gente, la mayoría de las personas piensa que nuestro trabajo consiste únicamente en subir al paciente y llevárnoslo al hospital y creo que necesitan saber qué es lo que nosotros somos capaces de hacer; manejamos desde primeros auxilios hasta conocimientos de manejo avanzado como reanimación: somos unidades de soporte vital avanzadas”.

15:29. Recibimos el informe de un choque en Cuauhtémoc y Obrero Mundial. El comandante Chávez enciende las sirenas y la ambulancia se convierte inmediatamente en un imán que absorbe las miradas de los transeúntes. La falta de civismo vial es evidente. Los autos conceden el espacio a regañadientes. Sin excepción, hay un auto pegado a la parte trasera de la ambulancia para lograr evitar unos metros de tráfico.
“El servicio de atención prehospitalaria es muy competido, ya sea directamente con el ERUM o con las ambulancias privadas”, platica Alfredo, señalando justamente una ambulancia privada que viene pisando nuestros talones. “La ambulancia que llega primero es la que se hace cargo del paciente, por eso es que estas ambulancias sintonizan nuestra frecuencia, andan bananeando***, están al acecho para poder ’robarse’ pacientes. Lo peor de esta competencia es que a veces pueden llegar cuatro ambulantes a un mismo servicio, y esto interrumpe una distribución justa de los recursos. Hay un constante piquete de ojos entre el ERUM y la Cruz Roja, somos como el América contra las Chivas, obviamente nosotros representamos a las Chivas porque nadie quiere al América”, suelta una risa. “Aunque la competencia ya no es tan ruda como hace unos años. Antes era llegar a dar ’camillazos’; por ejemplo: tú estabas con el paciente y los de la ERUM llegaban y te aventaban la camilla a las rodillas y si te apendejabas te quitaban al lesionado. Ahora ya es más tranquilo”.

15:40. Alfredo e Israel salen disparados de la ambulancia para examinar meticulosamente a las dos señoras (de alrededor de 50 y 60 años) que permanecen sentadas y conmocionadas dentro de un taxi que descansa encima de una banqueta. La compañía de seguros no está dispuesta a hacerse responsable y pagar los costos del traslado al hospital. Una vez que ambos evalúan el grado de la urgencia Alfredo se encarga de llenar el Formato de Registro de Atención Prehospitalaria (FRAP) —documento legal que puede ser presentado ante el Ministerio Público—, mientras que Israel le explica a los familiares en un tono cortés y sereno que la gravedad de las lesiones no es lo suficientemente seria como para ameritar un traslado en una ambulancia de la CR. Les dice que el seguro tiene la obligación de pagar una ambulancia e incluso les da algunos consejos para exigir sus derechos. “Si fuera la mamá del ajustador nos trataría de otra forma”, oigo que dice la voz resignada de una de las hijas de la señora antes de volver a meternos en la ambulancia.

16:10. Retomamos el camino rumbo a la Alameda Central. Es una tarde tranquila, inusualmente despejada. Me recargo sobre la ambulancia e intento imaginar a los transeúntes según el valor numérico que conforma el dialecto Coca Romeano. Veo ochos en las esquinas, algunos cuarenta y cuatros de barbas largas, y una que otra veinte mendigando veintiuno mientras que un puñado de onces sale de una cantina.

18:10. Segundos antes de despedirme del comandante Chávez, de Alfredo e Israel, con medio cuerpo fuera de la ambulancia y a punto de dirigirme al Metro Juárez, la voz afilada de la radio anuncia un 5 bravo (un balaceado) justo en las coordenadas que coinciden con mi domicilio. ¡Ahí vivo!, les digo, un tanto exaltado. El asombro tibio de sus semblantes eriza mi espalda al oír que el 5 bravo se convirtió en 14 (muerto). Durante el trayecto subterráneo y a lo largo de las diez cuadras que separan la estación de mi casa, sólo podía pensar en la ligera sacudida que acababa de sufrir la rigidez metódica de mi escepticismo, en las casualidades y en los breves “episodios místicos” que procuro ahuyentar de la comodidad de mi agnosticismo.

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18:45. Me abro paso entre reporteros, fotógrafos, policías y transeúntes curiosos y conmocionados para pegarme al hollywoodense listón amarillo y enfrentarme con el cuerpo inanimado. Ahí estaba, envuelto en una sábana blanca sobre un charco de sangre a la entrada de mi edificio. “Le dieron tres balazos al pobre”, dijo al aire la señora que estaba a mi lado. Dibujó una cruz sobre su frente, besó sus dedos, se dio la media vuelta y desapareció musitando un rezo carcomido por los flashes de las cámaras y la estridencia histérica de los radios policiales. Tengo que escribir esto. Levanto la voz y la mano para llamar la atención de una criminóloga que inspecciona la zona como una cigüeña miope. ¿Puedo pasar?, aquí vivo, le digo señalando la puerta con la punta de mi llave. Ella asiente, alza el listón y me indica el camino que tengo que recorrer para no alterar la escena del crimen. Procuro no pisar la sangre ni desdibujar los trazos de gis. Las luces sintéticas de una ambulancia que se acerca sigilosamente se filtran y van creciendo sobre mis persianas hasta teñirlas completamente de azul y rojo. Nadie se va a creer un final como éste.

* Cubrir base significa posicionarse en un punto estratégico en una de las distintas delegaciones de la ciudad para lograr una mejor cobertura de las ambulancias. En promedio se cubren de seis a ocho bases, dependiendo de la cantidad de voluntarios disponibles.
** Algunas claves utilizadas por la Cruz Roja (Coca Romeo): Muerto (14); Lesionado (5); Enfermo (44E); Choque (27); Prensado (28); Balaceado (5 bravo); Policía (8); Periodistas (11); Ebrio (44); Enterado (18); Pendiente (31); Urgencia (1); Ambulancia (4); Paramédico (75); Operador (29); Persona (20); Lugar (7); Helicóptero (41); Comida (21).
*** Bananeando es el término utilizado por la Cruz Roja para describir a las ambulancias que se cuelgan de su frecuencia para llegar antes al paciente.

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