Bajo el Volcán

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Lunes 27 de abril de 2009, 10:30 a.m.
La Ciudad de México parece intervenida por la acidez conceptual de Banksy. Un ciclista atraviesa bruscamente mi campo visual. Clavo la mirada en su tapabocas y lo sigo hasta detenerme sobre las mascarillas de una pareja de adolescentes que simula un beso largo y apasionado para arrancar una carcajada a los pocos transeúntes que caminan en el parque. Sus gestos parecen irritar al sujeto trajeado que está en la banca de al lado, quien frunce su frente detrás de un periódico desplegado para volver a perderse en la tinta fresca. La portada habla acerca de la posible amenaza de una pandemia a causa de la violenta evolución de la influenza porcina y sobre el incremento en el número de muertes. La presencia del virus se refleja en las miradas temerosas de los capitalinos; su figura es trazada por el paso cauteloso de los transeúntes que intentan evitar a toda costa el roce con este leviatán invertebrado.
Recibo una llamada de mi amigo Raúl. Me pone al tanto de las nuevas medidas para la contención de la epidemia; me dice que el gobierno del D.F. está considerando la idea de cerrar el transporte público; de paralizar la ciudad. “Hay algo reconfortante en la histeria colectiva; en esto de tener que combatir a un enemigo común. Es una de las pocas ocasiones en las que me he sentido parte de la sociedad”, confiesa en un tono entusiasmado poco antes de colgar.
“Piénsenlo bien, cabrones: estamos muy cerca de las elecciones; ¿qué mejor que un virus culero para apendejar a la raza? No es más que una movida política; la nueva versión del Chupacabras”, asegura un tipo regordete ante una pequeña audiencia de taxistas que permanecen sentados en la sombra, al lado de una cabina deshabitada. “Este Gobierno es capaz de hacer cualquier cosa con tal de anestesiarnos el culo”, dice uno. “Lo mismo pasó con AMLO y la gente se la creyó todita”, contesta otro para remarcar una solidaridad patentada, y así, sucesivamente, lanzar una docena de teorías de la conspiración que parecen elevarse en el aire hasta entrelazarse con el virus en una danza peligrosa. El estornudo violento de uno de los taxistas hace que el resto se aleje de un brinco, logrando interrumpir, aunque sea momentáneamente, un escepticismo por demás endeble.
Minutos después —a las 11:48—, un fuerte temblor sacude el Distrito Federal, recordándonos que, al igual que nosotros, la naturaleza también tiene un sentido de humor torcido. “¿Esto también es un complot?”, pregunta con un sarcasmo nervioso uno de los taxistas.
En cuestión de segundos, brigadas de oficinistas inquietos salen de los edificios y se amontonan en los camellones como sobre botes salvavidas. Casi todos llevan el rostro cubierto con tapabocas. Esto parece una convención anual de asesinos seriales —murmuro mientras me abro paso entre la gente. “¿Qué más nos puede pasar?”, pregunta una señora. “¿Nos están castigando?”, añade su compañera con la voz quebrada. El pánico que ha sembrado este bicho es un afrodisíaco para los predicadores apocalípticos —digo para mis adentros. Más de una religión se ha creado a raíz de la histeria colectiva —resoplo mientras pienso en la amenaza de una pandemia religiosa mucho más violenta y devastadora que cualquier virus.
Suena mi celular. Es mi hermano. “¿Ya oíste las declaraciones del Ministro de Salud israelí? —me pregunta entre carcajadas para inmediatamente contestarse solo—. Van a cambiarle el nombre a la influenza porcina por aquello de que el cerdo no es kosher. Ahora se va a llamar la influenza mexicana, ¿puedes creerlo?” No, contesto y busco en vano una reacción que abarque la risa, la tristeza y la confusión en un solo gesto.
Me cubro el rostro con un paliacate antes de entrar al metro. No hay nadie repartiendo tapabocas. Bajo las escaleras cautelosamente como cuando se entra en una alberca fría. El lenguaje corporal de la gente cambia drásticamente una vez bajo tierra. Los rostros se tornan más tiesos y el caminar más calculado. Las puertas del vagón se abren como fogones. Las personas se suben respetando una distancia milimétrica entre cada cuerpo. Se siente una división clara entre aquellos que portan el tapabocas y los que no. Los primeros inspeccionan a los otros con cierta desaprobación, mientras que un dejo de desdén desafiante marca los rostros de quienes están al descubierto, en lo que parece ser la versión multitudinaria de La cigarra y la hormiga. Da la sensación de que un ligero estornudo aquí podría desencadenar una estampida incontenible. La tensión en las miradas lo dice todo: cada uno de nosotros es un virus en potencia. Camino a paso apresurado hacia la salida, me quito el paliacate poco antes de salir a la superficie y suelto un estornudo violento, logrando atraer una docena de miradas que me recorren con el mismo menosprecio rabioso con el que se mira a un pederasta. Me detengo un segundo para volver a cubrir mi rostro y retomo mi camino hasta desaparecer en la esquina y dejar atrás la escena del crimen. Las pocas fondas y restaurantes que siguen abiertos tienen más personal que clientes. Las calles están semivacías. Las farmacias se han convertido en los nuevos puntos de encuentro sociales. Las largas filas de clientes rebasan los diez metros de largo, aunque no se sabe nada del Dr. Simi y su oportunismo mercantil. El supermercado también está retacado de consumidores frenéticos. La violenta fricción generada por el ajetreo de la gente y el nerviosismo del personal crea una electricidad inestable. Es oficial: ha comenzado la compra de pánico. Los estantes de desinfectantes, naranjas y agua son los primeros en vaciarse para poner en evidencia que la preocupación ha sido diseminada de manera efectiva. Los tapabocas hacen que sea difícil diferenciar a los clientes de los carniceros. “Ya se nos terminó la vitamina C”, anuncia la farmaceuta agitando sus brazos en el aire. La chica que está detrás de mí cruza sus brazos y choca su pie contra el piso repetidamente para comunicarme su irritabilidad. La cajera traba el tapabocas debajo de su mentón para remojar sus dedos con saliva y abrir la bolsa de plástico.

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El alboroto colectivo de los consumidores no refleja la melancolía que emana de las calles deshabitadas. Cargo las bolsas repletas de los suministros inútiles que escogí de manera apresurada y camino hacia mi casa a paso lento. Un travesti que está recargado sobre un vocho acentúa su aburrimiento con aros de humo azul que salen disparados de su boca hasta desintegrarse en el silencio estático de la noche. Se detiene un momento, me observa con cierta apatía y continúa dibujando círculos en el aire. Esto le da un nuevo significado al término horas-nalga —pienso, satisfecho por mi ingenio corriente. Me aqueja un ardor en el pecho pocos metros antes de llegar a casa. Lanzo un tosido bronco que quiebra mi tranquilidad de un solo golpe. Me apresuro en abrir la puerta. Entro en el departamento, me lavo las manos y prendo la computadora para comparar mis síntomas con los publicados en la página de la Secretaría de Salud y descartar una posible infección. Los noticieros de medianoche son un refrito de la noche anterior. Pongo mi mano sobre la frente para medir la temperatura unos segundos antes de apagar la luz.

Martes 28 de abril, 15:00 p.m.
“Sólo hay comida para llevar”, me explica el encargado de la fonda y señala la nota que está pegada al ventanal. Regresa al interior del local para ayudarle a los meseros y cocineros a tallar los pisos, las mesas y las sillas. “Por disposición oficial, permaneceremos cerrados a partir de las 17:30 hasta nuevo aviso”, anuncian los restaurantes y bares para mantener al tanto a una clientela ausente. La ciudad se está convirtiendo en un manual de simulacros. Un Turibús vacío recorre las calles desérticas de la colonia Roma como la materialización de una alegoría poco elaborada. Una familia enmascarada se pasea en bicicleta detrás de un microbús que se detiene de vez en cuando para recoger pasajeros imaginarios, como queriendo imponer la normalidad a base de hábitos. Todo esto bajo la mirada atenta de un virus que amenaza con estornudarnos encima ante el menor descuido.

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