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Las réplicas internas del 19-S

noviembre 11, 2017

(publicado en El cultural)

TORRE_LATINO

A poco más de un mes del sismo conmemorativo, del simulacro de Gobierno que le siguió y de la conmovedora reacción ciudadana que ahora parece un rumor extraído de la mitología nórdica, lo único que se sostiene de pie son los residuos del desasosiego que siguen aquejando la psique de esta ruina filistea que les escribe. Por lo que decidí llamarle a Gady Zabicky —el Golden Boy de la adictología egresado de la Universidad Rockefeller de Nueva York, y una de las voces más frescas de la psiquiatría en México— con el objetivo de agendar una consulta disfrazada de entrevista. “Que de algo sirva el estatus de periodista”, me digo a modo de consuelo a la vez que mi yema busca la zeta.

Alcanzo a apreciar en el fondo una versión en marimba de Smells Like Teen Spirit mientras espero a Gady en un Vips, y la alegoría sonora a mi juventud disminuida me resulta por demás ofensiva. Para mi fortuna el buen doctor llega antes de sumergirme de lleno en una espiral descendente hacia los pormenores del sacrilegio nostálgico del tiempo. Nos enfrascamos en el obligado intercambio de experiencias vividas durante la rabieta de esa infanticida natural mal denominada madre antes de retomar la seriedad protocolaria que exigen las consultas encubiertas. Zabicky ordena un café y yo aclaro la garganta:

Mucho se hablaba tras el sismo del estrés postraumático para referirse al padecimiento colectivo, cuando en realidad se trataba de estrés agudo. ¿Podrías esclarecer las diferencias entre estos dos padecimientos?

El estrés agudo y el estrés postraumático son dos puntos en una misma línea, diferenciados en el tiempo. Entonces, la reacción que tenemos frente a una situación de este tipo, que los estadounidenses llaman un life changing event, una situación límite, es el trastorno por estrés agudo, que también se denomina “reacción de ajuste” y puede manifestarse de distintas formas en los seres humanos. Algunos tendemos a notarnos deprimidos, abatidos, tristes después de lo ocurrido; otros desarrollan síntomas psicóticos, hay quienes disparan su consumo de alcohol, y en un muy alto porcentaje, el estrés agudo tiende a desaparecer por sí solo. Es en ese punto en donde la ayuda psicológica cobra mayor importancia, para lograr la abrasión, la catarsis, la resolución de los problemas activos en ese momento, el duelo, en caso de que haya llegado a eso. Pero hay un grupo pequeño de pacientes que desarrollan lo que llamamos Trastorno por Estrés Postraumático, donde el criterio de diferenciación —insisto— es el tiempo. Estas personas presentan pesadillas recurrentes, síntomas semejantes a los de un ataque de pánico al exponerse a detonadores que les recuerdan esta situación, el piso en que vivían, al escuchar una alarma, o bien al observar un video del evento. Esta condición que los estadounidenses llaman the arousal significa una activación autonómica, donde el sujeto puede tener pesadillas, en algunos casos muy extremos, frente a detonadores que se asemejan al evento traumático, y pueden actuar como si en realidad éste ocurriera nuevamente. Desde un soldado que desenfunda una pistola y la acciona en un McDonald’s, o alguien que sale disparado de un restaurante porque pasó un camión y se movió mínimamente una lámpara, hasta mujeres que reaccionen con ataques de pánico al pasar por el lugar en donde fueron agredidas sexualmente.

¿Cuáles son los síntomas más visibles del estrés agudo?

Pesadillas, incapacidad para dormir, estados de disforia (que es el término técnico para referirse al malhumor), pensamientos recurrentes (lo que denominamos ideas fijas) con respecto al evento en cuestión, y el criterio que siempre aparece en la clasificación es malestar clínicamente significativo que deteriora nuestra capacidad para funcionar… si ése fuera el caso te diría que todos los chilangos tuvimos trastorno por estrés agudo, pero no lo es, porque a los dos o tres días la mayoría estábamos trepados en el Metro y haciendo nuestros quehaceres; sacados de onda, seguro, pero sin presentar malestares clínicamente significativos.

¿Cuáles son las manifestaciones físicas que dispara?

En el sentido físico de la pregunta, hay toda una parte de síntomas que se activan normalmente con el sistema que domina el nervio vago; por eso les llamamos síntomas vagales o neurovegetativos o autonómicos, que se desatan en esta condición de “pelea o huida” que viene de nuestra parte instintiva, y que se manifiestan con sudoración en las manos o en las plantas de los pies, temblores, boca seca, taquicardia, opresión
en el pecho, falta de aire, adormecimiento en extremidades, náuseas, mareo, vértigo, colitis, zumbido de oídos, o un estado al que llamamos estado de desrealización, en el que la gente experimenta momentos en los que piensa o siente que está en una película. Una paciente me decía: “Siento que lo único que existe en esos momentos es mi mirada, no existe mi cuerpo físico”.

¿Hay quienes son más susceptibles de padecer del estrés agudo?

Por supuesto, porque mira, ésta es una situación interesante para la epistemología en la psiquiatría, dado que por una parte tienes una condición que se presenta sine quan non (que sin ella no existe), se necesita de manera sine quan non un evento traumático. Pero aún así, probablemente uno pensaría, si requiere de un evento externo de esta magnitud entonces podemos restar el factor genético, pero no es el caso, porque todos nos sometemos al mismo evento traumático y no tenemos una respuesta cerebral igual, nuestra pauta de respuesta es distinta, y eso ya tiene que ver con diferencias inherentes al sujeto, tanto psicológicas como de constitución biológica, tanto de otros factores como su desarrollo y contactos sociales, escolares, experiencias previas de vida. Pero sí hay cerebros que tienen una tendencia a responder de cierta manera. Una vez más, a esto súmale el aprendizaje. ¿Qué quiero decir con esto? Imagínate una familia en donde la madre que perdió a dos de sus hermanos en el temblor del 85 responde frente a un evento sísmico con un cuadro conversivo como es el ejemplo de la ceguera parcial, o la inmovilidad de una de sus extremidades. A este fenómeno le llamamos globo histérico, es un síntoma  típico de la gente que experimenta pánico o que padece de mucha ansiedad, el típico “siento que tengo algo en la garganta y no puedo tragar”. Es un síntoma físico que se queda atrapado de alguna manera en el cuerpo de la gente. Entonces la hija de esta señora, por una parte hereda el cerebro de su madre, que es un cerebro híper reactor: un cerebro que tiene una respuesta distinta. Por ejemplo, está comprobado que este tipo de cerebros son más hipnotizables, son más sugestionables, son más sicosomatizadores. Y aparte de que la niña heredó este cerebro con la referida proclividad, la vio hacer cuadros conversivos; aprendió que éstos forman parte de las respuestas emocionales. Entonces surge otra vez esta disyuntiva eterna de la psiquiatría-psicología de naturaleza vs. crianza, y ésa es la manera perfecta de entender este fenómeno, de cómo interactúa la expresión de nuestros genes con el influjo de los fenómenos medioambientales, los determinantes medioambientales, sociológicos, gadgeteros, educacionales y religiosos.

Piensa una vez más en este paradigma, la niña crece como una pistola cargada
en la recámara, y depende del medio ambiente que vaya a dispararse el arma. Imagínate que esta niña que heredó el cerebro de su madre es dada en adopción y crece en una familia donde todos hacen yoga y toman té a las cinco; probablemente no desarrolle un cerebro donde esta híperreactividad vaya a expresarse. Eso sí, es más susceptible que los demás.

Pareciera que nuestros cerebros acarrean un rezago evolutivo.

Hasta hace seis meses, pensábamos que el origen del homo habilis se remontaba a unos 150 mil años aproximadamente. Los últimos hallazgos demostraron que su origen data de hace 300 mil años, prácticamente el doble de tiempo. Entonces volvamos 300 mil años en el tiempo, remontémonos al momento en que aun vivíamos en las cavernas, cuando aun éramos una horda. La expectativa de vida del ser humano era de 25 años y el mundo era un lugar extremadamente hostil y peligroso y la subsistencia era una lucha diaria. Entonces, desde que los animales son seres multicelulares, desarrollaron mecanismos para pelear y para huir, es algo básico, y esto está mediado por la parte más profunda de nuestros cerebros que es el hipotálamo, donde se encuentra nuestra zona instintiva. Llamémosle a esto “instintos primarios”. En los exámenes de neurofisiología uno se acuerda de esta zona como la zona de la C: la de comer, cagar, coger, combatir y correr. Todos los seres humanos, los animales, los mamíferos y los reptiles contamos con esta parte instintiva. Cuando la evolución encuentra algo que funciona le va construyendo encima, no se deshace de ello, como la pirámide de Cholula. Supongamos que este homo habilis representa el pináculo de esta evolución, lo que nos diferencia de un cocodrilo o un tiburón, para mencionar especies arcaicas que siguen funcionando con cerebros súper primitivos, es la corteza cerebral, que es donde radica lo contrario a los instintos. Sobre todo los lóbulos frontales de esta corteza cerebral representan el intelecto: son Mozart, la física cuántica, la astronomía. Entonces vivimos en una constante condición de freno y acelerador.

¿El cerebro reptiliano tiene alguna relevancia en nuestro estilo de vida actual?

Piensa en los síntomas que te mencionaba anteriormente. Cuando yo estaba viviendo en las cavernas y tenía que defenderme del tigre dientes de sable, o tenía que cazar al pinche venado a como diera lugar, mi organismo tenía una reacción primaria de animal, de tiburón. El corazón late más rápidamente para llenarte de sangre; te pones pálido porque los músculos acaparan esa sangre, se te dilatan las pupilas, estás tembloroso y tenso porque tienes que actuar como un resorte; se paraliza el intestino o defecas porque en ese momento la función intestinal pasa a un cuarto plano; salivas o se te seca la boca porque tienes que estar listo para morder durante el ataque; respiras más rápidamente porque tu cuerpo necesita oxigenarse para poder combatir mejor. Ahora bien, en estos 300 mil años, que son un eructo en términos evolutivos, nuestra sociedad cambió por completo. En ese sentido, cuando tu jefe te grita, o entra un sujeto armado al restaurante donde estás o tiembla, tu respuesta es idéntica a la de ese cavernícola, pero en este contexto es totalmente disfuncional, y de ahí vienen todos los trastornos de ansiedad: los ataques de pánico, la ansiedad generalizada, el estrés postraumático, etcétera. Es un problema meramente evolutivo.

¿Se puede hacer algo para prevenir el estrés agudo?

No sólo no se puede prevenir, sino que es complicado investigar al respecto. Porque tienes una variable dependiente no contingente, lo que significa que se necesita de una circunstancia que lo detone porque sin ella no sabes que existe. Como si me presentaras un experimento que es increíblemente bueno pero que tiene que llevarse a cabo en condiciones de cero gravedad, entonces tendrías que estar en una estación espacial y pues eso no es de fácil acceso. Sólo podemos hacer estudios de cohorte.

Probablemente una ciudadanía muy consciente y entrenada para ese riesgo sí puede estar psicológicamente prevenida. Una ciudadanía que sabe que puede reaccionar a un evento específico como un temblor, probablemente presente una menor vulnerabilidad psicológica.

Supongo que curarlo implica taparlo con ansiolíticos.

No, de hecho no. Sería lo que haríamos los psiquiatras, pero yo no creo que ese sea el camino, sino todo lo contrario. Me llamó mucho la atención porque oí varias historias
comunes en ese sentido, supe de los niños que se encontraban al borde de la locura por la semana que pasaron sin clases dibujando edificios derrumbados con lenguas de fuego. Una de las mamás se asustó y tomó una actitud evasiva, quería que su hijo dibujara unicornios o arcoíris. La tendencia es al revés, el niño está expresando de esa manera sus emociones y está hablando de su memoria con el fin de resolver. Esta es un área en la que yo te digo humildemente como psiquiatra que no tenemos medicamentos; sí tenemos ansiolíticos, que usualmente no son el camino para resolver nada que no sea de manera temporal. El Rivotril, el Valium, el Tafil no son tratamiento de primera elección casi para ningún padecimiento. Esta es un área en la que la psicoterapéutica juega un papel determinante. Normalmente lo que haría un terapeuta cognitivo conductual sería llevar al paciente al lugar que más miedo le da, como el último piso de la Torre Latinoamericana, por ejemplo.

¿Y si les toca un temblor?

¡Ja! Entonces sería una terapia doblemente efectiva. Hablando en serio, en muchos casos la terapia cognitivo conductual es indispensable. No importa qué tan bien mediques al paciente, las obsesiones son enfermedades muy persistentes.

¿Estos eventos suelen disparar el alza en el consumo de estupefacientes?

No lo sabremos sino hasta la próxima Encuesta Nacional de Adicciones. Yo creo que sí debe de haber algún cambio, no sé bien cómo se manifieste, porque uno suele llevarse sorpresas en esas mediciones. Por ejemplo, si te vas ahora a Irak o a Siria, que son países en una guerra de alta intensidad —contemplando que el sistema de salud está arruinado y el registro se complica—, los índices de psicopatología, al menos de tipo neurótico, bajan a cero. Las prioridades son buscar comida, agua y esconderse de los morteros. Cuando termine la guerra seguramente la población estará hecha pedazos, pero los que sobreviven normalmente se tornan muy resilientes durante el conflicto.

Gady se levanta para ir al baño y a mí me invade la tentación de hurgar su mochila en búsqueda de un ansiolítico de última generación. “Un Rivotril me vendría mejor que cincuenta visitas a la Torre Latinoamericana”, murmuro a regañadientes tras desistir de mis instintos de supervivencia reptilianos. Me asaltan algunas reminiscencias visuales de la inusitada solidaridad vivida en las calles de la ciudad que se ven mermadas por la desazón que dejó tras de sí la predecible inoperancia del GDF. En cuanto vuelva Zabicky le voy a pedir dramamine para paliar el vértigo que resiento a causa de la ausencia del Estado.

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Del aborto y otros servicios a la humanidad

agosto 19, 2017
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 (Publicado en El Cultural)
A la memoria de Simone Veil

Una de las mayores certezas astrofísicas de nuestros tiempos es que la polémica que proyecta el tema del aborto puede observarse desde cualquier butaca del vecindario solar. Los debates que giran en torno a esta milenaria manzana de la discordia atraen y reúnen más disciplinas de las que caben en los juegos olímpicos modernos. Representa una de las fuerzas más polarizantes y a la vez unificadoras a escala mundial. ¿En qué otro escenario, además del futbol, podemos contemplar a cristianos, judíos, católicos y musulmanes sosteniendo las mismas pancartas y coreando los mismos lemas?

Pero bien, estas líneas no pretenden detenerse más de la cuenta en los dilemas religiosos, biológicos y filosóficos que incita el tema del aborto; más bien buscan centrarse en las secuelas negativas que supone la criminalización y demonización de este derecho humano fundamental, vistas desde una perspectiva primordialmente pragmática.

Además de los riesgos a la salud física y psicológica —un aproximado de 22 mil mujeres mueren anualmente alrededor del mundo debido a la práctica de abortos clandestinos y a métodos anticonceptivos poco confiables—, a los que se ven expuestas las mujeres debido a la penalización del aborto y al deliberado encubrimiento de información sobre los métodos anticonceptivos, existen consecuencias de mayor alcance que valdría la pena tomar en consideración. Me refiero específicamente al impacto social de los embarazos no deseados (en los países en vías de desarrollo, 81 por ciento de estos embarazos ocurren a causa del escaso acceso a métodos anticonceptivos modernos). Los datos que crecen en la lupa empírica suelen incomodar a las facciones opositoras, aunque la lógica rara vez hace mella en las creencias y en la gente de ideas fijas (por no decir varadas).

Uno no puede surcar esta existencia sin chocar de frente con preguntas del tipo: “¿Y si la mamá de Beethoven hubiera decidido abortar?” A lo que uno puede responder, en caso de que exista una franca disposición de nutrir el infantilismo: “¿Y si la madre de Hitler hubiera tenido a bien tomarse la píldora del día después? El Zyklon B y los bombarderos han interrumpido más vidas que el Nexpanon”. Supongamos que la preocupación de quienes dicen luchar para preservar la denominada santidad de la vida es genuina. Entonces, ¿cómo explicar que esos mismos grupos muy a menudo se expresan a favor de la pena de muerte? ¿Acaso no debería estar en la misma latitud prioritaria condenarla, aunque sea por cortesía a la congruencia? Las propuestas de los Pro-Vida et al, malviven en un punto medio entre la ironía, la comedia involuntaria y la contradicción.

Insisto, no considero prudente detenerse —acabo de caer en el error— en estos buscapiés con ínfulas de argumentos. Sólo consiguen distraernos del punto primordial: nadie, absolutamente nadie tiene el derecho de dictarle a otro qué hacer con su propio cuerpo. Mucho menos si no están dispuestos a reparar en los daños que suponen los embarazos no deseados en la sociedad, las madres, y claro, en los que nacen.

CEAUŞESCU Y SU POLICÍA MENSTRUAL

El efecto Ceauşescu ilustra muy bien el impacto negativo de los embarazos no deseados y las lamentables consecuencias de su criminalización. Para ello tendríamos que remontarnos a mediados de la década de los sesenta.

Hasta 1966, Rumania gozaba de una de las leyes pro aborto más liberales del mundo. La interrupción voluntaria del embarazo en ese país figuraba como el método anticonceptivo por omisión: la relación era de cuatro abortos por cada nacimiento vivo. Todo esto cambió de manera súbita en el momento que Nicolae Ceauşescu asumió las riendas del poder. Un año después de haber iniciado su carrera de tirano —que duraría 23 años—, Ceauşescu penalizó el aborto, tras declarar que “El feto es propiedad de la sociedad entera”. Las únicas que podían eludir esta nueva ley eran las madres de cuatro hijos o mujeres bien posicionadas dentro del partido comunista. El objetivo era por demás obvio. Su intención era estimular el crecimiento de la población para el supuesto fortalecimiento de la Nación. Sobra decir que logró su cometido, al menos en el aspecto cuantitativo de su propuesta: un año después de imponer esta prohibición, la tasa de natalidad se duplicó.

Al mismo tiempo que criminalizó la práctica del aborto, Ceauşescu bloqueó todas las vías de información para la planificación familiar; prohibió la educación sexual, lo mismo que los anticonceptivos. Instauró un organismo cuyo nombre resulta más alusivo a una banda punk que a otro brazo de la ley: la Policía Menstrual, cuya tarea consistía en sorprender a las mujeres en sus lugares de trabajo para administrarles pruebas de embarazo. Lejos de hacer honor a las acepciones cómicas que inspira su denominación, la Policía Menstrual obligaba a pagar el “impuesto del celibato” a las mujeres que se “resistían” a concebir.

El resultado de esta cruzada —conocida como el Decreto 770— en favor de la procreación nacional arrojó resultados claramente desfavorables. Un aproximado de diez mil mujeres murieron debido a las complicaciones comunes de los abortos clandestinos; los niños que llegaron al mundo en nombre de la madre patria nacieron en un país que sólo beneficiaba a quienes pertenecían a la élite comunista; a un país que no contaba con la oferta laboral y educativo que exigía la precipitada alza demográfica.

A estas circunstancias adversas habría que sumar tres factores determinantes para el desempeño de los recién nacidos: el resentimiento de las madres que nunca quisieron serlo, el hecho de que los hijos no deseados nacieron en hogares de escasos recursos y bajo la tutela de un solo progenitor. Estos puntos representan el mayor obstáculo para el sano desarrollo psicológico de los hijos indeseados. Se manifiesta en todos los aspectos de la vida: desde la adaptación social, la inserción en el mercado laboral, hasta la posibilidad de mantener relaciones afectivas duraderas. Basta con apoyarse en la lógica para ver la relación entre los embarazos no deseados y las altas tasas de crímenes violentos, entre otras secuelas.

Una fracción considerable de las más de noventa mil personas que asistieron y se manifestaron en la plaza central de Bucarest durante el último discurso de Ceauşescu eran adolescentes y jóvenes que lograron llevar al tirano y su esposa a un juicio improvisado, seguido de una visita guiada al paredón de fusilamiento, la mañana de Navidad de 1989. El padre intelectual murió a manos de los huérfanos que legó a Rumania. La justicia poética no está exenta de paradojas.

EL CASO DE ESTADOS UNIDOS

En sentido contrario, entra a cuadro la precipitada disminución en los índices de criminalidad en Estados Unidos durante la década de los noventa.

El origen de este fenómeno nos remite a finales de los años sesenta, cuando algunos estados comenzaban a permitir la práctica del aborto, aunque sólo bajo circunstancias excepcionales como la violación, el incesto o si la vida de la mujer corría peligro. Para 1970, Nueva York, California, Washing-ton, Alaska y Hawái eran los únicos estados donde la interrupción voluntaria del embarazo era completamente legal y accesible. No obstante, el resto del territorio estadounidense se resistía al cambio. Todo esto dio un vuelco drástico con la aparición del caso Roe contra Wade.

Una mujer de 23 años llamada Norma McCorvey —bajo el pseudónimo de “Jane Roe”— llegaría para desafiar las leyes texanas —el aborto en ese estado era permitido únicamente si existía algún riesgo físico para la mujer— tras alegar que su embarazo era el resultado de una violación. La corte falló en su favor pero no modificó las leyes estatales. Después de varias apelaciones, el archivo de McCorvey llamó la atención de la Suprema Corte que terminó por inclinar la balanza hacia el sentido común para despenalizar el aborto en todo el país.

Lo que nos regresa a la década de los noventa. La tasa de criminalidad en Estados Unidos había disminuido de golpe, sobre todo en lo que se refiere a los homicidios. En un principio, los expertos atribuían esta repentina caída en la incidencia criminal a las innovadoras estrategias policiales, a los refuerzos de seguridad en las prisiones, a los cambios en el mercado de las drogas, al envejecimiento de la población, a medidas más estrictas respecto al control de las armas, a la mejora económica y al incremento de policías.

Todas estas teorías fueron desmitificadas de manera categórica. Pero quizá valdría la pena detenernos en la menos descabellada de todas: la mejora económica. Ha sido demostrado que la tasa de desempleo es proporcional a los crímenes no violentos. Durante el boom económico de los noventa el desempleo había disminuido tan sólo un 2 por ciento, mientras que el índice de criminalidad mostró una caída libre de 40 por ciento. Se ha comprobado que el crecimiento económico surte de poco a nulo efecto en los crímenes violentos. Donde más hace mella es en los crímenes relacionados con el dinero, como es el caso de los robos. Más allá de eso, en los años sesenta Estados Unidos también gozaba de un notable crecimiento económico, que se vio acompañado de un incremento en el crimen.

Otro de los beneficios que trajo consigo la despenalización del aborto en Estados Unidos fue la drástica disminución en lo que se refiere a los infanticidios, a los matrimonios forzados y al número de neonatos puestos en adopción.

Lamentablemente, el tiempo es subjetivo. El elenco medieval que ahora malvive en la Casa Blanca se ha encargado, o al menos tiene toda la intención de retroceder las agujas del reloj histórico gracias a sus políticas retrógradas motivadas por la avaricia, la estupidez y el fanatismo. Habrá quienes consideren irrelevante lo que suceda en Estados Unidos, pero la incidencia de ese país en el mundo es más real que la hambruna. Un ejemplo negativo de ello es la guerra que han desatado contra la planificación familiar y los derechos reproductivos, cortando toda la asistencia monetaria destinada a las organizaciones no gubernamentales alrededor del mundo. Las consecuencias que suponen estas nuevas medidas pueden ser devastadoras: un incremento precipitado de la pobreza extrema, de la mortandad en los recién nacidos y de las mujeres que mueren debido a los abortos clandestinos, lo mismo que a causa de embarazos riesgosos; alzas desmesuradas en cuanto a las enfermedades de transmisión sexual como el VIH y el SIDA; la insustentabilidad que representa la sobrepoblación mundial, entre un sinfín de estragos que estas políticas obtusas multiplicarán hasta el hastío.

No obstante y a pesar de este panorama desolador, aún hay quienes están dispuestos a remar contra la corriente de oscurantismo que fluye del capitolio washingtoniano, como es el caso de Women On Waves (WOW): una organización holandesa de carácter caritativo y sin fines de lucro fundada en 1999 por la médico Rebecca Gomperts. Cada año, la tripulación de WOW iza las velas de su emblemático velero azul y blanco para difundir información sobre los abortos seguros y ofrecer interrupciones voluntarias de embarazos a quienes los necesiten, a bordo de su clínica flotante que abre sus puertas a los países y regiones donde este servicio es inaccesible e ilegal.

A propósito de la presencia de la embarcación Adelaide en aguas mexicanas (Ixtapa-Zihuatanejo) hace algunos meses, me comuniqué con Leticia Zenevich, la coordinadora de campaña de Women On Waves. Comparto a continuación algunos extractos de ese intercambio telefónico:

¿Cuál es el mensaje de WOW para México?

Tenemos tres mensajes principales: El primero es que el aborto es una cuestión de justicia social. Las mujeres con recursos, a pesar de las leyes, pueden viajar a la Ciudad de México o a Estados Unidos para llevar a cabo el procedimiento de una manera segura, independientemente del estatus legal del aborto.

En México son las mujeres pobres, lo que se refiere casi siempre a las mujeres indígenas, quienes más resienten las consecuencias de la ley; mujeres que se encuentran lejos de los centros urbanos y están sujetas a la carga que conlleva la criminalización. Aquí mismo en Guerrero pueden ser procesadas y terminar tras las rejas por el simple hecho de acceder a clínicas públicas, lo que implica una absoluta violación a sus derechos humanos.

Lo último es que buscamos generar conciencia respecto a los diez años desde que el aborto fue despenalizado en la Ciudad de México y sus consecuentes beneficios, mediante una comparación del índice de complicaciones. En la Ciudad de México, donde los procedimientos son legales y accesibles, el índice de complicaciones es menor al 0.68 por ciento, mientras que en el resto del país el índice asciende al 36 por ciento. La descriminalización no conduce a más abortos, simplemente los hace mucho más seguros.

¿Cómo logran transmitir su mensaje a las comunidades más marginadas?

La cantidad de mujeres que pueden beneficiarse de manera efectiva de nuestra campaña —al menos en lo que se refiere a los servicios que brindamos en la clínica flotante— es simbólica. Más bien usamos esta campaña como un medio para acaparar la atención de los medios y así lograr que las mujeres puedan leer al respecto y generar un debate nacional sobre el aborto; también para que sepan que el aborto es legal en muchos países, que es un procedimiento muy sencillo, y si tienen acceso a la información necesaria pueden llevarlo a cabo ellas mismas al margen de la ley. Intentamos brindarles esa información. Creamos una línea de apoyo (01 755 980 0548) para que las interesadas cuenten con las herramientas para llevar a cabo abortos de manera segura. Hemos logrado transmitir exitosamente esta información a más de setenta mujeres que han llamado a nuestro número. También hemos encauzado a las mujeres a fuentes existentes como es el caso de Fondo María, adonde las mujeres pueden llamar para recibir toda la información necesaria. A través de la campaña mediática, podemos llegar a las mujeres que ven la tele y leen los periódicos, exponiendo este debate con la esperanza de que decidan formar parte de éste.

¿Cuál ha sido la reacción de las autoridades mexicanas?

Las autoridades mexicanas no han interferido en nuestra misión. No obstante, tuvimos una experiencia muy distinta en Guatemala, donde no pudimos zarpar ya que hubo una intervención militar y de figuras políticas que actuaron bajo la orden expresa del presidente. Esto fue importante para que la gente viera que el derecho al aborto forma parte de un conjunto de libertades fundamentales, porque todo un ejército intentó detener una pequeña embarcación y negarle a las mujeres el acceso a la información. Insisto: la naturaleza de este debate va sobre las libertades fundamentales que deberían existir en toda sociedad democrática.

El choque con el ejército guatemalteco fue más que nada una muestra de la ausencia del Estado de derecho en ese país. Sentimos un poco de miedo, o más bien, nos sentimos preocupadas cuando nos enteramos que nuestro amparo se había perdido en los tribunales. El ejército hacía declaraciones ante la prensa sobre presuntas demandas que estaban levantando en nuestra contra; pero cuando nos presentamos en la corte nos enteramos de que no había tales, y descubrimos que nuestro amparo había desaparecido. Utilizaron muchas tácticas de intimidación, en todo momento se mantuvieron al margen de las reglas básicas de una sociedad democrática, lo que implica el derecho a un juicio justo.

¿Han tenido otros desencuentros con los estados soberanos en los que intervienen?

Sí, en Marruecos, por ejemplo. Habría que recordar que no se trata de un país democrático: está bajo el mandato del rey Abdulah. En cuanto se enteraron de nuestra presencia cerraron el puerto. Pero la verdad es que fuimos bastante ingeniosas. Pudimos trepar periodistas a bordo de nuestra embarcación y al menos logramos navegar alrededor del puerto para que los periodistas fotografiaran el número de nuestra línea de apoyo telefónico para que saliera impreso al día siguiente y fuera accesible a todas las mujeres marroquíes que lo necesitaran. Nuestra acción en Marruecos también sirvió para insertarnos en los países árabe parlantes.

En Portugal fuimos recibidas por dos buques de guerra, razón por la cual los citamos en la Corte Europea de Derechos Humanos, donde establecieron que nuestras acciones eran completamente legales y que cualquier intento por callarnos sería una violación a nuestro derecho de libre expresión. Este incidente marcó un hito en lo que respecta a los derechos de las mujeres en Europa. Pero al margen de las autoridades, siempre hemos contado con un apoyo masivo de parte de las mujeres. Y cuando las mujeres tienen el poder de decisión siempre van a abogar en pro del derecho a los abortos seguros, aun cuando se manifiestan en contra del aborto en términos generales.

¿Quiénes son sus mayores detractores?

Nuestro mayor obstáculo no son tanto las instituciones en sí, sino la falta de información. El hecho de que las mujeres no estén conscientes de que tienen el derecho a un aborto seguro y que lo pueden llevar a cabo con sus propias manos sin la supervisión de las autoridades e instituciones. Así que no estamos en guerra con ningún Estado: más bien, nuestra lucha consiste en develar la información para que sea accesible a todas las mujeres; para que sepan qué hacer con sus propios cuerpos y procurar su salud.

¿Cuál es el modus operandi de WOW?

Trazamos nuestra ruta dependiendo de contactos previos con los partidos políticos, las organizaciones no gubernamentales o con grupos de mujeres que nos buscan para arrojar algo de luz mediática sobre el tema, y, finalmente, investigamos acerca de las leyes en los países que planeamos visitar.

En México contamos con el apoyo de más de cuarenta ONGs que firmaron nuestros comunicados de prensa. Esta campaña es más mexicana que internacional. Aunque estemos aquí en muestra de solidaridad con las mujeres mexicanas, ellas son quienes están a cargo de este movimiento y lo han dirigido desde hace décadas.

* * *

Women On Waves es una de las organizaciones internacionales que abogan en pro de este derecho humano fundamental. En México también existen organizaciones no gubernamentales y asociaciones civiles, entre ellas MEXFAM, Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, Comunicación e Información de la Mujer, A. C. (CIMAC) y Católicas por el Derecho a Decidir, consagradas a la loable tarea de asistir e informar a la población en general y a las mujeres en particular sobre todo lo que respecta a los derechos reproductivos, la salud sexual y la planificación familiar.

Lamentablemente, hay senderos más sinuosos que otros. Las vías de acceso a la información muy a menudo se ven obstruidas por los estigmas y prejuicios que marcan las vidas de millones de mujeres, quienes se encuentran sometidas a los caprichos anacrónicos de sus sociedades. La educación mueve montañas, la fe sólo consigue desdibujarlas. Que la madre de Beethoven me perdone, pero el mundo no es precisamente un himno a la alegría.

 

Del boxeo

agosto 8, 2017

Muhammed-Ali

(Publicado en la Revista de la UNAM)

“El boxeo pretende ser superior a la vida en la medida en que es, idealmente, superior a todo accidente. Nada contiene que no sea del todo intencionado”, escribe Carol Oates al inicio de este ensayo categórico que abarca todos los matices del “arte del aporreo”.

A pesar de su profunda carga poética, los primeros pasajes de Del boxeo se desplazan con una agilidad sorprendente, con la elegancia quirúrgica empleada por Oates, quien no desperdicia ni una sola gota de tinta en su panorámica introductoria. Y es que Carol Oates sublima mediante una visión romántica este deporte a menudo brutal y tan dolorosamente alegórico de la condición humana.

La poeta metafísica nos introduce a un cuadrilátero donde:

 El boxeador se enfrenta a un contrincante que es una distorsión onírica de sí mismo en el sentido de que sus debilidades, posibilidad de error y de ser gravemente herido, sus desaciertos intelectuales, todo, puede ser interpretado como puntos fuertes pertenecientes al Otro; los parámetros de su ser íntimo no son más que los ilimitados asertos de la personalidad del Otro. Esto es sueño, o pesadilla: mis fuerzas no son del todo las mías, sino las debilidades de mi adversario; mi fracaso no es totalmente el mío, sino el triunfo de mi adversario. Él es mi personalidad-sombra, no mi (mera) sombra. El combate de boxeo, tan “serio, completo y de cierta magnitud” —para emplear la definición aristotélica de la tragedia— es un evento que necesariamente subsume a ambos […].

El cuadrilátero que se desdobla a lo largo y ancho de esta gema ensayística parece adquirir las dimensiones del universo. Se transforma en un escenario delimitado por los trazos de Oates en donde se exhibe toda la tragedia humana en su expresión más cruenta y elemental. El tiempo y el espacio parecen estar suspendidos de tal modo que da la sensación de que todas las batallas libradas por la humanidad se llevaron a cabo debajo de esos mismos reflectores y de manera simultánea.

“El tiempo, al igual que la posibilidad de muerte, es el adversario invisible del cual los boxeadores […] son profundamente conscientes. Cuando un boxeador es noqueado no significa […] que haya quedado sin sentido o incluso incapacitado; significa, más poéticamente, que ha sido sacado del tiempo”.

A pesar de sus pinceladas románticas, Del boxeo no pretende ser una apología de la violencia ni su glorificación; la autora sólo advierte que ésta es inherente a todo lo humano. Encauza la violencia en el ring para exaltarla a una escala personalizada: “Con todo, sugerir que los hombres pudieran amarse y respetarse en un sentido directo, sin el violento ritual del combate, es malinterpretar la pasión más grande del hombre: por la guerra, y no la paz. El amor, si ha de haberlo, viene después”. Sin embargo, Oates repara en los aspectos más siniestros del boxeo y desdibuja toda noción enaltecida de esta práctica tan elegante como salvaje y primitiva. Las cualidades inmortales que a veces atribuyen a los boxeadores no están exentas de la inevitable fugacidad de lo efímero, de la vida misma.

 Que el combate de boxeo sea una historia sin palabras no significa que no tenga texto ni lenguaje, que sea de algún modo “bruta”, “primitiva”, “inarticulada”; ocurre que el texto se improvisa en la acción; el lenguaje es un diálogo de la más refinada especie entre los boxeadores (podría decirse que tan neurológico como psicológico: un diálogo de reflejos detonados en fracciones de segundos) en una respuesta conjunta a la misteriosa voluntad del público […].

 La parte técnica de este ensayo —muy bien documentado— es una compilación cuidadosa de viñetas anecdóticas y de frases célebres de la boca de pugilistas de renombre mundial. Sirve para marcar y dar inicio a los asaltos impuestos por Oates. En estos pasajes la autora hace un recorrido histórico y lúdico que refleja una edición sumamente meticulosa: “Nada contiene que no sea del todo intencionado”.

Si bien es cierto que Joyce Carol Oates no es la primera escritora en abordar el boxeo —la letanía de plumas que han incursionado en las lonas incluye a tótems del calibre de Faulkner, Hemingway, Jack London, Norman Mailer, tan sólo por mencionar a los primeros que salen a flote—, lo que la distingue del resto es que no se limita al ámbito impresionista, metafórico o anecdótico, sino que más bien se apoya en esta práctica brutal para ventilar cada matiz de la psique humana y resaltar la eterna dualidad del ser: la bestia no puede escapar del hombre y viceversa.

El bullicio del público resuena en los tímpanos aun mucho después de haber cerrado el libro. No obstante, uno queda con la sensación de que Del boxeo, más que otro ensayo boxístico, representa una nueva lectura de la contradictoria condición humana.

Ya lo señalaba Bertolt Brecht: “El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.

Oda al rey Louis

abril 29, 2017

(texto publicado en El cultural)

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La voz de una conductora de noticias suena en el fondo: “Trump sigue al frente de las encuestas por encima de Ted Cruz. En un mitin llevado a cabo en Des Moines, los simpatizantes de Trump expresaron que es la persona…”. Pete (baja el volumen de la tele): Trump, ¡por dios! Kurt: ¿Qué tiene? Momento, ¿por qué no Trump? Pete: Porque es un cretino. Rehúye a los debates y, no sé, creo que va arruinar este país.

Kurt: Bien, ¿y qué? ¿Por qué no? ¿Qué mierda tiene de bueno este país? Escucha, hermano, si votamos por él eso significa que queremos irnos al carajo, pues entonces vayámonos al carajo de una buena vez. Pete: Sí, supongo.

Kurt: Nada dura para siempre, ¿cierto? Así es como se deteriora una democracia. La población se degenera hasta que eligen a un sujeto como él y éste arruina lo que queda. Digo, solíamos ser un gran país. Contábamos con una enorme fuerza laboral. Solíamos ser educados. Fingíamos guiarnos por la moral, ¿cierto? Ahora todo está confeccionado en China por putos bebés. Todos son estúpidos por elección y a nadie le importa un carajo más que saciar sus placeres consumistas. Entonces, ¿qué tiene de malo Trump? Vamos a acabar con esta mierda de una vez por todas. Ése debería de ser su lema de campaña. Trump: Vamos a acabar con esta mierda de una vez por todas.

El diálogo que se desdobla arriba pertenece a uno de los fragmentos iniciales de Horace and Pete: el proyecto más reciente de Louis C .K . —una comedia dramática que se desenvuelve en las inmediaciones de un bar que, a su vez, es un negocio familiar heredado de generación en generación, lo que supone una condena más que una dicha— en el cual el escritor, actor y director aborda las profundas diferencias ideológicas que dividen Estados Unidos; los prejuicios en todas sus expresiones; la hipocresía de la corrección política militante; las brechas generacionales y sus inevitables choques; la enfermedad mental, lo mismo que el delirio colectivo, entre un tenso abanico de inquietudes que salen a flote de la boca de un elenco dotado de talento y que incluye a monstruos del tamaño de Alan Alda, Edie Falco y Steve Buscemi.

Pero bien, estos párrafos inconexos no pretenden convertirse en una reseña, sino más bien buscan rendirle homenaje a quien actualmente es el indisputable amo y señor de la comedia.

La razón por la cual extraje ese fragmento de Horace and Pete se debe a una discusión que sostuve con mi amiga Marilyn en torno a la tímida presencia de C. K. desde que el mundo libre eligió enjaular a un simio en el capitolio washingtoniano y a la indignación que este supuesto silencio generó en algunos de los más fieles devotos del dios pelirrojo (apodo bien acuñado por un viejo amigo y escritor: Daniel Herrera; incluso un reloj descompuesto acierta dos veces al día, dice aquel refrán inmaculado). Marilyn se mostraba francamente enfadada con Székely por la misma razón expuesta hace un instante. Le señalé el hecho de que, además de las repetidas alusiones y menciones al actual presidente de Estados Unidos en el guión de esta serie, C. K. (por cierto, “C. K.” no son las siglas de nada sino una onomatopeya de su apellido paterno: Székely) ya había expresado poco antes de la elección sus impresiones frente al fenómeno Trump, calificándolo como un Hitler en potencia. Pero Louis, lo mismo que todo adulto que aún conserve una endeble oxigenación cerebral, reconoce que las celebridades no deberían ser confundidas con líderes de opinión, por lo que se ha limitado a ventilar —excepto en contadas ocasiones— sus posturas políticas mediante la escritura. No obstante, sobran aquellos que insisten en atribuirle un peso excesivo a la opinión de las celebridades, especialmente hoy día en que las redes sociales llevan los estrados a las multitudes para facilitar el activismo político masivo. Claro que este concepto erróneo que algunos tienen de las celebridades no es un fenómeno nuevo, pero desde que Trump observó por primera vez las vestiduras de la limusina presidencial con desdén, el panorama mundial se ha convertido en terreno fértil para el surrealismo; tan es así que incluso el viejo Schwarzenegger puede hacerse pasar por un intelectual y luchador social sin dislocar demasiadas cejas. Esto no quiere decir que la comedia no tenga injerencia real en cuestiones de mayor peso. Para eso están comediantes de corte sociopolítico y progresista como es el caso del ahora retirado Jon Stewart (se le echa de menos) y John Oliver, tan sólo por mencionar a los mayores exponentes de este género. Cabe mencionar que no detecto mucho sentido del humor proveniente de la derecha, excepto la risa que causan sus lemas ideológicos.

Pero volvamos al universo C.K. porque en este punto de la historia es primordial cultivar y estimular nuestro sentido del humor. Bien. Hay aspectos que lo distinguen de la inmensa mayoría de los comediantes, como su profunda introspección y las sinceras inquietudes existenciales que aquejan a este genio neurótico cuyo humor sui generis incluso logra sacar a relucir la cara amable de la desazón existencial.

Székely es un ávido lector de Nikolái Gógol. La influencia del ilustre ucraniano ha hecho mella en el humor de C. K. Su manera minuciosa y particular de narrar situaciones aparentemente mundanas vistas desde un telescopio que magnifica los aspectos más absurdos de la condición humana, bien podría colocarlo dentro del selecto elenco de tintas que inyectaron vida al formalismo ruso (no se me vayan al cuello por esta declaración, sucede que me encuentro atrapado en un ánimo adulatorio).

C. K. es un virtuoso del lenguaje y evocador de imágenes imborrables tales como la dilatación del esfínter de su hija expulsando la misma cantidad de mierda que un oso pardo frente a sus ojos para enfatizar los desafíos que representa la paternidad, tan sólo por ofrecer un ejemplo.

Louis estira la incorrección política hasta alcanzar latitudes inusitadas, sólo para volver a sujetarla del cuello con el objetivo de llevarla hasta sus máximas consecuencias y volver a soltarla desde más alto para contemplar el impacto y proceder con una autopsia minuciosa. “Uno puede medir qué tan mala persona es según el tiempo que tardó en masturbarse después del 11 de septiembre. En mi caso fue entre el desplome de la primera y la segunda torre.”

C. K. no se queda en el terreno del humor efectista y complaciente en donde tantos comediantes de menor escala deciden echar sus anclas. Su ingenio, su innegable vena humanista y generosidad logran trascender del ámbito standopero para desafiar las categorías y regalarnos gemas emblemáticas como este fragmento extraído de su monólogo Oh My God (una obra maestra digna de insertarse en el salón de la fama):

Todos tienen una competencia en sus mentes entre los malos y buenos pensamientos. La esperanza es que ganen los buenos pensamientos. En mi caso siempre tengo ambos: por un lado están mis creencias, que representan los buenos pensamientos; pero también está esa cosa en la que no creo, pero sin embargo está ahí. Esto se ha convertido en una categoría en mi mente que denomino “por supuesto, pero por otro lado”. Permítanme darles un ejemplo. Por supuesto que los niños que son alérgicos a las nueces deberían ser protegidos. ¡Por supuesto! Tenemos que separar su comida de las nueces y tener su medicamento disponible en todo momento; y cualquiera que fabrique o sirva comida debe estar consciente de las alergias a las nueces. ¡Por supuesto!… Pero por otro lado, si el tacto con una nuez puede llegar a matarte, quizás deberías estar muerto. Por supuesto que no, ¡por Dios! Tengo un sobrino que es alérgico a las nueces. Me sentiría devastado si le sucediera algo. Pero por otro lado, si todos hiciéramos esto (se cubre los ojos con la mano) durante un año, nunca más tendríamos que lidiar con la alergia a las nueces. No, claro que no.

Por supuesto que si estás luchando por tu país y resultas herido, esto supone una gran tragedia. Por supuesto que sí. Pero por otro lado, si tomas un rifle y vas a otro país y te disparan, no resulta del todo raro. Tal vez si el bato a quien le estás disparando te dispara de vuelta es un poquito tu culpa.

Por supuesto que la esclavitud es lo peor que ha sucedido. Por supuesto que lo es, siempre que esto ha sucedido: ya sea el caso de los negros en Estados Unidos o los judíos en Egipto. Por supuesto que siempre que una raza ha sido esclavizada es terrible. Por supuesto, pero por otro lado también es cierto que todos los logros de la historia de la humanidad se consiguieron gracias a la esclavitud; cada uno de ellos. Siempre que te preguntas cómo construyeron esas pirámides: simplemente arrojaron la muerte y el sufrimiento humano hasta que las terminaron. ¿Cómo logramos atravesar la Nación con los ferrocarriles tan de prisa? Simplemente metimos chinos en cuevas y los hicimos estallar sin que nos importara un carajo. No existe un límite de lo que uno puede lograr siempre y cuando nos importara una chingada el destino de un grupo determinado de personas. Podemos lograr cualquier cosa. De ahí viene la grandeza humana: de que somos una mierda de gente; de que jodemos al prójimo. Incluso hoy en día: ¿cómo es que tenemos esta increíble micro tecnología (señala su celular)? Porque la gente salta de las azoteas de las fábricas en donde los ensamblan porque ahí dentro es una pesadilla. Uno de verdad tiene la opción de elegir: podemos volver a las velas y a los caballos y ser un poco más amables el uno con el otro, o bien permitir que otros sufran desmedidamente a lo lejos sólo para poder publicar un comentario mala leche en YouTube mientras cagamos.

La inusual visión del mundo e insondable curiosidad de C.K. han servido para impulsarlo del stand up hacia la pantalla, tanto la chica como la grande. Su evolución artística al igual que el nutrido catálogo de tormentos que lo aquejan para detonar su afable neurosis, hace que sea inevitable asociarlo con Woody Allen. Bien podría decirse que Louis es un Allen con la libido disminuida, a pesar de autodenominarse un gran entusiasta y ombudsman de la masturbación.

(La comedia es un género que muy pocos logran dominar. Los standoperos son lo equivalente a los gladiadores de nuestros tiempos, exponiendo los detalles más íntimos de su existencia para ser juzgados por las gradas en turno. Sería injusto omitir a otros grandes exponentes del stand up. Cada quien y sus letanías, pero la mía incluye a George Carlin, Dave Chapelle, Ricky Gervais, Eddie Izzard, Sarah Silverman, Bill Hicks y el humor color vantablack de uno de los más destacados punks de la comedia: Doug Stanhope —quienes vieron la serie Louie quizás recuerden un episodio en el que Stanhope interpreta a un viejo amigo de la adolescencia de C. K. que llega a confesarle sus intenciones suicidas, desenfadadamente y sin dramatismo alguno. No cabe la menor duda de que el entrañable y genial Stanhope merece un homenaje aparte.)

No hay nada imposible o demasiado descabellado en el universo C. K. Uno puede expulsar espermas cual calamar para disuadir al vecino de entablar una plática de elevador; aplicarle waterboarding a un bebé o viajar en el tiempo para poder violar a Hitler, aunque sólo sea con la intención de ventilar frustraciones sexuales.

“La comedia no es amable ni correcta ni precisa. Es simplemente un desastre, y así es como la abordo”: Louis C. K.

Pale Blue Dot

abril 3, 2017

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Look again at that dot. That’s here. That’s home. That’s us. On it everyone you love, everyone you know, everyone you ever heard of, every human being who ever was, lived out their lives. The aggregate of our joy and suffering, thousands of confident religions, ideologies, and economic doctrines, every hunter and forager, every hero and coward, every creator and destroyer of civilization, every king and peasant, every young couple in love, every mother and father, hopeful child, inventor and explorer, every teacher of morals, every corrupt politician, every “superstar,” every “supreme leader,” every saint and sinner in the history of our species lived there–on a mote of dust suspended in a sunbeam.

The Earth is a very small stage in a vast cosmic arena. Think of the rivers of blood spilled by all those generals and emperors so that, in glory and triumph, they could become the momentary masters of a fraction of a dot. Think of the endless cruelties visited by the inhabitants of one corner of this pixel on the scarcely distinguishable inhabitants of some other corner, how frequent their misunderstandings, how eager they are to kill one another, how fervent their hatreds.

Our posturings, our imagined self-importance, the delusion that we have some privileged position in the Universe, are challenged by this point of pale light. Our planet is a lonely speck in the great enveloping cosmic dark. In our obscurity, in all this vastness, there is no hint that help will come from elsewhere to save us from ourselves.

The Earth is the only world known so far to harbor life. There is nowhere else, at least in the near future, to which our species could migrate. Visit, yes. Settle, not yet. Like it or not, for the moment the Earth is where we make our stand.

It has been said that astronomy is a humbling and character-building experience. There is perhaps no better demonstration of the folly of human conceits than this distant image of our tiny world. To me, it underscores our responsibility to deal more kindly with one another, and to preserve and cherish the pale blue dot, the only home we’ve ever known.

— Carl Sagan.

Apología de la eutanasia

febrero 18, 2017

(Texto publicado en El cultural)

Para Lea Volovich

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“¿Es tu voluntad morir hoy?”, pregunta la enfermera de Michèle Causse —escritora, crítica y traductora francesa quien debido a una enfermedad ósea que la aquejaba a lo largo de años, decidió ponerle fin a su sufrimiento en 2010— al tiempo que le muestra una copa con pentobarbital sódico que sostiene con las puntas de sus dedos. “Es mi voluntad”, responde Michèle sin chistar, recostada en una cama con un semblante que irradia vida y dueña de un refinado sentido del humor que conserva hasta su último aliento. “Porque si te tomas este medicamento vas a caer en un sueño y eventualmente morirás”, enfatiza la enfermera para terminar con la parte protocolaria del procedimiento y entregarle el recipiente a Causse, cuya mirada se ilumina enseguida con esa excitación que surca el rostro de todo viajero. “Si ven que empiezo a babear, por favor detengan la grabación. Después de todo, aún conservo mi honor”, agrega Causse en un tono picaresco, después de ingerir el coctel tóxico y despedirse de su enfermera y compañera sin el menor atisbo de solemnidad, como muestra el documental que retrata su proceso de suicidio asistido por la clínica Dignitas: una de seis agrupaciones suizas que defienden el derecho a una muerte digna y que resalta por ser la más grande como también porque es accesible para ciudadanos suizos y extranjeros por igual, al menos para aquellos que puedan costearlo.

Michelle figura entre los más de mil europeos que viajan a Suiza cada año para ejercer su derecho a una muerte digna; para hacer con su vida lo que ellos juzguen necesario.

Dignidad es un término complejo —señala Arnoldo Kraus, médico clínico, reumatólogo, escritor y uno de los activistas más férreos en pro de la eutanasia en México—. Eutanasia es quizás la acción que más se asocia con, y motiva la reflexión sobre, el concepto dignidad. Las definiciones no ayudan. Las de la Real Academia Española, cuando se trata de seres humanos, no sirven. En su Diccionario de la lengua española enumeran ocho conceptos. Copio tres: 1. Calidad de digno. 2. Excelencia, realce. 3. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Los restantes poco ilustran.

El tema es complejo. Son varios los motivos. El fundamental es la mirada que cada ser humano tiene acerca de su vida, de su amor propio, y de los medios y formas gracias a los cuales “vive su existencia” y confronta sus problemas.

Otros factores provienen de las modificaciones asociadas al envejecimiento. La dignidad de un joven no corresponde a la de un viejo; el primero, cuando la situación social lo permite, finca sus esfuerzos en conseguir los medios para instalarse en la vida. Los ancianos buscan acomodar las pérdidas propias de la edad a la realidad y se esmeran en contar con suficiente dinero para sortear sus problemas de salud y manutención para no depender de otros.

Economía y dignidad se entrecruzan. Para los pobres subsistir es el reto; resolver los avatares cotidianos —comer, medicamentos, agua en casa— es lucha diaria. En esa lid, la dignidad tiene otras lecturas, todas supeditadas a la supervivencia. Brecht tiene razón, “Primero comer, después la moral”. Las personas adineradas tienen más oportunidades de construir su dignidad y de ocuparse, o no, de la dignidad de los otros; pueden pensar en eutanasia, los pobres no: son víctimas de “eutanasia social” —morir en la calle, dejar recién nacidos en la vía pública—, y carecen de dinero para atenderse en unidades de terapia intensiva —anota Kraus en un texto publicado por la revista Nexos en junio de 2015.

A pesar de tratarse de un derecho humano fundamental, Dignitas —fundada en 1998 por el abogado y miembro de la Sociedad Suiza para la Convención de los Derechos Humanos, Ludwig Minelli— forma parte de las escasas opciones disponibles para quienes buscan ponerle fin a su sufrimiento sin la necesidad de recurrir a métodos convencionales y sumamente dolorosos, sin mencionar la estela traumática que los suicidios violentos dejan detrás de sí.

El mayor obstáculo para el progreso deseado en esta materia proviene de las instituciones religiosas, respaldadas por los políticos en turno. Lo mismo que objetores de conciencia que carecen de un elemento esencial para emitir sus juicios: el conocimiento empírico y la consecuente empatía humana.

EL TABÚ DE LA EUTANASIA

Arnoldo Kraus ilustra muy bien uno de los impactos negativos que esto supone: “El rechazo a la eutanasia activa y al suicidio asistido proviene de la fe, de las religiones, que pregonan un dios que da la vida, por lo que sólo él puede quitarla; esa idea ha complicado que la gente voltee a ver otra posibilidad”.

Comparto este fragmento de Los suicidas de Antonio Di Benedetto, a propósito de la postura de la religión frente al suicidio:

Principio católico fundamental: Únicamente Dios da y quita. Viejo Testamento y Nuevo Testamento: No condenan expresamente el suicidio. / Conjetura generalizada (y errónea): No hacía falta, en los tiempos bíblicos casi nadie se suicidaba. / Casos en las Escrituras: Sansón, Saúl y poquísimos más.

Mandamiento sustancialmente invocado: “No matarás”. Se considera que incluye el suicidio. / San Agustín: No matarás a otro ni a ti mismo. Otro argumento de San Agustín: Puesto que ninguna ley permite a nadie matar por su propia autoridad, el suicida es un homicida.

Posición de la Iglesia —Concilio de Arles, año 452: El suicidio es un crimen; sólo puede ser consecuencia del furor diabólico. Concilio de Praga, año 563: Los suicidas no serán honrados en misa con ninguna conmemoración, el canto de los salmos no acompañará los cuerpos a su tumba.

Santo Tomás, interpretado por Sciacca: “No se ama ordenadamente a sí mismo el que se da voluntariamente la muerte, por cuanto se considera dueño de la vida que Dios le ha dado, se revela a la voluntad de su Señor y Padre, comete pecado mortal y se priva de la salvación eterna”.

La despenalización de la eutanasia es un asunto de altísima prioridad, si tomamos en cuenta que alrededor de veinte millones de personas requieren de cuidados paliativos anualmente (según cifras de la OMS). No obstante, la eutanasia permanece en calidad de tabú hasta nuestros días.

“No discutimos razones morales. ¿Qué moral? ¿La católica? ¿La musulmana? ¿La budista? Nosotros trabajamos sobre la base atea de autodeterminación” —afirma Ludwig Minelli, para espantar el oscurantismo inherente a la religión.

UNA DEFINICIÓN MÉDICA

Antes de continuar, valdría la pena brindar una definición médica de la eutanasia, sus variantes y la diferencia entre ésta y el suicidio asistido. Para lo cual vuelvo a recurrir a las palabras de Arnoldo Kraus:

Eutanasia es el acto o método que se aplica para producir la muerte sin dolor y finalizar con el sufrimiento en pacientes terminales y sin esperanza.

Eutanasia activa implica la finalización deliberada de la vida por medio de una terapia encaminada a procurar la muerte. La eutanasia pasiva reviste dos formas: la abstención terapéutica —no se inicia el tratamiento— y la suspensión terapéutica —se eliminan los tratamientos iniciados. Para quienes sufren y no hay esperanza, la eutanasia activa es “más humana” que la pasiva: finaliza antes el sufrimiento y las vejaciones innecesarias.

El suicidio asistido consiste en proveer al interesado los medicamentos adecuados para terminar con su vida. El médico funge como guía pero es el enfermo quien decide cuándo y dónde ingerirlos y quiénes serán sus compañeros en el momento final.

Estados Unidos es el segundo país donde el suicidio asistido es legal. En Oregon se aprobó la ley en 1997 y posteriormente se avaló en Washington, Montana y Vermont. La experiencia recogida en Oregon ha demostrado ser exitosa; en contra de las opiniones de los detractores de la eutanasia, con el paso de los años los casos no han aumentado “dramáticamente”, además, ahora, los médicos han ahondado en el tema y se ocupan con más ahínco de los enfermos terminales —añade Kraus.

En septiembre de 2015, el Senado de California aprobó el suicidio asistido, lo mismo que Canadá en julio de 2016. En enero del mismo año Francia aprobó la denominada “ley de final de la vida”, misma que permite la sedación profunda para evitar el sufrimiento de enfermos terminales, pero que prohíbe la ayuda activa para morir a través de la eutanasia o del suicidio asistido. El texto acordado por el gobernante Partido Socialista (PS) y por la oposición conservadora de Los Republicanos (LR), informa la Agencia EFE,

ha sido adoptado a mano alzada por los diputados de la Asamblea Nacional. La ley obligará a los médicos a aplicar la “sedación profunda y continua” a un paciente en fase terminal que lo solicite, definido como aquel con una “afección grave e incurable” con “pronóstico vital comprometido a corto plazo” y con un cuadro médico de “sufrimiento que resiste a los tratamientos”.

PIONEROS DE LA EUTANASIA

Por su parte y desde febrero de 2015, Colombia figura como el único país latinoamericano en donde la eutanasia es legal. Una de las sentencias emitidas por la Corte Constitucional de ese país decretó que “la eutanasia es tan solo un procedimiento para proteger el derecho a morir dignamente”.

El 4 de enero del año que corre, con 56 votos a favor, 27 en contra y una abstención, la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México aprobó el derecho a la Muerte Digna, establecido en el artículo 11 de la Constitución capitalina donde se señala que el “derecho humano fundamental (de la autodeterminación) deberá posibilitar que todas las personas puedan ejercer plenamente sus capacidades para vivir con dignidad. La vida digna contiene implícitamente el derecho a una muerte digna”. Es un primer paso que ahora depende del Congreso para realizar una ley secundaria y establecer sus reglamentaciones.

Este tímido progreso —pero progreso, al fin y al cabo— se debe en gran medida a uno de sus pioneros, los más notables exponentes y defensores de la eutanasia, como es el caso del médico, autor y activista político Jack Kevorkian.

El doctor Kevorkian, originario de Michigan, ayudó a ponerle fin al sufrimiento de 130 enfermos terminales entre 1990 y 1998 gracias a su denominada máquina de muerte: un aparato que permitía a sus pacientes inyectarse por sí solos un cóctel de potasio y cloruro.

Kevorkian soportó con notable valentía la cacería de brujas desatada por los medios de comunicación y encabezada por los aparatos de justicia estadunidenses para defender sus principios y su lema máter: “Morir no es un crimen”. En más de una ocasión fungió como su propio representante legal para acaparar los reflectores, consciente de los beneficios que esto suponía para poder exponer este derecho humano fundamental que nadie más se atrevía señalar.

En 1999 fue sentenciado a 25 años de prisión por homicidio de segundo grado en el penal de Lakeland (Coldwater, Michigan) por llevar a cabo esta práctica fuera de los márgenes de la ley, de los cuales cumplió ocho antes de ser puesto en libertad debido a su “buena conducta”. “Fue estupendo, uno de los periodos más interesantes de mi vida”, afirmó ante los reporteros que lo esperaban afuera de la prisión, a sus 78 años de edad, con ese sentido del humor y espíritu inquebrantables que caracterizaban a Jack Kevorkian. El mal apodado Doctor Muerte (apodo que por cierto se le ha designado maliciosamente a otros defensores visibles de la eutanasia) falleció el 3 de junio de 2011, a sus 83 años, debido a una trombosis cerebral que siguió a su hospitalización causada por las fallas renales que lo aquejaban desde unos años atrás.

Pero los avances en torno a la eutanasia ya no se limitan a casos estrictamente físicos. Holanda, país de vanguardia en lo que se refiere a esta práctica, ha esbozado un nuevo concepto denominado “vidas completadas” para ser anexado a esta agenda.

Jorge Nicolás Lafferriere, director del Centro de Bioética Persona y Familia argentino, detalla esta iniciativa en su informe:

En una carta dirigida al Parlamento fechada el 12 de octubre de 2016, los ministros de Salud, Edith Schippers, y de Justicia, Ard Van Der Steur, del gobierno de Holanda proponen que se legalice la eutanasia para las personas que han llegado a la decisión de que su vida ya está completa.

En su carta indican que esta medida debería instrumentarse a través de un sistema paralelo y distinto a la legislación actualmente existente sobre eutanasia. La carta es una respuesta al informe que produjo el Comité Schnabel en febrero de 2016 (Parliamentary Papers, House of Representatives, 2015/16, 32 647, no. 51). Se trata de un comité dirigido por el profesor Paul Schnabel que, por encargo de la Cámara de Diputados del Parlamento Holandés, llevó adelante un estudio sobre los dilemas que rodean a este tipo de eutanasia. El Comité estudió el concepto de vida completa, el marco legal aplicable, el tamaño y características de la población que quiere terminar su vida por considerarla “completa”, los aspectos éticos, las maneras de prevenir una situación en la que las personas no tienen prospectivas de una vida significativa y los desafíos legales y límites que supone responder su deseo. El Comité consideró que la legislación sobre eutanasia permite abarcar estas situaciones y no hay necesidad de una reforma. Para el informe, no sería deseable ampliar el espectro legal del suicidio asistido.

El gobierno agradeció el informe, pero considera que la legislación no ofrece alternativas a las personas cuyo sufrimiento no tiene una dimensión “médica” y que consideran que su vida está “completa” y requieren ayuda para ponerle fin. Para el gobierno, puede ser legítimo ese pedido de ayuda de una persona que tiene un sufrimiento insoportable y sin perspectivas de mejoría, pero que no tiene una dimensión médica.

En su carta, el gobierno sostiene que se proponen condiciones para que las personas elijan esta forma de suicidio asistido: debería ser “voluntario”, con detenida consideración de la naturaleza de la decisión sobre la seguridad y los cuidados debidos y con la ayuda de un consejero sobre el final de la vida. Este consejero debería establecer sin lugar a dudas que no hay tratamiento, médico o de otro tipo, que pueda cambiar la decisión de la persona de morir. La propuesta está limitada a los “adultos mayores”, dado que la demanda de decisiones autónomas en el final de la vida es creciente en este grupo etáreo. Otra condición es que haya una intervención de una tercera persona que actúe como instancia de corroboración —concluye Lafferriere.

LOS PASOS DE NITSCHKE

Como he señalado con anterioridad, la eutanasia ha sido motivo de ina- gotables controversias: todas ellas opuestas al sentido común inherente al humanismo, de parte de quienes son incapaces de calzar los zapatos del otro y empatizar con su agonía. Uno de los argumentos más recurrentes de los que se manifiestan en contra de la eutanasia y el suicidio asistido es que promueve e incita al suicidio. Philip Nitschke —ex médico, humanista y otra de las voces que se suman a la defensa del derecho a una muerte digna, también apodado Doctor Muerte— responde con una elocuencia envidiable a este sinsentido pragmático: “Suicidarse es tan económico y sencillo como comprarse una soga”. Claro que el método indoloro y supervisado puede resultarle atractivo a los individuos que buscan ponerle fin a su sufrimiento (ya sea por cuestiones físicas o psicológicas), pero el simple hecho de que hayan llegado a esta conclusión es una señal inequívoca de que sus vidas han dejado de tener sentido. La calidad de vida no se reduce a un tema meramente médico. Esto lo sabe muy bien Nitschke.

El referido médico es uno de los fundadores de Exit International —una agrupación australiana en pro de la eutanasia— y destaca por ser el primer médico en administrar una inyección letal dentro del corto marco (de 1996 a 1997) en que la eutanasia fue legal en el Territorio del Norte australiano. Su licencia médica fue suspendida temporalmente por el Consejo Médico australiano ya que había decretado que Nitschke representaba una amenaza para la salud pública. Además, Nitschke también se dio a conocer gracias a su introducción del concepto de “suicidio racional” en la agenda eutanásica. En una charla que dispensó para la plataforma TED Talks, Nitschke —autor de tres títulos sobre el tema— explica ésta y otras problemáticas:

El discurso predominante en nuestra sociedad en lo que respecta al suicidio es que se trata de una cuestión médica; que la gente que quiere suicidarse seguramente sufre de una condición preexistente de depresión y que ésta debería ser tratada por la comunidad médica. Muchos médicos creen que el simple hecho de que alguien quiera quitarse la vida es en sí un síntoma de enfermedad mental; que no existe tal cosa como el suicidio racional; que se trata de un oxímoron. El problema con este precepto médico es que hay muchas evidencias que indican que existen personas en sus plenas facultades mentales para tomar decisiones en beneficio propio que deciden suicidarse. En cierto sentido la ley está de acuerdo con esto, ya que el suicidio no está penalizado; pero sí existen leyes que castigan su asistencia con severidad, lo cual supone una paradoja a todas luces visible. Las consecuencias de penalizar la asistencia al suicidio son graves, ya que los individuos que no cuentan con la asistencia e información necesarias para llevar a cabo este acto, se sienten aislados y por ende ansiosos y desesperados […]. Según lo muestran las estadísticas, el método más común utilizado por los suicidas es la horca. Uno no necesita saber mucho para ahorcarse, pero es una muerte espeluznante y la sociedad debería sentirse avergonzada por estas estadísticas —asegura Nitschke.

En la misma charla, Philip ejemplifica el suicidio racional con argumentos sociales, como fue el caso de una conocida que quería morir junto a su esposo ya que llevaban sesenta años de matrimonio y dado que consideraba que una existencia sin él carecería de todo sentido. Thomas Szasz —quien fue profesor emérito de psiquiatría en la Universidad de Siracusa en Nueva York y crítico de los fundamentos morales y científicos de la psiquiatría, lo mismo que uno de los referentes de la antipsiquiatría— refuerza los argumentos de Nitschke:

El suicidio es un derecho humano fundamental. Esto no quiere de- cir que sea algo deseado. Sólo significa que la sociedad no tiene el derecho moral de interferir, por la fuerza, con la decisión de una persona en consumar este acto. El resultado de ello es una infantilización y deshumanización trascendental del suicida.

Cabe mencionar que Nitschke se ha ganado la animadversión incluso por parte de quienes se manifiestan a favor de la eutanasia, pues consideran que Nitschke puede darle aliento a los detractores debido a lo que consideran una postura radical. No obstante, el médico radicado en Holanda no piensa frenar su lucha en pro del derecho a morir.

EL TESTIMONIO DE STEFAN ZWEIG

Para concluir, y a modo de tributo a uno de los humanistas más sobresalientes del siglo XX, termino con las dos cartas póstumas que Zweig legó a la humanidad:

Querida Friderike (su ex esposa): cuando recibas esta carta estaré mucho mejor. En Ossining me viste mejor y más calmado, pero mi depresión ha empeorado, me siento tan mal que ya no puedo concentrarme en mi trabajo.

A ello se suma la triste certeza —la única que tenemos— de que esta guerra ha de durar todavía años y de que pasará mucho tiempo antes de poder regresar a nuestra casa. Ciertamente me ha gustado estar en Petrópolis pero echo de menos los libros, que me son indispensables para mi trabajo. En cuanto a la soledad, que inicialmente aportaba un notable apaciguamiento, se ha transformado en un pesar… También la idea de que mi obra mayor, el Balzac, no podrá terminarse nunca puesto que no tengo la perspectiva de dos años de trabajo sin interrupciones, y los libros necesarios para la documentación serían difíciles de conseguir. Y finalmente está la guerra, esta guerra que nunca termina, que todavía no ha alcanzado su peor momento. Soy demasiado débil para aguantar todo esto, y la pobre Lotte no lo ha tenido fácil conmigo, sobre todo porque su salud ha empeorado también.

Tú tienes a tus hijos y con ello una tarea en la vida; tú tienes intereses varios, una inquebrantable energía. Estoy seguro de que alguna vez vivirás mejores tiempos y comprenderás por qué mi pesimismo me ha impedido aguantar más. Te escribo estas líneas en mis últimas horas. No te puedes imaginar cuán aliviado me siento desde que tomé esta decisión. Dales recuerdos cariñosos a tus hijos de mi parte y no sufras, recuerda siempre cómo he admirado a Joseph Roth o a Rieger que supieron evitar el sufrimiento. Ten coraje, ahora sabes que estoy tranquilo y feliz. Con mi amor y amistad, Stefan.

Declaración: Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma. Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria.

De esta manera considero lo mejor, concluir a tiempo y con integridad una vida, cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal.

Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto.

Stefan Zweig.

El efecto Trump

febrero 11, 2017

(publicado en La Razón)

 

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9 de noviembre

05:45 Lo primero que me viene a la mente al despegar los párpados es la sospecha de que el poodle de la vecina del tres goza de una salud sexual nula mientras barajo las maneras de lograr sofocar sus ladridos sin ser presentado ante los tribunales de YouTube; como tampoco viéndome obligado a incurrir en la zoofilia. Lo segundo que sale a flote es esa frágil seguridad de que el status quo del orden mundial sobrevivió intacto bajo el predecible sello de los Clinton y del establishment de la política estadounidense.

La conmoción disloca mi mandíbula al exponer mis retinas a los titulares. Me quedo largo rato frente a la pantalla con la ilusión de que el resultado cambie con cada abrir y cerrar de ojos; con la esperanza de que lo que estoy leyendo se debe a una fisura corneal desatendida y no gracias a otra faena catastrófica de la democracia.

Conforme imagino un mundo liderado por la batuta dorada de Trump (no pienso aburrirlos con calificativos gastados para describir a ese Homo floresiensis vestido de macaco inconexo; a esa bancarrota seudohumana del calibre de Hitler y Mussolini y que habita ya la Casa Blanca, en gran medida gracias a la cobertura de los medios de comunicación —consagrados a ordeñar el rating—, al obsoleto sistema electoral estadunidense, a la postura antisistema del electorado, a la injerencia rusa en las elecciones estadunidenses y a un discurso que cabe en menos de dos tweets, entre un sinfín de factores que no excluyen la infinita estupidez humana; como tampoco quiero atosigarlos con la bien sabida amenaza que representa el referido neofascista para México y para el mundo entero), me asaltan presagios apocalípticos cada vez más nítidos. Experimento cuatro de las cinco primeras etapas del duelo ideadas por la doctora Elisabeth Kübler-Ross mientras espero que el café se disuelva en el agua. No tengo la más mínima intención ni mucho menos la capacidad de conciliar la aceptación. La sola idea de que los próximos cuatro (a ocho) años estaremos sometidos al capricho de un septuagenario capaz de borrar a Chihuahua del mapa con un solo poke no lo permite.

08:15 El cielo obstruido, la llovizna y el frío se antojan más como una premonición que una simple manifestación atmosférica. Mi desasosiego se ve multiplicado una vez que afianzo ambos pies sobre la calle. Cabezas gachas, quijadas tiesas y miradas aturdidas surcan mi campo visual mientras me integro al flujo de transeúntes que desemboca en la estación del Metrobús. Observo a través del cristal los pocos hilos de luz que perforan las nubes y que apenas permiten distinguir los tristes contornos de carne y hueso, del gris profundo que tiñe al paisaje citadino. De no ser por la tipografía de los rótulos y los espectaculares que pululan a los costados de Insurgentes, juraría que estoy recorriendo alguna avenida principal de Piongyang.

“¿Qué más da? Nuestros gobernantes son astillas del mismo palo”, musito a modo de consuelo sin conseguir el efecto deseado.

14:15 Heme de vuelta en casa, pero la aceptación sigue brillando por su ausencia. Los lamentos del embutido neurótico del tres logran sustraerme del documento Word que permanece en blanco. Vuelvo a sopesar las cualidades curativas de la zoofilia.

14:30 Se me ocurre llamarle a mi amigo Francisco Javier Mesa Ríos, psiquiatra y psicoterapeuta, docente en la Facultad de Medicina de la UNAM y médico en el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, para agendar una entrevista con el objetivo de despejar algunas dudas en torno a la psicosis colectiva y al perfil psicológico de quien ahora funge como el líder del “mundo libre”, entre otras cuestiones.

7 de diciembre

18:06 “No me salgas con esas mamadas, Manuel. ¿Sientes culpa o miedo?”, oigo a la vecina del ocho reprocharle a su media naranja mientras me alisto para la entrevista.

18:15 Me encuentro con Javier y echo a andar la grabadora.

¿Has notado un aumento en los casos de ansiedad a raíz de la victoria de Trump, ya sea en tu consulta privada o en el Fray Bernardino?

En México aún no se han registrado casos de ansiedad desde que anunciaron los resultados electorales, creo que es demasiado temprano para saberlo. Aunque en Estados Unidos sí se ha visto un alza significativa en lo que se refiere al estrés y la ansiedad secundaria relacionada directamente con la victoria de Trump y de lo que depara el 2017. Ya existe un registro de personas con desbordamiento emocional.

(Según una encuesta llevada a cabo por la Asociación Americana de Psicología, 52 por ciento de los estadunidenses padecen de estrés y ansiedad a raíz de las elecciones presidenciales).

¿Podríamos decir que el triunfo electoral de Trump es fruto de una psicosis colectiva? 

Más o menos. Técnicamente hablando, la psicosis colectiva se refiere a un grupo de dos o más individuos —generalmente en espacios compartidos o quienes están expuestos a situaciones similares­— que comparten una idea delirante o un tipo de pensamiento aberrante o anormal y que manifiestan síntomas psicológicos similares detonados por una razón específica. Por ejemplo: la madre que llega a casa y les dice a sus hijos que se encuentra poseída y los hijos empiezan a creerlo y a vivenciar la idea delirante impuesta por la madre. A eso se refiere la psicosis compartida, a una persona de mayor poder en ese sistema jerárquico que transmitió una idea asimilada por los más sumisos y obedientes de ese micro sistema, que no dudan de lo que les dice la madre y asumen su psicosis.

¿Y si lo pasamos al ámbito político? 

Tendré que hacer la comparación entre los espacios menores y los macro espacios. En los espacios menores era más fácil medir la psicosis colectiva ya que los síntomas de las personas eran muy similares y fáciles de comparar. Para ello tenemos el ejemplo clásico de las denominadas tarantelas medievales, cuando llegaba alguien medio poseído y entonces todos de pronto manifestaban los mismos síntomas, ya que lo veían, lo vivenciaban, y sus contextos culturales les permitían compartir esos síntomas. En el macro sistema, personas en distintos lugares muestran síntomas o maneras de confrontar el fenómeno de un modo distinto. No son lo mismo, pero igual la gente sufre de malestar, ansiedad, preocupación y miedo. Recordemos que en los fenómenos políticos las emociones son compartidas por multitudes. Entonces, si tienes a un líder mesiánico estilo Donald Trump, Hitler, etcétera, lo que va a suceder es que las personas se van a quedar empapadas de su energía emocional y van a vibrar con ella hasta creerse el producto que les están vendiendo. No se categoriza propiamente como una psicosis colectiva, pero los procesos son similares ya que la gente no razona, no hace juicios, no discierne, no piensa por sí misma y cree lo que dice un determinado grupo crítico; por lo que podría parecerse a un fenómeno psicótico compartido. Insisto, la función es similar, salvo que no se trata de una idea delirante ya que tiene fundamentos reales.

¿Crees que la Asociación Americana de Psiquiatría (apa, por sus siglas en inglés) debería de alertar al público cuando un presidenciable muestra síntomas claros de trastornos mentales?

Un año previo al 8 de noviembre —el día de la elección—, uno de los dilemas de los psiquiatras estadunidenses era si estaban autorizados a emitir juicios clínicos de la salud mental de Trump. Esto nos remite a la Regla Goldwater. (El doctor Mesa Ríos se refiere a una ley impulsada por la propia APA en 1973, a propósito de un incidente que comprometió al candidato republicano a la presidencia de 1964, Barry Goldwater: la revista Fact hizo una encuesta a unos 12 mil psiquiatras para establecer si el susodicho estaba en su sano juicio para asumir la presidencia; 1,189 de las 2,417 respuestas dictaminaron que no era apto para el cargo. Goldwater terminó por perder las elecciones y demandó a la revista. La APA decretó que era poco ético emitir diagnósticos sin el consentimiento de un individuo y sin evaluarlo personalmente, además de sembrar desconfianza en la psiquiatría).

¿Cuál sería tu diagnóstico clínico del presidente Trump?

Hay quienes a pesar de la Regla Goldwater han emitido sus diagnósticos, los cuales son muy cercanos al mío. En mi opinión Donald Trump padece un trastorno de la personalidad. Básicamente es un trastorno narcisista de la personalidad. El narcisismo es necesario en los seres humanos, pero en ocasiones se vuelve patológico, e incluso hay quienes lo clasifican como narcisismo maligno. Ese Yo en contra de todo tan característico de Trump ya empieza a rayar en esta clase de narcisismo.

También hay quienes lo han diagnosticado como un psicópata. La psicopatía tiene tanto grados funcionales como disfuncionales. Un ejemplo de los psicópatas funcionales son los empresarios, las personas poco afectivas, poco vinculadas emocionalmente, pero que son trabajadoras, ganan dinero y obtienen resultados. Donald Trump ha sido clasificado con esa psicopatía funcional. Así que está entre el narcisismo maligno y la psicopatía funcional: ése sería mi diagnóstico.

¿Internarías a alguien con los síntomas de Trump? 

Sólo internamos a un individuo cuando sus actos, conductas o pensamientos ponen en riesgo su vida o la vida de los demás. En consecuencia tendríamos que preguntarnos qué de lo que ha hecho Trump pone en riesgo la vida de los demás. Y sí, sin duda alguna pone en riesgo la vida de millones de personas a través de los mecanismos regulatorios a su disposición; sin embargo, éste no es un criterio de hospitalización. Por ejemplo, si yo tengo un paciente con una idea delirante o una alucinación auditiva que le está diciendo que mate a todo aquel que vista una chamarra de cuero, entonces tendría que internarlo hasta que se le quiten los síntomas psicóticos. La diferencia radica en que Trump, como no es un psicótico, va a echar a andar una serie de mecanismos regulatorios que sean afines a sus objetivos. Nuestra preocupación es que dichos mecanismos le obedezcan y cumplan sus caprichos. Si alguien va de acuerdo con las leyes y el orden impuesto por la mayoría, no se le puede calificar de psicótico aunque esté loco.

Va otro ejemplo para esclarecer las diferencias entre una persona psicótica y una psicopática. En los trastornos bipolares hay una fase conocida como “manía” en la que la dopamina inunda el cerebro. Durante la fase maniaca las personas suelen tener ideas delirantes que se denominan “megalómanas”. En estas ideas delirantes, megalómanas, las personas se piensan más de lo que son. A diferencia de éstos, los psicópatas son personas que presumen sobre lo construido. Claro que exageran y sobrevaloran sus logros, pero también pueden sustentarlos con hechos.

20:02 “Vaya que esa ameba fosforescente lo puede sustentar. Logró transportarnos a la Alemania de 1931”, pienso después de despedir a Javier y me recargo sobre el mostrador de una Farmacia Similares. El boticario me barre con la mirada para luego ofrecerme un catálogo de cremas antiarrugas. Pregunto si tiene opiáceos genéricos y ante la negativa me retiro de mala gana para retomar mi camino de vuelta a casa.

“En un mundo en el que la locura parece ser la norma, el sentido común debería ser catalogado como un síndrome de abstinencia”, me convenzo y acerco mis fosas nasales a las axilas para constatar que huelo a una ruina filistea.

20:20 “Reír o llorar, ésa es la cuestión”, concluyo en la ducha e inmediatamente me veo doblegado por una risa que comunica más nerviosismo que bienestar anímico. Pienso en las futuras visitas conyugales de Putin a la Casa Blanca y los desenlaces apocalípticos de dicha unión en un futuro escalofriantemente cercano; en que estamos ante un momento histórico, lamentablemente. Experimento una saudade bronca por Bernie Sanders y su legado hipotético a la vez que tallo mis partes nobles con shampoo. Imagino el Medio Oriente como una cuenca humeante; a un México sumido en una depresión irreversible.

La ventana del baño no logra opacar del todo los chillidos del caniche casto que se unen al alud de fantasías catastróficas concentradas en mi nuca. Me encuentro lejos de conciliar la tranquilidad que sigue a la aceptación; no obstante, recuerdo que el sentido del humor es lo último que se pierde y me aferro a esa máxima inmaculada. Los poodles ladran, pero la caravana avanza.