Superhéroes

Pintura

Sin importar dónde nacimos, si tuvimos o no acceso a la literatura, la radio, o la tele; si decidimos profesar alguna religión o conducirnos por la vida dentro de la elasticidad agnóstica o las ecuaciones ateístas, todos y cada uno de nosotros hemos estado expuestos a la noción y a la figura del superhéroe. Algunos incluso llegamos a encarnarlos en nuestros sueños o al menos jactarnos de la existencia de aquella figura incorruptible, sobresaliente por sus habilidades sobrehumanas que opaca al resto de los mortales para convertirse en el único objeto de fe donde la humanidad deposita su mirada esperanzada para lograr salvarse de sí misma. Ya sea gracias a una gran convicción ideológica, a poderes sobrenaturales o a la capacidad de crear milagros y de ejecutar acciones físicamente imposibles, todos ellos se han ganado nuestro respeto y admiración por combinar sus deslumbrantes poderes con una actitud benévola y protectora hacia nosotros, los mortales comunes y corrientes. Aun si los despojáramos de sus simbolismos religiosos e imperialistas, no podríamos poner en duda las cualidades superheroicas de nuestros protagonistas.

Nuestro primer superhéroe aparece 1,200 años aC., cuando una cesta se balanceaba sobre las aguas turbulentas del Río Nilo —bajo la supervisión de su hermana Miriam— esquivando los hocicos puntiagudos de los cocodrilos y las miradas atentas de los soldados del Faraón que buscaban matar a todos los descendientes varones de sus esclavos hebreos. El otro protagonista de nuestra historia no escapaba precisamente de una limpieza étnica, pero también estaba huyendo de una muerte segura: del Apocalipsis de su natal Kripton. A pesar de que esto sucedía dos milenios después y que la nave espacial del pequeño Kal-El estaba compuesta por materiales infinitamente más sofisticados que un amasijo de chapopote con hoja de palma, la idea era esencialmente la misma. Tanto el científico líder de Kripton Jor-El y la ex-astronauta Lara Lor-Van, como la esclavizada Iojebed se vieron obligados a depositar a sus hijos a la merced del azar, confiados en que así sus bebés contarían con mejores posibilidades de supervivencia.
El futuro príncipe egipcio, profeta e ícono indiscutible del monoteísmo entró por la puerta grande —nada menos que de la mano de la hija del Faraón—, mientras que el destino del hijo intelectual de Joe Shuster y Jerry Siegel (apropiado por DC Comics) fue menos glamoroso; el sonriente kriptoniano cayó dentro de los límites de Smallville, Kansas —aunque el pueblo es ficticio no debía sorprendernos que esté ubicado dentro de los “estados rojos” republicanos— ante los pies de Jonathan y Martha Kent, una pareja de granjeros estadunidenses que si bien no podían darse el lujo de bañarlo con leche como a su semejante egipcio, sí lograron nutrirlo con el amor, los buenos modales y los valores que sólo un buen hogar norteamericano y anglosajón puede proveer.

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Una diferencia entre ambos radica en su evolución sentimental. Moisés pasa de ser un adolescente caprichoso e insensible a asumir el rol de protector contestatario sólo después de verse reflejado en la alteridad, a partir de que se identifica y se siente parte de un grupo étnico definido y perseguido. Eso fue lo que detonó su empatía y lo que lo condujo a distinguir claramente entre una víctima y un opresor. Superman, en cambio, es un personaje perfectamente estático en lo que se refiere a la evolución de su juicio. El hijo biológico de Jor-El es un filántropo de cepa, un ser de valores inamovibles que actúa con la convicción de quien se sabe el portador indiscutible de la verdad. Podemos decir que el “Hombre de Hierro” es una especie de ángel caído —aunque cabe mencionar que a diferencia del irreverente Lucifer, el kriptoniano de la sonrisa Colgate no fue rechazado sino más bien inducido a la migración. Además, Superman se distingue de Moisés por el hecho de ser un agente libre, por no tener la obligación de rendir cuentas ante un poder o un ser supremo simplemente porque él es en sí una semideidad. No sería completamente descabellado aventurar la idea que el “Hombre del Mañana” es el prototipo de un onanismo fascista inspirado en algunos pasajes de la Biblia y de la mitología griega. Aun así, estas pequeñas discrepancias no logran desdibujar las enormes similitudes que existen entre nuestros superhéroes.
Según la versión televisada Smallville*, Superman y Lex Luthor sostuvieron una amistad durante su infancia, lo mismo que Moisés y Ramsés. El judío-egipcio y el kriptoniano-estadunidense vivieron en carne propia la decepción de ver cómo sus relaciones con el nuevo Faraón y con Lex Luthor, respectivamente, caían en una violenta devaluación debido a las enormes diferencias ideológicas que acabaron por dividirlos en bandos opuestos. Pero esta ruptura era completamente necesaria para su estrellato: un superhéroe sin su Némesis no es más que un puritano militante, o en su defecto, un tirano anónimo.

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La lista de analogías es aún más extensa. Tanto el ex príncipe egipcio como el alienígena-de-los-calzoncillos-dolorosamente-ajustados se ven profundamente aturdidos al descubrir su verdadero origen. Ambos se retiran de su entorno social —Moisés se adentra en el desierto, Superman se encierra en su estéril Fortaleza de la Soledad— para meditar, cada cual a su manera, sobre las nuevas bifurcaciones existenciales que se interponen en sus caminos. Los dos experimentan una epifanía —ya sea gracias a la manifestación de dios a través de la Zarza ardiente o por los sabios consejos de los fantasmagóricos familiares kriptonianos— antes de regresar a la sociedad para cumplir con su vocación verdadera y obedecer a un destino divino.
Las razones por las que dios ordenó a Moisés regresar y asumir abiertamente su identidad ante sus semejantes hebreos cumplen con un propósito evidente: un rebaño necesita de un líder definido. Superman nunca asumió el papel de superhéroe de tiempo completo frente a los ciudadanos de Metrópolis ya que sus creadores buscaban lograr otro efecto. El torpe reportero del Daily Planet es el rostro anónimo que compone la bipolaridad de Superman, su única manera viable para poder coexistir con los mortales. En el fondo eso no es más que una forma de manifestar y ventilar la misantropía de uno de los superhéroes que sobresalen por promover un discurso políticamente correcto. Quentin Tarantino lo explica de manera exquisita a través de David Carradine en Kill Bill II. “La mitología de Superman no sólo es grande sino única […] Una de las constantes dentro de las mitologías de los superhéroes es que todo superhéroe tiene su alter-ego. Batman es Bruce Wayne, Spiderman es Peter Parker. Cuando ese personaje despierta por la mañana es Peter Parker. Tiene que disfrazarse para convertirse en Spiderman. Ésa es la característica que hace que Superman resalte por encima del resto […] Superman nació siendo Superman. Cuando despierta por la mañana sigue siendo Superman. El alter-ego de Superman es Clark Kent. Su vestimenta, la que tiene esa gran Ese roja grabada encima, ésa es la sábana en la que fue envuelto cuando era bebé, es su ropa. ¿Con qué se viste Kent?, con los anteojos y un traje de negocios. Ése es el disfraz que usa Superman para mezclarse entre nosotros. Clark Kent es la manera en la que nos ve Superman. Y ¿cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, se tiene poca confianza, es un cobarde. Clark Kent es la crítica de Superman hacia toda la raza humana”.

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En ese sentido Moisés es mucho más consecuente. Desde un principio entiende y asume su superioridad, trazando una clara línea divisoria entre el pópulo y su persona. Ahora bien, no podemos hablar de los superhéroes sin mencionar sus superpoderes. Dentro del arsenal de superpoderes con los que cuenta Superman está la fuerza bruta suficiente como para poder cargar un Boeing 747, la capacidad de volar a velocidades supersónicas con tan sólo estirar el brazo, dar marcha atrás al tiempo y disparar rayos láser a través de las pupilas, entre muchos otros.
El currículum de Moisés es igualmente impresionante. El profeta de barba y cabellera alborotada, poseedor de una mirada severa y penetrante, impuso las diez plagas sobre los egipcios, sacó agua de una roca golpeándola con su bastón, partió el Mar Rojo en dos alzando los brazos sin derramar una sola gota de sudor, etcétera. Pero todos estos superpoderes se quedan cortos si los comparamos con su inigualable capacidad persuasiva, la misma con la que logró convencer a un pueblo entero de vagar por el desierto durante cuatro décadas, acallando varias sublevaciones en el camino. En realidad es fácil respaldar una promesa cuando se cuenta con efectos especiales dignos de una producción hollywoodense de alto presupuesto, patrocinados por un dios que no pestañea frente a la posibilidad de castigar la desobediencia con sangre y dolor.
Vamos a desenmarañar a nuestros protagonistas para poder explicar el impacto que uno de ellos ha tenido sobre la religión y el simbolismo del otro dentro de la cultura popular. Es cierto que el cristianismo y el Islam reconocen la importancia de Moisés —tanto el Corán como el Nuevo Testamento lo mencionan con frecuencia—, pero cabe aclarar que aunque su nombre nos remita inmediatamente a ese pilar e impulsor del monoteísmo**, quienes se vieron mayormente influidos por él fueron los judíos. Se puede decir que Moisés es el Ombudsman del judaísmo. Cada denuncia y castigo que Moisés dirigía en contra del Imperio Faraónico era una bocanada de aire que ensanchaba el cuerpo de un pueblo que adquiría una forma bien definida. Moisés le dio al judaísmo identidad y tierra: una nacionalidad.
No es una coincidencia que el superhéroe de mayor renombre en el mundo surgió durante una época que supuraba una potente dosis de miseria y violencia, poco antes de que estallara uno de los conflictos bélicos más cruentos de la historia. Desde su creación en 1938, Superman se convirtió en una herramienta propagandística sumamente accesible para la difusión del patriotismo estadunidense. Antes de que Estados Unidos se involucrara en la Segunda Guerra Mundial, la lucha de Superman estaba enfocada en los conflictos internos del país. No mucho tiempo después del ataque japonés a Pearl Harbor, el alienígena anglosajón luchó contra los nipones —aunque sin poder derrotar la xenofobia—, el Ku Klux Klan y una extensa gama de dictadores. Los años cincuenta y sesenta lo tenían ocupado contra la amenaza alienígena y así, sucesivamente, el Hombre del Copete Inalterable se ha renovado para enfrentar con valentía y convicción cada uno de los problemas que han atentado en contra del estilo de vida norteamericano para convertirse en un auténtico seudomesías reciclable.
Y es que el grosor de la línea que distingue la religión de la ficción se mide desde la subjetividad individual. No obstante, si logramos poner a un lado las susceptibilidades teológicas, nadie puede negar la enorme calidad literaria que sostiene a estos grandes personajes, protagónicos dentro de nuestra conciencia colectiva.

*La primera aparición de Superman fue en 1938 en las páginas de Action Comics. La historia de este personaje varía drásticamente desde las primeras versiones de las historietas, hasta las adaptaciones a las series de tele y el cine.
** “El primer experimento de monoteísmo del que se tiene constancia se produjo en el antiguo Egipto en el siglo XIV, bajo el reinado de un faraón llamado Ajenatón, y es probable que los israelitas tomaran la idea de los egipcios”. (Kirsch, Jonathan. Dios contra los dioses. Barcelona: Ediciones B. 2006).

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5 comentarios en “Superhéroes”


  1. Ari…confirmado eres mi Superhéroe.

  2. Abzok Says:

    Eres ENOOORME VOLOVICH!!!1


  3. […] cuarto giro es el que lo convirtió en súper héroe (no se pierdan esta analogía de Moisés vs. Supermán) . Liberó a un pueblo de manos del opresor más implacable. Para ello, no hizo uso de revueltas […]


  4. Un análisis verdaderamente impresionante, muchas felicidades. Me recuerda un poco a la película “El Protegido” Que asevera que los cómics son pasajes históricos verdaderos y hecho aplicables a la vida real. Muy buen artículo.


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