Vivir olvidando (en memoria de Joseph Robbins)

La conmemoración es el Prozac de los fantasmas, su único alivio frente a un mundo que ve el recuerdo como un obstáculo para el progreso. Han pasado apenas poco más de sesenta años desde la liberación de los campos de exterminio y del colapso del régimen nazi. Sin embargo, existe una sensación de que aquel episodio sucedió en un tiempo tan remoto que nos es casi imposible imaginar que forma parte de nuestra historia inmediata. La generación de quienes lucharon y sufrieron los ricochets de aquella guerra está por desaparecer. Quedan muy pocas voces que pueden narrar en primera persona aquel choque encarnizado. La mayoría de ellos viven en una lucha constante por eludir a la memoria; por vivir olvidando.

Los políticos luchan por los intereses, los soldados por los ideales impuestos por los políticos. Los primeros se inmortalizan saturando los estantes bibliotecarios con sus biografías, mientras que los otros acaban reducidos -en el mejor de los casos- a un párrafo o inscritos sobre una lápida. Por ello me pareció importante escribir este anecdotario desde la experiencia de un individuo; darle nombre a un tema que por lo general se trata con cifras. Su nombre era Joseph Robbins: mi abuelo.

Joseph Robbins nació en Filadelfia en 1924. Su padre, tras sufrir las crecientes oleadas de violencia en contra de los judíos en Ucrania –y en Europa en general-, decidió emigrar con el fin de buscar un mejor futuro en Estados Unidos y con la idea de traer a su esposa e hija a los pocos meses. Sin embargo, las hostilidades incrementaron estrepitosamente, obligando a su esposa e hija a huir de su pueblo natal. Perdieron la comunicación una vez que abandonaron su hogar ya que la única forma factible para mantenerse al tanto era a través de la correspondencia epistolar. No fue sino hasta quince años más tarde que lograron reencontrarse ya en suelo estadounidense. Mi abuelo fue el fruto de esa reunificación. Su hermana –Bella- murió de meningitis cuando él apenas cumplió un año. Años después, sus padres lograron montar un modesto restaurante en los barrios pobres de la ciudad.

El 7 de diciembre de 1941 la fuerza aérea japonesa tomó por sorpresa la base naval de Pearl Harbour, destruyendo gran parte de la flota marina estadounidense. Con esto lograron estimular la postura relativamente apática de Estados Unidos frente a la amenaza que representaba el Tercer Reich y sus aliados. Mi abuelo, inmediatamente después escuchar las noticias -con ese espíritu patriótico-hormonal tan común en los adolescentes-, declaró a sus padres sus intenciones de enrolarse en el ejército. Poco tiempo después ingresó a la base de entrenamiento militar del Octavo Batallón de Tanques. Su padre falleció apenas dos semanas antes de su partida hacia Europa, dejando a su madre sola, parada sobre el muelle frente a un hijo que estaba a punto de emprender un viaje del que pocos regresarían.

Desembarcó en Normandia un día después de la batalla inicial bajo el mando del general Patton, avanzando tierra adentro con su tanque entre los montículos de cuerpos que yacían desparramados sobre la playa como en una postal del inframundo. Dado que su tanque era de reconocimiento tenía que ir al frente del batallón, exponiéndose de esta forma al constante bombardeo enemigo. En una ocasión su tanque se volcó por la ola expansiva de un misil que acertó a darle al tanque de al lado. Mi abuelo sufrió una profunda herida en la pierna que lo mandó al hospital –en Inglaterra- por un mes. Una vez recuperado se reincorporó al batallón, poco antes de que éstos llegaran a la frontera con Bélgica. Tenían prevista una incursión a un pequeño pueblo del norte de Francia. El comandante les ordenó descansar durante la noche en un campo abierto a las afueras del pueblo. Sus compañeros de batallón lo despertaron a la tarde siguiente. Su rostro adoptó el asombro incrédulo de sus compañeros al ver que estaba rodeado de agujeros aún humeantes por el incesante bombardeo alemán, sin entender cómo no habían logrado hacerle daño.

Semanas más tarde -a mediados de diciembre de 1944-, Hitler, en un intento desesperado por detener el avance inminente de los aliados, lanzó un último ataque desde la zona boscosa de las Ardenas –armado de tres ejércitos integrados por 250 mil soldados, 11 divisiones blindadas, 2 mil tanques y 3 mil aviones- con la intención de llegar a la costa y aislar las líneas del frente aliado. El éxito fue efímero ya que sólo logró demorar lo inevitable. El ejército norteamericano se reforzó con los vehículos armados que abrieron el paso para dar la estocada final al Reich de los mil años en una de las batallas más cruentas de la guerra. Mi abuelo formó parte de esa fuerza. En esa misma batalla, Joe se vio obligado a abandonar su tanque para combatir cuerpo a cuerpo con un soldado alemán. Después de un largo forcejeo logró arrebatarle el cuchillo de las manos para dejarlo tendido sobre el fango de aquel cementerio improvisado. “La supervivencia en la guerra es totalmente azarosa” –recuerdo la única vez que escuché a mi abuelo hablar acerca de la guerra, contestando a la pregunta de mi tío con un tono de voz que junto a sus ojos, se diluían en el recuerdo.

No existía un entrenamiento que lograra prepararlos para lo que se enfrentarían enseguida. Estaban a punto de atestiguar la capacidad genocida detrás del discurso nacional-socialista. Cuando llegaron a los campos de exterminio –primero a Ohrdruf y luego a Dachau-, los guardias ya habían huido, dejando al desnudo las atrocidades cometidas en nombre de la “pureza étnica” exigida por el Führer. El hedor de la muerte les penetraba los huesos aquella primavera infernal de abril. Las reacciones fueron variadas. Algunos quedaban paralizados mientras que otros caían al suelo presas de un llanto incontenible. Se sorprendieron al encontrar sobrevivientes en medio de los fosos de cadáveres y los hornos crematorios. No lograban entender cómo alguien podía vivir en semejantes condiciones. Allí fue donde mi abuelo conoció uno de los pocos sobrevivientes que quedaban en Dachau. Se encargó de su cuidado, financiando su alimentación durante los siguientes tres meses antes de que partiera hacia Argentina. Nunca más pudo establecer contacto con él. Las imágenes del campo de exterminio lograron reafirmar ese ateísmo militante que caracterizaba a mi abuelo desde siempre. Nunca creyó en dios, pero tampoco creía que podía existir una ausencia tan absoluta del bien como la que presenció aquel día. No obstante, fue en ese momento, más que en ningún otro, que sintió una innegable pertenencia al pueblo judío.

El siguiente es un fragmento de una carta que mi abuelo le escribió a su hija –mi madre- cuando ella cumplía un año de edad:
“Tú, querida Hilda, naciste en un mundo aturdido y turbulento. La II Guerra Mundial terminó apenas hace unos años y ya existe una nueva lucha de poder entre Estados Unidos y Rusia que seguramente acabará en otro conflicto bélico. La gente ahora utiliza frases nuevas. Tenemos nuevas palabras en nuestro vocabulario como la Guerra Fría o la bomba atómica. (…) Espero que no estalle otra guerra, pero me temo que es inevitable. La gente nunca aprenderá. En realidad no debería de decir eso, porque no es la gente común quien quiere otra guerra sino un puñado de gente con poder. Ahora, en el momento en que te estoy escribiendo esta carta, Israel es la nación más joven del mundo. Si se mantiene la paz durante los siguientes veinte años, pienso que tendremos un país del cual podremos estar orgullosos. Aunque he de confesar que no veo una paz próxima (…) Hilda, espero poder escribirte de nuevo el año siguiente para informarte de cómo has progresado y cómo ha progresado el mundo, o mejor dicho: retrocedido. Tu padre que te ama: Joseph Robbins. Febrero de 1950.”

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6 comentarios en “Vivir olvidando (en memoria de Joseph Robbins)”


  1. Sin palabras, pero en modo reflexivo

  2. Salvador Says:

    ¡Hijo de tigre! Digo; nieto…

  3. Cris de la Rosa Says:

    Que belleza Ari…… y a honrar la memoria de Joseph Robbins, …que nunca se olvide.

  4. Cris de la Rosa Says:

    Yom HaShoá,……


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