Del boxeo

Muhammed-Ali

(Publicado en la Revista de la UNAM)

“El boxeo pretende ser superior a la vida en la medida en que es, idealmente, superior a todo accidente. Nada contiene que no sea del todo intencionado”, escribe Carol Oates al inicio de este ensayo categórico que abarca todos los matices del “arte del aporreo”.

A pesar de su profunda carga poética, los primeros pasajes de Del boxeo se desplazan con una agilidad sorprendente, con la elegancia quirúrgica empleada por Oates, quien no desperdicia ni una sola gota de tinta en su panorámica introductoria. Y es que Carol Oates sublima mediante una visión romántica este deporte a menudo brutal y tan dolorosamente alegórico de la condición humana.

La poeta metafísica nos introduce a un cuadrilátero donde:

 El boxeador se enfrenta a un contrincante que es una distorsión onírica de sí mismo en el sentido de que sus debilidades, posibilidad de error y de ser gravemente herido, sus desaciertos intelectuales, todo, puede ser interpretado como puntos fuertes pertenecientes al Otro; los parámetros de su ser íntimo no son más que los ilimitados asertos de la personalidad del Otro. Esto es sueño, o pesadilla: mis fuerzas no son del todo las mías, sino las debilidades de mi adversario; mi fracaso no es totalmente el mío, sino el triunfo de mi adversario. Él es mi personalidad-sombra, no mi (mera) sombra. El combate de boxeo, tan “serio, completo y de cierta magnitud” —para emplear la definición aristotélica de la tragedia— es un evento que necesariamente subsume a ambos […].

El cuadrilátero que se desdobla a lo largo y ancho de esta gema ensayística parece adquirir las dimensiones del universo. Se transforma en un escenario delimitado por los trazos de Oates en donde se exhibe toda la tragedia humana en su expresión más cruenta y elemental. El tiempo y el espacio parecen estar suspendidos de tal modo que da la sensación de que todas las batallas libradas por la humanidad se llevaron a cabo debajo de esos mismos reflectores y de manera simultánea.

“El tiempo, al igual que la posibilidad de muerte, es el adversario invisible del cual los boxeadores […] son profundamente conscientes. Cuando un boxeador es noqueado no significa […] que haya quedado sin sentido o incluso incapacitado; significa, más poéticamente, que ha sido sacado del tiempo”.

A pesar de sus pinceladas románticas, Del boxeo no pretende ser una apología de la violencia ni su glorificación; la autora sólo advierte que ésta es inherente a todo lo humano. Encauza la violencia en el ring para exaltarla a una escala personalizada: “Con todo, sugerir que los hombres pudieran amarse y respetarse en un sentido directo, sin el violento ritual del combate, es malinterpretar la pasión más grande del hombre: por la guerra, y no la paz. El amor, si ha de haberlo, viene después”. Sin embargo, Oates repara en los aspectos más siniestros del boxeo y desdibuja toda noción enaltecida de esta práctica tan elegante como salvaje y primitiva. Las cualidades inmortales que a veces atribuyen a los boxeadores no están exentas de la inevitable fugacidad de lo efímero, de la vida misma.

 Que el combate de boxeo sea una historia sin palabras no significa que no tenga texto ni lenguaje, que sea de algún modo “bruta”, “primitiva”, “inarticulada”; ocurre que el texto se improvisa en la acción; el lenguaje es un diálogo de la más refinada especie entre los boxeadores (podría decirse que tan neurológico como psicológico: un diálogo de reflejos detonados en fracciones de segundos) en una respuesta conjunta a la misteriosa voluntad del público […].

 La parte técnica de este ensayo —muy bien documentado— es una compilación cuidadosa de viñetas anecdóticas y de frases célebres de la boca de pugilistas de renombre mundial. Sirve para marcar y dar inicio a los asaltos impuestos por Oates. En estos pasajes la autora hace un recorrido histórico y lúdico que refleja una edición sumamente meticulosa: “Nada contiene que no sea del todo intencionado”.

Si bien es cierto que Joyce Carol Oates no es la primera escritora en abordar el boxeo —la letanía de plumas que han incursionado en las lonas incluye a tótems del calibre de Faulkner, Hemingway, Jack London, Norman Mailer, tan sólo por mencionar a los primeros que salen a flote—, lo que la distingue del resto es que no se limita al ámbito impresionista, metafórico o anecdótico, sino que más bien se apoya en esta práctica brutal para ventilar cada matiz de la psique humana y resaltar la eterna dualidad del ser: la bestia no puede escapar del hombre y viceversa.

El bullicio del público resuena en los tímpanos aun mucho después de haber cerrado el libro. No obstante, uno queda con la sensación de que Del boxeo, más que otro ensayo boxístico, representa una nueva lectura de la contradictoria condición humana.

Ya lo señalaba Bertolt Brecht: “El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.

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