Archivo para febrero 2017

Apología de la eutanasia

febrero 18, 2017

(Texto publicado en El cultural)

Para Lea Volovich

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“¿Es tu voluntad morir hoy?”, pregunta la enfermera de Michèle Causse —escritora, crítica y traductora francesa quien debido a una enfermedad ósea que la aquejaba a lo largo de años, decidió ponerle fin a su sufrimiento en 2010— al tiempo que le muestra una copa con pentobarbital sódico que sostiene con las puntas de sus dedos. “Es mi voluntad”, responde Michèle sin chistar, recostada en una cama con un semblante que irradia vida y dueña de un refinado sentido del humor que conserva hasta su último aliento. “Porque si te tomas este medicamento vas a caer en un sueño y eventualmente morirás”, enfatiza la enfermera para terminar con la parte protocolaria del procedimiento y entregarle el recipiente a Causse, cuya mirada se ilumina enseguida con esa excitación que surca el rostro de todo viajero. “Si ven que empiezo a babear, por favor detengan la grabación. Después de todo, aún conservo mi honor”, agrega Causse en un tono picaresco, después de ingerir el coctel tóxico y despedirse de su enfermera y compañera sin el menor atisbo de solemnidad, como muestra el documental que retrata su proceso de suicidio asistido por la clínica Dignitas: una de seis agrupaciones suizas que defienden el derecho a una muerte digna y que resalta por ser la más grande como también porque es accesible para ciudadanos suizos y extranjeros por igual, al menos para aquellos que puedan costearlo.

Michelle figura entre los más de mil europeos que viajan a Suiza cada año para ejercer su derecho a una muerte digna; para hacer con su vida lo que ellos juzguen necesario.

Dignidad es un término complejo —señala Arnoldo Kraus, médico clínico, reumatólogo, escritor y uno de los activistas más férreos en pro de la eutanasia en México—. Eutanasia es quizás la acción que más se asocia con, y motiva la reflexión sobre, el concepto dignidad. Las definiciones no ayudan. Las de la Real Academia Española, cuando se trata de seres humanos, no sirven. En su Diccionario de la lengua española enumeran ocho conceptos. Copio tres: 1. Calidad de digno. 2. Excelencia, realce. 3. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse. Los restantes poco ilustran.

El tema es complejo. Son varios los motivos. El fundamental es la mirada que cada ser humano tiene acerca de su vida, de su amor propio, y de los medios y formas gracias a los cuales “vive su existencia” y confronta sus problemas.

Otros factores provienen de las modificaciones asociadas al envejecimiento. La dignidad de un joven no corresponde a la de un viejo; el primero, cuando la situación social lo permite, finca sus esfuerzos en conseguir los medios para instalarse en la vida. Los ancianos buscan acomodar las pérdidas propias de la edad a la realidad y se esmeran en contar con suficiente dinero para sortear sus problemas de salud y manutención para no depender de otros.

Economía y dignidad se entrecruzan. Para los pobres subsistir es el reto; resolver los avatares cotidianos —comer, medicamentos, agua en casa— es lucha diaria. En esa lid, la dignidad tiene otras lecturas, todas supeditadas a la supervivencia. Brecht tiene razón, “Primero comer, después la moral”. Las personas adineradas tienen más oportunidades de construir su dignidad y de ocuparse, o no, de la dignidad de los otros; pueden pensar en eutanasia, los pobres no: son víctimas de “eutanasia social” —morir en la calle, dejar recién nacidos en la vía pública—, y carecen de dinero para atenderse en unidades de terapia intensiva —anota Kraus en un texto publicado por la revista Nexos en junio de 2015.

A pesar de tratarse de un derecho humano fundamental, Dignitas —fundada en 1998 por el abogado y miembro de la Sociedad Suiza para la Convención de los Derechos Humanos, Ludwig Minelli— forma parte de las escasas opciones disponibles para quienes buscan ponerle fin a su sufrimiento sin la necesidad de recurrir a métodos convencionales y sumamente dolorosos, sin mencionar la estela traumática que los suicidios violentos dejan detrás de sí.

El mayor obstáculo para el progreso deseado en esta materia proviene de las instituciones religiosas, respaldadas por los políticos en turno. Lo mismo que objetores de conciencia que carecen de un elemento esencial para emitir sus juicios: el conocimiento empírico y la consecuente empatía humana.

EL TABÚ DE LA EUTANASIA

Arnoldo Kraus ilustra muy bien uno de los impactos negativos que esto supone: “El rechazo a la eutanasia activa y al suicidio asistido proviene de la fe, de las religiones, que pregonan un dios que da la vida, por lo que sólo él puede quitarla; esa idea ha complicado que la gente voltee a ver otra posibilidad”.

Comparto este fragmento de Los suicidas de Antonio Di Benedetto, a propósito de la postura de la religión frente al suicidio:

Principio católico fundamental: Únicamente Dios da y quita. Viejo Testamento y Nuevo Testamento: No condenan expresamente el suicidio. / Conjetura generalizada (y errónea): No hacía falta, en los tiempos bíblicos casi nadie se suicidaba. / Casos en las Escrituras: Sansón, Saúl y poquísimos más.

Mandamiento sustancialmente invocado: “No matarás”. Se considera que incluye el suicidio. / San Agustín: No matarás a otro ni a ti mismo. Otro argumento de San Agustín: Puesto que ninguna ley permite a nadie matar por su propia autoridad, el suicida es un homicida.

Posición de la Iglesia —Concilio de Arles, año 452: El suicidio es un crimen; sólo puede ser consecuencia del furor diabólico. Concilio de Praga, año 563: Los suicidas no serán honrados en misa con ninguna conmemoración, el canto de los salmos no acompañará los cuerpos a su tumba.

Santo Tomás, interpretado por Sciacca: “No se ama ordenadamente a sí mismo el que se da voluntariamente la muerte, por cuanto se considera dueño de la vida que Dios le ha dado, se revela a la voluntad de su Señor y Padre, comete pecado mortal y se priva de la salvación eterna”.

La despenalización de la eutanasia es un asunto de altísima prioridad, si tomamos en cuenta que alrededor de veinte millones de personas requieren de cuidados paliativos anualmente (según cifras de la OMS). No obstante, la eutanasia permanece en calidad de tabú hasta nuestros días.

“No discutimos razones morales. ¿Qué moral? ¿La católica? ¿La musulmana? ¿La budista? Nosotros trabajamos sobre la base atea de autodeterminación” —afirma Ludwig Minelli, para espantar el oscurantismo inherente a la religión.

UNA DEFINICIÓN MÉDICA

Antes de continuar, valdría la pena brindar una definición médica de la eutanasia, sus variantes y la diferencia entre ésta y el suicidio asistido. Para lo cual vuelvo a recurrir a las palabras de Arnoldo Kraus:

Eutanasia es el acto o método que se aplica para producir la muerte sin dolor y finalizar con el sufrimiento en pacientes terminales y sin esperanza.

Eutanasia activa implica la finalización deliberada de la vida por medio de una terapia encaminada a procurar la muerte. La eutanasia pasiva reviste dos formas: la abstención terapéutica —no se inicia el tratamiento— y la suspensión terapéutica —se eliminan los tratamientos iniciados. Para quienes sufren y no hay esperanza, la eutanasia activa es “más humana” que la pasiva: finaliza antes el sufrimiento y las vejaciones innecesarias.

El suicidio asistido consiste en proveer al interesado los medicamentos adecuados para terminar con su vida. El médico funge como guía pero es el enfermo quien decide cuándo y dónde ingerirlos y quiénes serán sus compañeros en el momento final.

Estados Unidos es el segundo país donde el suicidio asistido es legal. En Oregon se aprobó la ley en 1997 y posteriormente se avaló en Washington, Montana y Vermont. La experiencia recogida en Oregon ha demostrado ser exitosa; en contra de las opiniones de los detractores de la eutanasia, con el paso de los años los casos no han aumentado “dramáticamente”, además, ahora, los médicos han ahondado en el tema y se ocupan con más ahínco de los enfermos terminales —añade Kraus.

En septiembre de 2015, el Senado de California aprobó el suicidio asistido, lo mismo que Canadá en julio de 2016. En enero del mismo año Francia aprobó la denominada “ley de final de la vida”, misma que permite la sedación profunda para evitar el sufrimiento de enfermos terminales, pero que prohíbe la ayuda activa para morir a través de la eutanasia o del suicidio asistido. El texto acordado por el gobernante Partido Socialista (PS) y por la oposición conservadora de Los Republicanos (LR), informa la Agencia EFE,

ha sido adoptado a mano alzada por los diputados de la Asamblea Nacional. La ley obligará a los médicos a aplicar la “sedación profunda y continua” a un paciente en fase terminal que lo solicite, definido como aquel con una “afección grave e incurable” con “pronóstico vital comprometido a corto plazo” y con un cuadro médico de “sufrimiento que resiste a los tratamientos”.

PIONEROS DE LA EUTANASIA

Por su parte y desde febrero de 2015, Colombia figura como el único país latinoamericano en donde la eutanasia es legal. Una de las sentencias emitidas por la Corte Constitucional de ese país decretó que “la eutanasia es tan solo un procedimiento para proteger el derecho a morir dignamente”.

El 4 de enero del año que corre, con 56 votos a favor, 27 en contra y una abstención, la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México aprobó el derecho a la Muerte Digna, establecido en el artículo 11 de la Constitución capitalina donde se señala que el “derecho humano fundamental (de la autodeterminación) deberá posibilitar que todas las personas puedan ejercer plenamente sus capacidades para vivir con dignidad. La vida digna contiene implícitamente el derecho a una muerte digna”. Es un primer paso que ahora depende del Congreso para realizar una ley secundaria y establecer sus reglamentaciones.

Este tímido progreso —pero progreso, al fin y al cabo— se debe en gran medida a uno de sus pioneros, los más notables exponentes y defensores de la eutanasia, como es el caso del médico, autor y activista político Jack Kevorkian.

El doctor Kevorkian, originario de Michigan, ayudó a ponerle fin al sufrimiento de 130 enfermos terminales entre 1990 y 1998 gracias a su denominada máquina de muerte: un aparato que permitía a sus pacientes inyectarse por sí solos un cóctel de potasio y cloruro.

Kevorkian soportó con notable valentía la cacería de brujas desatada por los medios de comunicación y encabezada por los aparatos de justicia estadunidenses para defender sus principios y su lema máter: “Morir no es un crimen”. En más de una ocasión fungió como su propio representante legal para acaparar los reflectores, consciente de los beneficios que esto suponía para poder exponer este derecho humano fundamental que nadie más se atrevía señalar.

En 1999 fue sentenciado a 25 años de prisión por homicidio de segundo grado en el penal de Lakeland (Coldwater, Michigan) por llevar a cabo esta práctica fuera de los márgenes de la ley, de los cuales cumplió ocho antes de ser puesto en libertad debido a su “buena conducta”. “Fue estupendo, uno de los periodos más interesantes de mi vida”, afirmó ante los reporteros que lo esperaban afuera de la prisión, a sus 78 años de edad, con ese sentido del humor y espíritu inquebrantables que caracterizaban a Jack Kevorkian. El mal apodado Doctor Muerte (apodo que por cierto se le ha designado maliciosamente a otros defensores visibles de la eutanasia) falleció el 3 de junio de 2011, a sus 83 años, debido a una trombosis cerebral que siguió a su hospitalización causada por las fallas renales que lo aquejaban desde unos años atrás.

Pero los avances en torno a la eutanasia ya no se limitan a casos estrictamente físicos. Holanda, país de vanguardia en lo que se refiere a esta práctica, ha esbozado un nuevo concepto denominado “vidas completadas” para ser anexado a esta agenda.

Jorge Nicolás Lafferriere, director del Centro de Bioética Persona y Familia argentino, detalla esta iniciativa en su informe:

En una carta dirigida al Parlamento fechada el 12 de octubre de 2016, los ministros de Salud, Edith Schippers, y de Justicia, Ard Van Der Steur, del gobierno de Holanda proponen que se legalice la eutanasia para las personas que han llegado a la decisión de que su vida ya está completa.

En su carta indican que esta medida debería instrumentarse a través de un sistema paralelo y distinto a la legislación actualmente existente sobre eutanasia. La carta es una respuesta al informe que produjo el Comité Schnabel en febrero de 2016 (Parliamentary Papers, House of Representatives, 2015/16, 32 647, no. 51). Se trata de un comité dirigido por el profesor Paul Schnabel que, por encargo de la Cámara de Diputados del Parlamento Holandés, llevó adelante un estudio sobre los dilemas que rodean a este tipo de eutanasia. El Comité estudió el concepto de vida completa, el marco legal aplicable, el tamaño y características de la población que quiere terminar su vida por considerarla “completa”, los aspectos éticos, las maneras de prevenir una situación en la que las personas no tienen prospectivas de una vida significativa y los desafíos legales y límites que supone responder su deseo. El Comité consideró que la legislación sobre eutanasia permite abarcar estas situaciones y no hay necesidad de una reforma. Para el informe, no sería deseable ampliar el espectro legal del suicidio asistido.

El gobierno agradeció el informe, pero considera que la legislación no ofrece alternativas a las personas cuyo sufrimiento no tiene una dimensión “médica” y que consideran que su vida está “completa” y requieren ayuda para ponerle fin. Para el gobierno, puede ser legítimo ese pedido de ayuda de una persona que tiene un sufrimiento insoportable y sin perspectivas de mejoría, pero que no tiene una dimensión médica.

En su carta, el gobierno sostiene que se proponen condiciones para que las personas elijan esta forma de suicidio asistido: debería ser “voluntario”, con detenida consideración de la naturaleza de la decisión sobre la seguridad y los cuidados debidos y con la ayuda de un consejero sobre el final de la vida. Este consejero debería establecer sin lugar a dudas que no hay tratamiento, médico o de otro tipo, que pueda cambiar la decisión de la persona de morir. La propuesta está limitada a los “adultos mayores”, dado que la demanda de decisiones autónomas en el final de la vida es creciente en este grupo etáreo. Otra condición es que haya una intervención de una tercera persona que actúe como instancia de corroboración —concluye Lafferriere.

LOS PASOS DE NITSCHKE

Como he señalado con anterioridad, la eutanasia ha sido motivo de ina- gotables controversias: todas ellas opuestas al sentido común inherente al humanismo, de parte de quienes son incapaces de calzar los zapatos del otro y empatizar con su agonía. Uno de los argumentos más recurrentes de los que se manifiestan en contra de la eutanasia y el suicidio asistido es que promueve e incita al suicidio. Philip Nitschke —ex médico, humanista y otra de las voces que se suman a la defensa del derecho a una muerte digna, también apodado Doctor Muerte— responde con una elocuencia envidiable a este sinsentido pragmático: “Suicidarse es tan económico y sencillo como comprarse una soga”. Claro que el método indoloro y supervisado puede resultarle atractivo a los individuos que buscan ponerle fin a su sufrimiento (ya sea por cuestiones físicas o psicológicas), pero el simple hecho de que hayan llegado a esta conclusión es una señal inequívoca de que sus vidas han dejado de tener sentido. La calidad de vida no se reduce a un tema meramente médico. Esto lo sabe muy bien Nitschke.

El referido médico es uno de los fundadores de Exit International —una agrupación australiana en pro de la eutanasia— y destaca por ser el primer médico en administrar una inyección letal dentro del corto marco (de 1996 a 1997) en que la eutanasia fue legal en el Territorio del Norte australiano. Su licencia médica fue suspendida temporalmente por el Consejo Médico australiano ya que había decretado que Nitschke representaba una amenaza para la salud pública. Además, Nitschke también se dio a conocer gracias a su introducción del concepto de “suicidio racional” en la agenda eutanásica. En una charla que dispensó para la plataforma TED Talks, Nitschke —autor de tres títulos sobre el tema— explica ésta y otras problemáticas:

El discurso predominante en nuestra sociedad en lo que respecta al suicidio es que se trata de una cuestión médica; que la gente que quiere suicidarse seguramente sufre de una condición preexistente de depresión y que ésta debería ser tratada por la comunidad médica. Muchos médicos creen que el simple hecho de que alguien quiera quitarse la vida es en sí un síntoma de enfermedad mental; que no existe tal cosa como el suicidio racional; que se trata de un oxímoron. El problema con este precepto médico es que hay muchas evidencias que indican que existen personas en sus plenas facultades mentales para tomar decisiones en beneficio propio que deciden suicidarse. En cierto sentido la ley está de acuerdo con esto, ya que el suicidio no está penalizado; pero sí existen leyes que castigan su asistencia con severidad, lo cual supone una paradoja a todas luces visible. Las consecuencias de penalizar la asistencia al suicidio son graves, ya que los individuos que no cuentan con la asistencia e información necesarias para llevar a cabo este acto, se sienten aislados y por ende ansiosos y desesperados […]. Según lo muestran las estadísticas, el método más común utilizado por los suicidas es la horca. Uno no necesita saber mucho para ahorcarse, pero es una muerte espeluznante y la sociedad debería sentirse avergonzada por estas estadísticas —asegura Nitschke.

En la misma charla, Philip ejemplifica el suicidio racional con argumentos sociales, como fue el caso de una conocida que quería morir junto a su esposo ya que llevaban sesenta años de matrimonio y dado que consideraba que una existencia sin él carecería de todo sentido. Thomas Szasz —quien fue profesor emérito de psiquiatría en la Universidad de Siracusa en Nueva York y crítico de los fundamentos morales y científicos de la psiquiatría, lo mismo que uno de los referentes de la antipsiquiatría— refuerza los argumentos de Nitschke:

El suicidio es un derecho humano fundamental. Esto no quiere de- cir que sea algo deseado. Sólo significa que la sociedad no tiene el derecho moral de interferir, por la fuerza, con la decisión de una persona en consumar este acto. El resultado de ello es una infantilización y deshumanización trascendental del suicida.

Cabe mencionar que Nitschke se ha ganado la animadversión incluso por parte de quienes se manifiestan a favor de la eutanasia, pues consideran que Nitschke puede darle aliento a los detractores debido a lo que consideran una postura radical. No obstante, el médico radicado en Holanda no piensa frenar su lucha en pro del derecho a morir.

EL TESTIMONIO DE STEFAN ZWEIG

Para concluir, y a modo de tributo a uno de los humanistas más sobresalientes del siglo XX, termino con las dos cartas póstumas que Zweig legó a la humanidad:

Querida Friderike (su ex esposa): cuando recibas esta carta estaré mucho mejor. En Ossining me viste mejor y más calmado, pero mi depresión ha empeorado, me siento tan mal que ya no puedo concentrarme en mi trabajo.

A ello se suma la triste certeza —la única que tenemos— de que esta guerra ha de durar todavía años y de que pasará mucho tiempo antes de poder regresar a nuestra casa. Ciertamente me ha gustado estar en Petrópolis pero echo de menos los libros, que me son indispensables para mi trabajo. En cuanto a la soledad, que inicialmente aportaba un notable apaciguamiento, se ha transformado en un pesar… También la idea de que mi obra mayor, el Balzac, no podrá terminarse nunca puesto que no tengo la perspectiva de dos años de trabajo sin interrupciones, y los libros necesarios para la documentación serían difíciles de conseguir. Y finalmente está la guerra, esta guerra que nunca termina, que todavía no ha alcanzado su peor momento. Soy demasiado débil para aguantar todo esto, y la pobre Lotte no lo ha tenido fácil conmigo, sobre todo porque su salud ha empeorado también.

Tú tienes a tus hijos y con ello una tarea en la vida; tú tienes intereses varios, una inquebrantable energía. Estoy seguro de que alguna vez vivirás mejores tiempos y comprenderás por qué mi pesimismo me ha impedido aguantar más. Te escribo estas líneas en mis últimas horas. No te puedes imaginar cuán aliviado me siento desde que tomé esta decisión. Dales recuerdos cariñosos a tus hijos de mi parte y no sufras, recuerda siempre cómo he admirado a Joseph Roth o a Rieger que supieron evitar el sufrimiento. Ten coraje, ahora sabes que estoy tranquilo y feliz. Con mi amor y amistad, Stefan.

Declaración: Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma. Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria.

De esta manera considero lo mejor, concluir a tiempo y con integridad una vida, cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal.

Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto.

Stefan Zweig.

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El efecto Trump

febrero 11, 2017

(publicado en La Razón)

 

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9 de noviembre

05:45 Lo primero que me viene a la mente al despegar los párpados es la sospecha de que el poodle de la vecina del tres goza de una salud sexual nula mientras barajo las maneras de lograr sofocar sus ladridos sin ser presentado ante los tribunales de YouTube; como tampoco viéndome obligado a incurrir en la zoofilia. Lo segundo que sale a flote es esa frágil seguridad de que el status quo del orden mundial sobrevivió intacto bajo el predecible sello de los Clinton y del establishment de la política estadunidense.

La conmoción disloca mi mandíbula al exponer mis retinas a los titulares. Me quedo largo rato frente a la pantalla con la ilusión de que el resultado cambie con cada abrir y cerrar de ojos; con la esperanza de que lo que estoy leyendo se debe a una fisura corneal desatendida y no gracias a otra faena catastrófica de la democracia.

Conforme imagino un mundo liderado por la batuta dorada de Trump (no pienso aburrirlos con calificativos gastados para describir a ese Homo floresiensis vestido de macaco inconexo; a esa bancarrota seudohumana del calibre de Hitler y Mussolini y que habita ya la Casa Blanca, en gran medida gracias a la cobertura de los medios de comunicación —consagrados a ordeñar el rating—, al obsoleto sistema electoral estadunidense, a la postura antisistema del electorado, a la injerencia rusa en las elecciones estadunidenses y a un discurso que cabe en menos de dos tweets, entre un sinfín de factores que no excluyen la infinita estupidez humana; como tampoco quiero atosigarlos con la bien sabida amenaza que representa el referido neofascista para México y para el mundo entero), me asaltan presagios apocalípticos cada vez más nítidos. Experimento cuatro de las cinco primeras etapas del duelo ideadas por la doctora Elisabeth Kübler-Ross mientras espero que el café se disuelva en el agua. No tengo la más mínima intención ni mucho menos la capacidad de conciliar la aceptación. La sola idea de que los próximos cuatro (a ocho) años estaremos sometidos al capricho de un septuagenario capaz de borrar a Chihuahua del mapa con un solo poke no lo permite.

08:15 El cielo obstruido, la llovizna y el frío se antojan más como una premonición que una simple manifestación atmosférica. Mi desasosiego se ve multiplicado una vez que afianzo ambos pies sobre la calle. Cabezas gachas, quijadas tiesas y miradas aturdidas surcan mi campo visual mientras me integro al flujo de transeúntes que desemboca en la estación del Metrobús. Observo a través del cristal los pocos hilos de luz que perforan las nubes y que apenas permiten distinguir los tristes contornos de carne y hueso, del gris profundo que tiñe al paisaje citadino. De no ser por la tipografía de los rótulos y los espectaculares que pululan a los costados de Insurgentes, juraría que estoy recorriendo alguna avenida principal de Piongyang.

“¿Qué más da? Nuestros gobernantes son astillas del mismo palo”, musito a modo de consuelo sin conseguir el efecto deseado.

14:15 Heme de vuelta en casa, pero la aceptación sigue brillando por su ausencia. Los lamentos del embutido neurótico del tres logran sustraerme del documento Word que permanece en blanco. Vuelvo a sopesar las cualidades curativas de la zoofilia.

14:30 Se me ocurre llamarle a mi amigo Francisco Javier Mesa Ríos, psiquiatra y psicoterapeuta, docente en la Facultad de Medicina de la UNAM y médico en el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, para agendar una entrevista con el objetivo de despejar algunas dudas en torno a la psicosis colectiva y al perfil psicológico de quien ahora funge como el líder del “mundo libre”, entre otras cuestiones.

7 de diciembre

18:06 “No me salgas con esas mamadas, Manuel. ¿Sientes culpa o miedo?”, oigo a la vecina del ocho reprocharle a su media naranja mientras me alisto para la entrevista.

18:15 Me encuentro con Javier y echo a andar la grabadora.

¿Has notado un aumento en los casos de ansiedad a raíz de la victoria de Trump, ya sea en tu consulta privada o en el Fray Bernardino?

En México aún no se han registrado casos de ansiedad desde que anunciaron los resultados electorales, creo que es demasiado temprano para saberlo. Aunque en Estados Unidos sí se ha visto un alza significativa en lo que se refiere al estrés y la ansiedad secundaria relacionada directamente con la victoria de Trump y de lo que depara el 2017. Ya existe un registro de personas con desbordamiento emocional.

(Según una encuesta llevada a cabo por la Asociación Americana de Psicología, 52 por ciento de los estadunidenses padecen de estrés y ansiedad a raíz de las elecciones presidenciales).

¿Podríamos decir que el triunfo electoral de Trump es fruto de una psicosis colectiva? 

Más o menos. Técnicamente hablando, la psicosis colectiva se refiere a un grupo de dos o más individuos —generalmente en espacios compartidos o quienes están expuestos a situaciones similares­— que comparten una idea delirante o un tipo de pensamiento aberrante o anormal y que manifiestan síntomas psicológicos similares detonados por una razón específica. Por ejemplo: la madre que llega a casa y les dice a sus hijos que se encuentra poseída y los hijos empiezan a creerlo y a vivenciar la idea delirante impuesta por la madre. A eso se refiere la psicosis compartida, a una persona de mayor poder en ese sistema jerárquico que transmitió una idea asimilada por los más sumisos y obedientes de ese micro sistema, que no dudan de lo que les dice la madre y asumen su psicosis.

¿Y si lo pasamos al ámbito político? 

Tendré que hacer la comparación entre los espacios menores y los macro espacios. En los espacios menores era más fácil medir la psicosis colectiva ya que los síntomas de las personas eran muy similares y fáciles de comparar. Para ello tenemos el ejemplo clásico de las denominadas tarantelas medievales, cuando llegaba alguien medio poseído y entonces todos de pronto manifestaban los mismos síntomas, ya que lo veían, lo vivenciaban, y sus contextos culturales les permitían compartir esos síntomas. En el macro sistema, personas en distintos lugares muestran síntomas o maneras de confrontar el fenómeno de un modo distinto. No son lo mismo, pero igual la gente sufre de malestar, ansiedad, preocupación y miedo. Recordemos que en los fenómenos políticos las emociones son compartidas por multitudes. Entonces, si tienes a un líder mesiánico estilo Donald Trump, Hitler, etcétera, lo que va a suceder es que las personas se van a quedar empapadas de su energía emocional y van a vibrar con ella hasta creerse el producto que les están vendiendo. No se categoriza propiamente como una psicosis colectiva, pero los procesos son similares ya que la gente no razona, no hace juicios, no discierne, no piensa por sí misma y cree lo que dice un determinado grupo crítico; por lo que podría parecerse a un fenómeno psicótico compartido. Insisto, la función es similar, salvo que no se trata de una idea delirante ya que tiene fundamentos reales.

¿Crees que la Asociación Americana de Psiquiatría (apa, por sus siglas en inglés) debería de alertar al público cuando un presidenciable muestra síntomas claros de trastornos mentales?

Un año previo al 8 de noviembre —el día de la elección—, uno de los dilemas de los psiquiatras estadunidenses era si estaban autorizados a emitir juicios clínicos de la salud mental de Trump. Esto nos remite a la Regla Goldwater. (El doctor Mesa Ríos se refiere a una ley impulsada por la propia APA en 1973, a propósito de un incidente que comprometió al candidato republicano a la presidencia de 1964, Barry Goldwater: la revista Fact hizo una encuesta a unos 12 mil psiquiatras para establecer si el susodicho estaba en su sano juicio para asumir la presidencia; 1,189 de las 2,417 respuestas dictaminaron que no era apto para el cargo. Goldwater terminó por perder las elecciones y demandó a la revista. La APA decretó que era poco ético emitir diagnósticos sin el consentimiento de un individuo y sin evaluarlo personalmente, además de sembrar desconfianza en la psiquiatría).

¿Cuál sería tu diagnóstico clínico del presidente Trump?

Hay quienes a pesar de la Regla Goldwater han emitido sus diagnósticos, los cuales son muy cercanos al mío. En mi opinión Donald Trump padece un trastorno de la personalidad. Básicamente es un trastorno narcisista de la personalidad. El narcisismo es necesario en los seres humanos, pero en ocasiones se vuelve patológico, e incluso hay quienes lo clasifican como narcisismo maligno. Ese Yo en contra de todo tan característico de Trump ya empieza a rayar en esta clase de narcisismo.

También hay quienes lo han diagnosticado como un psicópata. La psicopatía tiene tanto grados funcionales como disfuncionales. Un ejemplo de los psicópatas funcionales son los empresarios, las personas poco afectivas, poco vinculadas emocionalmente, pero que son trabajadoras, ganan dinero y obtienen resultados. Donald Trump ha sido clasificado con esa psicopatía funcional. Así que está entre el narcisismo maligno y la psicopatía funcional: ése sería mi diagnóstico.

¿Internarías a alguien con los síntomas de Trump? 

Sólo internamos a un individuo cuando sus actos, conductas o pensamientos ponen en riesgo su vida o la vida de los demás. En consecuencia tendríamos que preguntarnos qué de lo que ha hecho Trump pone en riesgo la vida de los demás. Y sí, sin duda alguna pone en riesgo la vida de millones de personas a través de los mecanismos regulatorios a su disposición; sin embargo, éste no es un criterio de hospitalización. Por ejemplo, si yo tengo un paciente con una idea delirante o una alucinación auditiva que le está diciendo que mate a todo aquel que vista una chamarra de cuero, entonces tendría que internarlo hasta que se le quiten los síntomas psicóticos. La diferencia radica en que Trump, como no es un psicótico, va a echar a andar una serie de mecanismos regulatorios que sean afines a sus objetivos. Nuestra preocupación es que dichos mecanismos le obedezcan y cumplan sus caprichos. Si alguien va de acuerdo con las leyes y el orden impuesto por la mayoría, no se le puede calificar de psicótico aunque esté loco.

Va otro ejemplo para esclarecer las diferencias entre una persona psicótica y una psicopática. En los trastornos bipolares hay una fase conocida como “manía” en la que la dopamina inunda el cerebro. Durante la fase maniaca las personas suelen tener ideas delirantes que se denominan “megalómanas”. En estas ideas delirantes, megalómanas, las personas se piensan más de lo que son. A diferencia de éstos, los psicópatas son personas que presumen sobre lo construido. Claro que exageran y sobrevaloran sus logros, pero también pueden sustentarlos con hechos.

20:02 “Vaya que esa ameba fosforescente lo puede sustentar. Logró transportarnos a la Alemania de 1931”, pienso después de despedir a Javier y me recargo sobre el mostrador de una Farmacia Similares. El boticario me barre con la mirada para luego ofrecerme un catálogo de cremas antiarrugas. Pregunto si tiene opiáceos genéricos y ante la negativa me retiro de mala gana para retomar mi camino de vuelta a casa.

“En un mundo en el que la locura parece ser la norma, el sentido común debería ser catalogado como un síndrome de abstinencia”, me convenzo y acerco mis fosas nasales a las axilas para constatar que huelo a una ruina filistea.

20:20 “Reír o llorar, ésa es la cuestión”, concluyo en la ducha e inmediatamente me veo doblegado por una risa que comunica más nerviosismo que bienestar anímico. Pienso en las futuras visitas conyugales de Putin a la Casa Blanca y los desenlaces apocalípticos de dicha unión en un futuro escalofriantemente cercano; en que estamos ante un momento histórico, lamentablemente. Experimento una saudade bronca por Bernie Sanders y su legado hipotético a la vez que tallo mis partes nobles con shampoo. Imagino el Medio Oriente como una cuenca humeante; a un México sumido en una depresión irreversible.

La ventana del baño no logra opacar del todo los chillidos del caniche casto que se unen al alud de fantasías catastróficas concentradas en mi nuca. Me encuentro lejos de conciliar la tranquilidad que sigue a la aceptación; no obstante, recuerdo que el sentido del humor es lo último que se pierde y me aferro a esa máxima inmaculada. Los poodles ladran, pero la caravana avanza.