Archivo para enero 2017

Naturaleza muerta

enero 2, 2017

deer
Me encargaron un relato infantil sobre mi primer desastre natural… éste fue el resultado:

Cada año sin excepción, durante los primeros días de la primavera, mi familia y yo abordábamos el viejo Citröen para agarrar carretera rumbo a los Altos del Golán con el fin de visitar a unos viejos amigos de mis padres y así pasar una semana remojando nuestros respectivos seres en las dulces aguas del mar de Galilea. La primavera de 1984 no fue la excepción, sino una oportunidad para contemplar de primera mano el impacto destructivo de nuestra especie fallida en el medio ambiente.

 

No hay mucho que rescatar de las tres horas de trayecto que separan Ashdod del norte de Israel salvo por la obsesión de mi hermano menor por cuestionar cada acepción de la existencia y el codazo que me propinó el mayor justo en la boca del estómago por la excusa en turno; lo cual desencadenó un pleito familiar que se fue disipando conforme el locutor de la radio acentuaba sus insinuaciones de un posible atentado bacteriológico en el Acueducto Nacional de Israel. “De las ventajas del terrorismo”, callé.

 

Serpenteamos en relativo silencio las curvas que nos separaban del mar de Galilea. Una vez que rozamos las faldas de los Altos del Golán mientras surcábamos la carretera que enmarca el lago, avisté un venado que corría loma arriba seguido de sus dos crías, con esa jovialidad y despreocupación inherente a todas las criaturas que se mantienen al margen de la política. Le pregunté a mi padre si estaba dispuesto a seguirlos: petición que resultó en otro codazo de parte de mi hermano quien acto seguido se llevó el dedo índice a los labios para intentar afianzar mi silencio. Fue un intento fútil ya que mi padre había observado la acción a través del retrovisor. No chistó un segundo en estrujar los frenos con su suela. Antes de que mi madre siquiera se percatara de la referida escena de violencia intrafamiliar, los neumáticos ya estaban detenidos en la lateral y bajo una nube de tierra. Mi padre giró su torso en un pestañar para sujetar a su primogénito por la camiseta y pegar su frente a la suya. “¿Qué sucede, acaso no sientes aprecio por la naturaleza?”, le preguntó sin apartarlo mientras enfatizaba su ira con una mandíbula tiesa y unos ojos que parecían dos esferas de magma. Esperó unos segundos para cerciorarse de que no existía una respuesta a la amenaza retórica que había planteado —a la par de que mi madre hacía lo posible por restaurar la supuesta paz que antecedió a este incidente— antes de poner el auto en marcha. Tomó un atajo improvisado por una carretera angosta que se asomaba entre los pastizales y, sin perder de vista a la familia de cérvidos, hundió su pie en el acelerador para así cumplir mi capricho y marcar su autoría a toda prisa. “A ver si de cerca logras apreciarlos mejor”, añadió, desafiando a mi hermano quien se limitó a lanzarme una mirada que comunicaba represalias inmediatas. Yo le respondí desdoblando el dedo medio a un centímetro de su nariz.

 

Sobra decir que no tardamos demasiado tiempo en perder de vista a los venados. Mi padre se detuvo frente a una bifurcación para estudiar las alternativas. Optó por atravesar una reja abierta que desplegaba un camino de terracería que atravesaba grandes extensiones de colinas verdes: el hábitat idóneo de los jabalíes y de los venados que abundan en la zona.

 

Tras media hora de viaje terracería adentro y sin el menor indicio de vida silvestre en los márgenes de nuestro campo visual, mi padre decidió dar la media vuelta para emprender el viaje de regreso hacia la carretera principal. A los pocos kilómetros nos vimos obligados a detenernos nuevamente ya que mi hermano mayor necesitaba vaciar su vejiga detrás de un arbusto. Los demás aprovechamos la escala para estirar las piernas y llenar nuestros pulmones con la fauna aromática de temporada y así contemplar el mar de Galiliea que brillaba intensamente bajo el sol del mediodía. Pero la paz en Medio Oriente nunca dura el tiempo deseado. Nuestras cajas timpánicas pronto se vieron invadidas por un megáfono entrecortado por las ráfagas de viento que despeinaban las colinas. Cuando volteamos para ubicar el origen del sonido, nos topamos con un Jeep militar que venía hacia nosotros a tal velocidad que a punto estuvo de volcarse en un par de ocasiones debido a los desperfectos naturales de la terracería. Mi hermano volvió justo antes de que la defensa del vehículo se detuviera abruptamente ante nuestros pies. Antes de que la estela de polvo alcanzara a asentarse detrás del Jeep, un soldado salió disparado en dirección a mis padres.

 

“¿Están mal de la cabeza? ¿No ven que están en medio de un campo minado?”, señaló atónito a la vez que se tomaba el casco con ambas manos para subrayar nuestra imprudencia. Los semblantes de mis padres pronto adquirieron el color de la amapola mientras que mi hermano mayor, como parte de un reflejo instintivo, tanteó su zona genital para cerciorarse de que todas las piezas seguían en su lugar.

 

“¡Trépense al auto de inmediato y síganos sin desviarse un sólo centímetro!”, ordenó enérgicamente. Obedecimos del mismo modo.

 

Seguimos la patrulla militar a lo largo de un par de kilómetros antes de que ésta se detuviera y saltara otro soldado del vehículo con un chaleco antibombas para inspeccionar un chipote irregular en el camino. Todos esperamos dentro del auto en silencio absoluto salvo mi hermano menor quien seguía ventilando sus dudas existenciales, cuando de pronto y para nuestra sorpresa, la familia de venados apareció en un claro a unos treinta metros de distancia. Asomé la cabeza por la ventana para apreciar aquella escena esplendorosa lo más cerca posible. Las crías apenas y se despegaban de su madre que permanecía con el cuello erguido y sin soltarnos de su mirada atenta. Después de haber descartado que se tratara del lomo de una mina, el soldado volvió a la patrulla, no sin antes pisar un tronco carcomido por la deshidratación. El crujir de la madera fue lo suficientemente fuerte como para ahuyentar mi primer encuentro significativo con la vida salvaje.

 

Lo primero que percibí fue una chispa de luz fugaz, lodo salpicando en el aire, un leve tremor de la tierra que colmó mi sentido auditivo y la inevitable desintegración instantánea de la familia de cérvidos. Los trozos rozaban el auto emitiendo silbidos secos, cual balas perdidas. Uno de los pedazos destrozó la sirena de la patrulla. Y de pronto… un silencio abrumador, seguido por un sonido turbio cuyo origen se antojaba provenía del cielo. Y sin más efectos sonoros que yo retenga desde entonces, el rostro de la venado madre se incrustó en el parabrisas del viejo Citröen para verme de frente. La sangre caía a cuentagotas sobre el vestido blanco de mi madre cuyo semblante, al igual que el del resto de nosotros, permanecía en un sublime estado de estupefacción. Recuerdo con relativa nitidez una arteria que colgaba del cuello de esa criatura majestuosa y que derramaba el último chorro de sangre que animaba su existencia oxigenada. Lo que siguió después corresponde más a mi acercamiento con la psiquiatría clínica que a mis desencuentros ecológicos.

Anuncios