Archivo para diciembre 2016

El opio del pueblo

diciembre 12, 2016

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¿Existirá la manera de catalogar la religión como una adicción en lo que se refiere al ámbito clínico? ¿El lugar de los santos está en los podios del establishment religioso o sobre el diván? ¿La metadona será más efectiva que Dios o viceversa? Si bien este texto no pretende dar una respuesta categórica a la sentencia marxista que lo bautiza, sí busca explorar la pregunta postulada mediante aproximaciones metodológicas, desde una disciplina que pocas veces se asocia con la religión: la ciencia. Es aquí justamente donde tiene un papel decisivo la pericia de Gady Zabicky —médico psiquiatra y adictólogo, quien formó y dirigió la Clínica de Trastorno Dual dentro del Programa de Investigaciones Relacionadas con Sustancias del Instituto Nacional de Psiquiatría (INP), en México; su trayectoria académica comenzó en esa institución y continuó en la Universidad Rockefeller en Nueva York, donde se enfocó en la genética de las adicciones y las clínicas de metadona. Zabicky también forma parte del Colectivo por una Política Integral hacia las Drogas (Cupihd)—, pues se requiere de  mucha destreza para poder llevar a cabo esta frágil danza entre el rigor científico y ese halo de ambigüedad que suele rodear al esoterismo. Las palabras fueron extirpadas quirúrgicamente de una larga y suculenta conversación en torno al leitmotiv que propone el título. Todas ellas, las que se desplegarán a continuación, son autoría del doctor Zabicky:

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“La etimología de adicción se remonta a los jueces de la antigua Grecia. Interesantemente, tiene mucho que ver con el juego o, si se prefiere, con la ludopatía. Cuando alguien no podía pagar una deuda, el juez dictaminaba: ‘tú estás adictum de él’, a lo que él diga;  en otras palabras, estás sometido a su decisión. Y de allí viene esta evolución del término: estás sometido a lo que la droga o a lo que la conducta te lleva a hacer. Estás a decir o a dicho de la sustancia y de la conducta. Ahora, si nos interesa llevarlo a un ámbito más práctico, podría decir que la adicción es toda una serie de conductas y de fenómenos que le suceden a un individuo que no puede controlar su manera de consumir una sustancia o de ejercer una conducta. Pero yo creo que deberíamos de tratar de marcar una distinción desde ahora, porque vamos a tocar esta división a lo largo de la plática. Hay un mundo que se llama dependencia o adicción a las sustancias, y otro que se llama adicciones a procesos, en donde está el juego patológico, las compras compulsivas, el internet, la pornografía, etcétera, y que si bien sí existen varias cosas en común entre éstas, también tienen diferencias insoslayables, y habría que verlas de maneras distintas.

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“Hay un par de fronteras con la psiquiatría, y me gustaría empezar desde este punto, porque siento que es necesario dar este preámbulo. Uno de los grandes problemas de la psiquiatría consiste en que supuestamente los psiquiatras somos los expertos en la salud mental, pero la gran mayoría de las cosas que conocemos sobre la mente del hombre, son a través de la enfermedad mental y no de su salud. Lo cual nos lleva a cuestionarnos ¿qué es la salud mental?, ¿cómo definirla? Y esa definición ha sido muy elusiva. En especial porque hay varias cosas en la vida como la sexualidad, la religión, el arte (entre otras), en donde las fronteras no pueden ser trazadas. Hay un momento en el cual la psiquiatría choca de frente con la libertad, la otredad, el actuar de la gente, y los psiquiatras no podemos partir desde una premisa tan cuadrada como para decir que Dalí estaba loco, digo, posiblemente lo estaba, pero ¿era un loco o un genio?  La misma pregunta podría aplicarse a los dadaístas, tan solo por dar otro ejemplo. Para el Vaticano, Juana de Arco es una santa, ha sido canonizada; para los psiquiatras es un caso de estudio de esquizofrenia paranoica histérica. Entonces, acá hay una línea que no puedes trazar claramente. Hasta dónde una persona, ya sea por una fe o por un acto religioso está atravesando el umbral de la psicopatología. Si tu llevas a un danés o a un sueco un 12 de diciembre a La Villa, y les muestras a las personas que vienen hincadas sangrando de las rodillas porque están en penitencia, te dirían que eso es una locura, es un acto de autoflagelación, mientras que dentro del contexto mexicano es completamente normal. O si nosotros como mexicanos somos testigos de una ceremonia vudú y vemos cómo esta gente entra en trance y lo que les sucede; aquí en México tendríamos que hospitalizar a una persona que presentara esta conducta.

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“Desde hace unos aproximadamente 25 años contamos con un aparato conocido como Resonancia Magnética Nuclear que se ha convertido en una herramienta fundamental para las neurociencias. Porque tiene una forma de aplicarla que se denomina resonancia magnética nuclear funcional. Entonces tú puedes detectar cambios en el metabolismo del cerebro mediante ciertos paradigmas. Lo que significa que podemos tener a un sujeto vivo en un resonador, con una imagen que indica cómo está funcionando su cerebro, no en términos anatómicos, sino de cómo el cerebro está consumiendo glucosa u oxígeno. Entonces, por ejemplo, si tú le pones una fotografía de una mujer en una postura explícitamente sexual, vas a ver cómo se activan ciertas zonas del cerebro que corresponden a esta función cerebral. Esto se puede lograr con cualquier paradigma, para así, ubicar qué zona del cerebro se echa a andar con determinados estímulos. Efectivamente, si tú le tomas un estudio cerebral a las personas que llegan a estos estados de trance religioso, vas a detectar que algo muy especial ocurre en sus cerebros. La cuestión es que no es específico para el trance religioso, porque si le tomas ese mismo estudio a una persona que le están anunciando que ha sido nominada para el Óscar, vas a toparte con una imagen similar, lo mismo que si sometes a esta prueba a una madre que amamanta a su hijo por primera vez. No sé hasta dónde podemos catalogar estos estímulos como una suerte de dependencia. El hecho de que la naturaleza nos dotó con este sistema para que sintamos mucho placer al realizar ciertas actividades, está diseñado para sobrevivir como especie. Todas las demás cosas que hemos generado como humanos se montan en este circuito de la recompensa: los deportes atléticos, los juegos de azar, las drogas, etcétera. “Para pacientes dependientes a los opiáceos por un período mayor a seis meses, con un diagnóstico basado en el DSM-5*, es mil veces más efectiva la metadona que Dios. Y me refiero a ellos como dependientes en lugar de adictos, heroinómanos, cocainómanos, teporochos, etcétera, porque son pacientes dependientes a una sustancia X, y así es como se les debe de llamar siempre. Ciertamente, una gran fracción de las personas que se recuperan de un proceso adictivo, recurre a algún tipo de apoyo espiritual. Es una parte de las tradiciones, de las máximas de Alcohólicos Anónimos, que el alcoholismo es una enfermedad trifásica, entendiéndose como una enfermedad física, psicológica y espiritual. Si tú observas los doce pasos de AA, cuatro de ellos tienen que ver con el poder superior.

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“Me rehusaría a caer en la definición de alguien adicto a Dios, en cambio estoy completamente claro de que hay personas que se vuelven adictas a ciertas sustancias. Hay gente que reza todos los días, que musita brajót**, que se inclina cinco veces al día hacia la Meca, como tú quieras, pero ¿en dónde uno puede trazar esa línea?,  ¿en qué momento se vuelve una adicción? No hay una definición operativa de esto que sugieres, no la hay. Por ejemplo, alguien que se flagela en la espalda, ¿por el solo hecho de sangrar se convierte en una patología? No lo sé, porque de la misma manera al perforarte un arete o hacerte un tatuaje, implica también transgredir esta frontera física de tu cuerpo y no por ello podemos decir que estás loco. No es una respuesta categórica de ausente o presente, positivo o negativo, no puede ser de esta manera, pero sí, definitivamente podemos hablar de personas que corren 5 kilómetros diarios y que cuando dejan de hacerlo, se sienten realmente mal: no se concentran, están malhumorados, no funcionan igual, no logran conciliar el sueño. Estoy haciendo referencia a una abstinencia a una conducta, ésta es la palabra clave aquí, es la conducta lo que interesa. Y que esta conducta me genera una situación de mucho placer, es una conducta que me agrada, cerebralmente es un reforzador positivo, como le llamamos en el ámbito de la psiquiatría, y una vez que el cerebro encuentra esta fuente de estímulos, es muy difícil convencerlo de que deje de hacerlo. Entonces, efectivamente hay personas que todos los días tienen que correr para poder sentirse bien.

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Piénsalo de esta forma: todos los que hemos estado enamorados con amor apache; ese primer amor de los 17 años es algo durísimo que le sucede al cerebro (se liberan oxitocinas, endorfinas, dopaminas, encefalinas y serotoninas). Una vez más Darwin nos proveyó con esto, porque en la edad en la que debemos reproducirnos, el cerebro te hace ver a una mujer y te impulsa a no detenerte hasta embarazarla. Porque quieres que tus genes sigan adelante. Esta conducta es algo que se medía por transmisores cerebrales superpotentes. Qué es lo que sucede cuando llevas una relación increíble, en el mero hervor de un año, con la primera mujer con la que llevas una vida sexual libre y estás enamoradísimo y, de pronto, ella te dice ‘hasta aquí, gracias por haber participado’. Lo que tú sientes es un síndrome de abstinencia. No puedes dormir, sientes náuseas, estás deprimido, tiemblas, sueñas con esta mujer, que es lo mismo que le sucede al tipo que deja de beber o de meterse cocaína: sueña que sigue consumiendo las sustancias en cuestión. “De manera muy interesante no hay ningún ritual religioso del que me hables, en donde no haya una sustancia de por medio. Por ejemplo, el vino de los judíos y los cristianos, aunque sea un solo trago, pero lo que es importante resaltar aquí es la representación: es Dionisio, es Quetzalcóatl que fue corrido de su tribu por ponerse una borrachera de 50 conejos, es el peyote de los huicholes, el café de los musulmanes, cualquiera que sea, no puedes conciliar la religión sin estos elementos. “Los científicos biológicos nos encontramos frente a un problema epistemológico muy fuerte. Nos habíamos planteado en 1990 que nos íbamos a tardar siete años en esclarecer el genoma humano. Nos tardamos 10 años menos de lo previsto. Otra cosa que fue muy preocupante, casi como abrir el cofre de un auto para darte cuenta que éste no tiene motor; calculábamos encontrarnos con poco más de 110 mil locaciones, sólo para descubrir que no eran más de 30,000. Nos dimos cuenta de que nos faltaban un montón de notas. Fue cuando entendimos que la cuestión iba por la epigenética. No es que el gen A nos lleve al genotipo B, sino que el gen A + el X + el Z + el ZXB nos dan el genotipo. Y esto es tan complejo como multiplicar 30, 000 por 30,000, ése es el número de combinaciones posibles para poder explicar un genotipo.

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Lo que sabemos al día de hoy es que el gen se expresa, porque está programado para expresarse, pero que el medio ambiente también influye en cómo se expresa ese gen. Dicho de otra manera, si pudieras poner a un sujeto originario de alguna etnia africana durante 10 mil años en la Antártica, iría perdiendo la melanina. “Si le preguntas a cien adictólogos qué es una adicción, te vas a encontrar con 99 definiciones distintas. Hay maneras muy diferentes de entenderla porque hay muchas escuelas, muchas perspectivas y muchas maneras de opinar sobre ello. Quizá el factor denominador común de todas, es la noción de la pérdida de control. Entonces ¿de qué manera aplicas este concepto? En otras palabras, ¿cómo aplicas la pérdida de control sobre qué tan religioso es un individuo? Yo entendería que puedo jugar hasta darle en la madre a la economía de mi familia, o que puedo beber hasta partirle el queso a mi hígado, o que puedo fumar mariguana hasta convertirme en un hongo que no habla con nadie más que con su dealer. ¿Cómo aplicar esto a la religión? ¿En qué momento demasiada religión se puede volver algo que contribuya a que se disminuya mi funcionalidad, a que me haga daño a mí mismo, a que sufra mi cuerpo, mi matrimonio? “Para echarle otro ingrediente al caso. Surgió una corriente neurocientífico filosófica denominada The Mysterians que parte de un principio muy interesante que postula lo siguiente: si nuestro cerebro fuera tan sencillo como para comprenderlo de la misma manera como comprendemos una televisión o una computadora, no nos estaríamos haciendo las preguntas que nos hacemos. Es un oxímoron. Seríamos un robot autómata que es algo incomparable con la complejidad de nuestro cerebro.

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Siempre que pienses en las neurociencias, el fenómeno que observas, por definición, es mucho más complejo de lo que comprendes. Es decir, ¿esta zona de la dopamina tiene relación con el circuito de la recompensa? Sí, pero habría que pensarlo en términos de una sinfónica. Tú tienes 300 instrumentos, pero basta con que una sola viola esté desafinada para romper la armonía, pero tienes que contemplar a toda la sinfonía, no puedes limitarte a señalar sólo el oboe o el clarinete, esto no existe en lo que se refiere al cerebro. Uno de los lugares comunes entre la gente es pensar que los seres humanos sólo usamos un cuarto de nuestro cerebro, lo cual no es cierto. Hay momentos en los que activamos un 99 por ciento de nuestro cerebro. Al día de hoy este paradigma es irrelevante, ya sabemos perfectamente para qué sirve cada parte del cerebro. De la misma manera, podemos relacionar todo lo dicho con anterioridad a preguntas tan populares como ¿qué onda con toda esta banda como Yuri o el integrante de Control Machete que recurren al cristianismo —en estos casos específicos— para curarse?  Si tú lees los escritos de Freud, sobre todo hacia el final de su vida, en más de una ocasión menciona que todo lo que él propone, léase el psicoanálisis, va a funcionar hasta el momento en que logremos descifrar cómo funciona el cerebro. En este sentido no existe nadie más antifreudiano que el mismo Freud. Él sabía que la relevancia de sus teorías caducaría el día en que comprendiéramos la neurofisiología humana. Y eso es precisamente lo que está sucediendo. Hoy por hoy el psicoanálisis ya no cura nada, es una mera costumbre aristocrática. Hoy en día, los problemas mentales se resuelven a través de la medicina. De la misma manera que ahora nos refugiamos en AA y en el poder superior y en el ‘sólo por hoy Dios mío ayúdame para no beber’ por el simple hecho de que no contamos con una respuesta más atinada. Habrá un momento en que la vamos a tener, y ése mismo día se acabará Alcohólicos Anónimos. Ya llegará el día —y puede que éste llegue en el transcurso de nuestras vidas— en que yo pueda decirte ‘a ver, tú naciste con un genotipo que con estas células madre que vienen modificadas vas a poder volver a beberte un tequila antes de la comida’. Digo, cometeremos errores y retrocederemos y volveremos a intentarlo, pero si algo hemos aprendido de la ciencia es que podemos construir todo lo que nos proponemos, la ciencia ficción ya no existe. Estamos ubicados en un punto inédito de la humanidad. Así como tuvimos el siglo de los descubrimientos, el de la circunnavegación, la revolución industrial, etcétera, hoy en día, además de la era cibernética, nos encontramos en el siglo de la mente. Ya no estamos en pañales.

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“Otro punto importante para lograr ilustrar la gran problemática que existe en poder clasificar la religión como adicción. Imagínate un anexo de Alcohólicos Anónimos o de Narcóticos Anónimos. Estás bebiendo todo el día, estás fumando piedra todo el día, te apaño con los de la camioneta, te meto en una mazmorra y a ver cómo te va, viejo. Dentro de seis meses vas a salir sin consumir. Te vamos a dejar caer la doctrina y todo lo que ésta conlleva. Pero si hay algo de lo que estamos seguros es que una vez allí adentro, no vas a poder beber alcohol, ni fumar coca, ni apostar, ni consultar sitios pornográficos en internet. Pero ¿cómo le haces en un anexo para religiosos? Porque la religión está en la cabeza. Lo único que necesito hacer para incurrir en mi conducta es rezar. ¿Cómo caería yo en un síndrome de abstinencia? Es un constructo amorfo. Sí es cierto que ha muerto más gente a causa de la religión que por las drogas, pero por todo lo dicho anteriormente, es muy difícil catalogar la religión como una adicción”.

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