Raza y Nación

Para muchos, México es un producto uniforme: una nación definida por un pueblo nuevo surgido de las cenizas de un exótico choque cultural de proporciones históricas. Una raza única e incuestionable que canta el mismo himno y habla la misma lengua. Pero el rostro de las naciones —sean las que sean— suele ser el producto de una convergencia de mitos y leyendas premeditados que crean una ilusión óptica diseñada para ser cómodamente creíble por la mayoría.

El antropólogo Carlos Zolla —coordinador de investigación del Programa Universitario México Nación Multicultural (PUMC)— hace un breve recuento del racismo, la exclusión y discriminación que se esconden detrás de los bosquejos del proyecto de Nación mexicano.
Tomemos el caso de México a comienzos del siglo XVI. Es posible percibir dos grandes corrientes que van a estar en perpetua disputa y en muchos casos asociadas a posiciones racistas o críticas en contra de éstas. Podríamos poner a Vasco de Quiroga y Fray Bernardino de Sahagún como ejemplos de la corriente anti racista, que de paso eran anti esclavistas. En todo caso, incluso las corrientes científicas, hijas de la ilustración, van a tomar la eugenesia, la higiene, estudios de la criminalidad, etcétera, como elementos de un racismo más o menos encubierto. Creo que los Estados Nación independientes que tuvieron dominio colonial han vivido de diferente manera, pero como una constante, esta tensión entre posiciones racistas y posiciones anti racistas.
Durante el siglo XIX mexicano había quienes se inscribieron en una suerte de darwinismo claramente racista y otros que por el contrario encontraron en Darwin un elemento para analizar científicamente aspectos de la evolución que llevaban a conclusiones opuestas a éstas. Nosotros estamos impregnados de esa historia, de esa herencia. Hubo toda una fracción de evolucionismo que planteó claramente que no solamente por cuestiones culturales sino también por cuestiones biológicas, el mestizaje era un resultado positivo y superior de una herencia indígena y otra hispánica. No era ni lo uno ni lo otro, sino un nuevo producto, una raza de bronce alrededor de la cual debería de girar el concepto de Nación. Una de las consecuencias que produjo esto es el ideologema de que efectivamente este país se construyó sobre españoles e indígenas y hoy hay remanentes de eso, fundamentalmente mestizos e indígenas.
El aporte africano a la composición demográfica de México ha pasado un tanto desapercibido en los libros de historia. Hay un período de casi 100 años –durante la trata esclavista, desde finales del siglo XVI hasta los inicios del siglo XVIII– en donde por cada español entraban diez africanos, principalmente esparcidos en Veracruz, la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca y otra pequeña fracción llegó a Chiapas. Pero hubo otra migración de negros cuya historia parece obedecer a una anécdota chistosa más que a un hecho histórico. Para finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, los grandes lagos que dividen Estados Unidos de Canadá comienzan a vaciarse. Los seminoles se vieron obligados a migrar. Finalmente se instalaron en Coahuila, acompañados de esclavos negros -en todas partes se cuecen habas-. Con el tiempo, los seminoles llegan a hartarse de tanta tierra y tan poca agua y deciden volverse. Pero como para ese entonces ya había pasado 1810 y la esclavitud había sido abolida por Miguel Hidalgo, los negros dejaron que sus ex amos regresaran solos hacia territorio estadounidense.
Como el nazismo, y espero que lo que voy a decir no sea ofensivo para ciertas conciencias, también nuestras ideologías de Estado invocaron un pasado glorioso de pueblos prehispánicos. Claro, se trataba de indios muertos y el problema siempre fueron los vivos. Durante mucho tiempo se le denominaba como el ‘problema indígena’. El indigenismo de Estado tenía como propósito solucionar precisamente ese ‘problema’. Durante el siglo XIX hay fuertes polémicas en México entre un sector ilustrado, incluso positivista, que va a tener posiciones racistas claras, y pensadores político liberales que piensan que el elemento fundamental es la igualdad. Otra vez se generaron contradicciones.

Hoy, a más de cien años del nacimiento de Aguirre Beltrán —quien entre otras cosas es reconocido por su investigación de la población negra en México—, es evidente que estamos en presencia de alguien que pensaba que había que combatir la asimilación pero que sí planteaba la integración de los indígenas a la Nación, fundamentalmente por la vía del mestizaje. Hemos construido el país a partir del planteamiento de ser mestizos, portadores de una cultura nacional, en la que se apoya la solidez de la sociedad. Aun los pueblos indios —decía Aguirre Beltrán— son mestizos y portan un mayor número de rasgos mestizados que características de su pasado prehispánico. Claro, había personas mucho más reaccionarias que Beltrán; gente como José Vasconcelos.

En su libro La raza cósmica, Vasconcelos propone el prototipo racial que según él debería de ser el modelo a seguir por el resto del mundo. Significa una estirpe nueva, de síntesis, integral, definitiva, matriz, una quinta raza que funde o fusiona a todas las demás precedentes, al negro, al indio, al mongol y al blanco, hecha con el genio y con la sangre de todos los pueblos, más capaz de verdadera paternidad y de visión universal.
Uno se pregunta cómo es que durante la segunda mitad del siglo XX, señaladas por muchos diplomáticos e internacionalistas como las décadas de los derechos humanos, no intentaban reparar en los elementos de racismo. Si bien se dejó de practicar de manera sistemática en Europa, el racismo se fue haciendo más visible en las colonias”, señala Carlos Zolla. “La historia del estado mexicano es una historia de tensiones ideológicas, teóricas, políticas, científicas, culturales. Una de las herencias que nos ha dejado el priísmo es este racismo paternalista que tenemos, el que se compadece del otro. Si hay algo que caracteriza el racismo es que se mueve con estereotipos e ideologemas.

 

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