Altruismo y muerte: un médico mexicano sin fronteras

A estas alturas no debería sorprendernos el hecho de que el ojo mediático tenga una marcada debilidad por la superficialidad espectacular, que los posibles romances de Brad Pitt o las caderas de Shakira sacudan más cabezas que la hambruna o el genocidio de un pueblo anónimo e impronunciable, que los verdaderos conflictos y las catástrofes de escasa calidad fotogénica aparezcan más en las estadísticas que en las primeras planas. Si bien Gil Scott-Heron tenía razón al decir que “la revolución no será televisada”, también podríamos añadir el altruismo a esa sentencia tan dolorosamente atinada. Pero el que los reflectores estén puestos sobre los sucesos y protagonistas de fácil digestión visual no significa que el mundo haya sido despojado de toda consistencia. Aunque cada vez sean menos, todavía existen verdaderos humanistas entre nosotros.

Un joven cirujano mexicano llamado Jaime Shalkow tiene una historia marcada por la entrega y el compromiso. “Desde que tengo uso de la memoria siempre he querido ser cirujano”, admite Shalkow, como en una alusión accidental a la frase con la que Henry Hill da inicio a los Buenos Muchachos de Scorsese (si sustituimos cirujano por gángster, claro está). “Mi padre era cirujano urólogo y Jefe del Servicio de Urología en Pemex. Yo entré por primera vez a un quirófano cuando tenía cinco años. Durante la secundaria iba a todas las cirugías de mi padre y para cuando estaba en la preparatoria yo era su primer ayudante”, agrega Shalkow en referencia a la vasta trayectoria académica y laboral que comenzó formalmente en las aulas de medicina de la Universidad Anáhuac. “Para los estudiantes de medicina el servicio social comienza durante el sexto año de la carrera. La idea es enviar a los médicos a poblaciones apartadas y necesitadas. Actualmente se puede cumplir con el servicio social haciendo investigación aquí en la Ciudad de México y mucha gente escoge esta opción por comodidad, aunque yo considero que eso no es lo que el país necesita de un médico ni lo que uno como estudiante en formación requiere de experiencia para convertirse en un buen médico”, advierte Shalkow, quien de 1991 a 1992 cumplió con su año de servicio social en el poblado de Creel, en el corazón de la Sierra Tarahumara.

“En aquel entonces no había carreteras, estábamos a cinco horas en tren de Chihuahua. Trabajé en la Clínica Santa Teresita, un hospital de monjas bien armado, patrocinado por la Universidad de Utah. Teníamos mucho trabajo de medicina general, yo estaba de guardia 24 horas al día los siete días de la semana. Mi trabajo consistía básicamente en dar consulta y llevar a cabo cirugías menores. Sostuve una relación muy bonita con mis pacientes. Además de la medicina, también tuve la oportunidad de aprender tarahumara. Atendí más de trecientos partos. En algunos de estos casos iba a ver a mis pacientes a caballo, de noche, bajo la lluvia, adentro de cuevas con la luz de una vela, sin guantes y ligando los cordones umbilicales con las agujetas de un zapato. Eso era lo que había”, dice Shalkow, sereno. “Pude observar más de 250 casos de tuberculosis. Ese mismo año, el entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari aseguraba en su informe presidencial que la tuberculosis había sido erradicada del país”.

Bajó de la Sierra Tarahumara para volver al Distrito Federal e integrarse al Hospital General de México donde trabajó durante los siguientes cuatro años para seguir con su entrenamiento universitario de postgrado en Cirugía General. A partir del cuarto año de postgrado, los médicos tienen que cumplir con otro servicio social. “En mi opinión, estos servicios sociales son fundamentales, son parte de una retribución al país por lo que éste ha invertido en tu educación. Además es una buena forma para estimular tu crecimiento como médico”. Así,
Shalkow partió hacia Jalpan de Serra, en la Sierra Gorda queretana. Se instaló durante los siguientes cuatro meses en un hospital de Salubridad para convertirse en el único cirujano a 500 kilómetros a la redonda, viéndose obligado a hacer cirugías de todo tipo.

Dentro del vasto currículum de Shalkow cabe mencionar dos meses durante los cuales trabajó como voluntario en San Carlos —un hospital de monjas chiapaneco situado a dos horas de distancia de San Cristóbal de las Casas— durante el conflicto armado entre los zapatistas y el gobierno mexicano. “Yo estaba visitando a un amigo que estaba haciendo su servicio social, conocí el hospital, me encantó y decidí quedarme un tiempo. Me integré al equipo del cirujano general. Había muchos voluntarios extranjeros pertenecientes a Médicos del Mundo que evaluaban la situación del conflicto. Era un hospital netamente dedicado al cuidado de los soldados del subcomandante Marcos. Era muy interesante porque el Ejército entraba al hospital para buscar a los militantes zapatistas y nosotros los escondíamos. A veces teníamos que sacarlos a las tres o cuatro de la mañana, escondidos en sacos debajo de la camilla de la ambulancia para que no los detectaran”, cuenta con una ligera mueca de satisfacción.

Shalkow regresó a la Ciudad de México para terminar su postgrado y trabajar como cirujano en el Hospital General de México durante seis meses. Para ese entonces el doctor Shalkow se había enlistado a la asociación “Médicos Sin Fronteras”, quienes lo asignaron a Ruanda para brindar ayuda humanitaria a una región sufriendo las consecuencias del genocidio más cruento de los noventa —800 mil personas asesinadas—, producto de los conflictos étnicos y políticos entre radicales de la etnia hutu contra la minoría tutsi y los hutu moderados. “Acepté la asignación pensando que una zona de guerra sería el lugar más indicado para un cirujano”. No obstante, Shalkow tuvo que postergar su viaje después de haber ganado una de las 32 plazas anuales que el Children’s Hospital Los Angeles (CHLA) ofrece para realizar entrenamientos de posgrado en Cirugía Pediátrica. “Llevé a cabo mi entrenamiento y otra residencia más en Cirugía Oncológica Infantil en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York, considerado el mejor hospital oncológico del mundo. Al final de mis nueve años de postgrado, mi atracción hacia África no pudo esperar más”, asegura.

Mientras aceleraba los trámites administrativos para su partida, Shalkow decidió tomarse un breve descanso de la medicina y viajar a Northwood, un diminuto pueblo en las inmediaciones de New Hampshire donde trabajó como leñador durante medio año. “Escribí un proyecto de desarrollo que proponía la creación de una Unidad de Cirugía Pediátrica en el Kilimanjaro Christian Medical Center (KCMC) y lo envié a un centenar de agencias patrocinadoras. Dos de ellas aceptaron mi proyecto: American Jewish World Service (AJWS) y Catholic Medical Mission Board (CMMB), ambas neoyorquinas. Por lo general las agencias patrocinadoras no aceptan proyectos nuevos sino que distribuyen a los voluntarios a proyectos existentes que hayan mostrado su viabilidad y eficacia. Ofrecieron pagar mi pasaje y un sueldo mensual de 200 dólares que para mí parecía el salario de un magnate. Además de regalarme un curso de swahili. La CMMB me envió información acerca de Tanzania, de su población, su geografía, el sistema de salud, etcétera, para aminorar el choque cultural”. Enero de 2003 fue la última vez que los habitantes de Northwood vieron salir al médico leñador de su cabaña para desaparecer detrás de una espesa cortina de nieve.

“Fue la culminación de mi sueño de vida”, afirma refiriéndose a su llegada al Aeropuerto Internacional de Kilimanjaro. “Me estaba esperando una camioneta del hospital, me llevaron al campus hospitalario donde pasé la noche y al día siguiente me presenté en el hospital”. Algunos datos sobre el Kilimanjaro Christian Medical Center (KCMC): está ubicado en la ciudad de Moshi, diez kilómetros al sur de la frontera norte con Kenia. El hospital cuenta con 450 camas, se llevan a cabo 19 mil admisiones al año, aproximadamente 50 por día. La estancia promedio es de nueve días y tiene una ocupación de 104 por ciento. Hay aproximadamente mil 300 muertes cada año. Se atienden 103 mil pacientes anualmente por consulta externa. “Antes de llegar a Tanzania ya había recorrido 14 años de medicina, había visto sufrimiento y gente en condiciones deplorables. Sin embargo, el primer día que llegué para conocer el hospital fue la primera vez en mi vida que tuve que abandonar la visita para salir al pasillo a llorar. Nunca había visto tal grado de sufrimiento. En el ala de pediatría había en cada cuarto seis colchones en el piso, 15 mamás acostadas junto a sus niños. Un anciano con pie diabético y gangrena compartía la misma cama con un neonato de 27 días de vida con el 80 por ciento de la superficie corporal quemada. En EU mis pacientes de terapia intensiva neonatal contaban con cunas de irradiación, monitores sofisticados, computadora en cada cuna, bombas de infusión, etcétera; en KCMC mis incubadoras eran cajas de madera que tuve que improvisar con algodón y un bulbo por debajo para mantener a los niños con la temperatura adecuada”, cuenta Shalkow.

Tanzania se encuentra en la lista de los cinco países más pobres del mundo. También es uno de los que recibe mayor ayuda humanitaria del exterior. “Es zona endémica de paludismo, lepra, sida, tuberculosis, meningitis y desnutrición. Me tocó recorrer zonas de leprosos que me transportaban a Calcuta —o cualquier otra ciudad antigua—, con miles de pacientes sentados en el suelo terroso, deformes por los estragos de la lepra, pidiendo limosna”. De los 36 millones de tanzanos, 44 por ciento es menor de 14 años, lo que significa que hay casi 16 millones de niños en el país. “Durante el tiempo que yo estaba en Tanzania, éramos solamente seis cirujanos pediatras en todo el país. El resultado es un cirujano pediatra por cada 2.66 millones de niños. La expectativa de vida en Tanzania es de 44 años para los hombres y 46 años para las mujeres. La incidencia de VIH a nivel nacional es de 7.8 por ciento. En KCMC, por ser un centro de referencia, 26 por ciento de mis pacientes pediátricos eran VIH positivos”.

El doctor Shalkow pasó tres meses en el Children United Rehabilitation Effort (CURE) de Uganda para entrenarse en los procedimientos neuroquirúrgicos que tenía que llevar a cabo en el KCMC debido a la falta de especialistas. El CURE es una compañía basada en Filadelfia, EU, que se dedica a construir hospitales pediátricos de alta tecnología en las zonas más marginadas del mundo. Trabajó con el doctor Ben Warf —neurocirujano pediatra entrenado en el Boston Children’s Hospital, quien opera gratuitamente a más de 600 niños cada año— en Mbale: un poblado de apenas mil habitantes en el norte de Uganda, en plena zona de conflicto donde los rebeldes sostenían luchas étnicas. “Era muy impresionante ver a las dos comunidades de rebeldes que en otro momento se mataban entre sí, formados paciente y pacíficamente en una misma fila afuera del hospital. Mi única interacción con ellos fue dentro del hospital. Me platicaban sobre el odio étnico, los ultrajes de las comunidades y las quemas de chozas”.

Dentro de los proyectos en los que participó Shalkow durante el año y nueve meses que estuvo en África está su experiencia con la compañía Flying Doctors, una rama de Amref (African Medical Research Foundation) fundada por el doctor Michael Woods: un cirujano militar británico de la Segunda Guerra Mundial. Woods vivió muchos años en Kenia y viajó en su avión a las comunidades más remotas para ofrecer servicios quirúrgicos. Actualmente, Flying Doctors realiza 350 viajes al año por todo el este de África. Jaime Shalkow nos habla sobre las agendas secretas y la corrupción que reina este paisaje desolador en el que conviven espíritus altruistas con el oportunismo empresarial y político. “El KCMC es un hospital público manejado por el gobierno y una organización supuestamente no lucrativa: The Good Samaritan Foundation. En realidad la fundación, como otras del mismo perfil, no hace honor a su nombre, hay muchos intereses encontrados. Existen muchas universidades con gran potencial económico para la investigación debido a la enorme cantidad de patologías concentradas en la zona. Para dar un ejemplo, está el Malaria Research Project que es un trabajo conjunto entre Harvard y Oxford que tienen un edificio de 3 millones de dólares, todo ese dinero dirigido exclusivamente a la investigación, dinero que no se aplica para el tratamiento de los pacientes. En ocasiones se hacían donaciones de tratamientos para sida y uno podía encontrar médicos vendiendo el tratamiento por 300 dólares. Mucho del dinero que entra para los servicios sanitarios se desvía a los bolsillos de los políticos quienes lo gastan en oficinas lujosas y en limosinas. Todos los hijos de los directivos del hospital estudian en universidades europeas mientras que ni siquiera existen recursos para el tratamiento de los pacientes”, asegura, un tanto desanimado. “Existen los recursos humanos y económicos suficientes como para poder ofrecer una vida mejor a millones de personas que viven azotadas por la pobreza y la enfermedad. Cumplir con esto es el reto de la profesión médica, siguiendo los ideales que profesamos y con los cuales nos comprometimos al embarcarnos en el largo camino de los estudios médicos. La falla está en la distribución de los recursos. Invertimos millones de dólares en tecnología cada vez más sofisticada, pero sólo disponible para unos cuantos. Sé que no vamos a lograr cambiar el mundo, pero lo que sí podemos es disminuir el sufrimiento innecesario”, dice. En 2004 el doctor Shalkow decidió dejar atrás el Kilimanjaro para regresar al Distrito Federal. “Pensé que si continuaba allá seguiría haciendo el mismo tipo de medicina, así que decidí regresar a México con el propósito de aprender lo máximo posible para poder servir mejor en un lugar como Tanzania”, afirma. A pesar de su currículum, Jaime tardó dos años antes de poder conseguir trabajo en México. Actualmente el doctor Shalkow es el Jefe de Servicio de Cirugía Oncológica del Instituto Nacional de Pediatría, y el profesor titular del curso de postgrado universitario en Cirugía Oncológica Pediátrica y de Preservación de Órganos.“Me gustaría terminar mi carrera profesional en África. Como dicen los extranjeros arraigados al Continente Negro, ‘fui picado por el insecto’, me enamoré perdidamente del lugar. Mi sueño es construir un hospital rural ecológico que cuente con la tecnología médica más avanzada; un hospital quirúrgico para niños que dé atención gratuita a la población necesitada. Siento que mi obligación social está con los niños del mundo y no necesariamente con los niños mexicanos o tanzanos, sino con los más necesitados”, concluye.

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5 comentarios en “Altruismo y muerte: un médico mexicano sin fronteras”

  1. Salvador Says:

    Buenísima semblanza de un extraordinario personaje. Larga vida al doctor Shalkow, un gigante del corazón.


  2. Gracias por compartir este perfil.


  3. comparto la realidad aqui planteada y mis respetos por su altruismo y valor al hacer esta narración. gracias por existir y ser como es, por hacer realidadad el de tener menos seres humanos sufriendo.

  4. Jorge Padilla Says:

    El Doctor Jaime Shalkow Klincovstein, desde hace algunos años atiende a mi hijo de una tumoración en su lengua ya estamos en la fase intermedia del tratamiento. Recuerdo que iniciado nuestro proceso, no encontrábamos un médico que nos diera un diagnóstico satisfactorio. Tuvimos que viajar al DF al INP. Donde estaba lo selecto de México en el tema. Varios doctores lo revisaron y no supieron a ciencia cierta de que se trataba. Hasta que apareció este médico. Simplemente al verle, comentaba con mi esposa, sentí tranquilidad. Ha llevado a mi pequeño Dante por un camino cierto y seguro. Es cierto, existen ángeles sin alas.

  5. andres lopez villanueva Says:

    el doctor jaime es un angel mandado por dios para curar a los angelitos que estan emfermos yo simplemente no tengo las palabras necesarias para poder decir con exactitud lo bueno, humano ,inteligente maravilloso amigable esepcional que es cuando lo conocimos simplemente al berlo al mirarlo sientes una gran tranquilidad es la persona correcta con la que tienes que llegar el opero a mi hijo orlando en varias ocasiones del cuello ya que tenia un tumor en el cuello producto de una emfermedad llamada nem 2. no tenia muchas esperanzas de vida y fue la unica persona en la que yo crei y asta el dia de hoy sigo creyendo en el mi ticher como yo le llamo es simplemente un angel mandado por dios ami no gustaria que el se fuera ya que mi hijo mi hija mi esposa y yo dependemos fisica y moralmente de el saludos y abrasos de orli mari andrea andres con mucho cariño para mi gran ticher


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