Archivo para julio 2013

Raza y Nación

julio 31, 2013

Para muchos, México es un producto uniforme: una nación definida por un pueblo nuevo surgido de las cenizas de un exótico choque cultural de proporciones históricas. Una raza única e incuestionable que canta el mismo himno y habla la misma lengua. Pero el rostro de las naciones —sean las que sean— suele ser el producto de una convergencia de mitos y leyendas premeditados que crean una ilusión óptica diseñada para ser cómodamente creíble por la mayoría.

El antropólogo Carlos Zolla —coordinador de investigación del Programa Universitario México Nación Multicultural (PUMC)— hace un breve recuento del racismo, la exclusión y discriminación que se esconden detrás de los bosquejos del proyecto de Nación mexicano.
Tomemos el caso de México a comienzos del siglo XVI. Es posible percibir dos grandes corrientes que van a estar en perpetua disputa y en muchos casos asociadas a posiciones racistas o críticas en contra de éstas. Podríamos poner a Vasco de Quiroga y Fray Bernardino de Sahagún como ejemplos de la corriente anti racista, que de paso eran anti esclavistas. En todo caso, incluso las corrientes científicas, hijas de la ilustración, van a tomar la eugenesia, la higiene, estudios de la criminalidad, etcétera, como elementos de un racismo más o menos encubierto. Creo que los Estados Nación independientes que tuvieron dominio colonial han vivido de diferente manera, pero como una constante, esta tensión entre posiciones racistas y posiciones anti racistas.
Durante el siglo XIX mexicano había quienes se inscribieron en una suerte de darwinismo claramente racista y otros que por el contrario encontraron en Darwin un elemento para analizar científicamente aspectos de la evolución que llevaban a conclusiones opuestas a éstas. Nosotros estamos impregnados de esa historia, de esa herencia. Hubo toda una fracción de evolucionismo que planteó claramente que no solamente por cuestiones culturales sino también por cuestiones biológicas, el mestizaje era un resultado positivo y superior de una herencia indígena y otra hispánica. No era ni lo uno ni lo otro, sino un nuevo producto, una raza de bronce alrededor de la cual debería de girar el concepto de Nación. Una de las consecuencias que produjo esto es el ideologema de que efectivamente este país se construyó sobre españoles e indígenas y hoy hay remanentes de eso, fundamentalmente mestizos e indígenas.
El aporte africano a la composición demográfica de México ha pasado un tanto desapercibido en los libros de historia. Hay un período de casi 100 años –durante la trata esclavista, desde finales del siglo XVI hasta los inicios del siglo XVIII– en donde por cada español entraban diez africanos, principalmente esparcidos en Veracruz, la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca y otra pequeña fracción llegó a Chiapas. Pero hubo otra migración de negros cuya historia parece obedecer a una anécdota chistosa más que a un hecho histórico. Para finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, los grandes lagos que dividen Estados Unidos de Canadá comienzan a vaciarse. Los seminoles se vieron obligados a migrar. Finalmente se instalaron en Coahuila, acompañados de esclavos negros -en todas partes se cuecen habas-. Con el tiempo, los seminoles llegan a hartarse de tanta tierra y tan poca agua y deciden volverse. Pero como para ese entonces ya había pasado 1810 y la esclavitud había sido abolida por Miguel Hidalgo, los negros dejaron que sus ex amos regresaran solos hacia territorio estadounidense.
Como el nazismo, y espero que lo que voy a decir no sea ofensivo para ciertas conciencias, también nuestras ideologías de Estado invocaron un pasado glorioso de pueblos prehispánicos. Claro, se trataba de indios muertos y el problema siempre fueron los vivos. Durante mucho tiempo se le denominaba como el ‘problema indígena’. El indigenismo de Estado tenía como propósito solucionar precisamente ese ‘problema’. Durante el siglo XIX hay fuertes polémicas en México entre un sector ilustrado, incluso positivista, que va a tener posiciones racistas claras, y pensadores político liberales que piensan que el elemento fundamental es la igualdad. Otra vez se generaron contradicciones.

Hoy, a más de cien años del nacimiento de Aguirre Beltrán —quien entre otras cosas es reconocido por su investigación de la población negra en México—, es evidente que estamos en presencia de alguien que pensaba que había que combatir la asimilación pero que sí planteaba la integración de los indígenas a la Nación, fundamentalmente por la vía del mestizaje. Hemos construido el país a partir del planteamiento de ser mestizos, portadores de una cultura nacional, en la que se apoya la solidez de la sociedad. Aun los pueblos indios —decía Aguirre Beltrán— son mestizos y portan un mayor número de rasgos mestizados que características de su pasado prehispánico. Claro, había personas mucho más reaccionarias que Beltrán; gente como José Vasconcelos.

En su libro La raza cósmica, Vasconcelos propone el prototipo racial que según él debería de ser el modelo a seguir por el resto del mundo. Significa una estirpe nueva, de síntesis, integral, definitiva, matriz, una quinta raza que funde o fusiona a todas las demás precedentes, al negro, al indio, al mongol y al blanco, hecha con el genio y con la sangre de todos los pueblos, más capaz de verdadera paternidad y de visión universal.
Uno se pregunta cómo es que durante la segunda mitad del siglo XX, señaladas por muchos diplomáticos e internacionalistas como las décadas de los derechos humanos, no intentaban reparar en los elementos de racismo. Si bien se dejó de practicar de manera sistemática en Europa, el racismo se fue haciendo más visible en las colonias”, señala Carlos Zolla. “La historia del estado mexicano es una historia de tensiones ideológicas, teóricas, políticas, científicas, culturales. Una de las herencias que nos ha dejado el priísmo es este racismo paternalista que tenemos, el que se compadece del otro. Si hay algo que caracteriza el racismo es que se mueve con estereotipos e ideologemas.

 

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Superhéroes

julio 29, 2013

Pintura

Sin importar dónde nacimos, si tuvimos o no acceso a la literatura, la radio, o la tele; si decidimos profesar alguna religión o conducirnos por la vida dentro de la elasticidad agnóstica o las ecuaciones ateístas, todos y cada uno de nosotros hemos estado expuestos a la noción y a la figura del superhéroe. Algunos incluso llegamos a encarnarlos en nuestros sueños o al menos jactarnos de la existencia de aquella figura incorruptible, sobresaliente por sus habilidades sobrehumanas que opaca al resto de los mortales para convertirse en el único objeto de fe donde la humanidad deposita su mirada esperanzada para lograr salvarse de sí misma. Ya sea gracias a una gran convicción ideológica, a poderes sobrenaturales o a la capacidad de crear milagros y de ejecutar acciones físicamente imposibles, todos ellos se han ganado nuestro respeto y admiración por combinar sus deslumbrantes poderes con una actitud benévola y protectora hacia nosotros, los mortales comunes y corrientes. Aun si los despojáramos de sus simbolismos religiosos e imperialistas, no podríamos poner en duda las cualidades superheroicas de nuestros protagonistas.

Nuestro primer superhéroe aparece 1,200 años aC., cuando una cesta se balanceaba sobre las aguas turbulentas del Río Nilo —bajo la supervisión de su hermana Miriam— esquivando los hocicos puntiagudos de los cocodrilos y las miradas atentas de los soldados del Faraón que buscaban matar a todos los descendientes varones de sus esclavos hebreos. El otro protagonista de nuestra historia no escapaba precisamente de una limpieza étnica, pero también estaba huyendo de una muerte segura: del Apocalipsis de su natal Kripton. A pesar de que esto sucedía dos milenios después y que la nave espacial del pequeño Kal-El estaba compuesta por materiales infinitamente más sofisticados que un amasijo de chapopote con hoja de palma, la idea era esencialmente la misma. Tanto el científico líder de Kripton Jor-El y la ex-astronauta Lara Lor-Van, como la esclavizada Iojebed se vieron obligados a depositar a sus hijos a la merced del azar, confiados en que así sus bebés contarían con mejores posibilidades de supervivencia.
El futuro príncipe egipcio, profeta e ícono indiscutible del monoteísmo entró por la puerta grande —nada menos que de la mano de la hija del Faraón—, mientras que el destino del hijo intelectual de Joe Shuster y Jerry Siegel (apropiado por DC Comics) fue menos glamoroso; el sonriente kriptoniano cayó dentro de los límites de Smallville, Kansas —aunque el pueblo es ficticio no debía sorprendernos que esté ubicado dentro de los “estados rojos” republicanos— ante los pies de Jonathan y Martha Kent, una pareja de granjeros estadunidenses que si bien no podían darse el lujo de bañarlo con leche como a su semejante egipcio, sí lograron nutrirlo con el amor, los buenos modales y los valores que sólo un buen hogar norteamericano y anglosajón puede proveer.

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Una diferencia entre ambos radica en su evolución sentimental. Moisés pasa de ser un adolescente caprichoso e insensible a asumir el rol de protector contestatario sólo después de verse reflejado en la alteridad, a partir de que se identifica y se siente parte de un grupo étnico definido y perseguido. Eso fue lo que detonó su empatía y lo que lo condujo a distinguir claramente entre una víctima y un opresor. Superman, en cambio, es un personaje perfectamente estático en lo que se refiere a la evolución de su juicio. El hijo biológico de Jor-El es un filántropo de cepa, un ser de valores inamovibles que actúa con la convicción de quien se sabe el portador indiscutible de la verdad. Podemos decir que el “Hombre de Hierro” es una especie de ángel caído —aunque cabe mencionar que a diferencia del irreverente Lucifer, el kriptoniano de la sonrisa Colgate no fue rechazado sino más bien inducido a la migración. Además, Superman se distingue de Moisés por el hecho de ser un agente libre, por no tener la obligación de rendir cuentas ante un poder o un ser supremo simplemente porque él es en sí una semideidad. No sería completamente descabellado aventurar la idea que el “Hombre del Mañana” es el prototipo de un onanismo fascista inspirado en algunos pasajes de la Biblia y de la mitología griega. Aun así, estas pequeñas discrepancias no logran desdibujar las enormes similitudes que existen entre nuestros superhéroes.
Según la versión televisada Smallville*, Superman y Lex Luthor sostuvieron una amistad durante su infancia, lo mismo que Moisés y Ramsés. El judío-egipcio y el kriptoniano-estadunidense vivieron en carne propia la decepción de ver cómo sus relaciones con el nuevo Faraón y con Lex Luthor, respectivamente, caían en una violenta devaluación debido a las enormes diferencias ideológicas que acabaron por dividirlos en bandos opuestos. Pero esta ruptura era completamente necesaria para su estrellato: un superhéroe sin su Némesis no es más que un puritano militante, o en su defecto, un tirano anónimo.

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La lista de analogías es aún más extensa. Tanto el ex príncipe egipcio como el alienígena-de-los-calzoncillos-dolorosamente-ajustados se ven profundamente aturdidos al descubrir su verdadero origen. Ambos se retiran de su entorno social —Moisés se adentra en el desierto, Superman se encierra en su estéril Fortaleza de la Soledad— para meditar, cada cual a su manera, sobre las nuevas bifurcaciones existenciales que se interponen en sus caminos. Los dos experimentan una epifanía —ya sea gracias a la manifestación de dios a través de la Zarza ardiente o por los sabios consejos de los fantasmagóricos familiares kriptonianos— antes de regresar a la sociedad para cumplir con su vocación verdadera y obedecer a un destino divino.
Las razones por las que dios ordenó a Moisés regresar y asumir abiertamente su identidad ante sus semejantes hebreos cumplen con un propósito evidente: un rebaño necesita de un líder definido. Superman nunca asumió el papel de superhéroe de tiempo completo frente a los ciudadanos de Metrópolis ya que sus creadores buscaban lograr otro efecto. El torpe reportero del Daily Planet es el rostro anónimo que compone la bipolaridad de Superman, su única manera viable para poder coexistir con los mortales. En el fondo eso no es más que una forma de manifestar y ventilar la misantropía de uno de los superhéroes que sobresalen por promover un discurso políticamente correcto. Quentin Tarantino lo explica de manera exquisita a través de David Carradine en Kill Bill II. “La mitología de Superman no sólo es grande sino única […] Una de las constantes dentro de las mitologías de los superhéroes es que todo superhéroe tiene su alter-ego. Batman es Bruce Wayne, Spiderman es Peter Parker. Cuando ese personaje despierta por la mañana es Peter Parker. Tiene que disfrazarse para convertirse en Spiderman. Ésa es la característica que hace que Superman resalte por encima del resto […] Superman nació siendo Superman. Cuando despierta por la mañana sigue siendo Superman. El alter-ego de Superman es Clark Kent. Su vestimenta, la que tiene esa gran Ese roja grabada encima, ésa es la sábana en la que fue envuelto cuando era bebé, es su ropa. ¿Con qué se viste Kent?, con los anteojos y un traje de negocios. Ése es el disfraz que usa Superman para mezclarse entre nosotros. Clark Kent es la manera en la que nos ve Superman. Y ¿cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, se tiene poca confianza, es un cobarde. Clark Kent es la crítica de Superman hacia toda la raza humana”.

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En ese sentido Moisés es mucho más consecuente. Desde un principio entiende y asume su superioridad, trazando una clara línea divisoria entre el pópulo y su persona. Ahora bien, no podemos hablar de los superhéroes sin mencionar sus superpoderes. Dentro del arsenal de superpoderes con los que cuenta Superman está la fuerza bruta suficiente como para poder cargar un Boeing 747, la capacidad de volar a velocidades supersónicas con tan sólo estirar el brazo, dar marcha atrás al tiempo y disparar rayos láser a través de las pupilas, entre muchos otros.
El currículum de Moisés es igualmente impresionante. El profeta de barba y cabellera alborotada, poseedor de una mirada severa y penetrante, impuso las diez plagas sobre los egipcios, sacó agua de una roca golpeándola con su bastón, partió el Mar Rojo en dos alzando los brazos sin derramar una sola gota de sudor, etcétera. Pero todos estos superpoderes se quedan cortos si los comparamos con su inigualable capacidad persuasiva, la misma con la que logró convencer a un pueblo entero de vagar por el desierto durante cuatro décadas, acallando varias sublevaciones en el camino. En realidad es fácil respaldar una promesa cuando se cuenta con efectos especiales dignos de una producción hollywoodense de alto presupuesto, patrocinados por un dios que no pestañea frente a la posibilidad de castigar la desobediencia con sangre y dolor.
Vamos a desenmarañar a nuestros protagonistas para poder explicar el impacto que uno de ellos ha tenido sobre la religión y el simbolismo del otro dentro de la cultura popular. Es cierto que el cristianismo y el Islam reconocen la importancia de Moisés —tanto el Corán como el Nuevo Testamento lo mencionan con frecuencia—, pero cabe aclarar que aunque su nombre nos remita inmediatamente a ese pilar e impulsor del monoteísmo**, quienes se vieron mayormente influidos por él fueron los judíos. Se puede decir que Moisés es el Ombudsman del judaísmo. Cada denuncia y castigo que Moisés dirigía en contra del Imperio Faraónico era una bocanada de aire que ensanchaba el cuerpo de un pueblo que adquiría una forma bien definida. Moisés le dio al judaísmo identidad y tierra: una nacionalidad.
No es una coincidencia que el superhéroe de mayor renombre en el mundo surgió durante una época que supuraba una potente dosis de miseria y violencia, poco antes de que estallara uno de los conflictos bélicos más cruentos de la historia. Desde su creación en 1938, Superman se convirtió en una herramienta propagandística sumamente accesible para la difusión del patriotismo estadunidense. Antes de que Estados Unidos se involucrara en la Segunda Guerra Mundial, la lucha de Superman estaba enfocada en los conflictos internos del país. No mucho tiempo después del ataque japonés a Pearl Harbor, el alienígena anglosajón luchó contra los nipones —aunque sin poder derrotar la xenofobia—, el Ku Klux Klan y una extensa gama de dictadores. Los años cincuenta y sesenta lo tenían ocupado contra la amenaza alienígena y así, sucesivamente, el Hombre del Copete Inalterable se ha renovado para enfrentar con valentía y convicción cada uno de los problemas que han atentado en contra del estilo de vida norteamericano para convertirse en un auténtico seudomesías reciclable.
Y es que el grosor de la línea que distingue la religión de la ficción se mide desde la subjetividad individual. No obstante, si logramos poner a un lado las susceptibilidades teológicas, nadie puede negar la enorme calidad literaria que sostiene a estos grandes personajes, protagónicos dentro de nuestra conciencia colectiva.

*La primera aparición de Superman fue en 1938 en las páginas de Action Comics. La historia de este personaje varía drásticamente desde las primeras versiones de las historietas, hasta las adaptaciones a las series de tele y el cine.
** “El primer experimento de monoteísmo del que se tiene constancia se produjo en el antiguo Egipto en el siglo XIV, bajo el reinado de un faraón llamado Ajenatón, y es probable que los israelitas tomaran la idea de los egipcios”. (Kirsch, Jonathan. Dios contra los dioses. Barcelona: Ediciones B. 2006).

Tali Fahima contra el establishment [Día Siete]

julio 23, 2013

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A pesar de vivir en un mundo dominado por la apatía y la frivolidad, en el que se promueve y celebra la ignorancia por encima del razonamiento y la integridad; un mundo atiborrado de insaciables campañas publicitarias y manipulaciones mediáticas que se han encargado de atrofiar el sentido común colectivo con la ilusión de la objetividad y la justicia, llevados de la mano por el maniqueísmo y una gama infinita de consignas vacuas; a pesar de todo esto y para nuestra fortuna, aún podemos encontrarnos con personas que se resisten a esta avalancha y sobresalen para encarnar la entereza y el coraje. Tali Fahima: una ciudadana israelí cuya valentía e individualismo férreo la llevaron a traspasar cada una de las fronteras que se han interpuesto en su camino para enfrentar la verdad oculta detrás de la política, el odio y la desgracia humana, componentes de uno de los conflictos más prolongados de la historia reciente.

Tali Fahima no encaja dentro del perfil del activista de paz israelí, más allá de que Fahima afirma de manera rotunda su desvinculación de cualquier bandera política y que sus acciones son producto directo de sus propias convicciones. Existen varios elementos en su pasado y su formación ideológica que logran añadir un toque más de exclusividad a su historia. Tali nació en Quiriat Gat (poblado situado al sur de Israel), hija de una familia de bajos recursos originarios de Argelia. Este dato es relevante tomando en cuenta que la mayoría de los judíos de origen mizraji1, y sobretodo aquellos que pertenecen a una clase socioeconómica frágil, son partidarios de la derecha casi por default. La familia de Fahima no es la excepción. Tali fue educada para creer que los “árabes no deberían de estar en esta tierra”.

Como la mayoría de los ciudadanos israelíes, Fahima cumplió con su servicio militar. Ella votaba por el Likud (partido centroderechista) e incluso dio su voto a Ariel Sharón en las elecciones de 2002. Tali se considera una “adicta a las noticias” y fue precisamente esa curiosidad insaciable por la información lo que aceleró su propio proceso de cambio. Fahima decidió explorar la red para acceder a fuentes de información alternativas “para darse cuenta de que había muchos vacíos en —su— información, cosas que no enseñaban en los medios israelíes”. En julio de 2003 se encontró con una entrevista —concedida a Ynet— a Zakariya Zubeidi: líder de las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa2 en Cisjordania, quien para ese entonces era el hombre más buscado en Cisjordania por el SSG3 y había logrado esquivar varios intentos de asesinato dirigidos en su contra. En esa entrevista, Zubeidi, de 28 años, expresaba su desacuerdo con el Hudna (cese al fuego) impuesto por el Hamás y el Jihad Islámico bajo la presión de la Autoridad Palestina. “Estamos dispuestos a llegar a una paz verdadera, pero así como Sharón quiso demostrar su hombría en Jenin, a ver si es igual de hombre con el proceso de paz, sólo entonces las cosas podrían funcionar”, expresó el joven militante. Intrigada por las declaraciones de Zakariya, Tali logró obtener sus datos y contactarlo. Ambos sostuvieron una larga conversación dedicada a la ocupación y la paz.

Antes de continuar es necesario hacer un hincapié en la historia de Zakariya Zubeidi. Quien era uno de los líderes militantes palestinos más renombrados es en realidad hijo de una familia pacifista. La casa de los Zakariya era un punto de encuentro entre pacifistas palestinos e israelíes. Su madre era una conocida activista por la paz que abrió las puertas de su hogar para el grupo de teatro —compuesto por niños palestinos— dirigido por ella y Arna Mer-Khamis,4 proyecto que vio su fin en 1997, dos años después de que Arna falleciera. En 2002, durante la operación “Escudo Defensivo”, el EDI bombardeó la casa de los Zakariya matando a su madre y a su hermana, engendrando así el nacimiento de un guerrero: a partir de ese momento Zubeidi juró nunca soltar las armas, enfocando gran parte de su enojo hacia los activistas de izquierda israelíes, quienes nunca le ofrecieron sus condolencias.
Tres meses después de aquella conversación entre ambos, Tali hizo lo que muchos ciudadanos israelíes considerarían un suicidio. Una curiosidad alimentada por un gesto profundamente humano condujo a Fahima a través de los retenes militares e ideológicos hasta el núcleo del campo de refugiados de Jenin (Cisjordania) para encontrarse con uno de sus militantes más férreos y atestiguar con sus propios ojos las condiciones en las que vive el otro protagonista del conflicto. Zakariya —acompañado de su gente— mostró a Tali las heridas abiertas de la ocupación en un recorrido a lo largo y ancho de las calles de un Jenin azotado por décadas de guerra. Poco después de haber sido recibida en casa de Zakariya por su esposa y su recién nacido, uno de los hombres de Zubeidi llegó para informarle que el EDI había impuesto un toque de queda con el propósito de encontrar a la ciudadana israelí que había entrado a Jenin por la mañana. Fahima —con la intención de cumplir su objetivo: experimentar en carne propia la otra cara del conflicto— decidió quedarse. Su decisión fue respetada por Zakariya, quien a pesar de reparar en las posibles consecuencias no titubeó en agilizar el traslado de Tali a casa de su hermana, donde la joven israelí pasó la noche: una noche que mitigaba los residuos de sus prejuicios con el transcurso de los segundos. Durante la madrugada y después de haber compartido el café junto a su anfitriona, Tali se despidió de Zakariya, de Jenin y de aquella joven israelí de Quiriat Gat cuyas creencias y convicciones habían sido sacudidas violentamente para desvanecerse en el olvido. Consciente de que su vida no volvería a ser la misma, Tali caminó hacia el retén militar donde fue detenida hasta la llegada de los oficiales del EDI, quienes se abalanzaron sobre ella con una andanada de interrogatorios.

Tali había conseguido llamar la atención del SSG. No obstante, Fahima viajó a Jenin en repetidas ocasiones e incluso llevó a cabo un proyecto en el campo de refugiados con niños palestinos para ofrecerles actividades extraescolares. En 2004 se había ejecutado el tercer intento de asesinato en contra de Zubeidi. Zakariya recibió una bala en el hombro pero nuevamente logró esquivar la muerte, las dos personas que estaban junto a él no corrieron con la misma suerte. Tali Fahima, en marzo de ese mismo año y en la que fue su primera aparición ante el público israelí, declaró ante los medios de comunicación sus intenciones de permanecer al lado de Zakariya para convertirse en su “escudo humano”. “Esta persona es digna de ser protegida. No conozco a toda Palestina —explicó en la entrevista que concedió a la revista israelí H’air—. Protegeré a aquellos que conozco.” Estas declaraciones representaban un atentado directo en contra de la “política de asesinatos” del sistema político y defensivo del Estado. Al entreponer su persona entre el Estado y el enemigo Tali había logrado situar la realidad palestina e israelí bajo un mismo plano, para así poner al descubierto los verdaderos parámetros que usa el aparato político para medir el valor humano. Es muy probable que eso haya sido lo que consiguió irritar tan profundamente al SSG como para desatar una guerra política, ideológica y legal en contra de Fahima. Los rumores de un posible romance entre Tali y Zubeidi no se hicieron esperar —más allá de que ambos lo hayan descartado en innumerables ocasiones— con el propósito de desacreditar la motivación detrás de sus acciones. Lograron armar un caso en su contra apoyándose de cargos por demás dudosos para llevarla a juicio. Tali fue condenada a tres años en la prisión Ayalón en Ramle. Pasó un año en aislamiento y otro año y medio en la “población general” antes de ser liberada el 3 de enero de 2007 por buena conducta.
Antes del proceso que la llevó al encuentro con Zakariya “formaba parte de la burbuja y del sistema, como todos. Antes no existía el pensamiento independiente. Hoy por hoy me considero una mutación del sionismo. Yo crecí como la mayoría, como parte del rebaño y del lavado de cerebro colectivo. Vengo de una familia derechista. El proceso se dio debido a una maduración personal, la edad y las metas cambiaron; viene de un entendimiento profundo de que aquí existe una guerra en contra de la libertad. Porque todo lo que hay aquí es una ficción: tanto la libertad como el país”.

“Primero que nada, uno tiene que recurrir al pensamiento individual, luego preguntarse las preguntas correctas y después aprender a lidiar con la realidad. Puedo entender la dificultad de las personas en confrontar esta realidad. Es muy difícil llegar y decir: yo formo parte de la ocupación. Uno no necesariamente tiene que estar armado para formar parte de ésta, y todos nosotros la respaldamos. Pienso que todos estos conflictos están inculcados en la sociedad israelí.”

“Los medios de comunicación son justamente un espejo que refleja lo que sucede en el país. A mí me pintaron como una terrorista, más allá de la tanda de chismes que abundaron.
Sobra decir que el proceso jurídico fue despreciable. Yo esperaba un debate legal o al menos relevante, pero era obvio que se trataba de un caso político. Les era muy difícil ocuparse de las preguntas verdaderas. Fue un proceso conducido de la mano del SSG quienes utilizaron todo su poder para imponer la presión necesaria en mi caso. Estoy muy decepcionada con el sistema jurídico. Terrorismo fue una de las palabras estrella en el caso. Los cargos por los cuales me condenaron fueron: contacto con un agente externo y venta de información para el bien del enemigo.”

“Obviamente los palestinos me han apoyado. Las reacciones por parte de los israelíes han sido variadas. Desde la admiración hasta el odio. No cabe duda de que esta historia ha despertado algo. Me han tachado de traidora, además de otras consignas que he absorbido. Pero eso es irrelevante.
Claro que mi vida ha cambiado a partir de entonces. Si antes buscaba llevar a cabo una carrera pues ahora está claro que mis metas son otras. Hoy por hoy soy una persona fichada por las autoridades. Me es mucho más difícil maniobrar, soy una persona pública, he perdido la privacidad. No te voy a decir que es fácil.
Hasta hace unos días —el 6 de noviembre para ser exactos—, mi estatus era el de una persona en libertad condicional.

“Debido a la ocupación, los niños de Jenin estudian sólo cuatro horas al día. La idea era construirles un margen en el que pudieran hacer la tarea, leer, y básicamente mantenerlos ocupados después del horario escolar. Desgraciadamente no se me permitió terminar el proyecto. Me vi obligada a enfrentar al Estado por todo esto.”

“El estatus de Zakariya ha cambiado. Ya no está en la lista de los más buscados. Sí, creo que mi encuentro con él ayudó, pero por otro lado todos nuestros amigos ya están bajo tierra. Fue un éxito efímero. Zakariya está a salvo, pero ¿qué me dices del resto?
No cabe duda de que mi encuentro con Zubeidi le aportó en algo en cuanto a su manera de vernos a nosotros. Él suele decir: quien viene armado hacia mí, lo recibiré armado, y quien me extiende la mano le extenderé mi mano. Zakariya no tiene ningún problema con los judíos, su conflicto es contra la ocupación. En una entrevista leí que dijo que su encuentro conmigo definitivamente le ayudó a entender que hay más gente como yo en Israel. Creo que nuestro encuentro en sí creó una especie de puente poco común, al menos dentro de los parámetros del entendimiento general, aunque en mi opinión no debe de ser así. Todo lo que está fuera del mainstream es mal visto por la sociedad israelí.”

“El sionismo, este lugar y el propio establishment han fracasado. Tanto en el ámbito social como con la ocupación. Han creado una sociedad racista liderada por un Estado racista. Es un lugar que no acepta a las minorías. El sionismo se encargó de eliminar todo rastro de la cultura árabe, a la cual yo pertenezco. El sionismo es mi enemigo a nivel cívico. El establishment no me apoya en nada sino todo lo contrario: me reprime.
Te puedo decir que hoy por hoy soy muy crítica con la denominada izquierda israelí. Creo que no están haciendo nada para cambiar la situación actual, y son el único grupo que está dirigiendo una especie de lucha. Si la izquierda se refiere a Zakariya como terrorista pues entonces estamos en un problema muy grande. Yo creo que este lugar, por el camino que decidió tomar, no va a existir durante mucho tiempo. Creo que estando aquí, si eres una persona con pensamiento propio tienes un precio muy alto que pagar. Pero no hay que rendirse ante la situación o el establishment.”

“Mis condiciones dentro de la prisión estaban a cargo del SSG. Allí fue otro tipo de lucha. Estuve en aislamiento un año antes de poder interactuar con las demás prisioneras. No tuve ningún problema con las reas. Ellas me apreciaban por la lucha que sostuve contra el Estado. Fue un año de vípasana5 gratuita —bromea refiriéndose al año que pasó en aislamiento—. El ser humano tiene la capacidad de sobrevivir a la adversidad.
El día que recibí la noticia de que me iban a dejar en libertad y aún estando en prisión, me visitaron los del SSG. Le pregunté que qué estaba haciendo aquí, y él, después de una pequeña introducción pasó directamente a las amenazas. Mi respuesta fue simple: para mí nada ha cambiado. Si lo que quieres es averiguar si los dos años y medio que estuve en prisión me cambiaron pues entonces estás equivocado, le dije. Yo voy a seguir actuando de acuerdo con mi entendimiento.”

Durante el verano de 2007, el gobierno israelí extendió una oferta de amnistía a 180 militantes palestinos pertenecientes al Fatah como un gesto de buena fe dirigido a Mahmoud Abbas: el presidente de la Autoridad Palestina.
Zubeidi Zakariya firma el acuerdo y renuncia a la lucha armada.

Notas
1 Mizraji: término utilizado para los judíos provenientes de los países árabes. Mizraji significa oriental.


2 Las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa es un grupo militante laico perteneciente a Al Fatah: el partido político predominante dentro de la OLP. La Organización para la Liberación de Palestina fue fundada por miembros de la diáspora palestina en 1954, entre quienes destacaba Yasser Arafat.


3 SSG: Servicio de Seguridad General israelí. También conocido como el Shabak o Shin Bet. Es el servicio secreto israelí.


4 Arna Mer-Khamis: una reconocida activista de paz israelí de familia sionista quien contrajo matrimonio con un palestino-israelí miembro del partido comunista.


Documental: Los hijos de Arna, dirigido por su hijo (Juliano Mer-Khamis) en el que se muestra la evolución de los niños que eran los actores en el grupo de teatro y que ahora son militantes o, en su defecto, mártires.
5 Vípasana: una disciplina dentro la meditación oriental.

Pinotepa Nacional y la teoría del caos

julio 22, 2013

9:00 del 27 de julio
En un ejercicio de memoria sinóptica intento ordenar y comprimir los recuerdos más destacados de la semana transcurrida en la playa, mientras descanso la mirada sobre las sinuosidades del asfalto ardiente que se despliega entre Mazunte y el aeropuerto de Huatulco. Volteo a mi derecha para ver que Camilo también está absorto por la hipnotizante monotonía de la carretera. “Má, má, má”, me dice y choca su dedo índice contra el vidrio para señalarme una pequeña fracción del Pacífico que se asoma entre la maleza. En la parte delantera de la camioneta, Joaquín y Carina —amigos míos, padres de Camilo y biólogos por elección natural— discuten sobre el gran potencial que representa el “código de barras genético” como una herramienta para la identificación de especies, entre otros usos, poco antes de llegar al aeropuerto de Huatulco. ¡Eres grande!, grito sin voz en un gesto de profunda gratitud al difunto Willis Haviland Carrier —inventor del aire acondicionado— por habernos otorgado el lujo de poder imponer una temperatura civilizada sobre cualquier adversidad climatológica. Carina acomoda a Camilo en su carriola antes de despedirse de Joaquín y de mí para caminar unos metros hasta pararse frente al mostrador de la aerolínea. Regresamos a la camioneta un tanto desairados. La noción de un viaje de doce horas —con sus respectivos retenes militares, los topes, los baches, las infaltables fallas mecánicas, las casetas, el peligro que representa el ganado suelto, la posibilidad de un asalto a mano armada, etcétera— adquiere una dosis de fatiga adicional al oír el rugido puntiagudo y sofisticado de un par de turbinas jet que parecen despreciar el rezago evolutivo de todas las criaturas terrenales. La pluma del estacionamiento cae detrás de nosotros como una claqueta que marca el inicio de una nueva secuencia.

11:30
Llegamos a Puerto Escondido sin mayores contratiempos, a excepción de una mula suicida que puso a prueba los reflejos de Joaquín y logró sacudir mi cómodo estado letárgico. Desayunamos en el primer local que encontramos en el andador y retomamos nuestro rumbo con la firme esperanza de llegar a Acapulco antes de que caiga la noche sobre la Tierra Caliente guerrerense y las fábulas de terror inspiradas en este corredor aparentemente ingobernable.

12:30
Una docena de adolescentes salen de un diminuto colegio que se encuentra al borde de la carretera. Todas ellas van envueltas en vestidos corte-princesa-colonial de colores chillantes. Atraviesan la carretera a paso lento hasta desintegrarse en el espesor de la selva como fantasmas del siglo XVI. Los 170 kilómetros de maleza, barras, lagunas, camiones con las leyendas de la Coca-cola y el pan Bimbo y pueblos tapizados de topes recorren el parabrisas de manera ininterrumpida hasta pasar el retén militar a la entrada a Pinotepa Nacional —el último pueblo oaxaqueño antes de entrar a Guerrero.

13:20
El trailer de enfrente frena abruptamente. Las gallinas cacarean desde sus jaulas para mostrar su descontento por la fuerte sacudida. “Esto no pinta bien, la gente se está regresando”, dice Joaquín y vemos pasar a los conductores del carril contrario agitando los brazos. “No hay paso”, grita alguno que otro. Al término de unos minutos la carretera se convierte en un malecón. Centenares de personas invaden el asfalto, todos obligados a cargar sus pertenencias y caminar hasta encontrar lugar en una de las peceras que ahora entran en reversa para retacarse de pasajeros.
Bajamos de la camioneta para interrogar a la gente que sigue llegando en grandes cantidades de la dirección contraria. La única información que logramos extraer es que se trata de un bloqueo, aunque nadie sabe explicar a bien los motivos. Me acerco al trailero que observa su cargamento emplumado con preocupación. “Las rocié con agua en Puerto Escondido pero quién sabe cuánto más aguanten, los dueños están esperando al otro lado del cerco”, me dice mientras acerca su rostro a unos centímetros de las jaulas y me explica que siete horas atrás tuvo que esperar cuatro largas horas hasta que pudieron arreglar, de manera improvisada, un puente que se había derrumbado debido a la tormenta de la anoche anterior. El leitmotiv del paro permanece ofuscado. Las versiones no coincidían entre sí. “Sea lo que sea, ¿qué puta culpa tenemos nosotros?”, pregunta uno de los conductores en medio del pequeño consejo que se había formado en torno al trailero. “Voy hasta Lázaro Cárdenas”, agrega resignado y pasa un paliacate sobre su frente para secarse el sudor. El sol parece derretirse en el cielo como una yema estrellada.

14:15
El ajetreo de las gallinas que están en las jaulas del centro va disminuyendo gradualmente. El resto se limita a cacarear de manera esporádica. Entramos a la camioneta para escondernos del sol. El tráiler enciende su motor y comienza a avanzar. “Ya la libramos, cabrón”, afirma Joaquín con un ánimo que parece contagiar a las gallinas. Pero nos volvemos a detener cuarenta metros después. Un cincuentón de bigote gris y con un ceño fruncido por la irritación se pone entre el tráiler y la camioneta, deteniéndonos con la palma de su mano y señalándole a su mujer con su camiseta el estrecho espacio entre las gallinas moribundas y nosotros hasta que el vehículo de placas capitalinas queda clavado en medio. “Tenían que ser chilangos”, suspira Joaquín en un tono fatigado.

15:30
Me recargo sobre la camioneta y observo cómo el viene-viene de bigotes grises sacude su camisa a unos cincuenta metros de distancia. “Apúrate, gorda”, chilla amargamente y su mujer y dos hijos obedecen entrando al auto enseguida para alcanzarlo, dejando al descubierto un pedazo de mierda que parece describir mejor que mil palabras el estado anímico colectivo.

15:35
El calor cobra sus primeras víctimas. La inmovilidad de algunas gallinas marca el principio de lo inevitable. Un escuadrón de moscas embiste la ofrenda hecha por la familia del franelero infeliz. Los rumores dicen que van a abrir el cerco durante media hora cada dos horas.

15:50
Los conductores se suben a sus autos de par en par. Hacemos lo mismo. El tránsito empieza a fluir. “Ahora sí ya la libramos”, asegura Joaquín. Rebasamos el tráiler de las gallinas y avanzamos a una velocidad prometedora hasta que alcanzamos a ver la aglomeración de los protagonistas de esta protesta que tiene secuestrado a un rehén de más de 10 kilómetros de largo. Un puñado de personas con gorras rojas ⎯así es como se identifican los manifestantes⎯ arrastran un tronco para bloquear nuevamente el tránsito provocando el derrape del auto que está enfrente de nosotros para dejarnos justo en la boca del lobo.
El bloqueo parece estar coordinado por un grupo de ancianos indígenas que manejan las acciones del resto sin demasiado esfuerzo. Sobresale uno de sus “soldados alfa” que lleva puestos unos lentes de sol sobre un rostro inexpresivo y cuya mano se mantiene sobre un machete que parece querer salir de su funda ante la menor provocación. Los ancianos se sientan sobre el tronco como para atender las preguntas de los conductores que llegan de los dos lados del cerco disfrazando su impaciencia con curiosidad. Todos, invariablemente, responden lo mismo: “Yo no soy el líder, pregúntenle a él”. Las tres pancartas que se encuentran en el sitio están rotas y son prácticamente ilegibles. “Lo peor de todo es que ni siquiera están tratando de remediar una injusticia; te puedo asegurar que ésta no es más que una movida para derrocar al grupo que está en el poder”, me dice Joaquín en voz baja para no llamar la atención del machete más cercano. Asiento y pienso en las pequeñas sutilezas que distinguen las versiones micro y macro de las riñas políticas.

17:00
Uno de los ancianos parece dispuesto a ceder el paso después de una larga discusión con un grupo de conductores, cuando de pronto se oye el crujir seco de una rama. Todos los ojos van hacia el origen del ruido para descubrir a una pickup que intenta rodear el bloqueo por el acotamiento. “¡Agárrenlo!”, grita el de las gafas de sol, desenfunda su machete y lo apunta hacia el rostro aterrado del conductor que queda congelado en su asiento al igual que el grupo de adolescentes que se aferra a la parte trasera del vehículo. La muchedumbre no tarda en abalanzarse sobre los infractores y en cuestión de segundos los neumáticos de la pickup son reventados a machetazos. “¡Mátenlos!, ¡Voltéenlos!”, gritan algunas voces anónimas, aunque con una severidad falsa. La pickup es sacudida por los “justicieros” de Pinotepa que amenazan con voltearla. De pronto, como en un cuento perteneciente a un nuevo género denominado lo tropical maravilloso, un payaso aparece de la nada a un lado del tumulto. “¡LA APPO, SÍ!”, grita acaparando la atención de la turba boquiabierta. “Ah, no, ¿verdad?”, agrega después de una breve pausa llevándose la mano a la boca para arrancarle una carcajada retumbante a rehenes y secuestradores por igual, incluyendo a la muchedumbre excitada que se disipa como la efervescencia de la champaña, dándole un nuevo significado al término comic relief. Nuestro Chaplin oaxaqueño arquea su espalda en reverencia a su nuevo público, y así como llegó, ahora desaparece en el interior de una combi que arranca inmediatamente.

19:00
Uno de los ancianos anuncia que el bloqueo podría prolongarse hasta la madrugada. “No hay de otra, buey, vamos a tener que dormir en Puerto Escondido. Mañana temprano nos vamos vía Oaxaca”, le digo a Joaquín, que coincide sin pestañar. Nos subimos a la camioneta y logramos abrirnos paso entre la gente para darnos la media vuelta y emprender una retirada obligada. “Ahora sí, es un hecho que ya la armamos”, insiste Joaquín con un optimismo que se desintegra a menos de un kilómetro sobre el parabrisas de una torton atravesada que bloquea ambos carriles. “Ése pinche poblano-cabeza-hueca dice que si se chinga él, nos chingamos todos”, nos informa el chofer de una pecera que está justo delante de nosotros. Estamos atrapados entre dos causas perdidas, pienso con una gran dosis de resignación que ayuda a relajarme los músculos faciales.

19:50
El chofer de la pecera convence al de la torton de que nos deje pasar. Lo seguimos —dejando atrás el optimismo de Joaquín— sin demasiadas expectativas y recorremos kilómetros retacados de rostros exhaustos. Pasamos al lado del tráiler de las gallinas de cuyas jaulas no sale ni un pío y no puedo dejar de pensar en lo que podría ser el origen de una nueva pandemia. “Es alucinante lo poco que se necesita para descomponer a este país”, resopla Joaquín con un dejo de amargura en su voz.

11:20 del 28 de junio
Carretera Puerto Escondido-Oaxaca. “Ve la cantidad de cruces que hay en las curvas”, exclama Joaquín. “¿Tú crees que si nos matáramos pondrían una cruz y una estrella de David?”, pregunta y las carcajadas llegan con una ligera demora por los residuos de melatonina.

17:00
Recuerdo haber soñado con aeromozas escandinavas.

23:33
Por primera vez siento una especie de alivio al ver el Distrito Federal.
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Ambulantes

julio 17, 2013

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Lunes 10 de noviembre de 2008

19:00. El comandante Roberto Chávez Manjarrez (comandante general de la Cruz Roja Mexicana y jefe de Atención Prehospitalaria y Operaciones) me recibe en su oficina con una seriedad amable. Me cuenta que lleva seis años como director operativo. Asistió en el incendio de la Cineteca en 1982, en las dos explosiones de San Juanico, en el terremoto del 85 —donde su esposa y él apenas se salvaron después de que los restos de un edificio cayeron sobre su auto—, en el accidente aéreo en la carretera México-Toluca, en el descarrilamiento de los vagones del Metro, en los huracanes Boris y Paulina y, también, el pasado 4 de noviembre.
“Nos encontramos con explosiones y con fuego fuera de control”, dice el comandante. “No sabíamos si los heridos que íbamos encontrando venían en la aeronave o fueron golpeados por ésta. Inmediatamente empezamos a trasladar a los pacientes más graves a la Cruz Roja debido a la cercanía —tres kilómetros— con el lugar del accidente.

19:40. Felipe Calderón Hinojosa hace declaraciones puntiagudas en una tele enmudecida donde segundos después se ven los restos del jet más nombrado del año, mientras que los trabajadores de planta —“los remunerados”— y los voluntarios llenan la pequeña sala de operaciones antes del turno nocturno. Juzgando por la calidez con la que se saludan, por la intimidad de las preguntas y la acidez de las bromas que rebotan, uno no puede evitar la sensación de estar frente a una gran familia funcional, valga el oxímoron. A pesar de su evidente fatiga se ven serenos; han aprendido que la calma más que un estado de ánimo es una disciplina.

20:32. Espero la salida del comandante Chávez al lado de una de las 40 ambulancias que conforman la flota de la Central de la CR. Detengo la vista sobre una insignia grabada en letras negras, justo debajo del retrovisor de la ambulancia, que rinde homenaje a su antiguo comandante general: Agustín Zúñiga. De la hilera de ambulancias que se extiende sobre el estacionamiento la mayoría lleva un grabado en memoria de sus comandantes fallecidos.

20:40. Dos paramédicos se acercan a la ambulancia y me saludan con una sonrisa amplia. Uno de ellos es Carlos Erreguín Cruz (con 20 años de experiencia y de gran renombre en la CR) y Martín Santiago Mondragón, también con casi dos décadas en la organización. Carlos había llegado poco después del comandante Chávez a la escena del avionazo. “En un principio nos habían reportado que se trataba de un helicóptero. Lo que vimos al llegar fue la llanta del tren de aterrizaje, huesos despellejados y el torso de una mujer recargado sobre los restos de la turbina”, cuenta. “Te puedo decir que, independientemente de la antigüedad, la sangre sigue imponiendo respeto”, añade Carlos, con un dejo de tristeza. “Primero estamos alerta, luego orgullosos y sólo después viene la depresión”, interviene Martín. “Para mí, este trabajo se ha convertido en una necesidad orgánica”, confiesa. Martín se unió a las filas de la CR tras ser testigo de los incansables esfuerzos de los paramédicos por salvar a su padre, quien finalmente falleció en un accidente automovilístico. “Muchos llegan así como yo a la Cruz Roja”, explica, “yo sentía que tenía que retribuir”.

21:04. El comandante Chávez sale de la sala de operaciones, nos dice que ya es hora y se sienta en el asiento del conductor. Carlos se sienta a su lado y yo sigo a Martín para abordar la parte trasera de la ambulancia número 1 de la flota. “Uno de los casos que marcó mi carrera sucedió hace cuatro años. Recibimos un llamado de un joven que estaba a punto de tirarse a las vías del Metro”, me responde Martín, rompiendo el silencio y la monotonía del tráfico. “Él no dejaba que nadie se le acercara. Estaba muy agitado. Decía que veía al diablo. Logré acercarme lo suficiente como para poder hablar con él. Le dije que yo también me llamaba Martín, y poco a poco fui ganándome su confianza hasta que pude tranquilizarlo y disuadirlo. Notificamos a su madre. Ella llegó media hora después y se lo llevó a casa. Yo estaba convencido de que todo estaba bajo control, pero una hora más tarde nos avisaron que se había suicidado”, dice, melancólico.

21:58. Cubrimos base* en la Calzada de la Viga esquina con Playa Encantada. “Es un buen punto de acceso hacia el sur y el oriente de la ciudad”, explica Carlos. Martín me cuenta que cuando no está dentro de una ambulancia se dedica a dar cursos de primeros auxilios a trabajadores de empresas grandes. “Todos nosotros necesitamos un segundo ingreso”, el promedio de un asalariado de la CR es de tres mil pesos, “estamos aquí por amor a la camiseta”, confiesa, sonriente. Aprovecho la tranquilidad para preguntarle de sus experiencias como paramédico. Le han llegado a disparar, lo han asaltado, golpeado y robado en un sinfín de anécdotas que podrían llenar una vasta novela hiperrealista.

00:21. Nos interrumpe la voz en la radio que reporta un balaceado en la colonia Reynosa Tamaulipas en Azcapotzalco. “Ya es Z1 (muerto)… envíen onces (reporteros)”, anuncia menos de un minuto después.

01:00. El comandante Chávez se voltea hacia mí para recalcar el hecho de que me había tocado una noche particularmente tranquila. Ya lo veo, contesto, y vuelvo a cerrar los ojos.

02:02. “Estamos en el 7 (el lugar) con un 8-44 (policía ebrio)”, dice la transmisión, provocando risas cansadas. Mi risa llega con delay, después de saber lo que significa un 8-44**.

08:05. Ya en la Central de la Cruz Roja me despido de Carlos y de Martín. Nos vemos en una hora, comandante, le digo antes de apretarle la mano y salir convencido de que el cansancio es uno de los inductores sicóticos más potentes.

14:00. Eduardo Benítez (paramédico veterano de la Cruz Roja) me invita a sentarme en la sala de operaciones en lo que espero al comandante para salir a cubrir base. Me platica de cuando entró al New’s Devine. “La posición en la que encontramos a los chicos era muy extraña. Cuando llegamos estaban disgregados. Lo más impactante fue ver la cantidad de jóvenes que murió. Me quedé con esa imagen durante cuatro días”.

15:12. Saludo a Alfredo Camacho (un simpático joven de veinte años), uno de los paramédicos que integran el equipo del comandante para el turno vespertino. El comandante sale acompañado de Israel Hernández (el tercer paramédico del equipo), me saluda, entramos en la ambulancia y partimos hacia la Base 1 (Alameda Central). “La Cruz Roja fue el único lugar donde encontré gente igual a mí, personas que le gusta ayudar a los demás”, cuenta Alfredo. “No somos muy bien vistos por la gente, la mayoría de las personas piensa que nuestro trabajo consiste únicamente en subir al paciente y llevárnoslo al hospital y creo que necesitan saber qué es lo que nosotros somos capaces de hacer; manejamos desde primeros auxilios hasta conocimientos de manejo avanzado como reanimación: somos unidades de soporte vital avanzadas”.

15:29. Recibimos el informe de un choque en Cuauhtémoc y Obrero Mundial. El comandante Chávez enciende las sirenas y la ambulancia se convierte inmediatamente en un imán que absorbe las miradas de los transeúntes. La falta de civismo vial es evidente. Los autos conceden el espacio a regañadientes. Sin excepción, hay un auto pegado a la parte trasera de la ambulancia para lograr evitar unos metros de tráfico.
“El servicio de atención prehospitalaria es muy competido, ya sea directamente con el ERUM o con las ambulancias privadas”, platica Alfredo, señalando justamente una ambulancia privada que viene pisando nuestros talones. “La ambulancia que llega primero es la que se hace cargo del paciente, por eso es que estas ambulancias sintonizan nuestra frecuencia, andan bananeando***, están al acecho para poder ’robarse’ pacientes. Lo peor de esta competencia es que a veces pueden llegar cuatro ambulantes a un mismo servicio, y esto interrumpe una distribución justa de los recursos. Hay un constante piquete de ojos entre el ERUM y la Cruz Roja, somos como el América contra las Chivas, obviamente nosotros representamos a las Chivas porque nadie quiere al América”, suelta una risa. “Aunque la competencia ya no es tan ruda como hace unos años. Antes era llegar a dar ’camillazos’; por ejemplo: tú estabas con el paciente y los de la ERUM llegaban y te aventaban la camilla a las rodillas y si te apendejabas te quitaban al lesionado. Ahora ya es más tranquilo”.

15:40. Alfredo e Israel salen disparados de la ambulancia para examinar meticulosamente a las dos señoras (de alrededor de 50 y 60 años) que permanecen sentadas y conmocionadas dentro de un taxi que descansa encima de una banqueta. La compañía de seguros no está dispuesta a hacerse responsable y pagar los costos del traslado al hospital. Una vez que ambos evalúan el grado de la urgencia Alfredo se encarga de llenar el Formato de Registro de Atención Prehospitalaria (FRAP) —documento legal que puede ser presentado ante el Ministerio Público—, mientras que Israel le explica a los familiares en un tono cortés y sereno que la gravedad de las lesiones no es lo suficientemente seria como para ameritar un traslado en una ambulancia de la CR. Les dice que el seguro tiene la obligación de pagar una ambulancia e incluso les da algunos consejos para exigir sus derechos. “Si fuera la mamá del ajustador nos trataría de otra forma”, oigo que dice la voz resignada de una de las hijas de la señora antes de volver a meternos en la ambulancia.

16:10. Retomamos el camino rumbo a la Alameda Central. Es una tarde tranquila, inusualmente despejada. Me recargo sobre la ambulancia e intento imaginar a los transeúntes según el valor numérico que conforma el dialecto Coca Romeano. Veo ochos en las esquinas, algunos cuarenta y cuatros de barbas largas, y una que otra veinte mendigando veintiuno mientras que un puñado de onces sale de una cantina.

18:10. Segundos antes de despedirme del comandante Chávez, de Alfredo e Israel, con medio cuerpo fuera de la ambulancia y a punto de dirigirme al Metro Juárez, la voz afilada de la radio anuncia un 5 bravo (un balaceado) justo en las coordenadas que coinciden con mi domicilio. ¡Ahí vivo!, les digo, un tanto exaltado. El asombro tibio de sus semblantes eriza mi espalda al oír que el 5 bravo se convirtió en 14 (muerto). Durante el trayecto subterráneo y a lo largo de las diez cuadras que separan la estación de mi casa, sólo podía pensar en la ligera sacudida que acababa de sufrir la rigidez metódica de mi escepticismo, en las casualidades y en los breves “episodios místicos” que procuro ahuyentar de la comodidad de mi agnosticismo.

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18:45. Me abro paso entre reporteros, fotógrafos, policías y transeúntes curiosos y conmocionados para pegarme al hollywoodense listón amarillo y enfrentarme con el cuerpo inanimado. Ahí estaba, envuelto en una sábana blanca sobre un charco de sangre a la entrada de mi edificio. “Le dieron tres balazos al pobre”, dijo al aire la señora que estaba a mi lado. Dibujó una cruz sobre su frente, besó sus dedos, se dio la media vuelta y desapareció musitando un rezo carcomido por los flashes de las cámaras y la estridencia histérica de los radios policiales. Tengo que escribir esto. Levanto la voz y la mano para llamar la atención de una criminóloga que inspecciona la zona como una cigüeña miope. ¿Puedo pasar?, aquí vivo, le digo señalando la puerta con la punta de mi llave. Ella asiente, alza el listón y me indica el camino que tengo que recorrer para no alterar la escena del crimen. Procuro no pisar la sangre ni desdibujar los trazos de gis. Las luces sintéticas de una ambulancia que se acerca sigilosamente se filtran y van creciendo sobre mis persianas hasta teñirlas completamente de azul y rojo. Nadie se va a creer un final como éste.

* Cubrir base significa posicionarse en un punto estratégico en una de las distintas delegaciones de la ciudad para lograr una mejor cobertura de las ambulancias. En promedio se cubren de seis a ocho bases, dependiendo de la cantidad de voluntarios disponibles.
** Algunas claves utilizadas por la Cruz Roja (Coca Romeo): Muerto (14); Lesionado (5); Enfermo (44E); Choque (27); Prensado (28); Balaceado (5 bravo); Policía (8); Periodistas (11); Ebrio (44); Enterado (18); Pendiente (31); Urgencia (1); Ambulancia (4); Paramédico (75); Operador (29); Persona (20); Lugar (7); Helicóptero (41); Comida (21).
*** Bananeando es el término utilizado por la Cruz Roja para describir a las ambulancias que se cuelgan de su frecuencia para llegar antes al paciente.

Mirrrey Slim:

julio 13, 2013

Desde hace tiempo llevo formulando y cosechando en mi cabeza una forma sintáctica que me permita abordar mis sentimientos y sensaciones para poder redactar este SMS de manera que la admiración y orgullo que asocio con su persona sean transmitidos claramente. Después de todo son pocas las ocasiones en las que uno cuenta con la oportunidad de escribirle a un héroe nacional de semejantes dimensiones. Debo de confesar que he seguido con mucha atención cada uno de los pasos que usted ha tomado a lo largo de su impecable carrera empresarial; desde el momento en que salió de las humildes aulas de la carrera de ingeniería de la UNAM hasta cuando se encontraba a bordo de su jet privado, sentado sobre asientos confeccionados a base de vísceras de tigres albinos huérfanos a la vez que inhalaba gruesas líneas de caviar de beluga por la nariz mientras sobrevolaba Haití en la que fue su primera gira de beneficencia.

Le aseguro que yo no comparto el resentimiento y las consignas de la vox populi y que no me inquieta en lo más mínimo la impunidad de la cual goza su emporio, así como tampoco me hace transpirar el hecho de que Telcel maneje las tarifas de telefonía celular más caras del mundo –en mi opinión, si lo que queremos es vivir como primermundistas pues entonces tenemos que estar dispuestos a rompernos el culo– porque reconozco la enorme importancia, en lo que se refiere a la imagen que queremos mostrar de México, que un connacional ande por el mundo frotando sus codos con los ricos y famosos en las fiestas de gala para difundir nuestra cultura y para desmentir a aquellos escépticos quienes ponen en cuestión la enorme riqueza que existe en nuestro país. Carlos -¿te importa si te llamo Carlos?-, sé que uno debe de hacer lo necesario para poder sobrevivir y que para llegar a la cima hay que pisar algunos cráneos. En el fondo, tu monopolio no es más que el producto directo de una férrea convicción en el orden natural. Tú recuéstate tranquilo sobre lo alto y ancho de tu pirámide que todos tus usuarios te apoyamos desde abajo, sosteniéndola de la punta sin albur y sin importar que nos perfore las palmas de las manos y que se nos quiebren las rodillas con tal de mantener el equilibrio de tu capital. Y no quiero que pierdas una sola hora de sueño por ese tal Warren Buffet y su insulsa fortuna anglosajona. Te aseguro que nuestra miseria es tan vasta que si todos tus amigos Telcel hacemos una vaca, conseguiremos darte ese empujón que necesitas para sacarle una ventaja considerable a ese pinche güero imperialista para que quedes solo en lo alto de la lista de Forbes, porque después de todo, el orgullo nacional está por encima de la economía personal, camarada. Puedes contar con nuestra solidaridad incondicional ya que los pocos afortunados –menos de la mitad de la población adulta- quienes tenemos el poder adquisitivo para poder pagar un celular y hacer un par de llamadas sin la necesidad de pasar hambre como consecuencia directa, estamos contigo y en tu territorio Telcel, ¿por qué?, porque de los quince millones de fumadores de esta su República de usted, poco más de un tercio de nosotros estamos muy agradecidos de poder ser parte de tu exclusivo Mundo Marlboro. Eso sí, somos pocos los que podemos darnos el lujo de comer enchiladas suizas en Sanborns al son de una exquisita ‘melodía Casio’ de los Beatles; los que tenemos para comprar un par de jeans en Sears y los que podemos costearnos pasajes en Volaris. Pero esas nimiedades se olvidan fácilmente cuando uno sale a pasear en las calles del nuevo y reluciente Centro Histórico, cuya majestuosidad se la debemos a tu irrefutable compromiso con el proyecto urbano capitalino, queridísimo Carlangas. ¡Ah! mi buen Charly… te juro que cuando me pongo a pensar en todo lo que has hecho por tu país y en los incontables gestos altruistas que han marcado tu trayectoria profesional y acentuado la silueta de tu gran condición humana, me asalta un sentimiento de empatía tan estremecedor que hasta se me salen las lágrimas.

Altruismo y muerte: un médico mexicano sin fronteras

julio 4, 2013

A estas alturas no debería sorprendernos el hecho de que el ojo mediático tenga una marcada debilidad por la superficialidad espectacular, que los posibles romances de Brad Pitt o las caderas de Shakira sacudan más cabezas que la hambruna o el genocidio de un pueblo anónimo e impronunciable, que los verdaderos conflictos y las catástrofes de escasa calidad fotogénica aparezcan más en las estadísticas que en las primeras planas. Si bien Gil Scott-Heron tenía razón al decir que “la revolución no será televisada”, también podríamos añadir el altruismo a esa sentencia tan dolorosamente atinada. Pero el que los reflectores estén puestos sobre los sucesos y protagonistas de fácil digestión visual no significa que el mundo haya sido despojado de toda consistencia. Aunque cada vez sean menos, todavía existen verdaderos humanistas entre nosotros.

Un joven cirujano mexicano llamado Jaime Shalkow tiene una historia marcada por la entrega y el compromiso. “Desde que tengo uso de la memoria siempre he querido ser cirujano”, admite Shalkow, como en una alusión accidental a la frase con la que Henry Hill da inicio a los Buenos Muchachos de Scorsese (si sustituimos cirujano por gángster, claro está). “Mi padre era cirujano urólogo y Jefe del Servicio de Urología en Pemex. Yo entré por primera vez a un quirófano cuando tenía cinco años. Durante la secundaria iba a todas las cirugías de mi padre y para cuando estaba en la preparatoria yo era su primer ayudante”, agrega Shalkow en referencia a la vasta trayectoria académica y laboral que comenzó formalmente en las aulas de medicina de la Universidad Anáhuac. “Para los estudiantes de medicina el servicio social comienza durante el sexto año de la carrera. La idea es enviar a los médicos a poblaciones apartadas y necesitadas. Actualmente se puede cumplir con el servicio social haciendo investigación aquí en la Ciudad de México y mucha gente escoge esta opción por comodidad, aunque yo considero que eso no es lo que el país necesita de un médico ni lo que uno como estudiante en formación requiere de experiencia para convertirse en un buen médico”, advierte Shalkow, quien de 1991 a 1992 cumplió con su año de servicio social en el poblado de Creel, en el corazón de la Sierra Tarahumara.

“En aquel entonces no había carreteras, estábamos a cinco horas en tren de Chihuahua. Trabajé en la Clínica Santa Teresita, un hospital de monjas bien armado, patrocinado por la Universidad de Utah. Teníamos mucho trabajo de medicina general, yo estaba de guardia 24 horas al día los siete días de la semana. Mi trabajo consistía básicamente en dar consulta y llevar a cabo cirugías menores. Sostuve una relación muy bonita con mis pacientes. Además de la medicina, también tuve la oportunidad de aprender tarahumara. Atendí más de trecientos partos. En algunos de estos casos iba a ver a mis pacientes a caballo, de noche, bajo la lluvia, adentro de cuevas con la luz de una vela, sin guantes y ligando los cordones umbilicales con las agujetas de un zapato. Eso era lo que había”, dice Shalkow, sereno. “Pude observar más de 250 casos de tuberculosis. Ese mismo año, el entonces Presidente Carlos Salinas de Gortari aseguraba en su informe presidencial que la tuberculosis había sido erradicada del país”.

Bajó de la Sierra Tarahumara para volver al Distrito Federal e integrarse al Hospital General de México donde trabajó durante los siguientes cuatro años para seguir con su entrenamiento universitario de postgrado en Cirugía General. A partir del cuarto año de postgrado, los médicos tienen que cumplir con otro servicio social. “En mi opinión, estos servicios sociales son fundamentales, son parte de una retribución al país por lo que éste ha invertido en tu educación. Además es una buena forma para estimular tu crecimiento como médico”. Así,
Shalkow partió hacia Jalpan de Serra, en la Sierra Gorda queretana. Se instaló durante los siguientes cuatro meses en un hospital de Salubridad para convertirse en el único cirujano a 500 kilómetros a la redonda, viéndose obligado a hacer cirugías de todo tipo.

Dentro del vasto currículum de Shalkow cabe mencionar dos meses durante los cuales trabajó como voluntario en San Carlos —un hospital de monjas chiapaneco situado a dos horas de distancia de San Cristóbal de las Casas— durante el conflicto armado entre los zapatistas y el gobierno mexicano. “Yo estaba visitando a un amigo que estaba haciendo su servicio social, conocí el hospital, me encantó y decidí quedarme un tiempo. Me integré al equipo del cirujano general. Había muchos voluntarios extranjeros pertenecientes a Médicos del Mundo que evaluaban la situación del conflicto. Era un hospital netamente dedicado al cuidado de los soldados del subcomandante Marcos. Era muy interesante porque el Ejército entraba al hospital para buscar a los militantes zapatistas y nosotros los escondíamos. A veces teníamos que sacarlos a las tres o cuatro de la mañana, escondidos en sacos debajo de la camilla de la ambulancia para que no los detectaran”, cuenta con una ligera mueca de satisfacción.

Shalkow regresó a la Ciudad de México para terminar su postgrado y trabajar como cirujano en el Hospital General de México durante seis meses. Para ese entonces el doctor Shalkow se había enlistado a la asociación “Médicos Sin Fronteras”, quienes lo asignaron a Ruanda para brindar ayuda humanitaria a una región sufriendo las consecuencias del genocidio más cruento de los noventa —800 mil personas asesinadas—, producto de los conflictos étnicos y políticos entre radicales de la etnia hutu contra la minoría tutsi y los hutu moderados. “Acepté la asignación pensando que una zona de guerra sería el lugar más indicado para un cirujano”. No obstante, Shalkow tuvo que postergar su viaje después de haber ganado una de las 32 plazas anuales que el Children’s Hospital Los Angeles (CHLA) ofrece para realizar entrenamientos de posgrado en Cirugía Pediátrica. “Llevé a cabo mi entrenamiento y otra residencia más en Cirugía Oncológica Infantil en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Nueva York, considerado el mejor hospital oncológico del mundo. Al final de mis nueve años de postgrado, mi atracción hacia África no pudo esperar más”, asegura.

Mientras aceleraba los trámites administrativos para su partida, Shalkow decidió tomarse un breve descanso de la medicina y viajar a Northwood, un diminuto pueblo en las inmediaciones de New Hampshire donde trabajó como leñador durante medio año. “Escribí un proyecto de desarrollo que proponía la creación de una Unidad de Cirugía Pediátrica en el Kilimanjaro Christian Medical Center (KCMC) y lo envié a un centenar de agencias patrocinadoras. Dos de ellas aceptaron mi proyecto: American Jewish World Service (AJWS) y Catholic Medical Mission Board (CMMB), ambas neoyorquinas. Por lo general las agencias patrocinadoras no aceptan proyectos nuevos sino que distribuyen a los voluntarios a proyectos existentes que hayan mostrado su viabilidad y eficacia. Ofrecieron pagar mi pasaje y un sueldo mensual de 200 dólares que para mí parecía el salario de un magnate. Además de regalarme un curso de swahili. La CMMB me envió información acerca de Tanzania, de su población, su geografía, el sistema de salud, etcétera, para aminorar el choque cultural”. Enero de 2003 fue la última vez que los habitantes de Northwood vieron salir al médico leñador de su cabaña para desaparecer detrás de una espesa cortina de nieve.

“Fue la culminación de mi sueño de vida”, afirma refiriéndose a su llegada al Aeropuerto Internacional de Kilimanjaro. “Me estaba esperando una camioneta del hospital, me llevaron al campus hospitalario donde pasé la noche y al día siguiente me presenté en el hospital”. Algunos datos sobre el Kilimanjaro Christian Medical Center (KCMC): está ubicado en la ciudad de Moshi, diez kilómetros al sur de la frontera norte con Kenia. El hospital cuenta con 450 camas, se llevan a cabo 19 mil admisiones al año, aproximadamente 50 por día. La estancia promedio es de nueve días y tiene una ocupación de 104 por ciento. Hay aproximadamente mil 300 muertes cada año. Se atienden 103 mil pacientes anualmente por consulta externa. “Antes de llegar a Tanzania ya había recorrido 14 años de medicina, había visto sufrimiento y gente en condiciones deplorables. Sin embargo, el primer día que llegué para conocer el hospital fue la primera vez en mi vida que tuve que abandonar la visita para salir al pasillo a llorar. Nunca había visto tal grado de sufrimiento. En el ala de pediatría había en cada cuarto seis colchones en el piso, 15 mamás acostadas junto a sus niños. Un anciano con pie diabético y gangrena compartía la misma cama con un neonato de 27 días de vida con el 80 por ciento de la superficie corporal quemada. En EU mis pacientes de terapia intensiva neonatal contaban con cunas de irradiación, monitores sofisticados, computadora en cada cuna, bombas de infusión, etcétera; en KCMC mis incubadoras eran cajas de madera que tuve que improvisar con algodón y un bulbo por debajo para mantener a los niños con la temperatura adecuada”, cuenta Shalkow.

Tanzania se encuentra en la lista de los cinco países más pobres del mundo. También es uno de los que recibe mayor ayuda humanitaria del exterior. “Es zona endémica de paludismo, lepra, sida, tuberculosis, meningitis y desnutrición. Me tocó recorrer zonas de leprosos que me transportaban a Calcuta —o cualquier otra ciudad antigua—, con miles de pacientes sentados en el suelo terroso, deformes por los estragos de la lepra, pidiendo limosna”. De los 36 millones de tanzanos, 44 por ciento es menor de 14 años, lo que significa que hay casi 16 millones de niños en el país. “Durante el tiempo que yo estaba en Tanzania, éramos solamente seis cirujanos pediatras en todo el país. El resultado es un cirujano pediatra por cada 2.66 millones de niños. La expectativa de vida en Tanzania es de 44 años para los hombres y 46 años para las mujeres. La incidencia de VIH a nivel nacional es de 7.8 por ciento. En KCMC, por ser un centro de referencia, 26 por ciento de mis pacientes pediátricos eran VIH positivos”.

El doctor Shalkow pasó tres meses en el Children United Rehabilitation Effort (CURE) de Uganda para entrenarse en los procedimientos neuroquirúrgicos que tenía que llevar a cabo en el KCMC debido a la falta de especialistas. El CURE es una compañía basada en Filadelfia, EU, que se dedica a construir hospitales pediátricos de alta tecnología en las zonas más marginadas del mundo. Trabajó con el doctor Ben Warf —neurocirujano pediatra entrenado en el Boston Children’s Hospital, quien opera gratuitamente a más de 600 niños cada año— en Mbale: un poblado de apenas mil habitantes en el norte de Uganda, en plena zona de conflicto donde los rebeldes sostenían luchas étnicas. “Era muy impresionante ver a las dos comunidades de rebeldes que en otro momento se mataban entre sí, formados paciente y pacíficamente en una misma fila afuera del hospital. Mi única interacción con ellos fue dentro del hospital. Me platicaban sobre el odio étnico, los ultrajes de las comunidades y las quemas de chozas”.

Dentro de los proyectos en los que participó Shalkow durante el año y nueve meses que estuvo en África está su experiencia con la compañía Flying Doctors, una rama de Amref (African Medical Research Foundation) fundada por el doctor Michael Woods: un cirujano militar británico de la Segunda Guerra Mundial. Woods vivió muchos años en Kenia y viajó en su avión a las comunidades más remotas para ofrecer servicios quirúrgicos. Actualmente, Flying Doctors realiza 350 viajes al año por todo el este de África. Jaime Shalkow nos habla sobre las agendas secretas y la corrupción que reina este paisaje desolador en el que conviven espíritus altruistas con el oportunismo empresarial y político. “El KCMC es un hospital público manejado por el gobierno y una organización supuestamente no lucrativa: The Good Samaritan Foundation. En realidad la fundación, como otras del mismo perfil, no hace honor a su nombre, hay muchos intereses encontrados. Existen muchas universidades con gran potencial económico para la investigación debido a la enorme cantidad de patologías concentradas en la zona. Para dar un ejemplo, está el Malaria Research Project que es un trabajo conjunto entre Harvard y Oxford que tienen un edificio de 3 millones de dólares, todo ese dinero dirigido exclusivamente a la investigación, dinero que no se aplica para el tratamiento de los pacientes. En ocasiones se hacían donaciones de tratamientos para sida y uno podía encontrar médicos vendiendo el tratamiento por 300 dólares. Mucho del dinero que entra para los servicios sanitarios se desvía a los bolsillos de los políticos quienes lo gastan en oficinas lujosas y en limosinas. Todos los hijos de los directivos del hospital estudian en universidades europeas mientras que ni siquiera existen recursos para el tratamiento de los pacientes”, asegura, un tanto desanimado. “Existen los recursos humanos y económicos suficientes como para poder ofrecer una vida mejor a millones de personas que viven azotadas por la pobreza y la enfermedad. Cumplir con esto es el reto de la profesión médica, siguiendo los ideales que profesamos y con los cuales nos comprometimos al embarcarnos en el largo camino de los estudios médicos. La falla está en la distribución de los recursos. Invertimos millones de dólares en tecnología cada vez más sofisticada, pero sólo disponible para unos cuantos. Sé que no vamos a lograr cambiar el mundo, pero lo que sí podemos es disminuir el sufrimiento innecesario”, dice. En 2004 el doctor Shalkow decidió dejar atrás el Kilimanjaro para regresar al Distrito Federal. “Pensé que si continuaba allá seguiría haciendo el mismo tipo de medicina, así que decidí regresar a México con el propósito de aprender lo máximo posible para poder servir mejor en un lugar como Tanzania”, afirma. A pesar de su currículum, Jaime tardó dos años antes de poder conseguir trabajo en México. Actualmente el doctor Shalkow es el Jefe de Servicio de Cirugía Oncológica del Instituto Nacional de Pediatría, y el profesor titular del curso de postgrado universitario en Cirugía Oncológica Pediátrica y de Preservación de Órganos.“Me gustaría terminar mi carrera profesional en África. Como dicen los extranjeros arraigados al Continente Negro, ‘fui picado por el insecto’, me enamoré perdidamente del lugar. Mi sueño es construir un hospital rural ecológico que cuente con la tecnología médica más avanzada; un hospital quirúrgico para niños que dé atención gratuita a la población necesitada. Siento que mi obligación social está con los niños del mundo y no necesariamente con los niños mexicanos o tanzanos, sino con los más necesitados”, concluye.