Cantos cívicos

La instalación-exposición Cantos cívicos abrió sus puertas al público por primera vez en el Espai d’Art Contemporani de Castelló (EACC) de Valencia, gracias al trabajo en conjunto entre Miguel Ventura y el curador español Juan de Nieves. El Nuevo Consejo Interterritorial de Lenguas (NILC, por sus siglas en inglés) retomó esta obra producida por Ventura entre 1992 y 2002 para coordinar una exposición interdisciplinaria que involucrara a las Facultades de Psicología y de Veterinaria y Zootecnia, además de los coros de la Escuela Nacional de Música de la UNAM. La instalación se puede apreciar hoy en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC).
Al atravesar el estrecho túnel que nos guía hacia la instalación —visto desde arriba se entiende que el túnel es la cola de una rata gigante que encapsula el espacio—, uno tiene la sensación de estar dentro del celofán de un caramelo altamente tóxico. Y es que Cantos cívicos magnifica y expone la cualidad empalagosa inherente a las propagandas ideológicas hasta llevarnos al borde de la náusea. La selección de música es dolorosamente certera; funciona como una pala que remueve esta golosina compuesta de delirios puntiagudos para darle a la pieza un cuerpo sólido y espeso. Hay coros infantiles y adultos de un repertorio de canciones que van desde cánticos nazis hasta piezas de pop como “No controles” y “Live is life”. Los arreglos de Alejandra Hernández se mezclan con sirenas esporádicas, anunciando un peligro histórico que se registra en nuestra piel como un escalofrío puntual. Las pupilas de los visitantes son inyectadas de grandes dosis de colores penetrantes —predominan los amarillos y rojos— que tapizan las paredes; ya sea en forma de suásticas de hule coloridas, de marcos sicodélicos que contienen los rostros de oficiales nazis, y una sección entera dedicada al culto del cuerpo masculino que parece insinuar la relación entre la propaganda nazi y el homoerotismo.
Cualquiera que haya leído las novelas gráficas de Art Spiegelman piensa de manera automática en Maus al observar el evidente protagonismo de las ratas y su interacción con la simbología nazi. Aunque aquí, lejos de funcionar como una herramienta para marcar una distinción étnica, las ratas de Ventura encarnan y representan la ideología nacional-socialista para evidenciarla como una epidemia. En uno de los cuadros podemos ver a una rata extendiendo una hostia en forma de suástica ante las bocas abiertas de un oficial nazi y un puñado de niños vestidos de ropa tradicional alemana. “La mise-en-scène de la exposición se convierte en un museo-escenografía abigarrado de objetos, y de otra parte es un laberinto para los visitantes”, explica Ventura. “Cuando estaba haciendo la pieza pensaba como si ésta fuera un refugio de seres protonazis que hubieran sobrevivido hasta nuestros días”.
Cantos cívicos ha desatado no poca polémica. El grito en contra de la obra de Miguel Ventura y el NILC tiene más que ver con los elementos que no están dentro de ésta. “Quedé impresionado con el bajo nivel analítico; con estas lecturas tan reducidas que se iban nada más que a un fragmento sin poder ver el panorama general”, cuenta Ventura de la larga lista de críticas y denuncias que ha provocado su obra. “Desde el comienzo hay un video de un nazi que está cantando una canción mientras se va convirtiendo en rata. Si eso no es un indicio suficiente del tono de la pieza, entonces ¿cómo explicar que esto se trata de una farsa?”, añade Ventura.
En su crítica a esta obra, Enrique Krauze señala en Reforma que “el caos de imágenes y conceptos que acumula se resuelve en un error ético-político verdaderamente grave. Cabe resumirlo en tres argumentos. Hablar de ’totalitarismo’ en el mundo moderno sin hacer la menor referencia al totalitarismo comunista es no hablar de totalitarismo. O peor aún, es encubrir al totalitarismo de izquierda. El comunismo en su vertiente soviética y china dejó una estela de terror, hambre y muerte apenas comparable con la del régimen nazi en la Segunda Guerra Mundial. Sólo en el caso de Stalin y Mao (por no mencionar los crímenes de Kim Il Sung y Pol Pot) se trata de decenas de millones de muertos (perfectamente documentados) como resultado de hambrunas, deportaciones, persecuciones, confinamientos, ejecuciones y actos de abierto exterminio. Una crítica del nazismo que no hace referencia al Holocausto no es una crítica al nazismo: es, por lo menos, un ocultamiento del nazismo”.
Las palabras de Enrique Krauze serían pertinentes si el objeto de crítica fuera un ensayo cuyo propósito implicara cumplir con una revisión minuciosa de la política y de la historia, pero sus apuntes carecen de sentido si tomamos en cuenta que lo que tenemos enfrente es una obra de arte. El hecho de que Ventura haya decidido excluir el Holocausto, los crímenes de Kim II Sung y Stalin, por mencionar a un puñado, no lo convierte en un apologista del nazismo. Uno puede cuestionar la violencia, las posibles tendencias caníbales o el mal temperamento de los hutus sin hacer mención del sufrimiento de los tutsis y del genocidio en Ruanda, y nadie lo va a acusar de ser anti-tutsi. El arte, por definición, busca cumplir con un punto de vista singular y no complacer las inquietudes políticamente correctas de unos cuantos. Se puede diferir con la elección estética de Miguel Ventura, pero no se le debe de exigir un discurso ético-político que concuerde con el propio.
Krauze construyó una breve teoría de la conspiración basándose en lo que para él fueron omisiones malintencionadas por parte del artista, por decirlo de alguna forma. Pero The truth is in the eye of the beholder: este narrador no vio más que una muestra clara del absurdo y de los peligros que se esconden detrás de las ideologías.

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“También hay un bioterio con 80 ratas blancas y un sinfín de aves y roedores disecados. Aparecen textos de José Vasconcelos apoyando al nacional-socialismo e imágenes de soldados estadounidenses no tan joviales como los nazis”, escribe Leo Zuckerman para Excélsior. “Otros ingredientes del potaje son fotos de millonarios (entre ellos algunos judíos), de socialités mexicanos y del ex presidente Carlos Salinas, el hijo de éste, el embajador estadounidense Tony Garza y su esposa. No faltan retratos de cadáveres destrozados, vaginas muy abiertas, falos enormes y pedazos de excremento. Hay cuernos de venados y una colección impresionante de muñequitos tiroleses encapsulados (…) A mí esta exhibición me pareció un conjunto de varias cosas inútiles mezcladas y confusas. Una galería de lugares comunes de la izquierda más ramplona que ve al capitalismo igual que al nazismo. Una exhibición descontextualizada de la realidad. En suma, me van a perdonar los lectores, un verdadero pedazo de mierda como los ahí exhibidos”, concluye Zuckerman.
“¿Una exhibición descontextualizada de la realidad?”. ¿En qué momento el arte se convirtió en periodismo? Las declaraciones de Zuckerman parecen condenarnos exclusivamente a aceptar exposiciones que muestren un “hiperrealismo equilibrado”. Enrique Krauze al menos intenta cultivar algunas ideas; lo de Zuckerman es un cúmulo de sobresaltos; aunque habría que decirlo: ambos coinciden en su nulo sentido de humor.
“Los críticos no ven Cantos cívicos como una obra de arte, sino como una tesis histórica desde un punto de vista histórico muy literal y acartonado. No han dejado de aconsejarme acerca de cómo debería ser la exposición; por ejemplo, me han pedido mostrar escenas del Holocausto, y como no lo hago, para ellos esto significa que yo niego la existencia del Holocausto. Sus lecturas son visiones canónicas de nuestros tiempos de dilemas éticos y morales pero que no cuestionan el status quo como pretende hacerlo Cantos cívicos: desde la esquizofrenia”, concluye Ventura.

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