Los suicidas de Antonio Di Benedetto

Se hace una pausa y en el repentino silencio entra nítidamente la frase de un camillero a otro:

-Lindo día, ¿no?

Lo dice con convicción. Mientras camina y soporta el esfuerzo de la carga, mira como puede el firmamento, tan azul y diáfano, y tal vez percibe el olor de la hierba y piensa en los zorros y las perdices que podría cazar y en el asado y los mates del atardecer.

Lindo día, sí; no para los muchachos: se privaron de él.

~

Pura verdad, no es melancólica la hora del café y de la manteca…

~

¿Soy un hombre normal? No hago ruido. Me gustan muchas cosas. Vivo. Me pregunto por qué estamos vivos. Pienso en la muerte, la resisto, prefiero vivir. Pero pienso. Muchos, no: dan por hecho que les sobra futuro.

~

Me descargo. Una noche por semana. El resto de los días, fuera del estadio, no se puede incitar a matar al prójimo, ni siquiera desahogarse de todo lo que nos ofende y nos rebaja.

~

Espero a Blanca donde dijimos.

Cuando llega observo que se ha esmerado por lucir: peluquería y todo lo demás. Viene “vestida”, es decir, exactamente lo contrario.

~

Se me representa la terrible prisión del perro enorme: entre cuatro muros de azulejos blancos, donde la luz olvidada se expande con su monotonía implacable.

El perro se atiene a la espera (ni siquiera la esperanza, sólo la espera).

No sabe que eso podría concluir con la muerte, ni sabría matarse. Porque destruirse a sí mismo es privilegio de la absurda condición humana.

~

Le pregunto entonces por qué dijo para qué y contesta que por ninguna razón especial, que ella ha dicho para qué, no más. sobre lo cual yo le digo que dicho así puede ser un para qué universal y que suena bastante triste y Marcela acepta que puede ser un para qué universal pero de ningún modo debe considerase triste, aunque tampoco alegre, lo reconoce, y que, en todo caso, es su actitud…

~

Paso por la agencia. No encuentro a Marcela, no encuentro a Bibi, pero de ésta un sobre, que comienza a nutrirme de la información prometida:

Principio católico fundamental: Únicamente Dios da y quita.

Viejo Testamento y Nuevo Testamento: No condenan expresamente el suicidio./ Conjetura generalizada (y errónea): No hacía falta, en los tiempos bíblicos casi nadie se suicidaba. / Casos en las Escrituras: Sansón, Saúl y poquísimos más.

Mandamiento sustancialmente invocado: ‘No matarás’. Se considera que incluye el suicidio. / San Agustín: No matarás a otro ni a ti mismo.

Otro argumento de San Agustín: Puesto que ninguna ley permite a nadie matar por su propia autoridad, el suicida es un homicida.

Posición de la Iglesia –Concilio de Arles, año 452: El suicidio es un crimen; sólo puede ser consecuencia del furor diabólico. Concilio de Praga, año 563: Los suicidas no serán honrados en misa con ninguna conmemoración, el canto de los salmos no acompañará los cuerpos a su tumba.

Santo Tomás, interpretado por Sciacca: ‘No se ama ordenadamente a sí mismo el que se da voluntariamente la muerte, por cuanto se considera dueño de la vida que Dios le ha dado, se revela a la voluntad de su Señor y Padre, comete pecado mortal y se priva de la salvación eterna.

~

–En las sociedades primitivas del mundo antiguo –trogloditas, tracios, hérulos, celtas– los viejos eran un estorbo y lo comprendían, o con astutas promesas y presiones los más jóvenes se lo hacían comprender. Los visigodos usaban el Despeñadero de los Abuelos y los ceos tomaban cicuta durante una fiesta que se hacía en su honor. Señor mío, he tenido que ilustrarme para entender a la viuda y llevar adelante los cargos.

Le digo, apoyando su información, que en la novela ‘País de las sombras largas’ un esquimal y su mujer abandonan a la madre de ésta en un paraje helado donde se la comerá el oso, y que la anciana no hace oposición. Opino que es una costumbre muy bárbara y, si le creemos al novelista, se ha mantenido hasta nuestra época.

El abogado considera lo mismo y puedo apreciar que nos toleramos muy bien.

Dice que, justamente, los cofrades de Tiflis pretenden salvarse de que se los coma el oso y “aunque esto sea una metáfora, también ocurre en las sociedades más morales y adelantadas, aunque con formas civilizadas”.

–Fíjese –argumenta–, lo que universalmente se hace es jubilarlos, es decir, sacarlos de su puesto. Tienen el cuerpo y el alma acostumbrados al trabajo y sin el ejercicio de la costumbre se mueren. Es como engañarlos con un festín: la promesa de no trabajar más.

~

Convencido de tener ya mi propio derrotero y de que éste pasa por la agencia misma, he venido, pero he entrado derechamente a mi oficina. El próximo paso está resuelto; no obstante, me doy tregua, y para alternar un poco los pensamientos me ha venido bien el segundo informe de Bibi sobre las actitudes morales y religiosas de los distintos credos:

Posición de judaísmo: adversa al suicidio. Fundamento bíblico que aducen los rabinos: “Por tu sangre y tu vida exigiré un reconocimiento; lo exigiré de cada bestia y de cada hombre”.

Fundamento que invoca el karaita Kirshnani: “No matarás”. (Reconoce que hay objeciones, según las cuales ese mandamiento únicamente prohíbe matar a otra persona.)

Base de la actitud judía, sintetizada por Reines: “Se condena el suicidio por la dignidad del hombre y la convicción de que la vida siempre vale la pena de ser vivida”.

Pralelismo. Kant escribió: “El suicidio es contrario al principio fundamental de moralidad, ya que aniquila el sujeto moral, y constituye una ofensa contra la dignidad de la persona por el deseo egoísta de escapar a una vida desagradable.

La actitud de otras religiones.

Brahmanismo y budismo. La toleran, en ocasiones lo alaban.

Las creencias en la reencarnación lo hacen más aceptable para el adepto.

Siglo XIX, auge en la India budista del ‘suttee’, suicidio de las viudas, a menudo bajo la coacción indirecta de la sociedad.

Islamismo. Lo condena.

Mahoma: “El hombre no muere sino por la voluntad de Dios, según el libro que fija el término de su vida”. (Corán)

~

Miro las piernas y seriamente, con absoluta sinceridad, digo:

—Me gustaría estar en el laboratorio.

Creo que no ha prestado atención; sin embargo, con tono negligente me cuestiona:

—¿No se te ocurre que estás un poco descarado?

Le digo que sí, que me noté un poco descarado, pero es lo que me gustaría, estar con ella.

~

Después de un rato me distraigo y me pongo a observar a las damas que adquieren talonarios de travelerchecks. Elijo a una, delicada y joven, y me voy con ella de Estocolmo a Roma, dos días en un tren que no lleva otros pasajeros, porque todo viaje es una mitología.

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One Comment en “Los suicidas de Antonio Di Benedetto”


  1. m favorita y suelta; El perro se atiene a la espera (ni siquiera la esperanza, sólo la espera).


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