Sol y misantropía

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A juzgar por las estampidas neumáticas de los automóviles que intentan salir de la Ciudad de México incitados por la Navidad, uno queda con la impresión de que, en realidad, pretenden huir de un derrame nuclear. La impaciencia define los semblantes de los futuros vacacionistas. Todos ellos le dan la espalda a la capital mientras fantasean con paisajes que borren, aunque sea por unos días, el dominio visual del concreto defeño, la contaminación y el estrés colectivo, sin saber que estas aflicciones urbanas van escondidas dentro de sus maletas.
Antes de poder continuar habría que aclarar ciertos detalles. Andrés —un viejo amigo mío— me había extendido una invitación para acompañarlo junto con su familia a Puerto Marqués (Acapulco). Sus padres y él viajaron en avión y yo decidí unirme a Charly (tío de Andrés), Arturo (primo), Fernanda (la esposa de Arturo), doña Jimena (la madre de Arturo) y Samanta (la hija de Charly) para surcar la sobrevaluada Autopista del Sol a bordo de la camioneta negra. La primera vez que abrí los ojos estábamos en Yecapixtla, Morelos. “Si necesitas hacer un cambio de aceite pues ahora es cuando porque ya no vamos a parar”, me dice Charly detrás de sus impenetrables gafas de sol, con un cigarro casi extinto entre sus dedos y una sonrisa amplia. Arturo, Andrea, doña Jimena y Samanta regresan juntos de los retretes. Arturo me ofrece el asiento del copiloto para sentarse junto a Fernanda. Me siento al lado de Charly y retomamos nuestro curso. Las anécdotas desbordan sus 64 años, como es el caso de todos aquellos que han vivido demasiado rápido. Su voz rasposa y melancólica me cuenta que dejó su casa a los trece años, que manejaba una lancha de esquí en la Mallorca de los setenta. Me cuenta de cuando fue marinero de barcos cargueros transatlánticos; de su etapa como fotógrafo en Madrid; de su estruendosa juventud y de los incontables amoríos con mujeres salvajemente seductoras; de las diferencias entre los atardeceres de Mallorca, Gibraltar, Lisboa, Veracruz, Guerrero y Nayarit, lugares en los que vivió y que quedaron grabados como sellos en su pasaporte memorioso. La historia, de una vitalidad despampanante, pierde un poco de efervescencia bajo el sintético aire acondicionado.
Llegamos al fraccionamiento del hotel. Charly abre la cajuela con la intención de bajar las maletas pero los botones lo interrumpen inmediatamente. Él se recarga sobre la camioneta, prende un cigarro y observa el pedazo de bahía que se asoma más allá de la recepción. El movimiento de las familias que embisten a los recepcionistas, una oleada tras otra, entorpece el efecto placentero que produce el primer contacto entre la dulce brisa y mis pulmones defeños. Andrés, Manolo y Elsa (los padres) llegan poco después en un taxi aeroportuario. Manolo se planta frente al recepcionista y en cuestión de segundos nos distribuyen en nuestras respectivas habitaciones. Andrés saca dos cervezas del minibar, me alcanza una y salimos a la terraza para sentarnos frente a la bahía de Puerto Marqués. El calor de mediodía marca una clara frontera —que empieza y termina sobre el riel de la puerta corrediza— entre el imponente sol tropical y el tímido microclima tecnológico. La enorme cantidad de yates —puedo contar setenta y tantos— anclados cerca de la playa están atiborrados de cuerpos tostados que se mueven al ritmo lúdico del alcohol y la última tendencia musical. Parecen paganos bíblicos en un desierto de agua; una flota de réplicas que obedece al mal gusto como si éste fuera un dios intransigente.

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—Es la versión nuevo rico de Xochimilco —dice Andrés después de un largo silencio.
—¿Qué se le va a hacer? La mierda flota —responde Charly en un tono sereno y vacía el resto de su cerveza de un solo trago.
Bajamos al área de las albercas. Las sillas plegables estaban ocupadas casi en su totalidad por cuerpos inanimados con una gruesa capa de aceite de coco. Nos sentamos en las únicas tres disponibles. Charly se untó el bronceador, dejó sus cosas sobre la silla y se despidió para ir al mar con Samanta. Andrés pidió un tequila y yo me recosté en la sombra con la firme intención de retomar una lectura pendiente. El agua de la piscina chica parecía la placenta de una madre amish debido a la cantidad de neonatos que chapoteaban y gritaban en ésta. Cerré el libro a regañadientes y pedí una cerveza. “Si siguen en la sombra no van a poder presumir que fueron a Acapulco”, nos sugiere la señora cincuentona que está al lado de Andrés. Su esposo alza la ceja para mirarla con desdén antes de inspeccionarnos y volver a cerrar el ojo. Yo le ofrezco un intento de sonrisa, me levanto y bajo a la playa para escapar de una plática que sin duda afianzaría mi misantropía y del escandaloso chapoteo de los neonatos amish. Eres un hijo de puta desertor, dice la mirada de Andrés detrás del vaso de tequila. Me río en silencio hasta que mis pies pisan la arena.
Las bocinas de los yates retumban en la pequeña playa como en un anfiteatro. Corro hacia el mar y me zambullo en el agua. El penetrante olor a diesel que sale de los escapes de las lanchas y motos acuáticas flota pegajoso sobre el mar. El agua tiene la misma textura aceitosa de un bronceador. Después de toparme con un guante y unas botellas de plástico decido que es tiempo de salir. Veo un mesero parado al borde de la playa con una libreta en la mano.
—¿Viste a esos cabrones? —me pregunta, agitado.
—¿A quiénes?
—Esos bueyes que están allí. Se mamaron dos botellas de tequila y se pelaron —me dice y señala a tres adolescentes que nadan hacia sus motos acuáticas a unos cincuenta metros de la playa.
Una vez trepados sobre sus motos se voltean hacia nosotros y se despiden entre carcajadas, agitando las manos antes de alejarse mar adentro. Se detienen junto a uno de los yates para abordarlo. ¡Qué miserables!, digo al aire sin despegar la vista del yate de los piratas juniors que desaparece de la bahía. Le doy al mesero una palmada antes de subir las escaleras rumbo a la alberca con la esperanza de que la cincuentona haya perdido el interés. Me invade un alivio efervescente al ver que está dormida. Acompaño a Andrés con un par de cervezas mientras peino la zona tratando de encontrar unas piernas que ameriten reposar la mirada. Encuentro varias; lo malo es que todas vienen acompañadas de algún bulto aterciopelado.

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En la noche, Charly, Andrés y yo pedimos unos tragos en el bar semivacío del lobby mientras observamos a las parejas —de todas las edades— que salen del hotel para encarar la estridente vida nocturna acapulqueña. Pronto nos vimos en medio de un juego de especulaciones cuyo objetivo era el de tasar el nivel de felicidad de cada una basándonos en su lenguaje corporal. Los resultados no fueron favorables.
La banda musical tocaba con desencanto ensayado las mismas melodías de todos los lobbys del mundo. Lo último que recuerdo de esa noche es la imagen de Charly acariciando la rodilla desnuda de una mesera risueña.
La mañana siguiente bajo para enfrentar el buffet matutino. El comedor está repleto de familias que se mueven de manera mecánica. Los meseros intentan distribuir la impaciencia con la amabilidad tensa que exige su oficio. Es difícil no incomodarse frente a la disfuncionalidad familiar cuando ésta se ve expuesta en los espacios públicos. Uno puede identificarse con las patologías de cada mesa.
Ya quiero regresar al DF: el estrés me está matando.

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One Comment en “Sol y misantropía”

  1. V_Co Says:

    Je, wow justo hoy estaba leyendo este texto en mis MILENIO atrasadas.

    Espero pronto ver en este espacio el artículo de los morenazis y el de la Navidad.

    ¡Excelentes!


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