Refugiados políticos en Canadá

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Las narcodecapitaciones, la brutalidad policial, la corrupción gubernamental, los linchamientos, las asesinadas de Juárez, la pobreza extrema, la riqueza obscena, la violencia doméstica, el cinismo glamoroso de nuestros políticos y el analfabetismo de nuestros maestros —entre otros males— son motivos suficientes como para dispararnos una taquicardia súbita y obligarnos a revisar la fecha de vencimiento de nuestros pasaportes. Algunos elegimos la negación como un modus vivendi que nos permita mantener una cordura aceptable, otros la apatía; algunos recurren a los estupefacientes o, en su defecto, a la religión. No obstante, también están aquellos que quedaron sin opciones de fuga mental; gente que experimentó de lleno el roce con el lado menos amable de nuestra sociedad. Canadá se ha convertido en el destino de un nuevo exilio mexicano; he aquí los testimonios de cuatro de ellos:
México tiene una cultura bastante definida en lo que se refiere a los temas de identidad y género y a cómo este último tiene que expresarse y los parámetros a seguir para que uno pueda ser aceptado en la sociedad. Mis desencuentros con la sociedad mexicana se dieron desde la infancia. Estuve muchos años en una escuela católica y siempre me pareció un tanto ridícula la cultura machista y la manera en que los mexicanos tenemos de ver las cosas”, confiesa Diego Poblete, uno de los miles de refugiados políticos mexicanos que residen en Canadá. “Para cuando estaba en la universidad yo vivía con quien en ese entonces era mi pareja. Nos mudamos a la colonia Santa María de la Rivera. Es una colonia muy bonita pero muy ruda, y cuando a alguien no le gusta tu carita, cuidado. Mi auto fue robado, mi departamento fue destruido, secuestraron a mi pareja y vaciaron nuestra cuenta de banco. La opción más factible era buscar otro lugar donde vivir. En cuestión de un par de semanas vendimos lo que nos quedaba y nos venimos para acá”. La noche de enero de 2003 Diego y su pareja se presentaron frente al oficial del puesto de control migratorio del aeropuerto de Montreal. Vengo a pedir protección política, le dije. Recuerdo que el oficial me preguntó tres veces si estaba seguro de lo que estaba haciendo antes de tomar nuestros pasaportes y conducirnos a una sala de espera donde dos horas más tarde empezamos a llenar formas. Nos separaron para que cada uno contara su historia de manera independiente frente a un agente.

Me sorprendió mucho la amabilidad con la que nos trataron; llamaron a un intérprete por teléfono ya que mi novio no hablaba inglés ni francés. Salimos del aeropuerto a las 3 de la madrugada, estábamos a 20 grados bajo cero. No te envían a ningún lado, te dan algunas opciones adónde llegar y nos dijeron en qué días teníamos que presentarnos para los exámenes médicos y cuándo eran nuestras citas de asesoría legal, entre otras cosas. Cuando salimos del aeropuerto fuimos directamente al YMCA [edificio ubicado en el centro de Montreal que funciona como refugio para los inmigrantes]. Tuvimos asistencia social durante el proceso legal y recibíamos 570 dólares al mes para los dos y nuestra renta era de 450, así que teníamos que ver cómo arreglárnoslas. No es nada fácil llegar a un país donde a pesar de tus estudios o del currículum que puedas tener en realidad nadie te conoce y tienes que empezar desde cero. Tienes que tramitar tu permiso de trabajo y ese proceso tarda alrededor de dos meses y medio. Cuando llegué tuve que aguantar jornadas laborales de catorce horas —tanto en las fábricas e imprentas en donde trabajé— con media hora de descanso para comer. Pasé por etapas de mucha depresión; es muy cabrón ver cómo tu vida se derrumba frente a tus ojos sin poder decirle a nadie me voy por esto o por lo otro. Cuando me fui de México nadie me hizo una fiesta de despedida, ni taquiza, ni hubo piñatas de por medio -cuenta Diego y suelta una risa corta que parece querer ventilar más que comunicar alegría-, literalmente tuvimos que agarrar nuestras cosas e irnos.

Un año después de nuestra llegada a Canadá, mi pareja y yo recibimos el estatus oficial de refugiados políticos. No puedo volver a México por cuestiones legales relacionadas con las leyes internacionales. Hay mucha gente que juega con el sistema canadiense. Conozco a muchos latinoamericanos que llegan pidiendo refugio y lo primero que hacen una vez que reciben su carta de residencia permanente es ir a su país de vacaciones. Yo siento que es un abuso y una falta de respeto enorme hacia un país que realmente se preocupa por proteger los derechos humanos. El gobierno de Canadá gasta alrededor de 60 mil dólares para costear los procesos legales y médicos de cada uno de los refugiados. Es impresionante la cantidad de programas que tienen aquí para lograr suavizar la asimilación de los inmigrantes y los refugiados. A diferencia de la sociedad mexicana, que es extremadamente xenofóbica. En mi opinión, los mexicanos deberían de aprender mucho sobre la tolerancia y el respeto. Aquí, en contraste, se goza de una libertad absoluta; esta libertad se da porque la gente aquí está demasiada ocupada haciendo sus propias cosas como para preocuparse por lo que están haciendo los demás.

Esto es una mentira. Los homosexuales se ven discriminados, acosados e incluso son víctimas de robos, pero el que sus vidas corran peligro y que su única solución sea dejar el país es una farsa. Quienes verdaderamente necesitan protección en México y en América Latina en general, por lo regular no tienen idea de que existe la posibilidad del asilo ni cómo pedirlo, ni mucho menos el dinero para comprar un boleto de avión a Canadá”, declaraba en 2006 el periodista y escritor mexicano Benjamín Santamaría Ochoa (quien también se vio obligado a huir de México en 2002 y pedir refugio en Canadá después de sufrir amenazas debido a su activismo a favor de la justicia social de los niños callejeros), a propósito de la creciente oleada de solicitudes por parte de mexicanos que pedían refugio político. Más de 3,500 mexicanos pidieron asilo en Canadá durante 2005, convirtiéndose por primera vez en el país con mayor índice de peticiones de asilo político.


 

Según lo que he averiguado hablando con otros refugiados, parece ser que las autoridades canadienses son más exigentes con los mexicanos que con el resto de los latinoamericanos”, cuenta Alberto Sánchez —seudónimo del entrevistado, quien prefirió permanecer en el anonimato.

Las impresiones de Sánchez son acertadas: la tasa de aceptación de los colombianos y los haitianos es mucho más alta que la de los mexicanos. Durante 2008, sólo fueron aprobadas 13% de las 1,958 peticiones hechas por parte de los mexicanos mientras que 84% de los solicitantes colombianos recibieron el estatus de refugiados, al igual que 46% de sus semejantes haitianos. Todo esto a pesar de las más de 8 mil muertes registradas el año pasado relacionadas con el narcotráfico, de los altos índices de violencia contra las mujeres, la corrupción e inoperancia gubernamental (la lista es larga). Existen varias trabas diplomáticas para los refugiados mexicanos potenciales. El hecho de que México sea socio del Tratado de Libre Comercio con Canadá desempeña un papel importante en la severidad con la que los mandatarios de Ottawa juzgan los casos de los mexicanos. El señalar a México como una clara fuente de refugiados políticos representaría una disputa diplomática que podría estropear los negocios entre ambos países. Por una parte, el ministro de Inmigración canadiense, Jason Kenney, dice que el incremento de 30% en las peticiones de asilo político es “un abuso de la generosidad de Canadá”, aun cuando su propia oficina advierte a los ciudadanos canadienses de los riesgos que pueden llegar a correr al viajar a México.

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Sánchez experimentó en carne propia los estragos de la ineficiencia del gobierno. “Básicamente lo que me hizo huir de México fue la inseguridad”, cuenta el joven mexicano. Alberto salió de Morelia a los 22 años para poner un negocio en Cancún junto con su socio.

Nos fue bastante bien allí con el negocio de las casetas telefónicas, a pesar de que para ese entonces ya había más de 500 en Cancún. Empezamos a expandirnos hacia el norte —Matamoros, Reynosa y Nuevo Laredo— cuando nos enteramos de que en estos lugares no había ningún servicio parecido al que nosotros ofrecíamos. Lo que nunca contemplamos fue lo inseguras que son esas ciudades fronterizas y el control absoluto que tiene el crimen organizado. Fue en Reynosa cuando empezaron a llegar algunas personas a pedirme dinero para ‘proteger mi negocio’. Las primeras veces que llegaron a visitarme me interrogaban; querían saber qué era lo que estaba haciendo en Reynosa, si estaba lavando dinero, si tenía familiares metidos en el narcotráfico, etcétera, aunque de una manera relativamente tranquila. Ya con el tiempo y después de negarme varias veces a darles dinero, las cosas se pusieron más violentas; llegaban directamente a tirar las cosas, a arrancar los cables de los teléfonos, etcétera. Y así, gradualmente empezaron a llegar con mayor frecuencia a extorsionarme, siempre presentándose como parte de algún cártel fuerte. Me daba mucho coraje tener que estar de lunes a lunes trabajando turnos de doce horas sólo para llenarles los bolsillos. Sus ‘cuotas’ variaban entre 5 mil y 10 mil pesos a la semana. Las circunstancias me obligaron a regresar a Cancún sólo para darme cuenta de que se estaban aplicando los mismos métodos de intimidación que en Reynosa, y lo que es peor, me enteré de que algunas de las personas que estaban llegando eran las mismas que me habían amenazado meses atrás en Reynosa. Además de mi propia experiencia, empecé a hablar con amigos de distintas partes de la república y me di cuenta de que les estaba sucediendo lo mismo que a mí. Fue entonces cuando entendí que la única opción viable era salir del país. Me enteré de un conocido que había pedido, aunque sin éxito, refugio en Canadá y decidí hablar con él e investigar por mi cuenta cuáles eran los pasos a seguir para poder recibir asilo. Para mí el hecho de tener que quedarme en México representaba una desilusión; el futuro no pintaba nada bien. Me decidí por Canadá porque, según lo que me contaba esta persona, aquí no se resentía tanto el racismo como por ejemplo en España o Estados Unidos. Cuando estaba frente al agente de inmigración le dije que venía con la intención de pedir refugio político.

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‘Muy bien’, me dijo muy tranquilo, me pidió que anotara refugiado político sobre la forma migratoria, tomó mis documentos y me guió hacia una sala de espera donde había cuatro personas sentadas: un joven de Veracruz, una pareja de Colombia y otro de Estados Unidos. Una vez que empezó el trámite tuve que llenar varias formas, me sacaron unas fotos, me tomaron las huellas dactilares y me dijeron que como ese día tenían mucha carga de trabajo tendría que regresar dentro de una semana para la entrevista con un agente migratorio. Antes de salir del aeropuerto me dieron una hoja donde venía una lista de algunos domicilios de refugios donde podría pasar la noche con la opción de extender la estancia hasta un máximo de un mes. Llegué al YMCA alrededor de la medianoche. Una vez que me registré en la ventanilla, el trabajador social me llevó a una pequeña habitación donde había seis mexicanos más quienes ya llevaban unas semanas en Montreal. Me contaron de sus experiencias y me dieron consejos muy prácticos para poder seguir mi trámite de asilamiento. Al día siguiente fui con una trabajadora social allí mismo que me entregó una lista con todas las entrevistas y citas a las que tenía que presentarme y acto seguido me dio un boleto para el metro. En promedio, uno tarda alrededor de una semana en completar los trámites básicos que incluyen asesoría legal y exámenes médicos. Regresé al aeropuerto para llevar a cabo mi entrevista y narrar mi historia. Los problemas causados por el narcotráfico no figuran entre las opciones para poder pedir refugio político, pero sí te pueden recibir si compruebas que tu vida corre riesgo en tu país”. Alberto se refiere al artículo 1. A. 2 de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados adoptada el 28 de julio de 1951 por las Naciones Unidas en Ginebra, en el cual se señala que toda persona “que, como resultado de acontecimientos ocurridos antes del 1.º de enero de 1951 y debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él”. “Mi caso lleva un año en proceso de evaluación”, aclara Alberto. “Varía muchísimo en cada caso, pero sé de gente que se ha tardado hasta dos años o más en recibir el estatus de refugiado político. Durante este periodo de espera te dan un permiso de trabajo, tienes acceso a todos los servicios médicos, puedes entrar en la asistencia social, te ofrecen cursos de francés que son muy buenos y prácticamente gratuitos y, bueno, puedes andar tranquilamente por la calle. La verdad es que me considero muy afortunado porque mi proceso de adaptación ha sido bastante suave y porque la mayoría de la gente aquí me ha tratado muy bien; no te ven con recelo sino que están conscientes de los problemas que hay en México y que los que llegamos aquí lo hacemos simplemente porque buscamos un nivel de vida mejor. Hay muchas cosas que extraño de mi país: mi familia, mis amigos, la comida, etcétera. Me entristece mucho el hecho de que México sea un país mal gobernado porque eso opaca la gran riqueza que tiene. Me encantaría poder vivir allí un día, tranquilamente, sin tener que mirar por encima del hombro a cada rato.

 


 

Marta y Francisco —seudónimos— huyeron de México junto con su hija en 2008, representando una mínima fracción de la interminable lista de víctimas directas de la corrupción e incompetencia de las autoridades mexicanas. “Nosotros vivíamos en México sin ningún problema. Realmente teníamos una vida muy tranquila. No puedo entrar en detalles porque no quiero que me reconozcan; lo que sí te puedo contar es que me amenazaron diciendo que iban a secuestrar a mi hija”, cuenta Marta. “Todo esto empezó porque la persona en cuestión, una ex amiga, sintió que yo había tenido algo que ver con el hecho de que su marido le haya quitado a su hijo. Lo primero que hicimos fue acudir al Ministerio Público para levantar una denuncia. Me dijeron que no había ningún problema, pero que lo primero que había que hacer era enfrentarse a la supuesta agresora para averiguar el porqué de estas amenazas y dejarle en claro que ya hay un registro de un antecedente por si algo llegara a sucederle a la niña. Pero me dijeron que por lo pronto no se podía hacer nada más. Me presenté en la fecha que nos habían citado pero ella nunca apareció. Después de dar muchas vueltas en el MP, uno de los funcionarios me mandó al sótano donde tenían archivados los citatorios. ‘Su citatorio está perdido; no lo trae nadie, usted no es la primera’, me dijo la señorita encargada. ‘Lo que voy a hacer es darle una hoja en la que diga que ya entregamos el citatorio para que se la lleve al licenciado y que él le diga cómo continuar de allí’. Fui a la oficina del licenciado y éste me dijo que ya se había enviado un segundo citatorio pero que al parecer la persona ya no vivía allí, y que por consiguiente no había mucho más que ellos podían hacer, a pesar de que yo tenía el número telefónico de esta señora y todas las amenazas que dejó grabadas en mi contestadora.

Después de no sé cuántas visitas al MP, el licenciado finalmente me agarró y me dijo, ‘a título personal’, que si lo que yo quería era proteger a mi familia, lo mejor que podía hacer era salir de la ciudad y de preferencia del país. ‘Yo haría lo mismo con mi familia’, me confesó. Me dijo que ellos como policías no podían hacer nada porque no tenían un delito que seguir, porque no me habían quitado a mi hija y porque no me habían tratado de hacer daño de una manera explícita. Le comenté que tenía un auto siguiéndome a todas partes y me repitió lo primero, añadiendo que Canadá era una buena opción para buscar asilo. En un principio, Francisco y yo decidimos ir a casa de sus padres, fuera de la ciudad. Poco tiempo después nos dimos cuenta de que nos seguían espiando. Veíamos el mismo auto siguiéndonos a todas partes. No me sorprendió el hecho de que nos haya encontrado ya que ella solía ser amiga íntima de la familia, pero sí me dio a entender que nuestras opciones se iban agotando. Vendimos nuestro coche y con ese dinero compramos nuestro pasaje para Montreal —señala Marta. Cuando llegamos al aeropuerto nos pasaron a una sala en donde pasamos siete horas llenando nuestros datos básicos” —interviene Francisco. La persona que nos atendió fue muy amable. Nos dijo que estaban revisando demasiados casos ese día y que no podían tomar nuestra declaración sino hasta dentro de cinco meses. Nos dijeron de las opciones de albergue pero también nos advirtieron que posiblemente estarían llenos. En el momento en que salimos del aeropuerto tomamos un taxi y le pedimos que nos llevara a buscar un departamento.

La tercera fue la vencida; éste ha sido nuestro modesto hogar desde la primera noche que llegamos –confirma Francisco con los brazos extendidos. Lo que más nos ha costado aceptar es el hecho de que nuestra formación profesional, de muchos años, no tiene valor alguno aquí en Canadá —interviene  Marta—, tendríamos que empezar de ceros para lograr cualquier tipo de validación y eso es bastante duro a nuestra edad —cuarenta años—. Por otro lado, cuando ves el grado de preparación que tienen aquí entonces entiendes por qué son tan exigentes. Aquí en Québec hay un cierto rechazo de las personas hacia los angloparlantes y eso ha hecho más complicada nuestra estancia en un principio porque ni Francisco ni yo hablábamos francés. Hay una cierta barrera que hace que te sientas rechazado. Pero después de siete meses de clases ya más o menos nos defendemos en francés y nos vamos dando cuenta de que la gente no es tan cerrada como podría parecer en un principio —comenta Marta. Es lógico que algunas personas no estén de acuerdo con la política que adopta su gobierno frente al problema de los refugiados —dice Francisco—, por el simple hecho de que ellos mismos se ven afectados económicamente. Aunque a juzgar por nuestra propia experiencia y de algunas amistades, te puedo decir que la gran mayoría de las personas tratan muy bien a los inmigrantes. Además, para nuestra fortuna, el gobierno canadiense nos apoya en todos los aspectos. Aquí el gobierno trabaja para el ciudadano y no al revés como en México. La policía está para defenderte y no para reprimirte.

Estamos muy tranquilos a sabiendas de que nuestra hija vive en un país seguro y funcional; un país con futuro, —añade Marta a la vez que frota los ocho meses de embarazo que anuncia su vientre.

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“Somos un país democrático […] Tenemos leyes, tenemos la Constitución, contamos con todas las leyes que tienen el resto de los países”, fueron las palabras que Alberto Acosta Treviño —el cónsul mexicano en Canadá— utilizó en defensa del Estado mexicano. Según publicó Roberta Pennington en el diario canadiense The Windsor Star, “Acosta dijo que sus connacionales pueden tener ambas cosas —refiriéndose a la seguridad y al dinero— en su país. Mexico, según Acosta, con una población mayor a la de los 100 millones, no es ni más ni menos peligroso o estable que cualquier otro país de Centro o Sudamérica. Acosta declaró que su oficina no puede hacer nada para que los recién llegados reciban el estatus de refugiados”.


José Gilberto Mena conoce muy bien las grietas de la Constitución, las leyes y la democracia que Acosta Treviño defiende sin pestañar. Para principios de los noventa, las broncas internas entre los dueños de los puestos y los líderes del mercado de Medellín —ubicado en la colonia Roma del Distrito Federal— llevaron al asesinato de uno de sus líderes, Salvador Urbano Cázares, quien fue hallado dentro de su local con un par de balazos incrustados en su cabeza. La policía judicial concluyó que el asesinato fue la consecuencia de un robo. No obstante, la muerte de Urbano Cázares desencadenó una oleada de violencia que pretendía imponer un nuevo orden jerárquico en el mercado. José Gilberto Mena, quien para entonces trabajaba en un pequeño puesto, se vio atrapado en medio de esta disputa territorial.

“Si no quieres acabar abajo de las ruedas de un Ford, lo mejor es que te vayas de aquí”, le advirtió una voz mientras esperaba el autobús.

La verdad es que sí me dio mucho miedo; en ese mismo momento cerré mi puesto y me fui a casa  —confiesa José Gilberto, quien tardó dos meses en poder volver a su trabajo ya con la aparente garantía de estabilidad que representaba la reciente elección de una nueva líder: Margarita Tenorio Escobar, quien además era la casera de José Gilberto—. A pesar del nuevo liderato de doña Tenorio siguieron sucediendo cosas muy raras. Había un descontento evidente por parte del grupo rival. Yo recibía un aproximado de tres o cuatro amenazas telefónicas al mes.

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Fue alrededor de esa época cuando me emparejé con José Alfredo León Malagón. Para no hacerte el cuento largo, Margarita llegó un día a mi casa a preguntarme si sabía algo del ‘gordito’ —así es como se referíaa a José Alfredo— para informarme enseguida de que la policía estaba afuera preguntando por mí. Inmediatamente me trataron como sospechoso. Me preguntaron cómo era que conocía a José Alfredo, me pidieron que hiciera una descripción física de él y que narrara dónde había pasado la noche anterior. Le pregunté al judicial el motivo de la interrogación. ‘Ah, pues porque lo mataron’, me contestó con una ligereza surrealista. El cuerpo de José Alfredo Malagón fue encontrado en la calle por un pepenador. Me invitaron a subirme a la patrulla y me trasladaron a la delegación Benito Juárez, tratándome automáticamente como a un acusado de homicidio. Me tenían en el patio de la Policía Judicial de la Benito Juárez, donde me torturaron física y psicológicamente. Después de aguantar días de gritos, preguntas obscenas y maltrato físico, me tacharon de loco; así que decidí seguir por esa línea para lograr librarme. Obviamente también ayudó el hecho de que doña Tenorio me había invitado a cenar la noche del asesinato. ¿Quién lo mató?, evidentemente nunca se supo y a nadie le interesó averiguar más. Poco tiempo después del asesinato de José Alfredo regresé a mi puesto sólo para darme cuenta de que lo habían saqueado todo.

Decidí vender el local y dedicarme a otras cosas, pero las amenazas continuaban. Allí fue cuando me convencí de que tenía que largarme de México. Un amigo de mi tío me aconsejó irme a Montreal porque según él, allí ‘la gente como yo’ era bien vista. Canjee las pocas pertenencias que mequedaban a cambio de un pasaje a Canadá. Como mi avión hacía escala en Toronto, ahí fue donde tuve que pedir asilo antes de irme a Montreal. En mi cabeza pedir asilo era algo para gente como Fidel Castro, Ghandi, Salinas de Gortari, no para un pobre-diablo-hijo-de-puta salido de un mercado como yo. Me moría de pena y de angustia. Oculté el hecho de que soy homosexual por miedo a cualquier tipo de repercusiones. Pues es que ¡carajo!, no puedes cambiar la mentalidad en un abrir y cerrar de ojos. Después de dos días de interrogatorios al lado de una traductora nicaragüense, mala como ella sola, finalmente recibí el estatus de candidato a refugiado político y pude tomar un autobús a Montreal. ¡Coño!, de haber sabido hubiera tomado un avión, está lejos con cojones. Como has de inferir yo no podía querer a México después de lo que me había pasado; quedé con un resentimiento inconmensurable. Mi asimilación a la cultura canadiense se dio sin mayores contratiempos. A diferencia de la gran mayoría de los inmigrantes que he conocido, yo no sufro de arrebatos de nostalgia, me siento muy arraigado a Montreal. No dejo de maravillarme con los servicios de asistencia que el gobierno canadiense brinda a los candidatos para el asilado político. La sociedad mexicana está atrasada gracias a su conservadurismo enfermizo; México necesita evolucionar mentalmente, deshacerse de esa hipocresía moralina que lo tiene jodido.
Según señalan algunas organizaciones de derechos humanos en Canadá, el mayor impedimento para los solicitantes de asilo mexicanos consiste en la manera en la cual los miembros del Comité de Inmigración y Refugiados analizan el caso de México, argumentando que es un país capaz de proteger a sus ciudadanos. Para Gloria Nafzinger, coordinadora de refugiados junto con Amnistía Internacional Canadá, éste es un enfoque demasiado simplista. “Es impresionante e inconcebible que el ministro —Jason Kenney— esté prejuzgando las peticiones de asilo provenientes de México”, argumenta Nafzinger. “El comité de Inmigración y Refugiados, al igual que el señor Kenney, harían bien al investigar seriamente los niveles de violencia que existen en México y al observar detenidamente la naturaleza de las peticiones porque representan una verdadera preocupación en materia de derechos humanos con respecto a la gente que viene de México”, denuncia Gloria ante una postura política aparentemente definida por los mandatarios conservadores de Ottawa; aunque cabe decir que bajo una perspectiva panorámica, uno queda con la sensación de que los gobernantes peligrosamente obtusos están de este lado de la frontera. Si no, pues entonces cómo explicar las largas filas de mexicanos que se presentan año con año frente a los agentes de inmigración canadienses, cargando maletas semivacías e historias de terror pertenecientes a otro mundo.

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One Comment en “Refugiados políticos en Canadá”

  1. alejandra Says:

    si es triste dejar mexico, ralmente teniamos una calidad familiar de vida mucho mejor y opciones de trabajo en nuestro idioma, nosotros viviamos felices hasta que llegaron los zetas que apoyados por los policias son de lo peor y lo malos que estos carteles ya no pueden dedicarse al trafico de drogas precisamente por la guerra que hay en mexico y su principal oficio ahorita es el secuestro, asalto, extorsion y asesinato y ellos mismos lo dicen, en ningun momento mencionan el trafico de drogas, es por eso que estan en toda la republica mexicana y no solo en la frontera.
    Doy gracias a Canada por habernos recibido en su pais y por darnos la oportunidad de tener vida y tranquilidad misma que perdimos en mexico, si se sufre y mas porque dejas tu familia tu pasado y a mi por ejemplo a los 6 meses de estar en canada se me murio mi papa y es realmente fuerte no poder estar a su lado, pero no nos queda de otra, a mexico no podemos volver y yo se que muchos mexicanos estan viviendo un infierno y quisieran dejar todo y salir unicamente con lo mas valioso que son sus hijos y no lo pueden hacer, solo pido con todo mi corazon que mejore mi pais y que mi familia al igual que todos mis paisanos vuelvan a tener la tranquilidad que nos merecemos.


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