Refugiados políticos mexicanos en Canadá (lado B)

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Marta y Francisco —seudónimos— huyeron de México junto con su hija en 2008, representando una mínima fracción de la interminable lista de víctimas directas de la corrupción e incompetencia de las autoridades mexicanas. “Nosotros vivíamos en México sin ningún problema. Realmente teníamos una vida muy tranquila. No puedo entrar en detalles porque no quiero que me reconozcan; lo que sí te puedo contar es que me amenazaron diciendo que iban a secuestrar a mi hija”, cuenta Marta. “Todo esto empezó porque la persona en cuestión, una ex amiga, sintió que yo había tenido algo que ver con el hecho de que su marido le haya quitado a su hijo. Lo primero que hicimos fue acudir al Ministerio Público para levantar una denuncia. Me dijeron que no había ningún problema, pero que lo primero que había que hacer era enfrentarse a la supuesta agresora para averiguar el porqué de estas amenazas y dejarle en claro que ya hay un registro de un antecedente por si algo llegara a sucederle a la niña. Pero me dijeron que por lo pronto no se podía hacer nada más. Me presenté en la fecha que nos habían citado pero ella nunca apareció. Después de dar muchas vueltas en el MP, uno de los funcionarios me mandó al sótano donde tenían archivados los citatorios. ‘Su citatorio está perdido; no lo trae nadie, usted no es la primera’, me dijo la señorita encargada. ‘Lo que voy a hacer es darle una hoja en la que diga que ya entregamos el citatorio para que se la lleve al licenciado y que él le diga cómo continuar de allí’. Fui a la oficina del licenciado y éste me dijo que ya se había enviado un segundo citatorio pero que al parecer la persona ya no vivía allí, y que por consiguiente no había mucho más que ellos podían hacer, a pesar de que yo tenía el número telefónico de esta señora y todas las amenazas que dejó grabadas en mi contestadora.

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Después de no sé cuántas visitas al MP, el licenciado finalmente me agarró y me dijo, ‘a título personal’, que si lo que yo quería era proteger a mi familia, lo mejor que podía hacer era salir de la ciudad y de preferencia del país. ‘Yo haría lo mismo con mi familia’, me confesó. Me dijo que ellos como policías no podían hacer nada porque no tenían un delito que seguir, porque no me habían quitado a mi hija y porque no me habían tratado de hacer daño de una manera explícita. Le comenté que tenía un auto siguiéndome a todas partes y me repitió lo primero, añadiendo que Canadá era una buena opción para buscar asilo. En un principio, Francisco y yo decidimos ir a casa de sus padres, fuera de la ciudad. Poco tiempo después nos dimos cuenta de que nos seguían espiando. Veíamos el mismo auto siguiéndonos a todas partes. No me sorprendió el hecho de que nos haya encontrado ya que ella solía ser amiga íntima de la familia, pero sí me dio a entender que nuestras opciones se iban agotando. Vendimos nuestro coche y con ese dinero compramos nuestro pasaje para Montreal”, señala Marta. “Cuando llegamos al aeropuerto nos pasaron a una sala en donde pasamos siete horas llenando nuestros datos básicos” —interviene Francisco. La persona que nos atendió fue muy amable. Nos dijo que estaban revisando demasiados casos ese día y que no podían tomar nuestra declaración sino hasta dentro de cinco meses. Nos dijeron de las opciones de albergue pero también nos advirtieron que posiblemente estarían llenos. En el momento en que salimos del aeropuerto tomamos un taxi y le pedimos que nos llevara a buscar un departamento.

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La tercera fue la vencida; éste ha sido nuestro modesto hogar desde la primera noche que llegamos”, confirma Francisco con los brazos extendidos.
“Lo que más nos ha costado aceptar es el hecho de que nuestra formación profesional, de muchos años, no tiene valor alguno aquí en Canadá”, confiesa Marta. “Tendríamos que partir de cero para lograr cualquier tipo de validación y eso es bastante duro a nuestra edad —cuarenta años. Por otro lado, cuando ves el grado de preparación que tienen aquí entonces entiendes por qué son tan exigentes. Aquí en Québec hay un cierto rechazo de las personas hacia los angloparlantes y eso ha hecho más complicada nuestra estancia en un principio porque ni Francisco ni yo hablábamos francés. Hay una cierta barrera que hace que te sientas rechazado. Pero después de siete meses de clases ya más o menos nos defendemos en francés y nos vamos dando cuenta de que la gente no es tan cerrada como podría parecer en un principio”, comenta Marta.
“Es lógico que algunas personas no estén de acuerdo con la política que adopta su gobierno frente al problema de los refugiados”, dice Francisco, “por el simple hecho de que ellos mismos se ven afectados económicamente. Aunque a juzgar por nuestra propia experiencia y de algunas amistades, te puedo decir que la gran mayoría de las personas tratan muy bien a los inmigrantes. Además, para nuestra fortuna, el gobierno canadiense nos apoya en todos los aspectos. Aquí el gobierno trabaja para el ciudadano y no al revés como en México. La policía está para defenderte y no para reprimirte”, dice Francisco. “Estamos muy tranquilos a sabiendas de que nuestra hija vive en un país seguro y funcional; un país con futuro”, agrega Marta mientras frota los ocho meses de embarazo que anuncia su vientre.

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“Somos un país democrático […] Tenemos leyes, tenemos la Constitución, contamos con todas las leyes que tienen el resto de los países”, fueron las palabras que Alberto Acosta Treviño —el cónsul mexicano en Canadá— utilizó en defensa del Estado mexicano. Según publicó Roberta Pennington en el diario canadiense The Windsor Star, “Acosta dijo que sus connacionales pueden tener ambas cosas —refiriéndose a la seguridad y al dinero— en su país. Mexico, según Acosta, con una población mayor a la de los 100 millones, no es ni más ni menos peligroso o estable que cualquier otro país de Centro o Sudamérica. Acosta declaró que su oficina no puede hacer nada para que los recién llegados reciban el estatus de refugiados”.
José Gilberto Mena conoce muy bien las grietas de la Constitución, las leyes y la democracia que Acosta Treviño defiende sin pestañar. Para principios de los noventa, las broncas internas entre los dueños de los puestos y los líderes del mercado de Medellín —ubicado en la colonia Roma del Distrito Federal— llevaron al asesinato de uno de sus líderes, Salvador Urbano Cázares, quien fue hallado dentro de su local con un par de balazos incrustados en su cabeza. La policía judicial concluyó que el asesinato fue la consecuencia de un robo. No obstante, la muerte de Urbano Cázares desencadenó una oleada de violencia que pretendía imponer un nuevo orden jerárquico en el mercado. José Gilberto Mena, quien para entonces trabajaba en un pequeño puesto, se vio atrapado en medio de esta disputa territorial. “Si no quieres acabar abajo de las ruedas de un Ford, lo mejor es que te vayas de aquí”, le advirtió una voz mientras esperaba el autobús. “La verdad es que sí me dio mucho miedo; en ese mismo momento cerré mi puesto y me fui a casa”, confiesa José Gilberto, quien tardó dos meses en poder volver a su trabajo ya con la aparente garantía de estabilidad que representaba la reciente elección de una nueva líder: Margarita Tenorio Escobar, quien además era la casera de José Gilberto. “A pesar del nuevo liderato de doña Tenorio siguieron sucediendo cosas muy raras. Había un descontento evidente por parte del grupo rival. Yo recibía un aproximado de tres o cuatro amenazas telefónicas al mes.

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Fue alrededor de esa época cuando me emparejé con José Alfredo León Malagón”, cuenta JG. “Para no hacerte el cuento largo, Margarita llegó un día a mi casa a preguntarme si sabía algo del ‘gordito’ —así es como le decía a José Alfredo— para informarme enseguida de que la policía estaba afuera preguntando por mí. Inmediatamente me trataron como sospechoso. Me preguntaron cómo era que conocía a José Alfredo, me pidieron que hiciera una descripción física de él y que narrara dónde había pasado la noche anterior. Le pregunté al judicial el motivo de la interrogación. ‘Ah, pues porque lo mataron’, me contestó con una ligereza surrealista”, cuenta JG. El cuerpo de José Alfredo Malagón fue encontrado en la calle por un pepenador. “Me invitaron a subirme a la patrulla y me trasladaron a la delegación Benito Juárez, tratándome automáticamente como a un acusado de homicidio. Me tenían en el patio de la Policía Judicial de la Benito Juárez, donde me torturaron física y psicológicamente”, asegura JG. “Después de aguantar días de gritos, preguntas obscenas y maltrato físico, me tacharon de loco; así que decidí seguir por esa línea para lograr librarme. Obviamente también ayudó el hecho de que doña Tenorio me había invitado a cenar la noche del asesinato. ¿Quién lo mató?, evidentemente nunca se supo y a nadie le interesó averiguar más. Poco tiempo después del asesinato de José Alfredo regresé a mi puesto sólo para darme cuenta de que lo habían saqueado todo.

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Decidí vender el local y dedicarme a otras cosas, pero las amenazas continuaban. Allí fue cuando me convencí de que tenía que largarme de México. Un amigo de mi tío me aconsejó irme a Montreal porque según él, allí ‘la gente como yo’ era bien vista”. JG canjeó las pocas pertenencias que le quedaban a cambio de un pasaje a Canadá. “Como mi avión hacía escala en Toronto, allí fue donde tuve que pedir asilo antes de irme a Montreal. En mi cabeza pedir asilo era algo para gente como Fidel Castro, Ghandi, Salinas de Gortari, no para un pobre-diablo-hijo-de-puta salido de un mercado como yo. Me moría de pena y de angustia. Oculté el hecho de que soy homosexual por miedo a cualquier tipo de repercusiones. Pues es que ¡carajo!, no puedes cambiar la mentalidad en un abrir y cerrar de ojos”, exclama JG. “Después de dos días de interrogatorios al lado de una traductora nicaragüense, mala como ella sola, finalmente recibí el estatus de candidato a refugiado político y pude tomar un autobús a Montreal. ¡Coño!, de haber sabido hubiera tomado un avión, está lejos con cojones”, asegura, enérgico. “Como has de inferir yo no podía querer a México después de lo que me había pasado; quedé con un resentimiento inconmensurable. Mi asimilación a la cultura canadiense se dio sin mayores contratiempos. A diferencia de la gran mayoría de los inmigrantes que he conocido, yo no sufro de arrebatos de nostalgia, me siento muy arraigado a Montreal. No dejo de maravillarme con los servicios de asistencia que el gobierno canadiense brinda a los candidatos para el asilado político. La sociedad mexicana está atrasada gracias a su conservadurismo enfermizo; México necesita evolucionar mentalmente, deshacerse de esa hipocresía moralina que lo tiene jodido”, aconseja José Gilberto Mena con destellos de desafío en su voz.
Según señalan algunas organizaciones de derechos humanos en Canadá, el mayor impedimento para los solicitantes de asilo mexicanos consiste en la manera en la cual los miembros del Comité de Inmigración y Refugiados analizan el caso de México, argumentando que es un país capaz de proteger a sus ciudadanos. Para Gloria Nafzinger, coordinadora de refugiados junto con Amnistía Internacional Canadá, éste es un enfoque demasiado simplista. “Es impresionante e inconcebible que el ministro —Jason Kenney— esté prejuzgando las peticiones de asilo provenientes de México”, argumenta Nafzinger. “El comité de Inmigración y Refugiados, al igual que el señor Kenney, harían bien al investigar seriamente los niveles de violencia que existen en México y al observar detenidamente la naturaleza de las peticiones porque representan una verdadera preocupación en materia de derechos humanos con respecto a la gente que viene de México”, denuncia Gloria ante una postura política aparentemente definida por los mandatarios conservadores de Ottawa; aunque cabe decir que bajo una perspectiva panorámica, uno queda con la sensación de que los gobernantes peligrosamente obtusos están de este lado de la frontera. Si no, pues entonces cómo explicar las largas filas de mexicanos que se presentan año con año frente a los agentes de inmigración canadienses, cargando maletas semivacías e historias de terror región 4.

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