La revolución tranquila

Han transcurrido más de 400 años desde que el geógrafo, etnólogo, cronista, cartógrafo y explorador francés, Samuel de Champlain, fundó el primer asentamiento europeo en Canadá que luego se convertiría en la actual Ciudad de Québec: el alma máter de la identidad nacionalista de la sociedad francófona de ese país; una sociedad que vivió una serie de cambios violentos y sin precedentes dentro del marco de una revolución que, aunque parezca imposible, no derramó ni una sola gota de sangre.

Junio de 2009
“Tuve que volver de mi retiro y entrarle a la manejada. No hay de otra, hay que ajustarse a los tiempos”, dicen los ojos fatigados que me miran a través del retrovisor. “Los mexicanos estamos curados de crisis”, asegura el taxista con una resignación asimilada que parece obedecer al estado anímico que se respira a lo largo y ancho del país. Decide subir el volumen de la radio justo cuando el noticiero matutino repasa las repercusiones del accidente de Air France ocurrido en aguas brasileñas. Qué poco tacto tiene este cabrón, murmuro a regañadientes mientras entramos a la Terminal 2 del AICM.
“¿De verdad que eso es lo que gana un taxista en México?, entonces ¿quién soy yo para quejarme, eh?”, confiesa sonriente y en un inglés afrancesado el taxista que me lleva del aeropuerto hacia el interior de Montreal.
Me bajo en la Pequeña Italia —ubicada sobre una fracción de la interminable calle Saint-Laurent que divide la ciudad— para encontrarme con mi amigo Alberto, un antropólogo de cepa que ha vivido en ciudades tan inconexas como Porto Alegre, Monterrey, San Francisco, Oaxaca, Otranto y México —entre otras—, antes de establecerse en Montreal junto a su mujer, Annelyne, quien se dedica a dar clases de francés a los inmigrantes y refugiados políticos. Hacemos una breve escala en su casa antes de salir a la calle —ningún defeño puede evitar una ligera sensación de vértigo al enfrentarse con los enormes vacíos que se cuelan entre los pocos transeúntes que caminan por las banquetas. El olor a pan recién horneado se mezcla con los granos tostados que salen de las cafeterías para filtrarse dentro de las escasas corrientes de aire frío que quedan como una muestra de lo que fue otro invierno atroz. El polen de los dientes de león flota constantemente en la ciudad como una brigada de arañas albinas e inofensivas. “El margen del verano es tan corto que todas las flores eyaculan simultáneamente”, me explica Alberto. “De junio a agosto, Québec es un infierno para los alérgicos”, dice antes de abrir la puerta del Viceversa, la taberna local. El emparedado de carne ahumada y algunas de las exquisitas cervezas artesanales que anuncia el pizarrón marcan la pauta entre el atardecer y la noche e inyectan una nueva dosis de entusiasmo a la conversación. Las mesas del Viceversa están ocupadas por comensales de sonrisas largas y de tripas relajadas, como las de un jeque bahreiní, como de quien nunca se ha visto expuesto ante una situación de estrés prolongada. Todos parecen tan estupendamente saludables, recapacito mientras echo un poco de agua sobre mi rostro e inspecciono las arrugas que se dibujan en el diminuto espejo del baño en busca de ese brillo rebosante que despiden los rostros quebequenses. No lo encuentro, claro está.

La mañana siguiente caminamos hacia Mile End, el vecindario bohemio de Montreal por definición. Alberto me muestra los montículos de libros que descansan sobre la banqueta frente a algunas de las casas. “En Canadá, incluso la cultura es reciclable”, me dice mientras hurgo entre los títulos y recojo un ejemplar firmado por Seichō Matsumoto —escritor desconocido para mí— antes de retomar nuestro camino para entrar en las librerías, cafeterías y bares de la zona. En el camino de regreso Alberto se detiene para señalarme unas relucientes unidades habitacionales incrustadas dentro del arco de una iglesia. “Muchas iglesias se están transformando en lofts y librerías. La Iglesia Católica ha perdido casi todo su poder desde que se dio la Revolución Tranquila de Québec”, me explica mientras mi pensamiento boquiabierto se tarda unos segundos en eliminar sus prejuicios —aparentemente inamovibles— sobre la connotaciones negativas de la palabra progreso.

La Revolución Tranquila —no, no es un oxímoron ideado por Ricardo Arjona— fue el término acuñado por un periodista del diario The Globe and Mail de Toronto en alusión a los cambios políticos y sociales que vivió Québec a partir de 1960. Los líderes políticos e intelectuales quebequenses no se tardaron en apropiarse de este término —en francés: la Révolution tranquille— para ponerle nombre al fin de lo que algunos denominaban “les années noires” de Québec, debido a los rezagos económicos y sociales que acarreaba la sociedad franco-canadiense en comparación con su contraparte anglófona y Estados Unidos como consecuencia del tradicionalismo, el conservadurismo y el nacionalismo intransigente que caracterizaban a la provincia más grande de Canadá durante el longevo gobierno de Maurice Duplessis, ex primer ministro de Québec.

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Duplessis fue elegido para representar al Partido Conservador de Québec en 1933. Dos años después decidió unirse a Paul Gouin —ex miembro del Partido Liberal de Québec y fundador de Acción Liberal Nacional— para formar la Unión Nacional, partido con el que ganaría todas las elecciones llevadas a cabo en Québec desde 1936 —con una sola excepción en 1939— hasta su muerte en 1959. Aunque no todos coinciden con las fechas que indican el margen de la Revolución Tranquila —hay quienes argumentan que ésta empezó con la muerte de Duplessis y la toma de poder de su sucesor, Paul Sauvé—, por lo general este término pretende abarcar la época entre 1960 y 1966, cuando Jean Lesage y su Partido Liberal de Québec reemplazaron la era duplessista para esbozar nuevas reformas con la intención de modernizar y secularizar a la sociedad quebequense y reinventar su identidad nacionalista —se alejaron de un nacionalismo de carácter etnocentrista y se enfocaron exclusivamente en metas colectivas para todo Québec.

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Existen dos hechos que desempeñan un papel determinante en la vertiginosidad de los cambios que vivió la provincia de Québec: la muerte de Duplessis y la nueva conciencia social planteada por la generación de los baby boomers alrededor del mundo occidental que llevó al nacimiento, entre otros logros, del movimiento de derechos civiles y sus consiguientes líderes —Martin Luther King, John F. Kennedy, la misma revolución cubana—, que funcionaron como los modelos a seguir por la nueva dinámica política quebequense cuya consigna principal era la de “rattrapage”: recuperar lo perdido o alcanzar al resto; una apertura que representaría un contraste perfecto en comparación con el autismo obtuso del gobierno de Duplessis y sus secuaces. En un período de seis años las reformas puestas en marcha por el nuevo gobierno de Québec lograron transformar las instituciones para adaptarlas a las demandas que representaba esta nueva política de apertura, al igual que cambiar su imagen hacia el exterior y su concepto de sí mismos. Esto implicaba que el Estado debía de asumir la responsabilidad sobre sus instituciones y deshacerse del dominio que el sector privado tenía sobre éstas —primordialmente por parte de la Iglesia Católica— para hacerlas más accesibles a sus ciudadanos y por ende más democráticas. Casi de la noche a la mañana la Iglesia Católica había perdido todo su poder político en la provincia franco-canadiense. Los tres sectores que se vieron completamente reestructurados durante este proceso de cambio fueron la educación, la salud y los asuntos sociales. Debido al gran consenso que tenían entre los nuevos sindicatos, las corporaciones, las elites políticas e intelectuales, a pesar de que Lesage y su “équipe de tonnerre” —equipo de primera— fueron sucedidos en 1966 por los gobiernos de Daniel Johnson (1966-1968), Jean-Jacques Bertrand (1968-1970), Robert Bourassa (1970-1976) y René Lévesque (1976-1985), todos ellos mantuvieron una línea política que se comprometía a cumplir al pie de la letra el “espíritu” de la Revolución Tranquila.

“Para darte un ejemplo, hasta antes de 1960 la Iglesia Católica tenía el derecho de quitarle los hijos a las madres que vivían ‘fuera del matrimonio’”, asegura Alberto poco antes de llegar al parque para alcanzar a Annelyne. “De un día para otro pasaron de ser una de las sociedades con mayor índice de natalidad a una de las más bajas; de las más religiosas a una de las más laicas”, añade. Mi conmoción se ve mitigada una vez que Annelyne me alcanza una La Fin du Monde, una cerveza que contiene un grado de alcohol equivalente al cinismo de su leyenda. Observo las decenas de cuerpos semidesnudos que descansan sobre el césped y veo cómo sus rostros siguen la trayectoria del sol y de pronto me siento como atrapado en medio de un campo de girasoles con pulso. Desde la cavidad de un ojo foráneo, las tensiones entre francófonos y anglófonos se perciben como un choque entre dos brisas. Un clochard rechoncho y de aspecto saludable se acerca hacia donde estamos sentados para preguntarnos si puede llevarse los cascos vacíos. “Bonne chance, mon amies”, nos dice con una sonrisa amplia después de recoger la última botella para treparse a su bicicleta y seguir su ruta de reciclaje. Annelyne me cuenta que Gérald Tremblay, el alcalde de Montreal, tiene planeado demoler el antro de table dance más antiguo del distrito rojo —el Café Cleopatra— para poner en su lugar enormes edificios de oficinas. La noticia me entristece. Aunque bueno, en Montreal tanto las strippers como Dios son igualmente vulnerables ante la indigencia —reflexiono y doy otro sorbo a La Fin du Monde.

Julio de 2009
Jason Kenney, el ministro de Ciudadanía, Inmigración y Multiculturalismo y miembro del Partido Conservador de Canadá liderado por Stephen Harper, anuncia de manera abrupta que después de las 11:59 p.m. del 15 de julio todo ciudadano mexicano necesitará una visa para entrar a territorio canadiense —el gobierno de Québec mostró su descontento hacia las medidas tomadas por los mandatarios de Ottawa enviando una misiva que proyecta los efectos negativos que estas restricciones pueden tener sobre el sector turístico de la provincia franco-canadiense— debido a que las solicitudes de refugiados por parte de los nacionales se había triplicado desde 2005.
El gobierno de Felipe Calderón Hinojosa asegura que como represalia en contra de su socio del NAFTA, a partir del 16 de julio de 2009 México exigirá visas a los diplomáticos y funcionarios públicos canadienses. Es inevitable pensar en lo rápido que se puede viajar de una revolución tranquila a un berrinche estridente.

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