De cuando Juárez fue an american dream

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México ha contrabandeado sustancias ilegales a Estados Unidos mucho antes de que existieran los cárteles, las trocas y los narcocorridos. Y es que además de albergar a las hordas de calenturientos adolescentes primermundistas en nuestros prostíbulos región cuatro, de ser el principal encargado de empolvar las fosas nasales e inyectar las ávidas venas de nuestro vecino del norte, hubo tiempos en que nuestro país se dedicó a calmar la dipsomanía frenética del mayor consumidor del continente americano. La Prohibición o la Ley Seca, propuesta por la XVIII Enmienda de Estados Unidos y ratificada en 45 de sus estados entre 1918 y 1934, convirtió en un abrir y cerrar de ojos sus fronteras —sobre todo la que divide El Paso de Ciudad Juárez— en una larga barra donde bebedores (estadounidenses) y cantineros (mexicanos) se beneficiaron del puritanismo anglosajón de entreguerras. La Ley Seca de los años veinte hizo de México, entre otras cosas, un país productor de whisky, lo cual atrajo el olfato oportuno de algunos empresarios gringos, entre ellos celebridades del crimen organizado del calibre de Al Capone. Pero no podemos hablar de las destilerías y de los lazos de la mafia con Ciudad Juárez sin mencionar algunas de las manifestaciones más cómicas incitadas por este efervescente episodio de la historia.
A mediados del siglo XIX una serie de crecidas provocaron el desbordamiento del Río Bravo, formando un enclave mexicano al norte de éste, conocido como Isla o Corte de Córdoba. Físicamente anexada a El Paso y sobre una fracción de tierra conocida como el Chamizal, el islote desató una disputa territorial entre ambos países que ocupó a varias generaciones de diplomáticos. Uno de los pocos habitantes de esta nueva franja de tierra vio su enorme potencial económico y así nació A Hole in the Wall, una cantina, salón de baile y casino que se convirtió en el ejemplo más gráfico de los vacíos legales que ofrecía la ambigüedad geopolítica. Porque la pared de este tugurio formaba parte de la línea divisoria entre ambas naciones, y el empresario mexicano literalmente perforó orificios en la frontera de tal modo que el cuerpo de los clientes tejanos permanecía en Estados Unidos mientras sus cabezas se zambullían en el néctar prohibido ofrecido por el permisivo Tercer Mundo: What happens in Juarez, stays in Juarez. Debido a las crecientes quejas provenientes de El Paso, A Hole in the Wall tuvo que sellar sus paredes en 1931.
Pero no sólo las pequeñas empresas se vieron favorecidas por la prohibición. Varias destilerías importantes se mudaron al sur de Canadá y al norte de México; aquí lograron la creación de una nueva oferta comercial extendida a empresarios juarenses, quienes se convirtieron en socios y, posteriormente, en dueños de estas grandes empresas. Tal es el caso de El Paso Brewing Association, que cambió su nombre a Juárez Brewery o Cervecería Juárez una vez que se vio obligada a atravesar el río. Años después, la Cervecería de Chihuahua asumiría la administración de esta empresa.
Ciudad Juárez fue también el destino de varias fábricas de whisky; las dos más importantes fueron The Western Distillery (de Abraham Binmard) y la D.M. Distillery Company. Esta última, originaria de Kentucky, operó durante más tiempo que la primera, en gran parte gracias a que don Julián Gómez Sanz —empresario juarense de origen español— se adueñó de la destilería y continuó con la producción del mejor bourbon mexicano que jamás haya existido: el Juárez Whiskey Straight American. Don Julián Gómez había fundado un gran almacén de vinos y licores llamado Casa Gómez, y era el mejor cliente y vendedor de John Don Levy y F.C. Mckey —los dueños originales de la D.M. Distillery— quienes le ofrecieron acciones como socio.
En la década de los veinte Ciudad Juárez se había convertido en un oasis irresistible para los espíritus hedonistas de la época. En su libro Ciudad Juárez: El auge de una ciudad fronteriza a partir de 1848, Óscar J. Martínez cita el puritanismo rabioso de John W. Dye, cónsul de Estados Unidos en esta ciudad: “Juárez es el lugar más inmoral, degenerado y perverso que he visto o del que he oído contar en mis viajes. Ocurren a diario asesinatos y robos. Continuamente se practican juegos de azar, se consumen y se venden drogas heroicas; se bebe en exceso y hay degeneración sexual”, dijo en 1921, sin pensar que con estas declaraciones estaba invitando aún a más turistas lujuriosos a la bacanal fronteriza.
Pronto llegó un alud de denuncias de multitud de buenas conciencias que se unieron al llamado de John Dye para exigir la aplicación de posibles trabas —como el cierre temprano de los puentes— para limitar el cruce de sus ciudadanos al otro lado del río; sin embargo, sus gritos se perdieron detrás de las carcajadas estrepitosas de los parroquianos, los gemidos de las prostitutas, la música de los cabarets y el tintineo de las copas que chocaban a lo largo y ancho de las noches juarenses.
Julián Gómez reparó en las oportunidades económicas que ofrecía la vida nocturna de la ciudad antes de inaugurar La Taberna y el restaurante-cabaret Café Lobby: ambos una referencia indiscutible del paisaje festivo juarense. Y es que la apuesta del joven emprendedor español, al igual que la de muchos otros oportunistas de su época, no podía ser más acertada: el gran desarrollo —por no decir auge— de Ciudad Juárez estaba relacionado directamente con la venta y el contrabando de alcohol durante la Prohibición en Estados Unidos: así Juárez se convirtió en la quinta ciudad de mayor crecimiento del país.
Pero todo lo bueno llega a su fin. En 1933 el Congreso de Estados Unidos aprobó la XXI Enmienda de la Constitución para abolir la Ley Seca y con ello apagar así gradualmente las luces del Café Lobby y del Tíboli (uno de los antros de mayor renombre de este antiguo Tánger americano) y derramar arena sobre los galones de alcohol que nutrían el glamour salvaje de la vida nocturna juarense.

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A pesar de que los años que siguieron al esplendor bullicioso de Ciudad Juárez la exponían como un espacio abatido por la fatiga y la depresión postcoital, la mala reputación que adquirió durante sus años vitales logró atraer la presencia esporádica de algunas celebridades del mundo artístico estadounidense, quienes atravesaban el río con la intención de recuperar aunque fuera un poco de ese glorioso pasado pero sin lograr más que un diluido simulacro. Lo único que queda como recuerdo de aquellos tiempos son unas cuantas botellas de Juárez Whiskey Straight American de la D.M. Distillery, ahora a cargo de la nieta de don Julián, Gabriela Quirarte Gómez. Los contrabandistas de licor se transformaron gradualmente en políticos y en hombres de negocios. Las maquilas (fábricas de compañías internacionales instaladas en México con el propósito de tomar ventaja de la mano de obra barata) sucedieron a las destilerías para convertirse en el paisaje dominante. En lugar de las carcajadas estrepitosas, del tintineo de las copas, y de los cabarets, ahora sólo queda una violencia seca y agria que narra en silencio la muerte de un número desconcertante de mujeres anónimas a manos de capos del crimen organizado que hacen que Al Capone parezca, en comparación, un verdadero candidato al Premio Nobel de la Paz.

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3 comentarios en “De cuando Juárez fue an american dream”

  1. VannesaCortes Says:

    Lo más ingenioso, el nombre del tugurio. Hole in the Wall… ja ja.

    Y también fue ingenioso como quedó la ilustración de este artículo en MILENIO.

    Saludos.

  2. ivan reyes Says:

    excelente contenido, no tenia idea de lo que habia atras de la D.M.DISTILLERY.CO me puse a investigar despues de que adquiri una botella de un litro de straight amrican whiskey y 8 anos de anejo.
    Por ultimo, como puedo saber el ano en que salio ala venta la botella que adquiri?? o saber algun tipo de resena de su antiguedad??? dejo de nuevo mi correo es tekilanfun@hotmail.com de ante mano gracias !!!


  3. hola me gustó el texto, me gustaría saber las referencias.
    Gracias


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