Mazahuacholoskatopunks

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Mazahuacholoskatopunks es el término que Federico Gama eligió para el título de su libro —publicado por el Instituto Mexicano de la Juventud— y para referirse a un fenómeno estético-cultural: desdibujar el origen de toda una migración de adolescentes indígenas, quienes encontraron en la estridencia visual una forma de fundirse en el paisaje urbano capitalino y de permanecer en el anonimato para, así, montar una ilusión óptica que despista a los citadinos y elude la discriminación.
“Integré este término para referirme a los miles de jóvenes que llegan a trabajar en la Ciudad de México desde las comunidades indígenas y rurales (la zona mazahua va desde Atlacomulco, Estado de México, hasta Zitácuaro, Michoacán, aunque también entran en esta categoría jóvenes de Puebla, Hidalgo, Veracruz, etcétera). Los hombres se dedican principalmente a la construcción, mientras que las mujeres ocupan los trabajos domésticos”, explica el autor. “Estos chavos se ven obligados a vivir una vida bicultural desde temprana edad; nacen dentro de la cultura indígena en un mundo dominado por los mestizos. Cuando llegan a la ciudad no sólo integran elementos de su origen sino que mezclan códigos de vestimenta de las culturas juveniles que observan, como los cholos, skatos, punks, emos, darketos y todo el abanico de posibilidades estéticas que ofrece la ciudad. Todo esto con el fin de que su origen indígena pase inadvertido. Entre más exageran su vestimenta más invisibles se convierten dentro del entorno urbano, aunque suene contradictorio. Esta transformación no sólo se da en la vestimenta sino también en el lenguaje corporal: miran y caminan de otra manera; se convierten en conquistadores, se sienten atractivos para las chicas”, asegura Gama.

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“Durante la década de los ochenta los mazahuas emigraban principalmente a Estados Unidos. No fue sino hasta el auge de la construcción en el Distrito Federal —alrededor del año 2000, con las obras de la Torre Mayor, el Segundo Piso, Santa Fe, Interlomas, el Centro Histórico— cuando los mazahuas regresaron a la capital. Estos jóvenes ganan en el DF tres o cuatro veces más de lo que pueden ganar en sus comunidades. Antes de salir ya tienen una idea de lo que es la ciudad y los atractivos que ésta les puede ofrecer. Las experiencias vividas en la capital son transmitidas de generación en generación, de boca a oído, e incluyen instrucciones específicas que van desde cómo deben vestir hasta cómo deben beber, mirar, caminar, etcétera. Además del dinero, estos jóvenes llegan a la Ciudad de México para cumplir con lo que se ha convertido para ellos en una especie de rito de iniciación esencial en el transcurso de sus vidas. Su paso por el Distrito Federal representa un periodo de juventud que se les niega dentro de sus comunidades debido a la dureza que exige esa vida. Estos muchachos de pronto se descubren solos en la ciudad, a sus 14 o 15 años, con un ingreso tres veces mayor al de sus padres —aproximadamente mil 200 pesos semanales— y sin la autoridad que éstos pueden imponerles en su comunidad. La mitad del dinero va para sus familiares, pero ellos pueden decidir qué hacer con el resto. Por lo general gastan esa lana en su atuendo, en las chelas, jugando a la baraja o en las prostitutas de la Merced; mientras que los chavos defeños de esa edad dependen física, sicológica y moralmente de sus padres. Las niñas llegan más jóvenes porque dentro de sus comunidades se considera que después de la primera regla ya son mujeres; ya pueden tener hijos y, por lo tanto, casarse”, comenta.

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“Los MCSP llegan a la ciudad de la misma manera en la que son expulsados de sus pueblos: con su vestimenta tradicional. Una vez en el DF y después de haber cobrado su primera quincena, empiezan a practicar, como en un ensayo coreográfico, los movimientos corporales que exige su nueva apariencia, la cual, a su vez, busca imitar a los grupos urbanos. Más allá de que los MCSP recolectan códigos de vestimenta de diferentes grupos, casi siempre se refieren a ellos como cholos; esto tiene que ver con que su primera referencia urbana viene de la migración a Estados Unidos durante la década de los años ochenta y noventa. Para ellos cholo significa cualquier otra cosa que no sea su pueblo; decir cholo es lo mismo que decir foráneo. Sin embargo lo suyo no deja de ser una actuación ya que su estructura ideológica está fijada en lo que aprendieron en sus comunidades; al margen de que sí existe un cambio que trasciende lo cosmético, al menos en lo que se refiere al uso de drogas, alcohol y en los hábitos sexuales (muchos de ellos descubren sus preferencias sexuales fuera de sus comunidades) que marcan a estos jóvenes de por vida. Los MCSP son un ejemplo perfecto de cómo la cultura se reinventa y se recicla. Cuando regresan a sus comunidades cierran este proceso de doble asimilación, desembarazándose de manera gradual de esta imagen urbana concebida en la ciudad. Si bien en un principio no llegan con los pelos parados, sí regresan a sus pueblos con la vestimenta —ya sea con camisetas punk, imágenes llamativas de la Virgen de Guadalupe, pantalones guangos, piercings, etcétera— y los hábitos que fueron adquiriendo en la urbe, incluyendo la adicción a drogas como el tíner o el pegamento: sustancias que abundan en las zonas de construcción. Con el tiempo se van reasimilando a la estética y a las costumbres del pueblo, marcando así el final de esta corta etapa de juventud. Ellos asumen que independientemente de lo que hagan en la ciudad, en el futuro van a tener que cumplir con una serie de ritos muy específicos impuestos por su comunidad”, agrega Gama.

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Tomando en cuenta la gran variedad de gremios que trabajan en las construcciones, Federico llevó su cámara a las obras para observar la interacción de los MCSP con los demás citadinos. “En una ocasión, mientras tomaba una fotografía a un MCSP, un cholo le empezó a ’tirar barrio’ —los cholos usan los dedos para señalar su barrio de origen y su estilo. El mazahuacholoskatopunk no tenía idea de lo que estaba haciendo el sujeto que tenía enfrente. Trataba de imitar las señas que hacía con las manos pero le salía de una manera muy torpe. Te apuesto que dos semanas después ya era un experto en ’tirar barrio’ sin saber lo que esto significa”, afirma Gama.
“Gran parte de los MCSP viven alrededor o dentro de las obras de construcción. Algunos rentan cuartos en las periferias de la ciudad; en ocasiones pueden llegar a ser seis o siete personas en una sola habitación. A diferencia de los cholos o los punks, los MCSP no son territoriales, aunque sí cuentan con lugares de encuentro fijos que son los mismos a los que iban sus antepasados. La Alameda Central, Pino Suárez, Tacubaya y la Plaza de San Ángel son algunos de los sitios en donde los MCSP se congregan los domingos para cotorrear después de misa y de una ardua semana laboral. Algunos empresarios oportunos se han dado cuenta de este fenómeno y se han dedicado a adaptar estos espacios a las necesidades de los MCSP: llegan a juntarse más de dos mil jóvenes para bailar, beber y ligar en estos eventos. Incluso hay tabledance exclusivos para los MCSP. Se ha generado toda una cultura alrededor de este fenómeno.
“Había un momento específico que me interesaba mucho fotografiar —confiesa Gama en referencia al capítulo ’Top Models Mazahuacholoskatopunk’—; el de la transformación del lenguaje corporal de estos chavos cuando portan su atuendo citadino; de cómo de pronto estos jóvenes parecían muy seguros de sí mismos, caminando por la calle con la misma confianza con la que un modelo recorre una pasarela. Soy un paparazzi de los MCSP”, afirma detrás de una sonrisa serena.

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En su prólogo a Mazahuacholoskatopunks, Rogelio Villarreal concluye su aportación a esta formidable polaroid antropológica con una serie de preguntas punzantes: “¿Esta nueva comunidad de post-indios urbanos está destinada a ser consumida por un monstruo que los aloja en el más oscuro de sus rincones y les exprime hasta la última gota de energía después de haber levantado portentosos rascacielos? ¿Haber sido mazahuacholoskatopunk habrá sido solamente una anécdota en su vida? ¿Son la alegoría más exacta, desconcertante y vistosa de la nueva condición del mexicano del futuro: sin educación, explotados, condenados a una vida gris, de privaciones, sin mayores expectativas? Atrapado entre la tradición y la modernidad, el país se pierde en el camino. ¿Lo saben los mazahuacholoskatopunks?”.

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4 comentarios en “Mazahuacholoskatopunks”

  1. Yeska Says:

    ¿Dónde puedo conseguir el libro?


  2. Estupendo texto! Algo muy similar pasa con los campesinos chinos que trabajan como albañiles en Beijing o Shanghai, y con las muchachas que llegan de los pueblos a ser meseras o trabajadoras domésticas.


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