Archivo para abril 2013

Refugiados políticos en Canadá (lado A)

abril 26, 2013

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Las narcodecapitaciones, la brutalidad policial, la corrupción gubernamental, los linchamientos, las asesinadas de Juárez, la pobreza extrema, la riqueza obscena, la violencia doméstica, el cinismo glamoroso de nuestros políticos y el analfabetismo de nuestros maestros —entre otros males— son motivos suficientes como para dispararnos una taquicardia súbita y obligarnos a revisar la fecha de vencimiento de nuestros pasaportes. Algunos elegimos la negación como un modus vivendi que nos permita mantener una cordura aceptable, otros la apatía; algunos recurren a los estupefacientes o, en su defecto, a la religión. No obstante, también están aquellos que quedaron sin opciones de fuga mental; gente que experimentó de lleno el roce con el lado menos amable de nuestra sociedad. Canadá se ha convertido en el destino de un nuevo exilio mexicano; he aquí los testimonios de cuatro de ellos.
“México tiene una cultura bastante definida en lo que se refiere a los temas de identidad y género y a cómo este último tiene que expresarse y los parámetros a seguir para que uno pueda ser aceptado en la sociedad. Mis desencuentros con la sociedad mexicana se dieron desde la infancia. Estuve muchos años en una escuela católica y siempre me pareció un tanto ridícula la cultura machista y la manera en que los mexicanos tenemos de ver las cosas”, confiesa Diego Poblete, uno de los miles de refugiados políticos mexicanos que residen en Canadá. “Para cuando estaba en la universidad yo vivía con quien en ese entonces era mi pareja. Nos mudamos a la colonia Santa María de la Rivera. Es una colonia muy bonita pero muy ruda, y cuando a alguien no le gusta tu carita, cuidado”, asegura. “Mi auto fue robado, mi departamento fue destruido, secuestraron a mi pareja y vaciaron nuestra cuenta de banco. La opción más factible era buscar otro lugar donde vivir. En cuestión de un par de semanas vendimos lo que nos quedaba y nos venimos para acá”. La noche de enero de 2003 Diego y su pareja se presentaron frente al oficial del puesto de control migratorio del aeropuerto de Montreal. “Vengo a pedir protección política”, le dije. “Recuerdo que el oficial me preguntó tres veces si estaba seguro de lo que estaba haciendo antes de tomar nuestros pasaportes y conducirnos a una sala de espera donde dos horas más tarde empezamos a llenar formas. Nos separaron para que cada uno contara su historia de manera independiente frente a un agente. Me sorprendió mucho la amabilidad con la que nos trataron; llamaron a un intérprete por teléfono ya que mi novio no hablaba inglés ni francés. Salimos del aeropuerto a las 3 de la madrugada, estábamos a 20 grados bajo cero. No te envían a ningún lado, te dan algunas opciones adónde llegar y nos dijeron en qué días teníamos que presentarnos para los exámenes médicos y cuándo eran nuestras citas de asesoría legal, entre otras cosas. Cuando salimos del aeropuerto fuimos directamente al YMCA [edificio ubicado en el centro de Montreal que funciona como refugio para los inmigrantes]. Tuvimos asistencia social durante el proceso legal y recibíamos 570 dólares al mes para los dos y nuestra renta era de 450, así que teníamos que ver cómo arreglárnoslas. No es nada fácil llegar a un país donde a pesar de tus estudios o del currículum que puedas tener en realidad nadie te conoce y tienes que empezar de cero. Tienes que tramitar tu permiso de trabajo y ese proceso tarda alrededor de dos meses y medio. Cuando llegué tuve que aguantar jornadas laborales de catorce horas —tanto en las fábricas e imprentas en donde trabajé— con media hora de descanso para comer. Pasé por etapas de mucha depresión; es muy cabrón ver cómo tu vida se derrumba frente a tus ojos sin poder decirle a nadie me voy por esto o por lo otro. Cuando me fui de México nadie me hizo una fiesta de despedida, ni taquiza, ni hubo piñatas de por medio”, cuenta Diego y suelta una risa corta que parece querer ventilar más que comunicar alegría; “literalmente tuvimos que agarrar nuestras cosas e irnos. Un año después de su entrada a Canadá, Diego y su pareja recibieron el estatus oficial de refugiados políticos. No puedo volver a México por cuestiones legales relacionadas con las leyes internacionales. Hay mucha gente que juega con el sistema canadiense. Conozco a muchos latinoamericanos que llegan pidiendo refugio y lo primero que hacen una vez que reciben su carta de residencia permanente es ir a su país de vacaciones. Yo siento que es un abuso y una falta de respeto enorme hacia un país que realmente se preocupa por proteger los derechos humanos. El gobierno de Canadá gasta alrededor de 60 mil dólares para costear los procesos legales y médicos de cada uno de los refugiados. Es impresionante la cantidad de programas que tienen aquí para lograr suavizar la asimilación de los inmigrantes y los refugiados. A diferencia de la sociedad mexicana, que es extremadamente xenofóbica. En mi opinión, los mexicanos deberían de aprender mucho sobre la tolerancia y el respeto. Aquí, en contraste, se goza de una libertad absoluta; esta libertad se da porque la gente aquí está demasiada ocupada haciendo sus propias cosas como para preocuparse por lo que están haciendo los demás”, concluye.

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“Esto es una mentira. Los homosexuales se ven discriminados, acosados e incluso son víctimas de robos, pero el que sus vidas corran peligro y que su única solución sea dejar el país es una farsa. Quienes verdaderamente necesitan protección en México y en América Latina en general, por lo regular no tienen idea de que existe la posibilidad del asilo ni cómo pedirlo, ni mucho menos el dinero para comprar un boleto de avión a Canadá”, declaraba en 2006 el periodista y escritor mexicano Benjamín Santamaría Ochoa (quien también se vio obligado a huir de México en 2002 y pedir refugio en Canadá después de sufrir amenazas debido a su activismo a favor de la justicia social de los niños callejeros), a propósito de la creciente oleada de solicitudes por parte de mexicanos que pedían refugio político. Más de 3,500 mexicanos pidieron asilo en Canadá durante 2005, convirtiéndose por primera vez en el país con mayor índice de peticiones de asilo político.
“Según lo que he averiguado hablando con otros refugiados, parece ser que las autoridades canadienses son más exigentes con los mexicanos que con el resto de los latinoamericanos”, cuenta Alberto Sánchez —seudónimo del entrevistado, quien prefirió permanecer en el anonimato. Las impresiones de Sánchez son acertadas: la tasa de aceptación de los colombianos y los haitianos es mucho más alta que la de los mexicanos. Durante 2008, sólo fueron aprobadas 13% de las 1,958 peticiones hechas por parte de los mexicanos mientras que 84% de los solicitantes colombianos recibieron el estatus de refugiados, al igual que 46% de sus semejantes haitianos. Todo esto a pesar de las más de 8 mil muertes registradas el año pasado relacionadas con el narcotráfico, de los altos índices de violencia contra las mujeres, la corrupción e ineptitud gubernamental (la lista es larga). Existen varias trabas diplomáticas para los refugiados mexicanos potenciales. El hecho de que México sea socio del Tratado de Libre Comercio con Canadá desempeña un papel importante en la severidad con la que los mandatarios de Ottawa juzgan los casos de los mexicanos. El señalar a México como una clara fuente de refugiados políticos representaría una disputa diplomática que podría estropear los negocios entre ambos países. Por una parte, el ministro de Inmigración canadiense, Jason Kenney, dice que el incremento de 30% en las peticiones de asilo político es “un abuso de la generosidad de Canadá”, aun cuando su propia oficina advierte a los ciudadanos canadienses de los riesgos que pueden llegar a correr al viajar a México.

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Sánchez experimentó en carne propia los estragos de la ineficiencia del gobierno. “Básicamente lo que me hizo huir de México fue la inseguridad”, cuenta el joven mexicano. Alberto salió de Morelia a los 22 años para poner un negocio en Cancún junto con su socio. “Nos fue bastante bien allí con el negocio de las casetas telefónicas, a pesar de que para ese entonces ya había más de 500 en Cancún. Empezamos a expandirnos hacia el norte —Matamoros, Reynosa y Nuevo Laredo— cuando nos enteramos de que en estos lugares no había ningún servicio parecido al que nosotros ofrecíamos. Lo que nunca contemplamos fue lo inseguras que son esas ciudades fronterizas y el control absoluto que tiene el crimen organizado. Fue en Reynosa cuando empezaron a llegar algunas personas a pedirme dinero para ‘proteger mi negocio’. Las primeras veces que llegaron a visitarme me interrogaban; querían saber qué era lo que estaba haciendo en Reynosa, si estaba lavando dinero, si tenía familiares metidos en el narcotráfico, etcétera, aunque de una manera relativamente tranquila. Ya con el tiempo y después de negarme varias veces a darles dinero, las cosas se pusieron más violentas; llegaban directamente a tirar las cosas, a arrancar los cables de los teléfonos, etcétera. Y así, gradualmente empezaron a llegar con mayor frecuencia a extorsionarme, siempre presentándose como parte de algún cártel fuerte. Me daba mucho coraje tener que estar de lunes a lunes trabajando turnos de doce horas sólo para llenarles los bolsillos. Sus ‘cuotas’ variaban entre 5 mil y 10 mil pesos a la semana. Las circunstancias me obligaron a regresar a Cancún sólo para darme cuenta de que se estaban aplicando los mismos métodos de intimidación que en Reynosa, y lo que es peor, me enteré de que algunas de las personas que estaban llegando eran las mismas que me habían amenazado meses atrás en Reynosa. Además de mi propia experiencia, empecé a hablar con amigos de distintas partes de la república y me di cuenta de que les estaba sucediendo lo mismo que a mí. Fue entonces cuando entendí que la única opción viable era salir del país. Me enteré de un conocido que había pedido, aunque sin éxito, refugio en Canadá y decidí hablar con él e investigar por mi cuenta cuáles eran los pasos a seguir para poder recibir asilo. Para mí el hecho de tener que quedarme en México representaba una desilusión; el futuro no pintaba nada bien. Me decidí por Canadá porque, según lo que me contaba esta persona, aquí no se resentía tanto el racismo como por ejemplo en España o Estados Unidos. Cuando estaba frente al agente de inmigración le dije que venía con la intención de pedir refugio político.

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‘Muy bien’, me dijo muy tranquilo, me pidió que anotara refugiado político sobre la forma migratoria, tomó mis documentos y me guió hacia una sala de espera donde había cuatro personas sentadas: un joven de Veracruz, una pareja de Colombia y otro de Estados Unidos. Una vez que empezó el trámite tuve que llenar varias formas, me sacaron unas fotos, me tomaron las huellas dactilares y me dijeron que como ese día tenían mucha carga de trabajo tendría que regresar dentro de una semana para la entrevista con un agente migratorio. Antes de salir del aeropuerto me dieron una hoja donde venía una lista de algunos domicilios de refugios donde podría pasar la noche con la opción de extender la estancia hasta un máximo de un mes. Llegué al YMCA alrededor de la medianoche. Una vez que me registré en la ventanilla, el trabajador social me llevó a una pequeña habitación donde había seis mexicanos más quienes ya llevaban unas semanas en Montreal. Me contaron de sus experiencias y me dieron consejos muy prácticos para poder seguir mi trámite de asilamiento. Al día siguiente fui con una trabajadora social allí mismo que me entregó una lista con todas las entrevistas y citas a las que tenía que presentarme y acto seguido me dio un boleto para el metro. En promedio, uno tarda alrededor de una semana en completar los trámites básicos que incluyen asesoría legal y exámenes médicos. Regresé al aeropuerto para llevar a cabo mi entrevista y narrar mi historia. Los problemas causados por el narcotráfico no figuran entre las opciones para poder pedir refugio político, pero sí te pueden recibir si compruebas que tu vida corre riesgo en tu país”. Alberto se refiere al artículo 1. A. 2 de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados adoptada el 28 de julio de 1951 por las Naciones Unidas en Ginebra, en el cual se señala que toda persona “que, como resultado de acontecimientos ocurridos antes del 1.º de enero de 1951 y debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él”. “Mi caso lleva un año en proceso de evaluación”, aclara Alberto. “Varía muchísimo entre cada caso, pero sé de gente que se ha tardado hasta dos años o más en recibir el estatus de refugiado político. Durante este periodo de espera te dan un permiso de trabajo, tienes acceso a todos los servicios médicos, puedes entrar en la asistencia social, te ofrecen cursos de francés que son muy buenos y prácticamente gratuitos y, bueno, puedes andar tranquilamente por la calle. La verdad es que me considero muy afortunado porque mi proceso de adaptación ha sido bastante suave y porque la mayoría de la gente aquí me ha tratado muy bien; no te ven con recelo sino que están conscientes de los problemas que hay en México y que los que llegamos aquí lo hacemos simplemente porque buscamos un nivel de vida mejor. Hay muchas cosas que extraño de mi país: mi familia, mis amigos, la comida, etcétera. Me entristece mucho el hecho de que México sea un país mal gobernado porque eso opaca la gran riqueza que tiene. Me encantaría poder vivir allí un día, tranquilamente, sin tener que mirar por encima del hombro a cada rato”, añade Sánchez.

Refugiados políticos mexicanos en Canadá (lado B)

abril 25, 2013

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Marta y Francisco —seudónimos— huyeron de México junto con su hija en 2008, representando una mínima fracción de la interminable lista de víctimas directas de la corrupción e incompetencia de las autoridades mexicanas. “Nosotros vivíamos en México sin ningún problema. Realmente teníamos una vida muy tranquila. No puedo entrar en detalles porque no quiero que me reconozcan; lo que sí te puedo contar es que me amenazaron diciendo que iban a secuestrar a mi hija”, cuenta Marta. “Todo esto empezó porque la persona en cuestión, una ex amiga, sintió que yo había tenido algo que ver con el hecho de que su marido le haya quitado a su hijo. Lo primero que hicimos fue acudir al Ministerio Público para levantar una denuncia. Me dijeron que no había ningún problema, pero que lo primero que había que hacer era enfrentarse a la supuesta agresora para averiguar el porqué de estas amenazas y dejarle en claro que ya hay un registro de un antecedente por si algo llegara a sucederle a la niña. Pero me dijeron que por lo pronto no se podía hacer nada más. Me presenté en la fecha que nos habían citado pero ella nunca apareció. Después de dar muchas vueltas en el MP, uno de los funcionarios me mandó al sótano donde tenían archivados los citatorios. ‘Su citatorio está perdido; no lo trae nadie, usted no es la primera’, me dijo la señorita encargada. ‘Lo que voy a hacer es darle una hoja en la que diga que ya entregamos el citatorio para que se la lleve al licenciado y que él le diga cómo continuar de allí’. Fui a la oficina del licenciado y éste me dijo que ya se había enviado un segundo citatorio pero que al parecer la persona ya no vivía allí, y que por consiguiente no había mucho más que ellos podían hacer, a pesar de que yo tenía el número telefónico de esta señora y todas las amenazas que dejó grabadas en mi contestadora.

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Después de no sé cuántas visitas al MP, el licenciado finalmente me agarró y me dijo, ‘a título personal’, que si lo que yo quería era proteger a mi familia, lo mejor que podía hacer era salir de la ciudad y de preferencia del país. ‘Yo haría lo mismo con mi familia’, me confesó. Me dijo que ellos como policías no podían hacer nada porque no tenían un delito que seguir, porque no me habían quitado a mi hija y porque no me habían tratado de hacer daño de una manera explícita. Le comenté que tenía un auto siguiéndome a todas partes y me repitió lo primero, añadiendo que Canadá era una buena opción para buscar asilo. En un principio, Francisco y yo decidimos ir a casa de sus padres, fuera de la ciudad. Poco tiempo después nos dimos cuenta de que nos seguían espiando. Veíamos el mismo auto siguiéndonos a todas partes. No me sorprendió el hecho de que nos haya encontrado ya que ella solía ser amiga íntima de la familia, pero sí me dio a entender que nuestras opciones se iban agotando. Vendimos nuestro coche y con ese dinero compramos nuestro pasaje para Montreal”, señala Marta. “Cuando llegamos al aeropuerto nos pasaron a una sala en donde pasamos siete horas llenando nuestros datos básicos” —interviene Francisco. La persona que nos atendió fue muy amable. Nos dijo que estaban revisando demasiados casos ese día y que no podían tomar nuestra declaración sino hasta dentro de cinco meses. Nos dijeron de las opciones de albergue pero también nos advirtieron que posiblemente estarían llenos. En el momento en que salimos del aeropuerto tomamos un taxi y le pedimos que nos llevara a buscar un departamento.

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La tercera fue la vencida; éste ha sido nuestro modesto hogar desde la primera noche que llegamos”, confirma Francisco con los brazos extendidos.
“Lo que más nos ha costado aceptar es el hecho de que nuestra formación profesional, de muchos años, no tiene valor alguno aquí en Canadá”, confiesa Marta. “Tendríamos que partir de cero para lograr cualquier tipo de validación y eso es bastante duro a nuestra edad —cuarenta años. Por otro lado, cuando ves el grado de preparación que tienen aquí entonces entiendes por qué son tan exigentes. Aquí en Québec hay un cierto rechazo de las personas hacia los angloparlantes y eso ha hecho más complicada nuestra estancia en un principio porque ni Francisco ni yo hablábamos francés. Hay una cierta barrera que hace que te sientas rechazado. Pero después de siete meses de clases ya más o menos nos defendemos en francés y nos vamos dando cuenta de que la gente no es tan cerrada como podría parecer en un principio”, comenta Marta.
“Es lógico que algunas personas no estén de acuerdo con la política que adopta su gobierno frente al problema de los refugiados”, dice Francisco, “por el simple hecho de que ellos mismos se ven afectados económicamente. Aunque a juzgar por nuestra propia experiencia y de algunas amistades, te puedo decir que la gran mayoría de las personas tratan muy bien a los inmigrantes. Además, para nuestra fortuna, el gobierno canadiense nos apoya en todos los aspectos. Aquí el gobierno trabaja para el ciudadano y no al revés como en México. La policía está para defenderte y no para reprimirte”, dice Francisco. “Estamos muy tranquilos a sabiendas de que nuestra hija vive en un país seguro y funcional; un país con futuro”, agrega Marta mientras frota los ocho meses de embarazo que anuncia su vientre.

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“Somos un país democrático […] Tenemos leyes, tenemos la Constitución, contamos con todas las leyes que tienen el resto de los países”, fueron las palabras que Alberto Acosta Treviño —el cónsul mexicano en Canadá— utilizó en defensa del Estado mexicano. Según publicó Roberta Pennington en el diario canadiense The Windsor Star, “Acosta dijo que sus connacionales pueden tener ambas cosas —refiriéndose a la seguridad y al dinero— en su país. Mexico, según Acosta, con una población mayor a la de los 100 millones, no es ni más ni menos peligroso o estable que cualquier otro país de Centro o Sudamérica. Acosta declaró que su oficina no puede hacer nada para que los recién llegados reciban el estatus de refugiados”.
José Gilberto Mena conoce muy bien las grietas de la Constitución, las leyes y la democracia que Acosta Treviño defiende sin pestañar. Para principios de los noventa, las broncas internas entre los dueños de los puestos y los líderes del mercado de Medellín —ubicado en la colonia Roma del Distrito Federal— llevaron al asesinato de uno de sus líderes, Salvador Urbano Cázares, quien fue hallado dentro de su local con un par de balazos incrustados en su cabeza. La policía judicial concluyó que el asesinato fue la consecuencia de un robo. No obstante, la muerte de Urbano Cázares desencadenó una oleada de violencia que pretendía imponer un nuevo orden jerárquico en el mercado. José Gilberto Mena, quien para entonces trabajaba en un pequeño puesto, se vio atrapado en medio de esta disputa territorial. “Si no quieres acabar abajo de las ruedas de un Ford, lo mejor es que te vayas de aquí”, le advirtió una voz mientras esperaba el autobús. “La verdad es que sí me dio mucho miedo; en ese mismo momento cerré mi puesto y me fui a casa”, confiesa José Gilberto, quien tardó dos meses en poder volver a su trabajo ya con la aparente garantía de estabilidad que representaba la reciente elección de una nueva líder: Margarita Tenorio Escobar, quien además era la casera de José Gilberto. “A pesar del nuevo liderato de doña Tenorio siguieron sucediendo cosas muy raras. Había un descontento evidente por parte del grupo rival. Yo recibía un aproximado de tres o cuatro amenazas telefónicas al mes.

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Fue alrededor de esa época cuando me emparejé con José Alfredo León Malagón”, cuenta JG. “Para no hacerte el cuento largo, Margarita llegó un día a mi casa a preguntarme si sabía algo del ‘gordito’ —así es como le decía a José Alfredo— para informarme enseguida de que la policía estaba afuera preguntando por mí. Inmediatamente me trataron como sospechoso. Me preguntaron cómo era que conocía a José Alfredo, me pidieron que hiciera una descripción física de él y que narrara dónde había pasado la noche anterior. Le pregunté al judicial el motivo de la interrogación. ‘Ah, pues porque lo mataron’, me contestó con una ligereza surrealista”, cuenta JG. El cuerpo de José Alfredo Malagón fue encontrado en la calle por un pepenador. “Me invitaron a subirme a la patrulla y me trasladaron a la delegación Benito Juárez, tratándome automáticamente como a un acusado de homicidio. Me tenían en el patio de la Policía Judicial de la Benito Juárez, donde me torturaron física y psicológicamente”, asegura JG. “Después de aguantar días de gritos, preguntas obscenas y maltrato físico, me tacharon de loco; así que decidí seguir por esa línea para lograr librarme. Obviamente también ayudó el hecho de que doña Tenorio me había invitado a cenar la noche del asesinato. ¿Quién lo mató?, evidentemente nunca se supo y a nadie le interesó averiguar más. Poco tiempo después del asesinato de José Alfredo regresé a mi puesto sólo para darme cuenta de que lo habían saqueado todo.

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Decidí vender el local y dedicarme a otras cosas, pero las amenazas continuaban. Allí fue cuando me convencí de que tenía que largarme de México. Un amigo de mi tío me aconsejó irme a Montreal porque según él, allí ‘la gente como yo’ era bien vista”. JG canjeó las pocas pertenencias que le quedaban a cambio de un pasaje a Canadá. “Como mi avión hacía escala en Toronto, allí fue donde tuve que pedir asilo antes de irme a Montreal. En mi cabeza pedir asilo era algo para gente como Fidel Castro, Ghandi, Salinas de Gortari, no para un pobre-diablo-hijo-de-puta salido de un mercado como yo. Me moría de pena y de angustia. Oculté el hecho de que soy homosexual por miedo a cualquier tipo de repercusiones. Pues es que ¡carajo!, no puedes cambiar la mentalidad en un abrir y cerrar de ojos”, exclama JG. “Después de dos días de interrogatorios al lado de una traductora nicaragüense, mala como ella sola, finalmente recibí el estatus de candidato a refugiado político y pude tomar un autobús a Montreal. ¡Coño!, de haber sabido hubiera tomado un avión, está lejos con cojones”, asegura, enérgico. “Como has de inferir yo no podía querer a México después de lo que me había pasado; quedé con un resentimiento inconmensurable. Mi asimilación a la cultura canadiense se dio sin mayores contratiempos. A diferencia de la gran mayoría de los inmigrantes que he conocido, yo no sufro de arrebatos de nostalgia, me siento muy arraigado a Montreal. No dejo de maravillarme con los servicios de asistencia que el gobierno canadiense brinda a los candidatos para el asilado político. La sociedad mexicana está atrasada gracias a su conservadurismo enfermizo; México necesita evolucionar mentalmente, deshacerse de esa hipocresía moralina que lo tiene jodido”, aconseja José Gilberto Mena con destellos de desafío en su voz.
Según señalan algunas organizaciones de derechos humanos en Canadá, el mayor impedimento para los solicitantes de asilo mexicanos consiste en la manera en la cual los miembros del Comité de Inmigración y Refugiados analizan el caso de México, argumentando que es un país capaz de proteger a sus ciudadanos. Para Gloria Nafzinger, coordinadora de refugiados junto con Amnistía Internacional Canadá, éste es un enfoque demasiado simplista. “Es impresionante e inconcebible que el ministro —Jason Kenney— esté prejuzgando las peticiones de asilo provenientes de México”, argumenta Nafzinger. “El comité de Inmigración y Refugiados, al igual que el señor Kenney, harían bien al investigar seriamente los niveles de violencia que existen en México y al observar detenidamente la naturaleza de las peticiones porque representan una verdadera preocupación en materia de derechos humanos con respecto a la gente que viene de México”, denuncia Gloria ante una postura política aparentemente definida por los mandatarios conservadores de Ottawa; aunque cabe decir que bajo una perspectiva panorámica, uno queda con la sensación de que los gobernantes peligrosamente obtusos están de este lado de la frontera. Si no, pues entonces cómo explicar las largas filas de mexicanos que se presentan año con año frente a los agentes de inmigración canadienses, cargando maletas semivacías e historias de terror región 4.

La revolución tranquila

abril 23, 2013

Han transcurrido más de 400 años desde que el geógrafo, etnólogo, cronista, cartógrafo y explorador francés, Samuel de Champlain, fundó el primer asentamiento europeo en Canadá que luego se convertiría en la actual Ciudad de Québec: el alma máter de la identidad nacionalista de la sociedad francófona de ese país; una sociedad que vivió una serie de cambios violentos y sin precedentes dentro del marco de una revolución que, aunque parezca imposible, no derramó ni una sola gota de sangre.

Junio de 2009
“Tuve que volver de mi retiro y entrarle a la manejada. No hay de otra, hay que ajustarse a los tiempos”, dicen los ojos fatigados que me miran a través del retrovisor. “Los mexicanos estamos curados de crisis”, asegura el taxista con una resignación asimilada que parece obedecer al estado anímico que se respira a lo largo y ancho del país. Decide subir el volumen de la radio justo cuando el noticiero matutino repasa las repercusiones del accidente de Air France ocurrido en aguas brasileñas. Qué poco tacto tiene este cabrón, murmuro a regañadientes mientras entramos a la Terminal 2 del AICM.
“¿De verdad que eso es lo que gana un taxista en México?, entonces ¿quién soy yo para quejarme, eh?”, confiesa sonriente y en un inglés afrancesado el taxista que me lleva del aeropuerto hacia el interior de Montreal.
Me bajo en la Pequeña Italia —ubicada sobre una fracción de la interminable calle Saint-Laurent que divide la ciudad— para encontrarme con mi amigo Alberto, un antropólogo de cepa que ha vivido en ciudades tan inconexas como Porto Alegre, Monterrey, San Francisco, Oaxaca, Otranto y México —entre otras—, antes de establecerse en Montreal junto a su mujer, Annelyne, quien se dedica a dar clases de francés a los inmigrantes y refugiados políticos. Hacemos una breve escala en su casa antes de salir a la calle —ningún defeño puede evitar una ligera sensación de vértigo al enfrentarse con los enormes vacíos que se cuelan entre los pocos transeúntes que caminan por las banquetas. El olor a pan recién horneado se mezcla con los granos tostados que salen de las cafeterías para filtrarse dentro de las escasas corrientes de aire frío que quedan como una muestra de lo que fue otro invierno atroz. El polen de los dientes de león flota constantemente en la ciudad como una brigada de arañas albinas e inofensivas. “El margen del verano es tan corto que todas las flores eyaculan simultáneamente”, me explica Alberto. “De junio a agosto, Québec es un infierno para los alérgicos”, dice antes de abrir la puerta del Viceversa, la taberna local. El emparedado de carne ahumada y algunas de las exquisitas cervezas artesanales que anuncia el pizarrón marcan la pauta entre el atardecer y la noche e inyectan una nueva dosis de entusiasmo a la conversación. Las mesas del Viceversa están ocupadas por comensales de sonrisas largas y de tripas relajadas, como las de un jeque bahreiní, como de quien nunca se ha visto expuesto ante una situación de estrés prolongada. Todos parecen tan estupendamente saludables, recapacito mientras echo un poco de agua sobre mi rostro e inspecciono las arrugas que se dibujan en el diminuto espejo del baño en busca de ese brillo rebosante que despiden los rostros quebequenses. No lo encuentro, claro está.

La mañana siguiente caminamos hacia Mile End, el vecindario bohemio de Montreal por definición. Alberto me muestra los montículos de libros que descansan sobre la banqueta frente a algunas de las casas. “En Canadá, incluso la cultura es reciclable”, me dice mientras hurgo entre los títulos y recojo un ejemplar firmado por Seichō Matsumoto —escritor desconocido para mí— antes de retomar nuestro camino para entrar en las librerías, cafeterías y bares de la zona. En el camino de regreso Alberto se detiene para señalarme unas relucientes unidades habitacionales incrustadas dentro del arco de una iglesia. “Muchas iglesias se están transformando en lofts y librerías. La Iglesia Católica ha perdido casi todo su poder desde que se dio la Revolución Tranquila de Québec”, me explica mientras mi pensamiento boquiabierto se tarda unos segundos en eliminar sus prejuicios —aparentemente inamovibles— sobre la connotaciones negativas de la palabra progreso.

La Revolución Tranquila —no, no es un oxímoron ideado por Ricardo Arjona— fue el término acuñado por un periodista del diario The Globe and Mail de Toronto en alusión a los cambios políticos y sociales que vivió Québec a partir de 1960. Los líderes políticos e intelectuales quebequenses no se tardaron en apropiarse de este término —en francés: la Révolution tranquille— para ponerle nombre al fin de lo que algunos denominaban “les années noires” de Québec, debido a los rezagos económicos y sociales que acarreaba la sociedad franco-canadiense en comparación con su contraparte anglófona y Estados Unidos como consecuencia del tradicionalismo, el conservadurismo y el nacionalismo intransigente que caracterizaban a la provincia más grande de Canadá durante el longevo gobierno de Maurice Duplessis, ex primer ministro de Québec.

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Duplessis fue elegido para representar al Partido Conservador de Québec en 1933. Dos años después decidió unirse a Paul Gouin —ex miembro del Partido Liberal de Québec y fundador de Acción Liberal Nacional— para formar la Unión Nacional, partido con el que ganaría todas las elecciones llevadas a cabo en Québec desde 1936 —con una sola excepción en 1939— hasta su muerte en 1959. Aunque no todos coinciden con las fechas que indican el margen de la Revolución Tranquila —hay quienes argumentan que ésta empezó con la muerte de Duplessis y la toma de poder de su sucesor, Paul Sauvé—, por lo general este término pretende abarcar la época entre 1960 y 1966, cuando Jean Lesage y su Partido Liberal de Québec reemplazaron la era duplessista para esbozar nuevas reformas con la intención de modernizar y secularizar a la sociedad quebequense y reinventar su identidad nacionalista —se alejaron de un nacionalismo de carácter etnocentrista y se enfocaron exclusivamente en metas colectivas para todo Québec.

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Existen dos hechos que desempeñan un papel determinante en la vertiginosidad de los cambios que vivió la provincia de Québec: la muerte de Duplessis y la nueva conciencia social planteada por la generación de los baby boomers alrededor del mundo occidental que llevó al nacimiento, entre otros logros, del movimiento de derechos civiles y sus consiguientes líderes —Martin Luther King, John F. Kennedy, la misma revolución cubana—, que funcionaron como los modelos a seguir por la nueva dinámica política quebequense cuya consigna principal era la de “rattrapage”: recuperar lo perdido o alcanzar al resto; una apertura que representaría un contraste perfecto en comparación con el autismo obtuso del gobierno de Duplessis y sus secuaces. En un período de seis años las reformas puestas en marcha por el nuevo gobierno de Québec lograron transformar las instituciones para adaptarlas a las demandas que representaba esta nueva política de apertura, al igual que cambiar su imagen hacia el exterior y su concepto de sí mismos. Esto implicaba que el Estado debía de asumir la responsabilidad sobre sus instituciones y deshacerse del dominio que el sector privado tenía sobre éstas —primordialmente por parte de la Iglesia Católica— para hacerlas más accesibles a sus ciudadanos y por ende más democráticas. Casi de la noche a la mañana la Iglesia Católica había perdido todo su poder político en la provincia franco-canadiense. Los tres sectores que se vieron completamente reestructurados durante este proceso de cambio fueron la educación, la salud y los asuntos sociales. Debido al gran consenso que tenían entre los nuevos sindicatos, las corporaciones, las elites políticas e intelectuales, a pesar de que Lesage y su “équipe de tonnerre” —equipo de primera— fueron sucedidos en 1966 por los gobiernos de Daniel Johnson (1966-1968), Jean-Jacques Bertrand (1968-1970), Robert Bourassa (1970-1976) y René Lévesque (1976-1985), todos ellos mantuvieron una línea política que se comprometía a cumplir al pie de la letra el “espíritu” de la Revolución Tranquila.

“Para darte un ejemplo, hasta antes de 1960 la Iglesia Católica tenía el derecho de quitarle los hijos a las madres que vivían ‘fuera del matrimonio’”, asegura Alberto poco antes de llegar al parque para alcanzar a Annelyne. “De un día para otro pasaron de ser una de las sociedades con mayor índice de natalidad a una de las más bajas; de las más religiosas a una de las más laicas”, añade. Mi conmoción se ve mitigada una vez que Annelyne me alcanza una La Fin du Monde, una cerveza que contiene un grado de alcohol equivalente al cinismo de su leyenda. Observo las decenas de cuerpos semidesnudos que descansan sobre el césped y veo cómo sus rostros siguen la trayectoria del sol y de pronto me siento como atrapado en medio de un campo de girasoles con pulso. Desde la cavidad de un ojo foráneo, las tensiones entre francófonos y anglófonos se perciben como un choque entre dos brisas. Un clochard rechoncho y de aspecto saludable se acerca hacia donde estamos sentados para preguntarnos si puede llevarse los cascos vacíos. “Bonne chance, mon amies”, nos dice con una sonrisa amplia después de recoger la última botella para treparse a su bicicleta y seguir su ruta de reciclaje. Annelyne me cuenta que Gérald Tremblay, el alcalde de Montreal, tiene planeado demoler el antro de table dance más antiguo del distrito rojo —el Café Cleopatra— para poner en su lugar enormes edificios de oficinas. La noticia me entristece. Aunque bueno, en Montreal tanto las strippers como Dios son igualmente vulnerables ante la indigencia —reflexiono y doy otro sorbo a La Fin du Monde.

Julio de 2009
Jason Kenney, el ministro de Ciudadanía, Inmigración y Multiculturalismo y miembro del Partido Conservador de Canadá liderado por Stephen Harper, anuncia de manera abrupta que después de las 11:59 p.m. del 15 de julio todo ciudadano mexicano necesitará una visa para entrar a territorio canadiense —el gobierno de Québec mostró su descontento hacia las medidas tomadas por los mandatarios de Ottawa enviando una misiva que proyecta los efectos negativos que estas restricciones pueden tener sobre el sector turístico de la provincia franco-canadiense— debido a que las solicitudes de refugiados por parte de los nacionales se había triplicado desde 2005.
El gobierno de Felipe Calderón Hinojosa asegura que como represalia en contra de su socio del NAFTA, a partir del 16 de julio de 2009 México exigirá visas a los diplomáticos y funcionarios públicos canadienses. Es inevitable pensar en lo rápido que se puede viajar de una revolución tranquila a un berrinche estridente.

Neonazis vs Morenazis

abril 18, 2013

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Danny Balint viste una chaqueta militar que lleva las insignias de la SS nazi mientras que su fluido monólogo es registrado por la grabadora de un reportero del New York Times. El joven neonazi habla sobre la jerarquía de las razas, sobre la supremacía de los cristianos blancos y de la amenaza judía. “Eres increíblemente articulado”, confiesa el sorprendido reportero. “Pero, ¿cómo puedes creer en todo esto cuando tú mismo eres judío?”, pregunta el joven periodista en una de las escenas más impactantes de The Believer (2001), una película que narra la historia de un militante que esconde y reprime su bagaje cultural para encajar en las filas de la ideología neonazi.
El personaje de Danny Balint no es un producto enteramente ficticio. Está basado en Danny Burros, quien formaba parte del American Nazi Party y que finalmente se voló los sesos en 1965 después de que el reportero McCandlish Phillips —también del New York Times— diera a conocer la identidad judía de este ejemplo extremo del wannabismo. “Me interesa el lado más provocativo del tema, el que alguien pueda ser judío y nazi a la vez”, dijo en una entrevista Henry Bean, el director de ese controvertido largometraje.
Hace un año, en las inmediaciones del Laboratorio de Arte Alameda, me encontré por primera vez con un neonazi mexicano. El descubrimiento me hizo oscilar entre la risa y una fuerte sensación de absurdo. Posiblemente mi piel blanca y mis ojos azules lo motivaron a preguntarme con tono expectante cuál era mi país de origen. Su rostro no pudo ocultar la decepción cuando le respondí que soy originario de Israel. “Ah, pos no nos vamos a poder llevar; yo soy nazi”, me aseguró, tibiamente, señalando la suástica que llevaba en su cinturón.
Intenté visualizar a aquel moreno regordete, de ojos saltones, sobre los carteles de propaganda aria o marchando en los imponentes desfiles militares del Tercer Reich a la vez que me venía a la mente una fuente inagotable de malas bromas. Después de este breve encuentro con la incongruencia me pregunté si acaso el sujeto ignoraba el hecho de que los inmigrantes mexicanos figuraban entre las víctimas favoritas de los neonazis en Estados Unidos.
Tal parece que el síndrome Daniel Burros se ha infiltrado a este lado de la frontera. La lista de agrupaciones neofascistas en México ha crecido; Eugenia Jiménez Cáliz lo detalló en este mismo espacio. La novedad es la cómica polémica que se ha desatado entre grupos de neonazis blancos contra los denominados morenazis o morenarios (términos despectivos utilizados por los primeros para referirse a los nacional-socialistas mestizos o de rasgos étnicos distintos a los caucásicos puros). El debate cibernético se dio a raíz de una delirante teoría racista expuesta en el sitio web de Último Reducto —una organización morenazi encabezada por Carlos Roger Priego Huesca— para justificar su derecho a denominarse como un grupo nacional-socialista.
El siguiente es un fragmento publicado en http://www.ultimoreducto.com: “La genética determina no solamente el aspecto físico y fisiológico, sino también el comportamiento, el sentido moral y el pensamiento de un ente. Durante la transmisión hereditaria, esas cuatro cosas pueden disociarse según las leyes de Mendel. Resulta que podemos tener un hombre rubio con ojos azules, grande, etcétera, de tipo exterior totalmente germánico, pero de sentimiento y de comportamiento y de pensamiento totalmente semítico. Al contrario, hombres de tipo semítico pero de mente y de comportamiento totalmente germánicos. Así los pequeños españoles de tipo semita pero de comportamiento totalmente germánico iban a luchar contra el bolchevismo a la URSS. Eso hay que decir a los paliduchos que andan por ahí cantando el himno gringo […] Lo que importa no es la genética física, sino el corazón y la genética mental y comportamiento” (re-sic).
La declaración arrancó una reacción inmediata por parte de grupos neonazis latinoamericanos. He aquí la respuesta de uno de éstos. “Por medio de la presente, Visión Blanca” —un portal cibernético neonazi que promueve la supremacía blanca y denuncia a los denominados morenarios— “hace constar que: bien sabido es que nosotros hemos denunciado tanto a UR, como al señor Carlos Roger Priego Huesca debido a la incorporación a las filas de UR (grupo supuestamente NS) de individuos que nada tienen que ver con el NS (es decir, individuos no caucásicos), y a la promoción que UR hace del NS entre mestizos e indios. Asumimos enteramente la responsabilidad de la lucha que hemos emprendido contra UR y el señor Carlos Roger Priego Huesca, y no vamos a ceder en nuestro empeño de dar a conocer a la escena NS a nivel mundial de que forma UR y Carlos Roger Priego Huesca han tergiversado y mixtificado el ideal NS a conveniencia”.
La respuesta de http://www.stormfront.org (otra organización neonazi) es menos sutil: “No existe la ’sangre NS’, lo que existe es la sangre caucásica, y sólo los caucásicos podemos ser NS. La única ’sangre NS’ que se encuentra presente en la casa de los indios, es de los caucásicos que habitamos estas latitudes. Hasta donde yo sé, el proyecto de Estado que Hitler esbozó fue un proyecto de Estado racista, donde la eugenesia era algo de suma importancia para la conservación y expansión de la raza, por lo que eso de que ‘lo que importa no es la genética física, sino el corazón y la genética mental y comportamiento’ es una tontería, e inclusive es un argumento que atenta contra los principios Nacionalsocialistas. Si lo que importara fuera el corazón y las buenas intenciones, entonces llenemos a Europa de negros, asiáticos y judíos con buenas intenciones. Ahora resulta que cualquier indio cuyo color es más oscuro que la suela de mi bota pero que sabe comportarse en sociedad, y que desarrolla algunos valores como la honestidad, el honor, etcétera, es un buen candidato para ser NS. ¿Qué diría el Führer si escuchara toda esta sarta de tonterías? […] Además debemos recordar que Hitler en Mein Kampf, al hablar sobre América Latina, considera que la causa del subdesarrollo que se sufre en dicha región es la mezcla racial. Nadie está promoviendo una campaña de odio racial, lo único que queremos es que se entienda que el Nacionalsocialismo es inherente al hombre blanco, y si al momento de explicar esto herimos susceptibilidades y generamos odio, eso se debe a que no han comprendido la ideología Nacionalsocialista”.

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En otro foro de discusión en la red encontré la contestación de un morenazi en lo que ha sido la primera vez que soy testigo de la hipersensibilidad de un nazi frente a manifestaciones racistas: “Como mexicano que soy, me da vergüenza leer estupideces como las tuyas. Entiende que el ser nazi no significa ser un racista”. (¿?) “El racismo es para aquellos pobres estúpidos que no tienen una amplia cultura, pues aunque seas blanco eso no te hace mejor que los morenos. No necesito a un idiota que piense que es mejor que otros sólo por el color de su piel”.
“¡Saludos! camaradas Blancos”, contesta otro usuario de este mismo foro. “Exijo respeto al movimiento, no tiene por qué desvirtuarse con cretinos que creen que por llevar una suástica son parte de nuestro movimiento. Es tu obligación como integrante de este naciente movimiento en México parar a los simios con este tipo de insignias y exigirles respeto al símbolo que tratan de falsear a un círculo de moda. Suplico a todos los morenos que se unan a otro grupo apto para ellos como los amigos de África, o el club de Calimba (sic), pues el verdadero movimiento Skinhead NS no les da la cabida. ¡Fuera de aquí!”, advierte este vocero de la “raza superior” para cumplir con un intercambio de analfabetismo racial que amenaza con extenderse ad infinitum.
Me pregunto en qué mundo vivimos cuando un judío se ve obligado a intervenir a favor de la postura de un grupo neonazi. Aunque, si bien sería completamente cierto calificar a los morenarios como un grupo conceptualmente errado debido a las irregularidades de su discurso en comparación con las exigencias raciales impuestas por la ideología nacional-socialista, los neonazis quedan igualmente expuestos ante el ridículo: las dos facciones de este conflicto caricaturesco pueden dar por sentado que en el fondo ambas comparten un desprecio orgullosamente descarado hacia el humanismo y la misma habilidad para repeler el conocimiento lógico y abrazar el dogma con su militantismo atroz. Una vez más, la realidad supera a la ficción. Danny Balint al menos se mostraba reflexivo.

De cuando Juárez fue an american dream

abril 18, 2013

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México ha contrabandeado sustancias ilegales a Estados Unidos mucho antes de que existieran los cárteles, las trocas y los narcocorridos. Y es que además de albergar a las hordas de calenturientos adolescentes primermundistas en nuestros prostíbulos región cuatro, de ser el principal encargado de empolvar las fosas nasales e inyectar las ávidas venas de nuestro vecino del norte, hubo tiempos en que nuestro país se dedicó a calmar la dipsomanía frenética del mayor consumidor del continente americano. La Prohibición o la Ley Seca, propuesta por la XVIII Enmienda de Estados Unidos y ratificada en 45 de sus estados entre 1918 y 1934, convirtió en un abrir y cerrar de ojos sus fronteras —sobre todo la que divide El Paso de Ciudad Juárez— en una larga barra donde bebedores (estadounidenses) y cantineros (mexicanos) se beneficiaron del puritanismo anglosajón de entreguerras. La Ley Seca de los años veinte hizo de México, entre otras cosas, un país productor de whisky, lo cual atrajo el olfato oportuno de algunos empresarios gringos, entre ellos celebridades del crimen organizado del calibre de Al Capone. Pero no podemos hablar de las destilerías y de los lazos de la mafia con Ciudad Juárez sin mencionar algunas de las manifestaciones más cómicas incitadas por este efervescente episodio de la historia.
A mediados del siglo XIX una serie de crecidas provocaron el desbordamiento del Río Bravo, formando un enclave mexicano al norte de éste, conocido como Isla o Corte de Córdoba. Físicamente anexada a El Paso y sobre una fracción de tierra conocida como el Chamizal, el islote desató una disputa territorial entre ambos países que ocupó a varias generaciones de diplomáticos. Uno de los pocos habitantes de esta nueva franja de tierra vio su enorme potencial económico y así nació A Hole in the Wall, una cantina, salón de baile y casino que se convirtió en el ejemplo más gráfico de los vacíos legales que ofrecía la ambigüedad geopolítica. Porque la pared de este tugurio formaba parte de la línea divisoria entre ambas naciones, y el empresario mexicano literalmente perforó orificios en la frontera de tal modo que el cuerpo de los clientes tejanos permanecía en Estados Unidos mientras sus cabezas se zambullían en el néctar prohibido ofrecido por el permisivo Tercer Mundo: What happens in Juarez, stays in Juarez. Debido a las crecientes quejas provenientes de El Paso, A Hole in the Wall tuvo que sellar sus paredes en 1931.
Pero no sólo las pequeñas empresas se vieron favorecidas por la prohibición. Varias destilerías importantes se mudaron al sur de Canadá y al norte de México; aquí lograron la creación de una nueva oferta comercial extendida a empresarios juarenses, quienes se convirtieron en socios y, posteriormente, en dueños de estas grandes empresas. Tal es el caso de El Paso Brewing Association, que cambió su nombre a Juárez Brewery o Cervecería Juárez una vez que se vio obligada a atravesar el río. Años después, la Cervecería de Chihuahua asumiría la administración de esta empresa.
Ciudad Juárez fue también el destino de varias fábricas de whisky; las dos más importantes fueron The Western Distillery (de Abraham Binmard) y la D.M. Distillery Company. Esta última, originaria de Kentucky, operó durante más tiempo que la primera, en gran parte gracias a que don Julián Gómez Sanz —empresario juarense de origen español— se adueñó de la destilería y continuó con la producción del mejor bourbon mexicano que jamás haya existido: el Juárez Whiskey Straight American. Don Julián Gómez había fundado un gran almacén de vinos y licores llamado Casa Gómez, y era el mejor cliente y vendedor de John Don Levy y F.C. Mckey —los dueños originales de la D.M. Distillery— quienes le ofrecieron acciones como socio.
En la década de los veinte Ciudad Juárez se había convertido en un oasis irresistible para los espíritus hedonistas de la época. En su libro Ciudad Juárez: El auge de una ciudad fronteriza a partir de 1848, Óscar J. Martínez cita el puritanismo rabioso de John W. Dye, cónsul de Estados Unidos en esta ciudad: “Juárez es el lugar más inmoral, degenerado y perverso que he visto o del que he oído contar en mis viajes. Ocurren a diario asesinatos y robos. Continuamente se practican juegos de azar, se consumen y se venden drogas heroicas; se bebe en exceso y hay degeneración sexual”, dijo en 1921, sin pensar que con estas declaraciones estaba invitando aún a más turistas lujuriosos a la bacanal fronteriza.
Pronto llegó un alud de denuncias de multitud de buenas conciencias que se unieron al llamado de John Dye para exigir la aplicación de posibles trabas —como el cierre temprano de los puentes— para limitar el cruce de sus ciudadanos al otro lado del río; sin embargo, sus gritos se perdieron detrás de las carcajadas estrepitosas de los parroquianos, los gemidos de las prostitutas, la música de los cabarets y el tintineo de las copas que chocaban a lo largo y ancho de las noches juarenses.
Julián Gómez reparó en las oportunidades económicas que ofrecía la vida nocturna de la ciudad antes de inaugurar La Taberna y el restaurante-cabaret Café Lobby: ambos una referencia indiscutible del paisaje festivo juarense. Y es que la apuesta del joven emprendedor español, al igual que la de muchos otros oportunistas de su época, no podía ser más acertada: el gran desarrollo —por no decir auge— de Ciudad Juárez estaba relacionado directamente con la venta y el contrabando de alcohol durante la Prohibición en Estados Unidos: así Juárez se convirtió en la quinta ciudad de mayor crecimiento del país.
Pero todo lo bueno llega a su fin. En 1933 el Congreso de Estados Unidos aprobó la XXI Enmienda de la Constitución para abolir la Ley Seca y con ello apagar así gradualmente las luces del Café Lobby y del Tíboli (uno de los antros de mayor renombre de este antiguo Tánger americano) y derramar arena sobre los galones de alcohol que nutrían el glamour salvaje de la vida nocturna juarense.

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A pesar de que los años que siguieron al esplendor bullicioso de Ciudad Juárez la exponían como un espacio abatido por la fatiga y la depresión postcoital, la mala reputación que adquirió durante sus años vitales logró atraer la presencia esporádica de algunas celebridades del mundo artístico estadounidense, quienes atravesaban el río con la intención de recuperar aunque fuera un poco de ese glorioso pasado pero sin lograr más que un diluido simulacro. Lo único que queda como recuerdo de aquellos tiempos son unas cuantas botellas de Juárez Whiskey Straight American de la D.M. Distillery, ahora a cargo de la nieta de don Julián, Gabriela Quirarte Gómez. Los contrabandistas de licor se transformaron gradualmente en políticos y en hombres de negocios. Las maquilas (fábricas de compañías internacionales instaladas en México con el propósito de tomar ventaja de la mano de obra barata) sucedieron a las destilerías para convertirse en el paisaje dominante. En lugar de las carcajadas estrepitosas, del tintineo de las copas, y de los cabarets, ahora sólo queda una violencia seca y agria que narra en silencio la muerte de un número desconcertante de mujeres anónimas a manos de capos del crimen organizado que hacen que Al Capone parezca, en comparación, un verdadero candidato al Premio Nobel de la Paz.

Mazahuacholoskatopunks

abril 6, 2013

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Mazahuacholoskatopunks es el término que Federico Gama eligió para el título de su libro —publicado por el Instituto Mexicano de la Juventud— y para referirse a un fenómeno estético-cultural: desdibujar el origen de toda una migración de adolescentes indígenas, quienes encontraron en la estridencia visual una forma de fundirse en el paisaje urbano capitalino y de permanecer en el anonimato para, así, montar una ilusión óptica que despista a los citadinos y elude la discriminación.
“Integré este término para referirme a los miles de jóvenes que llegan a trabajar en la Ciudad de México desde las comunidades indígenas y rurales (la zona mazahua va desde Atlacomulco, Estado de México, hasta Zitácuaro, Michoacán, aunque también entran en esta categoría jóvenes de Puebla, Hidalgo, Veracruz, etcétera). Los hombres se dedican principalmente a la construcción, mientras que las mujeres ocupan los trabajos domésticos”, explica el autor. “Estos chavos se ven obligados a vivir una vida bicultural desde temprana edad; nacen dentro de la cultura indígena en un mundo dominado por los mestizos. Cuando llegan a la ciudad no sólo integran elementos de su origen sino que mezclan códigos de vestimenta de las culturas juveniles que observan, como los cholos, skatos, punks, emos, darketos y todo el abanico de posibilidades estéticas que ofrece la ciudad. Todo esto con el fin de que su origen indígena pase inadvertido. Entre más exageran su vestimenta más invisibles se convierten dentro del entorno urbano, aunque suene contradictorio. Esta transformación no sólo se da en la vestimenta sino también en el lenguaje corporal: miran y caminan de otra manera; se convierten en conquistadores, se sienten atractivos para las chicas”, asegura Gama.

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“Durante la década de los ochenta los mazahuas emigraban principalmente a Estados Unidos. No fue sino hasta el auge de la construcción en el Distrito Federal —alrededor del año 2000, con las obras de la Torre Mayor, el Segundo Piso, Santa Fe, Interlomas, el Centro Histórico— cuando los mazahuas regresaron a la capital. Estos jóvenes ganan en el DF tres o cuatro veces más de lo que pueden ganar en sus comunidades. Antes de salir ya tienen una idea de lo que es la ciudad y los atractivos que ésta les puede ofrecer. Las experiencias vividas en la capital son transmitidas de generación en generación, de boca a oído, e incluyen instrucciones específicas que van desde cómo deben vestir hasta cómo deben beber, mirar, caminar, etcétera. Además del dinero, estos jóvenes llegan a la Ciudad de México para cumplir con lo que se ha convertido para ellos en una especie de rito de iniciación esencial en el transcurso de sus vidas. Su paso por el Distrito Federal representa un periodo de juventud que se les niega dentro de sus comunidades debido a la dureza que exige esa vida. Estos muchachos de pronto se descubren solos en la ciudad, a sus 14 o 15 años, con un ingreso tres veces mayor al de sus padres —aproximadamente mil 200 pesos semanales— y sin la autoridad que éstos pueden imponerles en su comunidad. La mitad del dinero va para sus familiares, pero ellos pueden decidir qué hacer con el resto. Por lo general gastan esa lana en su atuendo, en las chelas, jugando a la baraja o en las prostitutas de la Merced; mientras que los chavos defeños de esa edad dependen física, sicológica y moralmente de sus padres. Las niñas llegan más jóvenes porque dentro de sus comunidades se considera que después de la primera regla ya son mujeres; ya pueden tener hijos y, por lo tanto, casarse”, comenta.

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“Los MCSP llegan a la ciudad de la misma manera en la que son expulsados de sus pueblos: con su vestimenta tradicional. Una vez en el DF y después de haber cobrado su primera quincena, empiezan a practicar, como en un ensayo coreográfico, los movimientos corporales que exige su nueva apariencia, la cual, a su vez, busca imitar a los grupos urbanos. Más allá de que los MCSP recolectan códigos de vestimenta de diferentes grupos, casi siempre se refieren a ellos como cholos; esto tiene que ver con que su primera referencia urbana viene de la migración a Estados Unidos durante la década de los años ochenta y noventa. Para ellos cholo significa cualquier otra cosa que no sea su pueblo; decir cholo es lo mismo que decir foráneo. Sin embargo lo suyo no deja de ser una actuación ya que su estructura ideológica está fijada en lo que aprendieron en sus comunidades; al margen de que sí existe un cambio que trasciende lo cosmético, al menos en lo que se refiere al uso de drogas, alcohol y en los hábitos sexuales (muchos de ellos descubren sus preferencias sexuales fuera de sus comunidades) que marcan a estos jóvenes de por vida. Los MCSP son un ejemplo perfecto de cómo la cultura se reinventa y se recicla. Cuando regresan a sus comunidades cierran este proceso de doble asimilación, desembarazándose de manera gradual de esta imagen urbana concebida en la ciudad. Si bien en un principio no llegan con los pelos parados, sí regresan a sus pueblos con la vestimenta —ya sea con camisetas punk, imágenes llamativas de la Virgen de Guadalupe, pantalones guangos, piercings, etcétera— y los hábitos que fueron adquiriendo en la urbe, incluyendo la adicción a drogas como el tíner o el pegamento: sustancias que abundan en las zonas de construcción. Con el tiempo se van reasimilando a la estética y a las costumbres del pueblo, marcando así el final de esta corta etapa de juventud. Ellos asumen que independientemente de lo que hagan en la ciudad, en el futuro van a tener que cumplir con una serie de ritos muy específicos impuestos por su comunidad”, agrega Gama.

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Tomando en cuenta la gran variedad de gremios que trabajan en las construcciones, Federico llevó su cámara a las obras para observar la interacción de los MCSP con los demás citadinos. “En una ocasión, mientras tomaba una fotografía a un MCSP, un cholo le empezó a ’tirar barrio’ —los cholos usan los dedos para señalar su barrio de origen y su estilo. El mazahuacholoskatopunk no tenía idea de lo que estaba haciendo el sujeto que tenía enfrente. Trataba de imitar las señas que hacía con las manos pero le salía de una manera muy torpe. Te apuesto que dos semanas después ya era un experto en ’tirar barrio’ sin saber lo que esto significa”, afirma Gama.
“Gran parte de los MCSP viven alrededor o dentro de las obras de construcción. Algunos rentan cuartos en las periferias de la ciudad; en ocasiones pueden llegar a ser seis o siete personas en una sola habitación. A diferencia de los cholos o los punks, los MCSP no son territoriales, aunque sí cuentan con lugares de encuentro fijos que son los mismos a los que iban sus antepasados. La Alameda Central, Pino Suárez, Tacubaya y la Plaza de San Ángel son algunos de los sitios en donde los MCSP se congregan los domingos para cotorrear después de misa y de una ardua semana laboral. Algunos empresarios oportunos se han dado cuenta de este fenómeno y se han dedicado a adaptar estos espacios a las necesidades de los MCSP: llegan a juntarse más de dos mil jóvenes para bailar, beber y ligar en estos eventos. Incluso hay tabledance exclusivos para los MCSP. Se ha generado toda una cultura alrededor de este fenómeno.
“Había un momento específico que me interesaba mucho fotografiar —confiesa Gama en referencia al capítulo ’Top Models Mazahuacholoskatopunk’—; el de la transformación del lenguaje corporal de estos chavos cuando portan su atuendo citadino; de cómo de pronto estos jóvenes parecían muy seguros de sí mismos, caminando por la calle con la misma confianza con la que un modelo recorre una pasarela. Soy un paparazzi de los MCSP”, afirma detrás de una sonrisa serena.

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En su prólogo a Mazahuacholoskatopunks, Rogelio Villarreal concluye su aportación a esta formidable polaroid antropológica con una serie de preguntas punzantes: “¿Esta nueva comunidad de post-indios urbanos está destinada a ser consumida por un monstruo que los aloja en el más oscuro de sus rincones y les exprime hasta la última gota de energía después de haber levantado portentosos rascacielos? ¿Haber sido mazahuacholoskatopunk habrá sido solamente una anécdota en su vida? ¿Son la alegoría más exacta, desconcertante y vistosa de la nueva condición del mexicano del futuro: sin educación, explotados, condenados a una vida gris, de privaciones, sin mayores expectativas? Atrapado entre la tradición y la modernidad, el país se pierde en el camino. ¿Lo saben los mazahuacholoskatopunks?”.

abril 4, 2013

nubes