Archivo para febrero 2013

Vivir olvidando (en memoria de Joseph Robbins)

febrero 16, 2013

La conmemoración es el Prozac de los fantasmas, su único alivio frente a un mundo que ve el recuerdo como un obstáculo para el progreso. Han pasado apenas poco más de sesenta años desde la liberación de los campos de exterminio y del colapso del régimen nazi. Sin embargo, existe una sensación de que aquel episodio sucedió en un tiempo tan remoto que nos es casi imposible imaginar que forma parte de nuestra historia inmediata. La generación de quienes lucharon y sufrieron los ricochets de aquella guerra está por desaparecer. Quedan muy pocas voces que pueden narrar en primera persona aquel choque encarnizado. La mayoría de ellos viven en una lucha constante por eludir a la memoria; por vivir olvidando.

Los políticos luchan por los intereses, los soldados por los ideales impuestos por los políticos. Los primeros se inmortalizan saturando los estantes bibliotecarios con sus biografías, mientras que los otros acaban reducidos -en el mejor de los casos- a un párrafo o inscritos sobre una lápida. Por ello me pareció importante escribir este anecdotario desde la experiencia de un individuo; darle nombre a un tema que por lo general se trata con cifras. Su nombre era Joseph Robbins: mi abuelo.

Joseph Robbins nació en Filadelfia en 1924. Su padre, tras sufrir las crecientes oleadas de violencia en contra de los judíos en Ucrania –y en Europa en general-, decidió emigrar con el fin de buscar un mejor futuro en Estados Unidos y con la idea de traer a su esposa e hija a los pocos meses. Sin embargo, las hostilidades incrementaron estrepitosamente, obligando a su esposa e hija a huir de su pueblo natal. Perdieron la comunicación una vez que abandonaron su hogar ya que la única forma factible para mantenerse al tanto era a través de la correspondencia epistolar. No fue sino hasta quince años más tarde que lograron reencontrarse ya en suelo estadounidense. Mi abuelo fue el fruto de esa reunificación. Su hermana –Bella- murió de meningitis cuando él apenas cumplió un año. Años después, sus padres lograron montar un modesto restaurante en los barrios pobres de la ciudad.

El 7 de diciembre de 1941 la fuerza aérea japonesa tomó por sorpresa la base naval de Pearl Harbour, destruyendo gran parte de la flota marina estadounidense. Con esto lograron estimular la postura relativamente apática de Estados Unidos frente a la amenaza que representaba el Tercer Reich y sus aliados. Mi abuelo, inmediatamente después escuchar las noticias -con ese espíritu patriótico-hormonal tan común en los adolescentes-, declaró a sus padres sus intenciones de enrolarse en el ejército. Poco tiempo después ingresó a la base de entrenamiento militar del Octavo Batallón de Tanques. Su padre falleció apenas dos semanas antes de su partida hacia Europa, dejando a su madre sola, parada sobre el muelle frente a un hijo que estaba a punto de emprender un viaje del que pocos regresarían.

Desembarcó en Normandia un día después de la batalla inicial bajo el mando del general Patton, avanzando tierra adentro con su tanque entre los montículos de cuerpos que yacían desparramados sobre la playa como en una postal del inframundo. Dado que su tanque era de reconocimiento tenía que ir al frente del batallón, exponiéndose de esta forma al constante bombardeo enemigo. En una ocasión su tanque se volcó por la ola expansiva de un misil que acertó a darle al tanque de al lado. Mi abuelo sufrió una profunda herida en la pierna que lo mandó al hospital –en Inglaterra- por un mes. Una vez recuperado se reincorporó al batallón, poco antes de que éstos llegaran a la frontera con Bélgica. Tenían prevista una incursión a un pequeño pueblo del norte de Francia. El comandante les ordenó descansar durante la noche en un campo abierto a las afueras del pueblo. Sus compañeros de batallón lo despertaron a la tarde siguiente. Su rostro adoptó el asombro incrédulo de sus compañeros al ver que estaba rodeado de agujeros aún humeantes por el incesante bombardeo alemán, sin entender cómo no habían logrado hacerle daño.

Semanas más tarde -a mediados de diciembre de 1944-, Hitler, en un intento desesperado por detener el avance inminente de los aliados, lanzó un último ataque desde la zona boscosa de las Ardenas –armado de tres ejércitos integrados por 250 mil soldados, 11 divisiones blindadas, 2 mil tanques y 3 mil aviones- con la intención de llegar a la costa y aislar las líneas del frente aliado. El éxito fue efímero ya que sólo logró demorar lo inevitable. El ejército norteamericano se reforzó con los vehículos armados que abrieron el paso para dar la estocada final al Reich de los mil años en una de las batallas más cruentas de la guerra. Mi abuelo formó parte de esa fuerza. En esa misma batalla, Joe se vio obligado a abandonar su tanque para combatir cuerpo a cuerpo con un soldado alemán. Después de un largo forcejeo logró arrebatarle el cuchillo de las manos para dejarlo tendido sobre el fango de aquel cementerio improvisado. “La supervivencia en la guerra es totalmente azarosa” –recuerdo la única vez que escuché a mi abuelo hablar acerca de la guerra, contestando a la pregunta de mi tío con un tono de voz que junto a sus ojos, se diluían en el recuerdo.

No existía un entrenamiento que lograra prepararlos para lo que se enfrentarían enseguida. Estaban a punto de atestiguar la capacidad genocida detrás del discurso nacional-socialista. Cuando llegaron a los campos de exterminio –primero a Ohrdruf y luego a Dachau-, los guardias ya habían huido, dejando al desnudo las atrocidades cometidas en nombre de la “pureza étnica” exigida por el Führer. El hedor de la muerte les penetraba los huesos aquella primavera infernal de abril. Las reacciones fueron variadas. Algunos quedaban paralizados mientras que otros caían al suelo presas de un llanto incontenible. Se sorprendieron al encontrar sobrevivientes en medio de los fosos de cadáveres y los hornos crematorios. No lograban entender cómo alguien podía vivir en semejantes condiciones. Allí fue donde mi abuelo conoció uno de los pocos sobrevivientes que quedaban en Dachau. Se encargó de su cuidado, financiando su alimentación durante los siguientes tres meses antes de que partiera hacia Argentina. Nunca más pudo establecer contacto con él. Las imágenes del campo de exterminio lograron reafirmar ese ateísmo militante que caracterizaba a mi abuelo desde siempre. Nunca creyó en dios, pero tampoco creía que podía existir una ausencia tan absoluta del bien como la que presenció aquel día. No obstante, fue en ese momento, más que en ningún otro, que sintió una innegable pertenencia al pueblo judío.

El siguiente es un fragmento de una carta que mi abuelo le escribió a su hija –mi madre- cuando ella cumplía un año de edad:
“Tú, querida Hilda, naciste en un mundo aturdido y turbulento. La II Guerra Mundial terminó apenas hace unos años y ya existe una nueva lucha de poder entre Estados Unidos y Rusia que seguramente acabará en otro conflicto bélico. La gente ahora utiliza frases nuevas. Tenemos nuevas palabras en nuestro vocabulario como la Guerra Fría o la bomba atómica. (…) Espero que no estalle otra guerra, pero me temo que es inevitable. La gente nunca aprenderá. En realidad no debería de decir eso, porque no es la gente común quien quiere otra guerra sino un puñado de gente con poder. Ahora, en el momento en que te estoy escribiendo esta carta, Israel es la nación más joven del mundo. Si se mantiene la paz durante los siguientes veinte años, pienso que tendremos un país del cual podremos estar orgullosos. Aunque he de confesar que no veo una paz próxima (…) Hilda, espero poder escribirte de nuevo el año siguiente para informarte de cómo has progresado y cómo ha progresado el mundo, o mejor dicho: retrocedido. Tu padre que te ama: Joseph Robbins. Febrero de 1950.”

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Medio Oriente: una historia de terror

febrero 3, 2013

Cuando oímos pronunciar las palabras “atentado terrorista” no hace falta sintonizar un noticiero para poder retratar con lujo de detalle las escenas de destrucción, ni para trazar el perfil del sospechoso común que aparece dentro de la conciencia colectiva: la falta de imaginación es una epidemia difundida por los medios de comunicación. Sin embargo, el terrorismo en Medio Oriente no siempre usaba un kafiyé (paño tradicional árabe) o barbas de espesor bíblico, ni tampoco era asociado de manera automática con el radicalismo islámico. Los terroristas cambian conforme al enemigo en turno. La siguiente es una cronología breve que pretende catalogar la evolución del terrorismo en el margen del conflicto israelí-palestino.

En 1917, durante la Primera Guerra Mundial, el Reino Unido había logrado derrotar al ejército turco para reemplazar al Imperio Otomano e imponerse en Palestina en lo que fue conocido como el Mandato Británico (oficialmente impuesto entre 1920 y 1948). Para ese entonces existían varios grupos de resistencia judíos que luchaban en contra de la población árabe local al mismo tiempo que intentaban terminar con la ocupación inglesa. Entre éstos destacaban la Haganá (la Defensa: organización que luego se convertiría en el actual Ejército de Defensa Israelí), el Palmaj (unidad élite integrada a la Haganá), el Etzel (HaIrgun HaTzva’i HaLe’umi BeEretz Yisra’el: la Organización Militar Nacional en Israel) y el Lehi (las siglas en hebreo de Lohamei Herut Israel: los Guerreros por la Libertad de Israel). Estos dos últimos fueron denunciados y declarados como organizaciones terroristas por la prensa occidental, las autoridades británicas e incluso por el Congreso Sionista Mundial que en 1946 los condenó por “el derramamiento de sangre inocente como medio de guerra política”. El atentado más sangriento perpetrado por el Etzel fue realizado el 22 de julio de 1946 en el hotel King David —donde se encontraban las oficinas centrales del Mandato Británico— de Jerusalén. A pesar de los comunicados telefónicos que advertían sobre el ataque, el edificio nunca fue evacuado. 91 personas perdieron la vida a causa de la explosión. El Lehi llevó a cabo numerosos ataques dirigidos en contra de las autoridades británicas y los árabes palestinos. Destacan los asesinatos de Lord Mayne (ministro de Estado en el Medio Oriente) en noviembre de 1946 en el Cairo y el de Folke Bernadotte: diplomático sueco (quien actuaba como representante del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en el conflicto árabe-israelí) asesinado en Jerusalén en septiembre de 1948. El neonato Estado israelí prohibió la actividad de esta organización bajo la ley antiterrorista impuesta tres días después del asesinato de Bernadotte.

Los palestinos tardaron una década —si contamos a partir de la independencia del Estado israelí en 1948— para darle forma a una organización de vocación política y militar. A finales de los años cincuenta nace Al Fatah, fundado, entre otros, por el histórico Yasser Arafat y el actual presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas. La intención de esta organización (de índole nacionalista y secular) era luchar contra el Estado judío desde la diáspora palestina (habría que recordar que la Franja de Gaza y Cisjordania sólo fueron anexadas al territorio israelí en 1967 durante la Guerra de los Seis Días. Egipto y Jordania, respectivamente, ocupaban estos territorios antes de la guerra). En 1964 la Liga Árabe dio a conocer a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), la cual declaró en su debut público sus objetivos: la aniquilación del Estado judío mediante la lucha armada. Al Fatah, guiado por el joven Yasser Arafat, se afianzaría como el brazo fuerte de la OLP para darse a conocer de manera oficial en 1965. Después de una saga de incontables ataques en contra de objetivos israelíes dentro y fuera de este país, el rostro de Arafat se convertiría en uno de los iconos más representativos del terrorismo internacional y de la causa palestina. En 1970, un año después de que Arafat fue electo como presidente del comité ejecutivo de la OLP, Jordania desterró al militante palestino y expulsó a su organización de sus fronteras. Arafat se instaló en el sur del Líbano donde dirigió a Al Fatah antes de verse obligado a huir a Túnez en 1982 después de la invasión israelí al país de los cedros. No obstante la distancia, Arafat consiguió conducir la lucha palestina desde la clandestinidad gracias a un grupo llamado los Halcones de Fatah conformado por gente leal al terrorista exiliado. En gran parte, quienes llevaron a cabo la organización para lograr el levantamiento de la primera Intifada (en 1987) fueron los Halcones de Fatah, quienes después de los acuerdos de paz de Oslo (1993) dejaron las armas, al menos bajo ese nombre. A pesar de que los labios de Arafat expresaban un cambio radical en el discurso político de la OLP y Al Fatah cuando reconoció la existencia del Estado israelí y de que ambos bandos aceptaran —en teoría— la resolución de “dos Estados para dos pueblos”, dos años después de estos esfuerzos diplomáticos y en una de tantas escaladas de violencia en Medio Oriente, los altos mandos de Al Fatah decidieron crear a los Tanzim: su nuevo brazo armado. La primera Intifada sirvió para alentar y convertir grupos de carácter político y religioso en nuevas organizaciones terroristas. Como es el caso del Hamás y la Jihad Islámica. El Hamás o el Harakat Al Mukawama Al Islamiya (Movimiento de Resistencia Islámica) es la versión armada de los Hermanos Musulmanes (grupo fundamentalista egipcio que abrió las puertas al islamismo político) fundada por el jeque Ahmed Yassín (respetado predicador y símbolo espiritual del Hamás, asesinado en 2004 por el EDI). El deterioro en las condiciones de vida en los ya de por sí deteriorados Territorios Ocupados, en combinación con la influencia de gente como el jeque Ahmed Yassín, entre otros, fueron una de las claves para poder llevar a cabo esta transición de lo político-religioso hacia lo militar. El mismo Yassín se encargó de alentar a toda una generación de terroristas suicidas quienes cobraron la vida de cientos de ciudadanos israelíes. La Jihad Islámica fue creada a finales de la década de los setenta. Es un grupo fundamentalista —el nombre no permite confusiones—, considerablemente más pequeño que el Hamás, cuyas demandas son claras: la creación de un Estado islámico palestino y la destrucción de Israel. A diferencia del actual grupo gobernante de Gaza, la Jihad Islámica está formada de pequeñas células y se reduce a cumplir con funciones estrictamente militares. Es importante recalcar que las diferencias entre el Hamás y la Jihad Islámica en comparación con las facciones armadas de Al Fatah es fundamental, literalmente. Los miembros del Hamás y la Jihad Islámica actúan obedeciendo a una convicción religiosa mientras que los grupos armados del Tanzim se consideran guerrilleros políticos. El árabe los distingue como muyahidines y fedayines, respectivamente. A pesar de que su nombre hace referencia a la mezquita del Domo de la Roca, Las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa (pertenecientes al Tanzim de Al Fatah) son un ejemplo de los fedayines, los guerrilleros de índole política. Esta organización armada fue fundada por Marwan Barghouti (activista político y líder de Al-Mustaqbal: un partido político compuesto principalmente por ex miembros de Al Fatah quienes se separaron de este grupo para expresar su descontento con la corrupción que reinaba dentro de éste) y surgió en el año 2000 durante la segunda Intifada: también conocida como la Intifada de Al-Aqsa. Cabe mencionar que al margen de sus posibles creencias oescepticismos, todos estos grupos cuentan con las famosas brigadas de suicidas (“mártires”) que se han inmolado con o sin la bendición de dios.

En julio de 2007 el parlamento israelí extendió una oferta de amnistía a 180 militantes palestinos pertenecientes a las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa (una oferta exclusiva para la rama que operaba en Cisjordania) con el propósito de reforzar la posición del ahora-considerado-moderado Mahmoud Abbas (Abu Mazen) frente a Ismail Haniya: líder del Hamás y Primer Ministro palestino. Aunque a juzgar por las grotescas escenas de destrucción y muerte que han producido los más recientes enfrentamientos de este último episodio de la tragedia israelí-palestina, uno tendría que exceder los límites del optimismo para suponer que la moderación saldrá ilesa de los escombros. Parece irrelevante decirlo a estas alturas del juego pero hay que hacerlo: no existe una solución militar a un problema político; las concesiones son inevitables. Los únicos que parecen entender este lema agotado ya no están entre nosotros. El panorama de Medio Oriente se ve negro: terrorífico.