Archivo para diciembre 2012

Polaroid de una muerte anunciada

diciembre 25, 2012

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Hace tiempo que la muerte —al menos en lo que se refiere a su aspecto más explícito— ha sido borrada del paisaje cotidiano de la sociedades occidentales (a.k.a. desarrolladas). Salvo en las penosas ocasiones de alguna muerte cercana, nuestra aproximación a ésta se ha visto reducida al ámbito conceptual. Los viejos féretros ambulantes —de los cuales, rara vez alguna extremidad desaprovechaba la oportunidad para saludar a los transeúntes en turno, asomándose entre los montículos de cadáveres debido a las sinuosidades del empedrado— se han limitado a recorrer nuestra memoria histórica en lugar de surcar las vías de nuestras urbes. No obstante, toda ilusión óptica requiere de mucha magia, por no decir esfuerzo; aunque son pocos los que se aventuran a esconder este conejo negro.

En 2003, debido a una serie de circunstancias adversas que se desplegarán a continuación y, gracias a los efectos de ese gran incentivo universalmente conocido como amor, Carlos Roberto Bustos Suárez, a sus 34 años, emigró de la Ciudad de México a un pequeño pueblo llamado Villa Mercedes, ubicado dentro de las inmediaciones de la provincia argentina de San Luis. Poco tiempo después de su arribo, Carlos no tuvo más remedio que pedir trabajo en la empresa familiar de su ex novia (Servicios Sociales San Luis): una funeraria que sigue bajo la dirección de Francisco Livoti, la pareja de la entonces suegra de Bustos Suárez. El balance del roce que Roberto tuvo con la muerte se encuentra atravesando los siguientes dos puntos:

“Mis padres siempre me consentían mucho, y eso, a final de cuentas termina por convertirte en un inútil” –cuenta Carlos, quien hasta mediados de los años noventa vivía una vida muy cómoda. Sin embargo, su padre falleció en 1994 seguido de su madre, dos años después. En 1999, su hermano mayor fue secuestrado y asesinado. “Apenas habíamos terminado de asimilar la muerte de nuestros padres cuando nos dieron la noticia. Sobra decir que entré en una crisis existencial. Decidí salirme de mi casa. Pienso que el hecho de que terminé trabajando en la funeraria no fue un asunto enteramente fortuito, al margen de las circunstancias que me llevaron a Argentina.

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“Livoti era un hombre de pocas palabras. Era el cliché de los funebreros. Tenía un semblante solemne, nunca sonreía y cargaba con una voz espectral —cuenta Carlos—. Él accedió a darme el trabajo, pero primero tenía que hacerme la prueba de fuego, que básicamente consistía en ver cómo reaccionaba frente a un cadáver. Me preguntó si alguna vez había trabajado en algo parecido, que si había visto un cadáver. Yo le comenté que sólo a mis padres. ‘Sí, bueno —respondió Livoti—, pero no es lo mismo mirar a un ser querido que tener que manipular a un cadáver y hacerle todo lo que este trabajo demanda. La mayoría de las personas se echan para atrás —añadió con una sonrisa burlona y desafiante. Claro que me pareció un requisito muy razonable, ya que ni yo mismo tenía idea de cómo iba a reaccionar una vez que estuviera cara a cara con un muerto. Y bueno, justo al día siguiente había fallecido uno de los personajes más pudientes y conocidos de Villa Mercedes. ‘Bueno, pues ahí está el primero’, me dijo Livoti, con esa frialdad que lo caracterizaba. Entonces fuimos a la morgue. La verdad es que reaccioné mucho mejor de lo que esperaba en un principio. Sinceramente, me impresionó más la cantidad de gente que estaba agrupada afuera de la morgue que el propio cadáver. Cuando entramos a la morgue, Livoti me dijo ‘ponte los guantes y tu bata que tenemos que vestirlo’. Los familiares rara vez vestían a sus muertos. Además de vestirlo, teníamos que usar un pegamento —la marca que utilizábamos se llamaba Gotita— para cellar sus labios, dejando caer una gota en el centro y otras dos en cada una de las comisuras de sus labios para sostenerlos con la otra mano hasta lograr que quedaran bien pegados. Lo mismo hacíamos con los párpados para ahorrarle a la familia del difunto una posible sorpresa desagradable. Una vez que lo teníamos listo, lo metimos al ataúd y lo llevamos a la sala velatoria, como parte de los servicios que ofrecían Servicios Sociales San Luis. Al siguiente día teníamos que cerrar el ataúd y entregárselo a los cementeros. No se veía muy viejo. Nos dijeron que había muerto de un infarto, pero no me concentré mucho en el muerto. Mi mente estaba en otro lado. Creo que como todo acto inaugural, uno va estableciendo, aunque de manera inconciente, ciertas reglas a seguir. Mi primera reacción fue no concentrarme en el cadáver, ni especular sobre cómo murió, ni cómo fue su vida. Aunque sí llegó un punto en el que me veía desde afuera, apretando los labios de un muerto y pensando ¿qué chingados hago yo aquí? Hace un mes estaba en México echando desmadre y ahora heme aquí, apretándole los labios a un muerto en un pueblito en el culo del mundo. Me acuerdo que durante las primeras veces en las que tuve que pegar los labios o los ojos de los difuntos, llegué a preguntarme si los estaría lastimando. Lo hice de manera muy propia y seria. Pero en fin, una vez que lo vestimos, lo metimos al ataúd y lo dejamos en la sala velatoria, había superado con éxito la prueba de fuego.

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“En el trayecto de regreso le pregunté a Livoti qué le había parecido mi desempeño. Me dijo que muy bien. Me sentía muy sorprendido por la experiencia y lo bien que me había ido. ‘Los únicos consejos que te voy a dar para este oficio son los siguientes: no te enamores de los muertos, no los observes con demasiada atención y no permitas que se te metan en la cabeza’, me advirtió Livoti. Curiosamente, fue lo que hice de manera instintiva. Aunque he de admitir que hubo ocasiones en las que, inevitablemente, me vi envuelto más con los cadáveres. Con esto me refiero a que llegue a involucrarme en especulaciones sobre lo que fue su vida.

En vista de mi buen desempeño, mi ex suegra decidió contratarme, no sin antes advertirme de que uno de los tantos inconvenientes de este trabajo, por motivos obvios, era que tenía que estar disponible los 365 días del año, las 24 horas del día. Por lo general trabajaba junto con el mismo Livoti, aunque también estaba Raúl, un trabajador chileno. No es un trabajo que se pueda llevar a cabo sólo, sobre todo por lo tardado que sería. Con el transcurso del tiempo y como es de esperarse, fui adquiriendo mayor destreza. No es poca cosa vestir a un muerto. Hay que tomar en cuenta que con cada minuto el cuerpo se vuelve más tieso. A mí casi siempre me encargaban la parte baja del cuerpo, lo cual implicaba ponerle los calzoncillos y acomodar las piernas para que quepan dentro de los pantalones. Recuerdo que en una ocasión, mientras introducíamos al difunto en el ataúd, notamos que había sangre sobre los bordes del sarcófago. Nos revisamos los brazos para ver quién de nosotros se había lastimado, pero pronto advertimos que la sangre venía del desgarre de los antebrazos del cadáver, debido al pobre corte de las láminas.

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“Mi mayor temor —y se lo compartí a quien fuera mi novia en su momento— era encontrarme con un cadáver accidentado. Y, como siempre, tus miedos te alcanzan tarde o temprano. En mi caso había transcurrido un mes hasta que llegó el día en que tuve que enfrentarme a mis propios demonios. El susodicho había muerto en un accidente automovilístico. Livoti me entregó una cubeta, jabón y un cepillo ‘en caso de que esté muy ensangrentado’. Las únicas veces que tuvimos que maquillar a un cadáver eran cuando éste estaba muy golpeado. A mí personalmente no me tocó, pero sí me llegaron a platicar de accidentes muy violentos en los que habían descabezados. En esos casos había que darse a la penosa tarea de pegar las partes mutiladas al cuerpo. La sensación fue muy dura. No sabía si iba a poder lidiar con la imagen de una muerte violenta. Cabe mencionar que nosotros sólo recogíamos los cadáveres, ya fuera directamente de la morgue, de las casas o de los geriátricos. Cuando llegamos a la morgue y para mi sorpresa y fortuna, el señor no tenía más que un hilo de sangre que le salía del oído. Te comento este caso porque fue justamente uno de esos muertos con los que más me involucré, ya que estaban su esposa e hija presentes y me enteré de que iban de regreso a Buenos Aires después de su vacación en San Luis. Al observar a las dos allí, de pie, en la morgue de lo que hasta hacía poco tiempo no era más que un destino turístico, me puse a especular sobre lo terrible que ha de ser perder a un ser querido bajo esas circunstancias. Curiosamente me impactó mucho más el hecho de que el señor parecía estar dormido. Pero una de mis peores experiencias durante el año en que trabajé como empleado de la funeraria sucedió tiempo después, cuando tuvimos que pasar a recoger a una viejita. Cuando nos abrieron la puerta del geriátrico salió un tufo realmente insoportable. Yo pensaba que venía del cadáver. Supuse que llevaba mucho tiempo muerta, pero todo el personal del geriátrico actuaba como si nada. Nomás se limitaron a señalarnos dónde se encontraba el cuerpo. Cuando entré al cuarto, hasta me lloraban los ojos por la pestilencia que despedía el cadáver. Cuando le quitamos la cobija para poder vestirla nos dimos cuenta de que estaba completamente cagada. Supongo que es buen momento para señalar que el 95% de los cadáveres lo están, pero lo de la señora era para imponer nuevos récords. Se notaba que la noche anterior se atascó a sabiendas de que se trataba de su última cena, no me lo explico de otra manera. Sobra decir que nadie se tomó la molestia de limpiarla. Raúl estaba furioso, pero no nos quedaba de otra más que llevárnosla a las instalaciones de la funeraria para lavarla. La volvimos a envolver en las cobijas, la trepamos al auto y nos dirigimos a Servicios Sociales San Luis. No nos quedó otro remedio más que ponerla en el suelo y limpiarla a manguerazos. La señora tenía la dentadura postiza mal puesta, así que imagínate aquella escena: en una mano tenía el pañal cagado y en la otra los dientes postizos. En ese preciso instante me pregunté qué es lo que había hecho mal en mi vida para llegar a esto —confiesa Carlos, con un dejo de consternación ensayada que busca hacer reír más que alarmar—. Cuando la pusimos en el piso me asaltaron varias cuestiones éticas. No sabía si estaba haciendo bien o mal, pero tampoco teníamos muchas alternativas. La limpiamos lo mejor que pudimos, le pusimos el mismo vestido con el que la encontramos y así la mandamos. En este caso tuvimos que cellar el ataúd para contener aquella pestilencia. Me temo que ese olor nunca se va a borrar de mi memoria olfativa. Pero casualmente, a partir de mi experiencia en la funeraria empecé a disfrutar más del cuerpo ajeno, a desprejuiciarme de las nimiedades que en otro tiempo me tenían preocupado. Lo notaba con mi ex novia. Sólo para darte un ejemplo, cuando nos íbamos de fiesta y ella se pasaba de copas, yo le limpiaba el vómito de manera automática y hasta con cierto gusto. Mi experiencia como empleado de Servicios Sociales San Luis me sirvió para deshacerme de muchos prejuicios que yo tenía acerca del cuerpo. Yo solía ser muy delicado en lo que se refiere a las ‘imperfecciones’ y los hedores corporales. Recuerdo que cuando, años atrás, me vi obligado a atender a mi madre en su lecho de muerte —cuidando de su higiene, entre otras cosas—, lo hacía con cierto asco. Me arrepiento mucho de esos días, de no haber contado con esta apertura mental que tengo ahora para haberla cuidado de una manera más atenta.

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“Al principio me costaba trabajo hacerme a la idea de que estaba frente a un muerto. Me di cuenta de qué tan habituados estamos a lo vivo y lo poco que acostumbrados que estamos a enfrentar a la muerte en su aspecto más crudo. Para darte un ejemplo, me tomó mucho tiempo en asimilar el hecho de que los cadáveres no podían sentir dolor. Tan era así que en más de una ocasión estuve a nada de ofrecerle una disculpa al difunto, ya sea por apretarle demasiado las piernas o por cualquier falta de delicadeza de mi parte. Livoti, por ejemplo, quien llevaba más de 30 años lidiando con los cadáveres, trataba a los cuerpos prácticamente como a un objeto cualquiera. Para que te des una idea, se refería a los muertos como fiambres. ‘Vamos a recoger un fiambre’, decía antes de cada trabajo. Yo nunca logré alcanzar esos niveles de indiferencia. Siempre traté a los cuerpos con cierto cuidado. Si soy cuidadoso con mi computadora, ¿por qué no iba a serlo con un cadáver? Lo mismo le daba a Livoti si tenía que meter al cadáver a golpes dentro del ataúd. Era un personaje digno de un estante entero de volúmenes nutridos de novelas negras.

“Mi percepción de la muerte cambió drásticamente. Me siento mucho más reconciliado con ésta a raíz de mi experiencia en Villa Mercedes. Estoy convencido de que la muerte es algo bueno. De hecho, le he propuesto a mucha gente cuyos familiares o amigos se encuentran en estado terminal, que intenten comprender la muerte como una cosa positiva, en lugar de aferrarse a la vida del ser querido en cuestión y provocar que sufra más de la cuenta por una cuestión puramente egoísta, porque finalmente, el dolor de la muerte es para los que se quedan. Lo que me dejó este trabajo es la creencia de que todo el mundo, en sus últimos momentos, siente una gran paz. No tengo cómo comprobarlo, sólo puedo hablar desde mi experiencia. En la inmensa mayoría de los casos me topé con semblantes serenos. Yo veo a la muerte como una gran liberación” —confiesa Carlos, con una sonrisa amplia que parece sostener dicha afirmación.

Blasphemous Fashion Statements

diciembre 16, 2012

Las fotografías que se despliegan a continuación son autoría de Bejamin Reich: un ex ultraortodoxo israelí, ahora artista reconocido fuera de las aulas de la yeshivá por sus ángulos prohibidos. En su momento publiqué en Día Siete la entrevista que le hice en 2006, junto con este estupendo catálogo de un mundo que evita la vanidad desde tiempos bíblicos. He aquí una muestra de este panorámico diafragma anticonvencional:

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