Algunos ganchos ‘Del boxeo’ de Joyce Carol Oates:

Cada combate de boxeo es una historia: un drama sin palabras, único y sumamente condensado. Incluso cuando no sucede nada sensacional: entonces el drama es <<meramente>> psicológico. Los boxeadores están ahí para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser; ellos saben, como pocos podríamos saber de nosotros mismos, qué poder físico y psíquico poseen: de cuánto son capaces. Entrar al ring  medio desnudo y para arriesgar la propia vida es hacer de su público una especie de voyeur… el boxeo es tan íntimo.

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El ceremonial toque de campana es un llamamiento a la vigilancia total para los dos boxeadores y para los espectadores. Pone en marcha, además, la autoridad del Tiempo.

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Hay boxeadores poseídos de intuición tan extraordinaria, de tan misteriosa presciencia, que podría pensarse que están de algún modo rememorando sus combates, no peleando tal como los vemos.

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El boxeo pretende ser superior a la vida en la medida en que es, idealmente, superior a todo accidente. Nada contiene que no sea del todo intencionado.

El boxeador se enfrenta a un contrincante que es una distorsión onírica de sí mismo en el sentido de que sus debilidades, posibilidad de error y de ser gravemente herido, sus desaciertos intelectuales, todo, puede ser interpretado como puntos fuertes pertenecientes al Otro; los parámetros de su ser íntimo no son más que los ilimitados asertos de la personalidad del Otro. Esto es sueño, o pesadilla: mis fuerzas no son del todo las mías, sino las debilidades de mi adversario; mi fracaso no es totalmente el mío, sino el triunfo de mi adversario. El es mi personalidad-sombra, no mi (mera) sombra. El combate de boxeo, tan <<serio, completo y de cierta magnitud>> —para emplear la definición aristotélica de la tragedia— es un evento que necesariamente subsume a ambos boxeadores, del mismo modo que cualquier ceremonia subsume a sus participantes.

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Cuando un boxeador es noqueado no significa, como suele pensarse, que haya quedado sin sentido, o incluso incapacitado; significa, más poéticamente, que ha sido sacado del tiempo.

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En sus momentos de mayor intensidad parece contener una imagen de la vida tan completa y potente –belleza de la vida, vulnerabilidad, desesperación, coraje incalculable y a veces autodestructivo- que el boxeo es la vida […] Durante un combate pugilístico de altura, nos sentimos profundamente conmovidos por la comunión del cuerpo consigo mismo a través de la intransigente carne de otro. El diálogo del cuerpo con su personalidad-sombra… o con la muerte.

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Los espectadores de juegos públicos extraen gran parte de su placer al recrear las emociones colectivas de la niñez,  pero los espectadores de los combates de boxeo reviven la infancia homicida de la raza.

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Y sin duda es cierto que algunos boxeadores (véase la obra autobiográfica de Toro salvaje, de Jake LaMotta) propician la lesión como medio para mitigar la culpa, en un intercambio, al estilo Dostoievski, de bienestar físico por tranquilidad de espíritu.

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El combate de boxeo es la mismísima imagen –la más aterradora, por ser tan estilizada– de la agresividad colectiva de la humanidad, de su continua demencia histórica.

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