Desencuentro divino

Aún podía sentir sobre mi espalda la humedad que había acumulado mi guayabera al atravesar la última nube que me separaba del punto más alto de la escalera. Logré extender mi brazo en un último esfuerzo por alcanzar la cima, sólo para apretar y tirar de la pierna deshidratada de un viejo de bata y barbas blancas, quien me observaba con una indiferencia que crecía exponencialmente dentro de esas terribles esferas azul-senil.

 

-¿Eres tú, dios? –osé preguntarle.

-¡Sos vos, pelotudo! –contesté después de acariciarme la barba y desperté con la idea de que el futuro (esa ficción en obra constante) se encuentra en Buenos Aires.

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