El habilidoso Patrick J. O’Rourke

Los aldeanos que se encontraban reunidos al borde del acantilado aquella madrugada destemplada de diciembre y, quienes permanecieron ahí durante años discutiendo si el viejo O’Rourke -famoso por su flagrante misantropía- se había suicidado o si había sido presa de una ráfaga de viento fortuita, sin sospechar ni por un solo instante que durante todo ese tiempo, el buen Patrick J. O’Rourke descansaba sobre su silla mecedora a una distancia prudente, esperando el momento oportuno para que un vendaval se decidiera en llegar para despejar las dudas y especulaciones de sus antagonistas, antes de que se enfriara su whiskey.

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