Bloody mary


(Random House Mondadori 2010)

La definición de la palabra “desdichado” según la Real Academia Española reza lo siguiente: “cualquier individuo que se ha visto expuesto en algún momento determinado de su vida ante la tortuosa situación de tener que opinar sobre la obra mediocre –en el mejor de los casos- de un amigo”. Cuando un ser querido te muestra la foto de un bebé deforme tiene que entender que, invariablemente, te está empujando hacia tres salidas de emergencia: fingir una repentina sordera selectiva y refugiarte en un silencio por demás incómodo; arremeter con una tanda de puntapiés contra la pobre criatura con la esperanza de que ésta cobre una forma más presentable; o bien, pasar una lupa que flote detenidamente y a escasos milímetros de las ‘sutilezas’ de la bestia en busca de algún eufemismo oportuno. “Tiene la frente de un científico”, se me ocurrió describir en una ocasión el cráneo descomunalmente amplio del neonato de un amigo cuyo nombre se irá conmigo a la tumba. Por eso es que suspiré con franco alivio cuando alcancé el punto final de Bloody mary: un bebé que se sabe rufián desde que avista el pezón de su madre.

Advertencia al lector: en ningún momento los personajes de esta novela buscarán complacer a los ‘republicanos de las letras’ ni mucho menos apapachar las conciencias políticamente correctas que proliferan en las tediosas tertulias cafeinadas, ¡NO! La amargura y la acidez que despiden las páginas de Bloody mary desconocen cualquier tipo de concesión o tregua. Como es el caso del padre de Esteban –el personaje principal–, Sebastián Buentello, quien nunca desaprovecha una oportunidad para despotricar contra el convencionalismo en turno:
“—Seguramente usted me dijo gachupín por el color de mi piel, así que es necesario que sepa que soy más mexicano que cualquier mestizo ignorante como usted. Amar a la patria bajo la sombra del desconocimiento es lo mismo que amar el vacío pues la patria no es otra cosa que su historia. Ser mexicano no me impide, además, defender el imperio.
—No sea mamón, pinche güerito.
—Usted y los suyos lo que tendrían que hacer, en vez de insultarme, es dejar de reproducirse como animales. Por eso está el país como está; si al menos los pudiéramos vender como ganado.”, contesta con una convicción que se mantiene imperturbable a lo largo de la novela.
Pero Bloody mary no se sostiene exclusivamente a base de declaraciones llamativas, ni tampoco permite la interrupción de una fluidez claramente premeditada. Todo tiene su razón de ser. Las pautas narrativas labradas por Muñoz Oliveira parecen obedecer a una suerte de marea que llega y retrocede para animar a sus protagonistas, uno tras otro, al ritmo de un oleaje simétrico que choca contra sus pies para obligarlos a levantar la mirada y medir su existencia contra el horizonte. La temprana orfandad de Esteban Buentello —su madre muere en medio de un aborto; su padre es un vividor— lo sitúa en un mundo que ha sido secuestrado por la superstición en un abrir y cerrar de ojos. El infante Buentello logra esquivar a los santos y a las vírgenes confeccionadas por su tía justo a tiempo, poco antes de que la plasticidad imaginativa que permite la infancia chocara con el rigor del desencanto que le sigue a la inocencia. Pero las desventuras de Esteban no tardan en llegar. El huérfano Buentello se encuentra frente a un problema dolorosamente tangible; desde el instante en que aparece en escena, su horizonte se ve obstruido de manera constante por el contorno de su padre que le impide tasar su propia dimensión. A partir de ese momento Esteban desperdicia la mayor parte de su vida boxeando contra la indomable sombra de Don Sebastián Buentello, quien gracias a ese carisma innato del cual gozan los auténticos proxenetas, logra arrebatarle el protagonismo —entre muchas otras cosas— a su hijo sin siquiera derramar una sola gota de sudor. Aun cuando la tinta se detiene en el gran abanico de personajes que conforman Bloody mary, el lector siempre está pendiente de las andanzas de Sebastián.
Para cuando Esteban decide reencarnar en Sebastián ya es demasiado tarde. El espejo nos muestra el rostro lacerado de un viejo que desatendió su juventud para superar la de su padre.

¡Salud!, Don Sebastián Buentello, donde quiera que estés.

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