Ur: la madre de todas las ciudades

Tres mil años antes de Cristo, Anno Mundi 1687, se fundó Ur: la primera ciudad importante registrada en la memoria histórica. El Antiguo Testamento se refiere a Ur como la ciudad de los caldeos, pero en realidad son los sumerios quienes deberían de llevarse el crédito, ya que fueron ellos los que elevaron significativamente el nivel de la literatura y el arte. Además, fue durante la Tercera Dinastía, la del imperio sumerio encabezado por Ur-Nammu, cuando la ciudad de Ur vivió su mayor auge en todos los aspectos. No se sabe mucho de los sumerios excepto que pertenecían a una rama del tronco indoeuropeo y que su aspecto era más parecido al de los europeos modernos que al de los orientales. Ur, ubicada en lo que hoy es territorio iraquí, se fundó después del diluvio —diluvio o tsunami, los arqueólogos afirman que en efecto esa zona se vio afectada por fuertes inundaciones— en una tierra fértil regada por los ríos Tigris y Éufrates. La zona estaba rodeada de enormes pantanos y la costa del Golfo Pérsico moría casi a los pies de esa ciudad, lo que implicaba una excelente posición estratégica para el comercio. Ur fue la cuna en donde las futuras civilizaciones dominantes aún dormían.

(Ilustración: Ilán Volovich)

Replicante envió a Yareki Bentaim —nuestro corresponsal bíblico— para entrevistar a los primeros citadinos del mundo. Yareki recolectó las opiniones y quejas de tres ciudadanos de distintas gamas sociales —una prostituta, una ama de casa y un disidente— con el propósito de mostrar al lector cómo era la vida antes de París, Nueva York y la Gran Tenochtitlán.

Amanece en Ur. El sol se alza por sobre el ziggurat, la estructura más grande de la ciudad —20 metros de altura, 60 de largo y 40 de ancho, justo detrás del templo de Nannar, el dios de la luna—, su templo. (La Torre de Babel no es más que la versión grandota del ziggurat de Ur.) El ruido de las ovejas, los camellos, asnos y comerciantes es ensordecedor. Tanto así que uno no sabe si es el camello el que te está vendiendo lana o si es la cabra la que rebuzna. Todos vienen a esta gran ciudad buscando beneficiarse de la fertilidad de su tierra y la abundancia de agua proveniente del Tigris y el Éufrates. Los grandes pantanos abundan en peces. Los pescadores llegan desde la primera luz por los callejones angostos acarreando el inconfundible olor de sus presas que se mezcla con el aroma de las especias. Sería imposible lograr entrevistar a alguien aquí. Uno tiene la sensación de que si se interrumpe este ritmo la ciudad podría desmoronarse como en un efecto de carambola. Decido seguir a un pastor que parece guiar a sus ovejas fuera de la ciudad. Voy detrás de él por los callejones hasta adentrarnos en la zona residencial. Dejo que se adelante unos metros para observar detenidamente las casas cuando de pronto oigo un sonido seco que rebota en las paredes de barro. Veo a una mujer embarazada con un mazo en la mano y una oveja muerta a sus pies. La sangre brota de la cabeza del animal formando un charco sobre la tierra del patio que llega a humedecer el borde de sus sandalias. Ella me observa con desinterés, se sienta sobre un pedazo de leña y limpia el sudor de su frente con la manga del vestido. Entro en el patio y me siento frente a ella. Alza sus pupilas hasta encontrarse con las mías.

—¿Qué deseas? —me pregunta, claramente enfadada—, ¿no serás uno de esos profetas fastidiosos? Porque no estoy de humor para eso.

Le aclaro que mi única intención es hacerle un par de preguntas para un proyecto personal. Saco la grabadora de mi mochila para mostrársela y explicarle cómo funciona. No parece apantallarse por la tecnología del siglo XXI. Me arrebata el aparato antes de terminar mis preguntas.

—¿A qué se dedica mi marido? Únicamente a hacerme la vida miserable. No entiendo qué le costaba haberse dedicado al comercio. Al menos así sólo me haría miserable de vez en cuando. Pero no, no soy tan afortunada, mi marido se dedica a la carpintería. Todo el día serrando y martillando. Me la pasaría mucho más tiempo pensando en cómo deshacerme de él si no fuera porque no puedo oír ni mis propios pensamientos con sus malditos martillazos —patea la cabeza de la oveja muerta para acentuar su enojo. De haber sido comerciante no se la pasaría aquí todo el santo día, no le hubiera dado tiempo de preñarme cada nueve lunas. ¿Para qué necesito tantos hijos? No sirven para nada. Más bocas que alimentar, más ropa que coser. Salieron como su padre: inútiles todos ellos —suspira y continúa—: Mi rutina empieza con la primera luz. Despierto a mis cinco hijos mayores para que me ayuden a preparar el desayuno y luego los mando a despertar a los chicos. Mientras yo voy con el marido. Lo despierto y me arrodillo frente a él para ofrecerle mi cuerpo rezando porque no tenga ganas de tomarlo. Terminando con eso se sienta a desayunar con nuestros hijos mientras yo sirvo, y sirvo y sirvo. Nunca me siento a comer; lo hago mientras sirvo. Después camino una hora hacia el río para limpiar los trastos y lavar la ropa. Regreso para escuchar los martillazos que taladran mi cerebro mientras ordeño la vaca. Les doy una paliza de vez en vez a los hijos que no obedecen y rezo, rezo porque uno de estos días a mi marido se le meta un clavo en la mano y tenga que volverse comerciante. Y de nuevo, preparar la comida, limpiar la casa, colgar la ropa, coser los trapos rotos, preparar la cena y servir, y servir y servir. ¿No podía conseguirse más esposas? Yo ya no soy tan joven —Galalit tiene 25 años—. Le he dicho mil veces que se bañe al menos cada luna llena; es tan sucio que ninguna mujer, exceptuándome, lo querría a su lado.

Uno de sus hijos la sorprende por detrás jalándole los cabellos con fuerza. Galalit corre tras él con el mazo en alto para desparecer dentro de su hogar. Yo me alejo en dirección opuesta. “La violencia doméstica existe desde que existen los hogares”, pienso mientras atravieso los últimos callejones para salir de la ciudad hacia los pastizales del valle. Camino entre los árboles hasta avistar lo que parece ser un altar debido a la cantidad de ofrendas que descansan sobre las enormes piedras. Escucho un cascabeleo que paraliza mis piernas. “¿Desde cuándo hay cascabeles en el Medio Oriente?”, me pregunto hasta que mis ojos encuentran la fuente de aquel sonido. He allí, recostada sobre una de las piedras, una de las mujeres más bellas que estos pobres ojos jamás hayan visto, cubierta de alhajas que recorren su cuerpo de pies a cabeza. Me acerco tímidamente hasta colocarme a un metro de distancia. Ella me inspecciona con desdén mientras recorre los rizos de su cabello negro con las puntas de sus dedos afilados. Me hace una seña para que me siente a su lado. Obedezco. Media hora después y una vez recuperados el aliento y la postura me atrevo a preguntarle si estaría dispuesta a contestarme unas preguntas. “Claro, guapo”, responde con amabilidad fingida al mismo tiempo que ajusta su vestido.

—¿Crees que tu profesión se ve afectada por el hecho de vivir en una sociedad poligámica?

—No lo creo. Que haya poligamia no significa que haya pericia. Los hombres disfrutan más el amor con las profesionales. Buena cogida por buena paga es un buen trato. Nunca los defraudo. Además, ¿has pensado lo que significa tener tres o cuatro mujeres? Son tres o cuatro veces más reclamos, tres o cuatro veces más llanto e injurias, tres o cuatro veces más dolores de huevos provocados por esposas que más bien parecen camellos de seis jorobas.

—¿Quiénes son tus clientes, Lilith?

—Con Lilith siempre existe un patrón. Quien prueba vuelve por más. Mírame el cuerpo. ¿Tú serías tan idiota como para no regresar? Mi clientela termina convirtiéndose en gente cercana. A veces eso es molesto porque además de que me los cojo luego quieren que los escuche, y bueno, tú sabes que eso es un servicio más caro. Mientras limo puedo pensar en otras cosas, pero si hablan me impiden evadirme. Algo que me ha sorprendido son las mujeres que buscan mis servicios. Muchas son las amantes de otros clientes, y vienen aquí en busca de la sonrisa de satisfacción que dejo en ellos y, claro, de un cuerpo más firme que el pito fláccido de sus maridos.

—¿Cómo te proteges de las enfermedades?

—Muy fácil. Los paro frente a una olla de agua de los manantiales del Éufrates y les canto una canción mientras los froto con esencias preparadas especialmente para mí: “Ahora te voy a enseñar cómo lavarte tus cositas: a este cepillito le añades esencias, esencias que limpian y curan; con la mano derecha frotas hacia arriba, con la mano izquierda frotas hacia abajo, y la cabecita debes limpiar con un movimiento circular”.

—¿Y por qué elegiste esta profesión?

—No hay mucho que hacer por estas tierras. ¿Convertirte en una de las cinco esposas de esos gordos recolectores de grano o criadores de ovejas y ganado que sólo huelen a abono?, no, eso no es para mí. La prostitución es la mejor profesión en Ur, todos nos elogian y nos veneran, además, sabes que Nannar protege estas tierras y, por lo mismo, el ensueño de la luna nos prodiga de clientes.

—¿Cómo es tu trato con los profetas? Digo, tomando en cuenta que comparten el mismo espacio…

—Yo los trato con la misma ley porque todos los hombres son iguales. Ya sabes, todos quieren sentirse los más chingones y con el pito más duro y más grande. Los comerciantes quieren ser venerados porque ganan mucho y tienen oro, entonces me vienen con joyas y regalos. Los profetas quieren ser venerados porque saben mucho y son los escogidos de Dios, ellos vienen con papiros para deslumbrarme con su sabiduría. Yo les hago sentir a ambos que son los mejores en la cama y todos quedan complacidos. Aunque debo decirte que los profetas me exasperan más, porque a los comerciantes se les acaba el dinero y se van, en cambio a los profetas nunca se les termina la palabra… de Dios.

—Ja ja… Y, dime, ¿qué cambiarías de Ur?

—Lo que me harta de Ur es el lío de las sucesiones. Primero los caldeos, luego Ur-Nammu y su imperio. Se traen un desmadre. Está uno y luego otro. Luego nos invade alguien más y ya gobierna otro. Se suceden las sublevaciones y los sometimientos. Un cuento de nunca acabar. Ésa ha sido la historia de Ur, todos quieren poseer esta tierra en medio del Tigris y el Éufrates, la que surte de grano y ganado a toda la región. Pero también sé que son cosas de esta época y que dentro de cientos o miles de años estas tierras serán una zona pacífica, libre de violencia y sojuzgamiento.

Media hora después, y una vez recuperados el aliento y la postura nuevamente, regreso a la ciudad con una sonrisa que incluso los roedores podrían adivinar que le pertenece a un idiota. Poco antes de llegar a la puerta de la ciudad aparece en el horizonte la figura de un hombre apoyado en un bastón y con un saco de piel sobre su espalda. Al acercármele advierto un aire de familiaridad en su semblante. Lo detengo y pregunto por su nombre.

—Yo soy Abram, hijo de Taré, hijo de Nacor. Somos semitas, hijos de Sem, uno de los hijos de Noé. Después del diluvio nuestros antepasados habitaron la tierra conocida entonces como Mesa, hasta Sefar y la montaña que se encuentra al Este de aquí. Tengo dos hermanos menores: Nacor y Harán.

”Nacor heredó el nombre de nuestro abuelo. Se casó con Milca, nuestra sobrina, la hija de Harán, quien era nuestro hermano menor. Yo me casé con Sarai, mi media hermana, ambos somos hijos del mismo padre. Posee una belleza inigualable. Todos los hombres de esta ciudad la querrían para ellos. Yo tuve el privilegio de crecer junto a ella bajo el mismo techo y de poder tomarla como esposa.

“Vaya que le gusta hablar a este cabrón”, mascullo.

—¿A qué se dedica, Abram?

—No estoy seguro si entiendo la pregunta. Hago lo mismo que todos. Trabajo para mi padre e intento incrementar la cantidad de mis ovejas, camellos y asnos. Hago lo posible por mantener mi hogar y cumplir mis responsabilidades como el hijo mayor de mi padre. La propiedad de mi padre es la mía también, y debo administrarla tomando en cuenta las necesidades de mis hermanos menores y sus familias. También debo ayudar a mi padre, quien se sienta en la puerta de la ciudad con los viejos sabios para discutir los problemas que afectan a los habitantes y otras cuestiones sobre el bienestar de todos nosotros.

—¿Cuál es su postura frente a la prostitución?

—Mi Dios: el único Dios verdadero, condena la idolatría. Nosotros los hijos de Adán nos hemos desviado al venerar dioses de madera y piedra. Una de las razones por las que los hombres visitan esos lugares y hacen ofrendas y sacrificios a esos falsos dioses son las prostitutas que yacen allí. Las puedes reconocer fácilmente. Son mujeres que cubren su rostro para no ser identificadas en la calle. La mayoría de ellas están adornadas con joyas finas, obsequiadas por sus amantes y que les sirven para mantener esos lugares y también para pagar las fiestas en honor a sus ídolos. Yo he sido bendecido. Dios me dio una mujer hermosa que me ha hecho un hombre dichoso. Nuestra alegría sería absoluta si tan sólo Dios decidiera darnos hijos.

—¿Cómo ha sido su relación con sus conciudadanos?

—Últimamente nuestra ciudad se ha visto asediada por una oleada de inmigrantes. Los antepasados de esa gente no ayudaron a levantar Ur ni hablan nuestro idioma, tampoco comparten nuestras tradiciones. Han traído con ellos sus propios dioses, su idolatría. Mi padre, quien se ha ganado un lugar como uno de los viejos sabios de esta ciudad, no es respetado como antaño. La vida es fácil en la fértil Ur. Muchos de los hombres ni siquiera sienten la necesidad de adueñarse de propiedades. Son comerciantes o escribanos, oficiales del gobernador o se encargan de las propiedades de la gente rica. Esta clase de vida desvía al hombre a otras actividades indignas de su naturaleza y del Dios Todopoderoso.

—Veo que carga con un bulto. ¿A dónde piensa irse y por qué?

—Mi Dios me ha ordenado salir de esta tierra, abandonar mi clan y mi familia para habitar una tierra lejana. Ha prometido convertirme en patriarca de una gran nación. Mi padre y el resto de mi familia se han vuelto impopulares por mi culpa. Hace un tiempo destruí los ídolos de mi padre. El gobernador de Ur intentó quemarme vivo, pero Dios me salvó. Sin embargo, mi hermano Harán murió en su intento por defenderme. He logrado convencer a mi padre de venir conmigo. Pero él ya es un anciano y sólo está dispuesto a ir hasta Harán: la ciudad que fue nombrada en honor a mi hermano. No quiere abandonar este valle. Quizá una vez que fallezca mi padre me mudaré con mi familia lejos de estos idólatras; iré a Canaan. Pero mientras tanto, voy al río a meditar.

El viejo Abram me aparta de su camino con su bastón para seguir su trayecto y fusionarse con el horizonte. Con esto concluyo mis entrevistas. Creo que dejé mi cartera en lo de Lilith.

Mis agradecimientos a Galalit (Hina Glazer), Lilith (Norma Lazo) y Abrám (Alberto Sánchez-Allred).

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