Archivo para agosto 2010

Nuestro verano en Teherán

agosto 29, 2010

Justine Shapiro, la codirectora de Promesas (documental que retrata la vida de siete niños palestinos e israelíes que narran su forma de ver y vivir el conflicto en Medio Oriente; Promesas estuvo nominado al Óscar en 2002 y fue galardonado con decenas de premios en festivales alrededor del mundo) y ex conductora del programa Globbe Trekker, regresó con un nuevo proyecto cinematográfico que en lugar de proponerse romper récords de taquilla, pretende destruir algunos estereotipos de dimensiones hollywoodescas.

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“Las relaciones entre Estados Unidos e Irán se han mantenido volátiles desde 1979. Yo voy a Irán porque quisiera conocer madres iraníes antes de que nuestros hijos se encuentren en el campo de batalla”, narra Justine en la escena que da inicio a Nuestro verano en Teherán, documental en el cual la cineasta viaja junto a su hijo, Mateo (mexicano-estadounidense), para mostrarnos a un Irán rara vez televisado. Lejos del retrato de aquella cuna del fundamentalismo islámico, del país en donde sus ciudadanos se la viven protestando en las calles de manera permanente en contra de el Gran Satán occidental, Nuestro verano en Teherán busca penetrar la intimidad de tres familias clasemedieras que van desde simpatizantes de Ahmadinejad en donde el esposo trabaja como médico de la Guardia Revolucionaria —el principal cuerpo de seguridad del gobierno iraní—, hasta una madre soltera que actúa en una compañía de teatro y una familia anglófila que consigue llevar a cabo un estilo de vida moderno bajo cualquier parámetro. No obstante, el documental no se detiene en las salas de estar por mucho tiempo. La mirada atenta de Shapiro se aventura más allá para ofrecernos un vistazo fresco de la sociedad iraní, como un carrusel de diapositivas que proyecta los detalles más sutiles y mundanos de los iraníes y la bipolaridad de una sociedad que actúa de una manera completamente distinta una vez fuera y dentro de sus hogares; una cultura en la cual la tensión sexual se esconde detrás del velo y amenaza con explotar ante un guiño; donde la riqueza cultural se recita con orgullo y las cicatrices de la guerra no terminan por sanar del todo. “Hay quienes ven el uso del velo como una forma para expresar su identidad religiosa; para otros es un símbolo de la opresión”, dice la voz en off de Justine mientras que vemos a una joven con el cuerpo completamente cubierto parada frente a una vitrina que exhibe prendas de vestir sumamente provocativas, de ésas que, según advierte la documentalista, “sólo se usan en las famosas fiestas clandestinas de Teherán”. Gracias a esa virtud que tienen los niños al ser inmunes ante cualquier tipo de imposición conceptual, los recorridos de Mateo por las calles de Teherán y su interacción lúdica con la gente nos permiten observar un Irán más relajado. El único momento en el que Mateo se ve frustrado por el régimen de los ayatolás se da cuando éste se encuentra frente a la pantalla con “la verde” puesta, cuando de pronto y sin aviso interrumpen la transmisión del partido de futbol previsto entre México e Irán para conmemorar el aniversario de la muerte de Ayatolá Ruhollah Jomeini. Shapiro logra su cometido. Los códigos de vestimenta y las barreras culturales van perdiendo su relevancia simbólica a lo largo del documental hasta que los protagonistas de Nuestro verano en Teherán adquieren rostros y nombres completamente identificables.
Justine Shapiro nos platica a continuación acerca de las intenciones y los retos detrás de la realización de Nuestro verano en Teherán.
“Yo estaba realmente intrigada con la maternidad. No tenía ninguna noción de cómo sería yo como madre. No crecí rodeada de niños. Me pareció realmente fascinante, especialmente porque pude observar que yo le estaba comunicando a mi hijo todo lo que me era importante y lo que no; lo que me hacía feliz; lo que me irritaba, etcétera, y que con cada cosa que hacía o decía yo le estaba impartiendo, de manera instintiva, mis valores culturales y sociales. Por eso pensé que ésa sería una muy buena manera para lograr entender una cultura: verla a través de cómo ésta cría a sus hijos”.

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La Yihad Fox
Pienso que en el caso particular de los estadounidenses —continúa— las personas suelen tener más prejuicios que curiosidad respecto del mundo. En términos generales, los estadounidenses no viajan, y cuando lo hacen van a Inglaterra, a España o a Francia. Me parece fascinante que tan pocos se aventuren a viajar al México verdadero en lugar de encerrarse en un hotel en Cancún o en Baja California. Yo siempre tuve la sensación de estar en un vaivén cultural. Mis padres son judíos sudafricanos; yo nací ahí y a los pocos años nos mudamos a la costa Oeste de Estados Unidos; me eduqué en las escuelas públicas de Berkeley que eran muy críticas de Estados Unidos, así que nunca me sentí realmente estadounidense. Pero durante los diez años en los cuales trabajé en el programa de viajes Globe Trekker y durante los otros seis que estuve en Israel y Palestina mientras grabábamos Promesas, lo que realmente aprendí fue qué tan estadounidense soy. Claro que llegué a conocer algunos de los lugares a los que viajé, pero creo que para entender a fondo otra cultura hace falta conocer su lengua, su literatura, su historia. Por eso es que soy muy cuidadosa en lo que respecta a mi forma de percibir otras culturas, porque lo único que sé es que sé muy poco, y cuando la gente habla de otras culturas, en términos generales, procuro ser muy cautelosa. El 11 de septiembre cambió todo el panorama. De pronto y sin aviso se lanzó una cruzada enloquecida en contra de todos los musulmanes y árabes por igual. Hoy en día contamos con más herramientas para referirnos a los distintos tipos de pan en un supermercado que para lograr desglosar el término “musulmán”. Cuando la gente en Estados Unidos usa la palabra “musulmán” hace caso omiso de la enorme riqueza y la diversidad que se extiende detrás del estereotipo que se ha trazado. Los medios de comunicación se mostraron tan intolerantes y limitados que llegué a detestarlos, y es que siento que éstos deberían de tener aún más responsabilidades que los políticos dada la credibilidad que tienen entre la audiencia. Y si tú eres un estadounidense y nunca viajas y tu única manera de ver el mundo es a través del noticiero nocturno o en las portadas de USA Today la cosa se puede poner muy peligrosa. Fue por la manera en que las noticias fueron transmitidas que permitimos la guerra contra Irak, tan sólo por dar un ejemplo. En medio de ese ambiente turbio nació Mateo, mi hijo, lo que me llevó a preguntarme cuál sería la mejor manera de explicarle el mundo. De allí nació la idea de hacer una serie de televisión titulada “Mateo conoce a Mahoma”. La intención era viajar junto con mi hijo a países primordialmente musulmanes para ver a estos “enemigos” como padres y madres, fuera del estereotipo gastado del insurgente vengativo con la kafiye (el pañuelo tradicional árabe). Pero no logré conseguir los fondos necesarios porque la gente pensó que era demasiado arriesgado. Pude reunir algo de dinero para una serie que buscaba mostrar cómo era la crianza de los niños alrededor del mundo —Global Mom—, pero el inicio de este proyecto coincidió con el bombardeo estadounidense sobre Irak a la vez que se empezaba a hablar sobre una posible guerra con Irán. Para ese entonces yo no sabía nada de Irán. Fue entonces cuando conocí a una mujer iraní cuyo padre era el director de Persépolis. Ella me convenció de filmar el documental en Shiraz, pero su padre murió y me vi obligada a desistir. Pensé que sin un contacto iraní me sería imposible llevar a cabo el documental, así que decidí retomar el proyecto Global Mom. Pero un amigo me presentó a Marjaneh, una productora iraní-estadounidense con quien tuve una conexión inmediata. Supe que con ella sí podría hacerlo, así que nos decidimos por hacer el documental en Irán.

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Antes de partir
A mucha gente le pareció que era muy irresponsable de mi parte viajar a Irán con Mateo. Que era muy arriesgado llevarlo a un país cuyo presidente niega el Holocausto y se manifiesta a favor de la desaparición del Estado de Israel. Pero yo no sentía que suponía un riesgo viajar a Teherán, en gran parte por la confianza que me inspiraba Marjaneh, porque todo mi equipo de trabajo era iraní y porque estábamos haciendo todo sobre la mesa. Aunque pueda sonar algo extraño, los iraníes están muy conscientes de su imagen pública. Para ellos sería muy dañino en lo que se refiere a las relaciones públicas arrestar a una cineasta judía-estadounidense que va con la intención de hacer un documental sobre la vida familiar en Irán. Las diferencias entre lo que uno pretende saber de un lugar a través de los medios y lo que ve una vez estando allí son enormes, y esto lo sé por mi experiencia en Globe Trekker. Así es que no, no estaba preocupada.

Problemas logísticos
Nunca pensé que iba a tardar tanto en realizar Nuestro verano en Teherán, pero sucedió que cuando estaba a punto de salir de Irán —como pudiste ver en el documental, nos echaron del país antes de tiempo— confiscaron todo mi material. Así que regresé a casa con las manos vacías. Escondí una copia del material en una de las embajadas en Teherán —no puedo decir cuál, por razones obvias— con la idea de que ellos me lo enviaran al poco tiempo vía una valija diplomática. Se retractaron en el último momento porque estaban conscientes de que el gobierno iraní tiene la costumbre de revisar incluso los envíos diplomáticos. Me quedaban dos opciones: pelear para recuperar mi trabajo o tirarlo por la borda. La gente me tachaba de loca cuando les dije que iba a intentar rescatar el material. No obstante, decidí llamar al Ministerio de Cultura de Irán, ya que había entablado una muy buena relación con la gente que trabajaba ahí. Pasé alrededor de cuatro meses haciendo llamadas y enviando correos electrónicos, rogándoles que averiguaran quién se había llevado las cintas. Aunque nadie lo decía, todos sabíamos que el material estaba en manos del Ministerio de Inteligencia. Lo único que les pedí fue que vieran las grabaciones antes de que se perdieran. Después de cuatro meses me dijeron que estaban dispuestos a liberar el material con la condición de que yo trabajara en Irán con un editor local. Pasé un año yendo y viniendo de Teherán para continuar con el trabajo de edición. Cada vez que llegaba tenía que verme con un agente del Ministerio de Inteligencia. Con el tiempo el agente se dio cuenta de que las trabas que me estaban poniendo no correspondían al contenido del material, y de que éste en realidad era completamente benigno, así que después de un año me dijo que podía llevarme todo mi material. Una vez de vuelta en casa volví a editar el documental —platica Justine.
En realidad yo buscaba poder hablar más con los niños iraníes. Pero aprendí muy rápido que la naturaleza de los palestinos y los israelíes es muy distinta a la de los iraníes. Los primeros son muy informales y aprovechan cualquier oportunidad que se les presenta para dar su opinión, mientras que los iraníes son muy discretos. No creo que se trate sólo de una censura autoimpuesta, sino que pienso que su idiosincrasia obedece a una cultura antigua que se ha visto obligada a protegerse de innumerables invasiones a lo largo de los siglos. Es parte de su mentalidad; hay una cierta formalidad, una constante preocupación por la apariencia, lo cual dificultaba lograr darle un aire de espontaneidad al documental. Yo llegué con la referencia de Promesas y pensé que iba a correr con la misma suerte en Irán como para poder hablar con los niños de una manera muy cándida. En ese sentido fue muy decepcionante. En el caso de los adultos, era muy claro qué podían y qué no podían decir frente a la cámara.

Tensión sexual
La represión sexual en Irán se siente de manera constante. Es muy raro en ese sentido. Caminas por las calles y notas que los hombres y las mujeres no intercambian miradas entre sí; ni siquiera se dicen “buenos días”. Para dar un ejemplo opuesto, aquí en México puedes estar sentado en un parque y es bastante común que la persona de la banca de enfrente te salude. Es una forma de reconocer a las personas que te rodean. Sin embargo, la diferencia entre lo que se ve en las calles de Irán y dentro de la privacidad de los hogares es abismal. La gente es muy hospitalaria y expresiva una vez bajo techo. Además, la escena de las fiestas underground de Teherán es enorme. Muchas casas se convierten en antros nocturnos en donde se expresa un grado de hedonismo equiparable con cualquier after-hours del mundo. Por lo que pude observar, Irán es un lugar muy difícil para ser joven.
Para darte un ejemplo de esta marcada tensión sexual, te cuento que cometí el error de establecer contacto visual y de agradecerle con una sonrisa a un mesero del hotel. Acto seguido, él estaba en mi cuarto con una bandeja de té en mano y con la intención de entrar en mi habitación.

Metas
Supongo que lo que intenté lograr con Nuestro verano en Teherán fue mostrar un Irán que nunca vemos en los noticieros. Según lo que he podido observar en los países en los que he estado es que la gran mayoría de las personas no están comprometidas de lleno con la política de sus gobiernos, sino que más bien se encuentran ocupadas con cosas mucho más mundanas e inmediatas como tener que preparar el desayuno, en la crianza de sus hijos, en cuidarse entre ellos. Y lo que traté de conseguir era capturar justamente esto. Siento que es un verdadero desafío lograr mostrar lo cotidiano de una manera que sea interesante. Creo que a final de cuentas a mucha gente le gustaría que el documental fuera más político y controvertido; que les interesaría ver a los protagonistas de Nuestro verano en Teherán hablar sobre temas más crudos; quisieran oír algo que se asemeje a lo que oyen en las noticias. Aunque parezca muy simple, la realización de este documental fue muy difícil. Te puedo decir que Promesas fue un proyecto sencillo en comparación con éste; porque los niños palestinos e israelíes prácticamente te lo entregan en bandeja de plata. Les haces una pregunta y puedes dejar la cámara prendida durante horas con la certeza de que todo lo que te van a decir va a ser interesante. El reto de este proyecto era cómo lograr mostrar un Irán distinto al que vemos en los medios de comunicación y hacerlo de una manera que fuera lo suficientemente atractiva como para que la gente lo quisiera ver”.

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Sayed y el Che

agosto 19, 2010

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Sayed se ve más relajado al ordenar la segunda ronda de café, aunque su semblante no puede ocultar el desgaste físico que acumuló durante el año que estuvo fuera. Se recuesta sobre el respaldo y estira los pies hasta tocar el piso con los talones. La mesera llega poco después con dos cafés humeantes sobre la charola para ponerlos sobre la mesa junto a una sonrisa nerviosa que flota por encima de la azucarera incluso después de que desaparece en el interior de la cafetería. Sayed se inclina hacia el café para envolver la taza con sus dedos. “No puedo creer que estoy de vuelta en México, cabrón”, confiesa lleno de júbilo y alza la taza para chocarla contra la mía, “apenas hace unos días estaba en Jerusalén escondiéndome en casa de mi abuela de los balazos ¿puedes creerlo?” Es bueno tenerte de vuelta, hermano —contesto e inmediatamente visualizo una secuencia de desventuras protagonizadas por Sayed. Suspiro, sonrío, doy un sorbo al café y apoyo mis ojos sobre el cenicero durante un par de segundos. Desde el día en que nos conocimos y después de haber sostenido una larga charla politizada, Sayed y yo llegamos a la sana conclusión de que la vida es demasiado corta como para desperdiciarla en el Medio Oriente.
Sayed es palestino, hijo de una familia de comerciantes adinerados originarios del barrio viejo del este de Jerusalén: la parte árabe de la ciudad. Aunque fue criado bajo las doctrinas del Islam, él se autodenomina “ferozmente ateo” y antinacionalista. Lo mismo que yo, si canjeamos el Islam por el judaísmo y el ateísmo por el agnosticismo. Nos conocimos a través de una amiga común, cuatro años atrás, en una cantina de la colonia Narvarte. “Éste es el israelí del que te había platicado y éste es el palestino que te había mencionado”, dijo María, señalándonos con su palma extendida y moviéndola de izquierda a derecha de manera circular, como para no rozar la y griega entre cada oración, como si ésta dibujara una frontera en su inconsciente. “¿Hebrew, arabic or english?, habibi” —preguntó Sayed, extendiéndome la mano. A partir de ese momento hablamos en hebreo. Mi árabe es prácticamente nulo —por desgracia— y mi hebreo es mejor que mi inglés. Sayed vivió un año en México antes de verse obligado a viajar a Palestina debido al deterioro en la salud de su padre. Dos meses más tarde el cáncer de pulmón terminó por vencer y llevarse a su padre a otra dimensión. Una semana antes del retorno previsto de Sayed estalló la segunda Intifada, convirtiéndolo, como a gran parte de los palestinos, en el enemigo público número uno en un abrir y cerrar de ojos, impidiendo su regreso a México. Al menos hasta ahora.
—No sabes cuánto tiempo llevo imaginándome esta escena, sentado en un café sin tener que codearme con profetas y mártires —confiesa, aliviado.
—Ya me lo imagino.
—Quiero desechar el árabe y el hebreo de mi sistema por un tiempo, ¿sabes?
—Sí, entiendo. Si quieres cambiamos a inglés.
—No es para tanto, cabrón. A lo que voy es que me molesta tenerlos de fondo.
—A ver cuánto tiempo tarda en desquiciarte el acento chilango.
—¡Bah!, a mí me gusta la entonación, suena como a juego de video ochentero —sonríe.
—No veo la conexión entre el acento defeño y los Space Invaders. Si acaso me suena como a claxon.
—Cabrón, los únicos Space Invaders que conozco son los settlers —dice, satisfecho por la risa que provoca su ocurrencia.
En un intento por recuperar mi balance —después de un mal cálculo en el meneo de la silla— dejo caer mi mano sobre la mesa y me aferro a ella con mis dedos, desplazándola y sacudiendo las tazas, la azucarera, el cenicero y al puñado de universitarios que discuten en la mesa de al lado, a dos metros de distancia. Logro atraer la atención de algunas miradas hostiles que se prolongan durante largos segundos después de haberme disculpado. Sayed se ríe y agita la cabeza con su palma sobre la frente, como siempre que presencia la materialización de mi torpeza. Una vez superada la escena y la conmoción gratuita, Sayed prosigue a contarme algunas de las anécdotas que marcaron su último año. Entre ellas, algunos amoríos que sostuvo con un par de activistas francesas de las ONG pro palestinas que conoció en el American Colony.* “No sabes la dosis de nacionalismo que me entraba cada vez que me topaba con ese par de culos”, cuenta, y nuestras carcajadas salen disparadas como de un M-16 provocando sobresaltos, y consecuentemente consiguiendo más gestos de desapruebo y hostilidad de parte de nuestros vecinos de mesa. Especialmente de quien parece ser su líder, por la manera en que raciona el tiempo aire de sus colegas. Lo inspecciono detenidamente. Su cabello está firmemente peinado hacia delante, untado con tal cantidad de gomina que parece tan lamido como el testículo de un perro. Su rostro parece sacado de un sketch policial, es una acumulación de accidentes compuestos por un par de cejas delgadas, una boca sin labios, ojos saltones y una nariz corta que termina en lo que parece ser un quiste de grasa acumulado en la punta. Lleva puesta una camiseta roja con el rostro de Che incrustado sobre ella. Desde mi ángulo parece como si el ex guerrillero estuviera sorbiendo del café y observándome con desaprobación por encima de la taza, con esos ojos inyectados de rabia. Vuelvo la mirada hacia Sayed que ahora narra el arresto de su tío Haled quien acabó en una prisión israelí por motivos y tiempo indefinidos. “Lo único bueno que salió de la segunda Intifada”, cuenta, “fueron las muñecas inflables que fabricaron con las caras de Sharon y Arafat”.
—¡FUCK ARAFAT! —dice en voz alta y sacude su cuerpo, fingiendo sufrir una corriente de escalofríos, para después chocar su taza contra la mía nuevamente.
“¿Qué es lo que has dicho?, maldito cerdo sionista” —chilla la voz del universitario quien ahora tiene a Sayed justo entre sus cejas. Todas las conversaciones se ahogan en la voz aguda del universitario. Sayed voltea hacia mí exigiendo que le traduzca lo dicho. No alcanzo a abrir la boca cuando el universitario ya está plantado de pie frente a él seguido por media docena de colegas: “¿Sabes cuántos niños palestinos mueren a diario? ¿Eh?… ¡Contesta, animal…!”
Sayed sonríe, estira sus brazos y saca a relucir su inglés atropellado para intentar explicarle que no entiende español, al menos no lo suficiente como para entender lo que le está diciendo.
“En este país se habla español, ¿entiendes?” —expone el universitario agitando su dedo índice frente a la nariz de Sayed. Tranquilízate, subnormal, le digo y me le pongo de frente.
Es curioso, pero no puedo registrar ningún tipo de dolor ni de sonidos anteriores al momento de encontrarme tirado sobre el piso. Veo a través de un ojo semiabierto cómo la quijada de Sayed logra, con una resistencia heroica, amortiguar un puntapié endemoniado. Para la segunda vez que logro abrir el ojo sólo me encuentro con Sayed, sosteniendo su cabeza entre las manos. Alcanzo a oír carcajadas, chiflidos y un llanto terrible de quien parece ser la mesera. “De tu querida, presencia, comandante, Che Guevara…” —cantan a la distancia, hasta que la última voz se mezcla y se desintegra con el bullicio seco de la ciudad.
—Assi, ¿me escuchas? —pregunta Sayed sin saber dónde dirigir la mirada.
—Sí, hermano, dime.
—Necesito aprender español .

* El American Colony es un hotel lujoso situado en el barrio árabe de Jerusalén. Concurrido principalmente por periodistas de la elite mediática.

Communication Breakdown

agosto 11, 2010

 

—¿Cómo me dijo? ¿Mary, qué? —preguntó la operadora.
—No, señorita: Ari. A-R-I —contesté.
—¿Harry qué?, señor
—Le repito: Aaariiiiii, ArI, aRI, Ari.
—¿Aaaniiiiii, AlI, aDI, o Ami?
— ¡Que no, carajo! —vociferé y di unos golpes al auricular para descartar alguna falla técnica como responsable de las fallas de comunicación.
—No se preocupe, señorita. Ya nomás déme su apellido y con eso estamos —me sugirió.

Sobra decir que me disloqué la muñeca al colgar.