Tanatología: dignidad en la muerte.

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Uno de los lemas que define a la tanatología en el ámbito humanista es la “muerte digna”. La tanatología es una disciplina que busca encontrar un significado al proceso de la muerte y que trata cualquier tipo de duelo, aun cuando no esté ligado de manera directa con la muerte. Sin embargo, este término nació dentro del mundo de las ciencias exactas. Quien extrajo del griego (tánato: muerte, logos: ciencia) los componentes etimológicos para dar a conocer por primera vez —en 1901— la palabra tanatología fue Elías Metchnikoff: microbiólogo nacido en el suroeste de Rusia —lo que es Ucrania actualmente—, ganador del Premio Nobel en fisiología y medicina. Cabe recalcar que a principios del siglo XX esta ciencia se limitaba exclusivamente a la medicina forense. Pero la tanatología existía mucho antes de ser engendrada por Metchnikoff. El mundo antiguo tenía su Libro Egipcio de los Muertos que funcionaba, entre otras cosas, como una especie de manual para facilitar la transición metafísica de los difuntos (siempre obedeciendo a los obstáculos de la mitología egipcia, claro está). Además, cuando se habla de tanatología hay que hacer un hincapié en el budismo debido a su aportación indirecta a esta rama, partiendo del siglo VI a.C. y de las primeras observaciones que el rebelde príncipe Siddharta musitó una vez que salió de su burbuja aristocrática para enfrentar la crudeza del sufrimiento y la muerte; pasando por el siglo VIII y el Libro Tibetano de los Muertos (su nombre en tibetano: Bardo Thodol) escrito por uno de los mayores difusores del lamaísmo: Padmasambhava o Guru Rimpoche, cuyos pasajes reparan en el duelo e intentan instruir y preparar a los moribundos respetando las interpretaciones de la muerte vistas a través del budismo; hasta llegar al Libro tibetano de la vida y la muerte de Sogyal Rimpoché (uno de los representantes más destacados del budismo actual): una versión más actualizada del libro anteriormente mencionado. Ahora bien, quien es considerada la pionera de la tanatología humanista occidental es la fallecida (24 de agosto de 2004) psiquiatra suiza Elisabeth Kubler-Ross. La joven Kubler se mudó a la ciudad de Nueva York en 1958 donde trabajó, en un principio, con enfermos terminales. “Eran evitados y abusados, nadie era honesto con ellos”, afirmaba Elisabeth, escandalizada por el trato que se les daba a los pacientes en los hospitales. La enérgica doctora dedicó el resto de su vida para estudiar el proceso de la muerte con el propósito de mejorar la vida de los moribundos y sus seres queridos. Una de sus aportaciones más conocidas en el ámbito de la psiquiatría son las cinco fases de la muerte: pánico, negación, depresión, pacto y aceptación. En 1969 publica Sobre la muerte y los moribundos, un libro (de un total de 22 títulos) considerado por muchos la Biblia de la tanatología. Ella abogaba porque la intimidad de los pacientes fuera respetada en todo momento, de que les fuera permitido morir en casa junto a sus familiares para poder despedirse en paz. Elisabeth Kubler-Ross postulaba cuatro pasos a seguir por los acompañantes del paciente moribundo: atención sin prejuicios, aceptación, acompañamiento y comunicación.

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El lema de la “muerte digna” impulsó fundaciones de cuidados paliativos y movimientos ciudadanos como los hospice (casas de moribundos), iniciado por la enfermera británica Cicely Saunders, quien murió en una de estas casas a los 87 años, el 15 de febrero de 2005. Hoy en día existen hospices distribuidos en más de 95 países, incluyendo a México. No obstante, a pesar de que hay una creciente apreciación sobre la necesidad de este apoyo psicológico y de que ya existen instituciones de formación tanatológica en nuestro país (el Instituto Mexicano de Tanatología y la Asociación Mexicana de Tanatología), en la práctica son muy pocos aquellos que se comprometen a esta dura profesión. El Instituto Nacional de Pediatría (INP) tiene la fortuna de contar con Gabriela Gómez y Almudena March, dos mujeres que se han entregado al cuidado de los más necesitados.
“Mi primer trabajo fue en el Psiquiátrico Infantil Juan N. Navarro. Llegué a conocer la tanatología después de verme expuesta a casos en los que algunos de mis pacientes presenciaron una muerte violenta de sus familiares. Me vi obligada a pedir asesoría tanatológica ya que para ese entonces yo no sabía manejar los casos de duelo; sobre todo en casos tan complicados como en los niños”, cuenta Gabriela Gómez. “Acudí a una tanatóloga de manera independiente para saber cómo lidiar con la cuestión del duelo. Quedé fascinada con esta disciplina y casi inmediatamente la empecé a estudiar de manera formal. En un principio mi intención era trabajar con adultos, pensando que ésta sería la manera más sencilla de abordar el tema de la muerte. Pero el doctor Raúl Contreras (director general de Recursos Humanos de la Secretaría de Salud) me comentó sobre el proyecto Kardias (una fundación que brinda ayuda quirúrgica y psicológica a niños —provenientes de familias de escasos recursos— con problemas cardiacos), explicándome que éste era un proyecto vanguardista en México y que necesitaban de un tanatólogo” agrega. “En realidad nosotras trabajamos más con los padres ya que por lo general tratamos con niños recién nacidos o de pocos meses. Hablamos con ellos sobre el riesgo de muerte del niño en la cirugía. Afortunadamente hemos logrado reducir tremendamente el índice de mortalidad en el INP”, dice con una sonrisa amplia. “Todo comienza con el diagnóstico. De ahí partimos para explicarles sobre la gravedad del defecto. Tratamos con niños que tienen defectos congénitos del corazón. Nuestro primer acercamiento con los padres ayuda para que estén conscientes de la gravedad de la enfermedad de sus hijos y para que tomen en cuenta que aunque las cirugías son muy riesgosas, en realidad son la única alternativa que tienen estos niños para poder sobrevivir; nosotras tenemos que hacer un énfasis en esto. Cuando llega el día de la cirugía volvemos a retomar este tema para que los familiares estén al tanto de los riesgos; les hablamos sobre los momentos críticos de la cirugía. Un ejemplo de esto es cuando se apaga la bomba de circulación extracorpórea (máquina que actúa como el corazón y los pulmones del paciente para inyectarle sangre oxigenada al cuerpo mientras que los cirujanos reparan el defecto cardiológico) y el corazón tiene que arrancar por sí solo. Otro de los momentos cruciales viene después de terminar las suturas al corazón para ver que no haya sangrado”, explica Gabriela.
El INP cuenta con un grupo de duelo (todos los miércoles de 9:30 a 11 a.m.) que ofrece apoyo psicológico a los familiares. “Es duro cuando muere un niño con el que he interactuado, porque en ese preciso momento aterrizas la noción de que la muerte es real. Estamos más preparados para comprender la muerte de los adultos y aunque sabemos en el fondo que los niños también mueren, no es fácil verlo y tener que decirles a los padres que es hora de despedirse. Aunque para serte sincera, yo sufría mucho más cuando trabajaba en el psiquiátrico, porque ahí el dolor de los niños era infligido por una persona; están ahí porque alguien los hizo sufrir. Aquí se trata de niños que nacieron con un defecto; de una lotería genética desafortunada. Para mí es más fácil lidiar con este tipo de dolor. Este trabajo pone mi vida en una perspectiva distinta. Al enfrentarme con la muerte de manera constante aprecio más mi vida”, añade en un tono sereno.

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La trayectoria profesional de Almudena March que precedió a su incursión en la tanatología es vasta, pero lo que la llevó a ejercer esta profesión quizá tenga que ver más con una cuestión personal. “Mi padre murió de un infarto cuando yo tenía doce años. Durante los dos años anteriores a la muerte de mi padre, muchos de mis familiares habían muerto”, narra Almudena de estos episodios de muerte a los que se vio expuesta desde una temprana edad. “Todas mis memorias de la infancia quedaron bloqueadas. Me di cuenta de esto cuando mis hijos me preguntaron sobre mi infancia y yo no recordaba absolutamente nada. A principios de los ochenta, cuando viví en Nueva York, descubrí una materia que se llamaba psicología de la muerte. Me atrajo de inmediato ya que yo aún seguía, 25 años después, cargando con un dolor irresuelto relacionado con la muerte de mi papá y sabía que lo que necesitaba no era psicoterapia psicoanalítica sino algo más específico, algo que tratara con el duelo. Ya de regreso en México me topé con el Instituto Mexicano de Tanatología. Resultó que la presidenta y fundadora de este instituto era una amiga mía de la secundaria”, Almudena se refiere a Alejandra Tinajero. Así fue como Almudena encontró su “verdadera vocación”. “Una vez que entré de lleno en el área de la tanatología entendí que el problema en mi caso era que el duelo se había manejado de la manera incorrecta. Al día siguiente de la muerte de mi padre no había un solo rastro de él en nuestra casa, como si nunca hubiera existido”, cuenta March. “Siento que mi propia experiencia me ha hecho más sensible; que me dio los elementos suficientes como para poder ayudar a la gente en el proceso del duelo. Nunca he cobrado por dar asesoría tanatológica privada; es una especie de trato que tengo con la muerte, como diciendo tú allí te quedas, me dejas trabajar a mí que yo no voy a lucrar contigo. De lo contrario me sentiría como Gayosso. Decidí entrar a las cirugías para entender los procedimientos quirúrgicos y poder aclarar las dudas técnicas de los familiares; así fue como comenzó lo que ahora llamamos ‘enlace quirúrgico’: entramos y salimos del quirófano cada hora, aproximadamente, para mantener a los familiares al tanto de la operación. Uno de mis compromisos con mis pacientes es quitarles de encima la preocupación de la carga que su enfermedad puede tener sobre sus familias. Conozco los riesgos que corro al involucrarme afectivamente con mis pacientes, pero también sé que en el momento en el que están bajo mi cuidado son míos, en el mejor sentido de la palabra, y que a partir de ese momento les voy a dar lo mejor de mí. Me siguen doliendo los casos de muerte pero uno va formando un callo, y vas entendiendo que no es algo que puedas elegir, que hay veces que los niños se pierden. En este trabajo no puedes darte el lujo de quedarte en el pasado, tenemos que seguir adelante. Me queda la satisfacción y la tranquilidad de saber que en el momento en que estuvo conmigo di lo mejor de mí y con eso me quedo”, afirma, sonriente. “No cualquier persona puede meterse en este terreno, no es fácil. Hay mucha gente que se ha especializado y que dice ser tanatóloga; pero cuando vienen aquí y ven lo que implica este trabajo se dan la media vuelta y se van. Espero que la gente que entre a estudiar esta rama empiece a aplicarla en donde más se necesita”, agrega en un tono desenfadado poco antes de que suene el teléfono. Almudena y Gabriela se despiden y salen hacia los pasillos para seguir los pasos que marcaron pioneras del altruismo de la talla de Elisabeth Kubler-Ross y Dame Cicely Saunders.

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