In Drugs We Trust

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¿Alguna vez has sentido que se te cierra la garganta de manera repentina, que te falta el aliento, que estás a punto de ahogarte? ¿Has tenido la desgracia de sufrir taquicardias, temblores, sudores fríos, náuseas? ¿Has experimentado episodios que parecen irreales, como vividos a través de otra persona y que te llevan a pensar que estás muy cerca de perder el control y salirte de tus casillas? No estás solo. Eres uno de los 14 millones* de mexicanos que sufren algún tipo de trastorno de ansiedad. Y si además padeces de síntomas depresivos —ánimo decaído, pérdida de interés, debilitamiento, mala concentración, apetito y sueño alterados o disminución de las funciones físicas y mentales—, entonces te unes al grupo compuesto por uno de cada cinco mexicanos (según el Instituto Mexicano de Psiquiatría), y la Organización Mundial de la Salud (OMS) te incluye en su censo de 350 millones de personas con problemas de depresión en el mundo.

A pesar de que nuestros padres y abuelos insistan en contrariarnos con su retórica triunfalista, los nuestros son tiempos difíciles. El ritmo que imprime la cotidianeidad urbana es intimidante; todo se ha vuelto más rápido y violento. Nuestras patologías obedecen a su entorno. Nos devolvieron el fuego de Prometeo cuando nos dijeron que el mundo era nuestro, cuando nos extendieron un horizonte de oportunidades imposibles que debíamos devorar sin piedad hasta convertirnos en bestias eufóricas, alimentadas por la ambición. Somos una generación marcada por los excesos y por la adicción. Aun cuando tenemos industrias que satisfacen casi todas nuestras necesidades anímicas, estamos más alterados que nunca.

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Los psiquiatras explican la depresión como un desbalance bioquímico del cerebro que depende de dos neurotransmisores: la serotonina y la norepinefrina. Así, las drogas** serían el tratamiento más práctico para combatir este mal (“A pesar de los avances científicos, la atención de los enfermos sigue siendo deficiente, se sabe que la primera puerta que tocan las personas con trastornos mentales es la medicina general. Sin embargo, su detección, tratamiento y canalización a servicios especializados es insuficiente, existe aún un importante estigma social que segrega a los pacientes psiquiátricos y el tiempo que pasa entre que el paciente identifica sus síntomas y recibe ayuda especializada es considerable”***). Pero existe una evidente y larga disputa —léase: una guerra ideológica— entre la metodología empleada por los psiquiatras y la contrapropuesta de sus homólogos psicoanalistas y psicoterapeutas quienes defienden y ofrecen un tratamiento emocional para remediar la depresión y la ansiedad. No obstante y haciendo caso omiso de las intenciones humanistas detrás de la psicoterapia, cada vez son más quienes recurren a los fármacos para obtener una solución que acabe con el problema, ya sea bajo supervisión médica o por automedicación sin prescripción****. Según el Instituto Nacional de Psiquiatría los fármacos psicoactivos más populares, antidepresivos como antiansiolíticos, son el Valium, el Alboral (diazepam), el Lexotan (bromazepam), el Ativán (Lorazepam), el Tafil (Alprozolam) y el Rivotril (clonazepam).

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“Yo soy Charly, tráiganme whisky y Rivotril”, gritaba Charly García tras golpear a uno de sus asistentes en junio de 2008, antes de ser ingresado a terapia intensiva. Charly estaba sufriendo el síndrome de abstinencia por su largo abuso de las benzodiazepinas. La lista de los síntomas es larga (según la británica Heather Ashton, profesora en psicofarmacología y experta en benzodiacepinas): la agresividad, el insomnio, los ataques de pánico, las pesadillas, la despersonalización, la hipersensibilidad sensorial y las alucinaciones están entre las manifestaciones más frecuentes.
Cinco años atrás, en marzo de 2003, El Réquiem de Mozart sonaba a todo volumen dentro del Volvo blanco de Luis. El auto cortaba el trópico oaxaqueño como un machete hecho de acero japonés. Minutos después de haber vaciado media lata de cerveza para deslizar el trozo de una pastilla en su garganta, con las manos al volante y sin quitar sus pupilas dilatadas de la carretera, me dijo en un tono profundamente meloso que, con el Rivotril, observaba la vida desde “el sofá más cómodo del mundo”. Menciono el caso de mi amigo Luis porque al igual que Charly, él es un ejemplo más de una moda creciente: la de la farmacodependencia hedonista. Cada vez son más aquellos que recurren a los ansiolíticos y antidepresivos para cumplir con un modus vivendi que postula la felicidad sintética como un ideal. El abuso de estas sustancias, sobre todo si se combinan con otros estimulantes como el alcohol, a veces obedece a una postura social, a un fashion statement tal como lo es la bulimia en Hollywood o el esnobismo en Santa Fe.

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Queda claro que en la mayoría de los casos, con o sin supervisión profesional, estos estupefacientes son utilizados para lo mismo que cualquiera otra droga: para modificar la realidad al gusto del usuario.
Si bien es cierto que millones de personas se han visto beneficiadas por estos fármacos, indispensables para poder mejorar su calidad de vida, también existe la manipulación del marketing publicitario que se ha encargado de ensanchar su mercado potencial, promoviendo una gama de enfermedades abstractas cada vez más extensa para poder vender medicinas que no todos necesitamos. Por eso es que términos como “Mejoramiento del Desempeño Humano” no dejan de sonar como un simple eslogan comercial. “Tu vida te está esperando”, el lema de Paxil (antidepresivo de los laboratorios GlaxoSmithKline que ha sido vinculado al suicidio en niños y adolescentes), es otro ejemplo de las asociaciones que uno podría hacer entre la campaña publicitaria de una compañía farmacéutica y las de Master Card, por mencionar algún producto igualmente aspiracional.
Resalta el capricho y la falta de ética de algunos psiquiatras quienes recomiendan las medicinas dependiendo de la generosidad de los laboratorios farmacéuticos, tomando nota de las veces que éstos los mandan a algún destino exótico —todo incluido— para asistir a los muchos seminarios de psiquiatría patrocinados por las compañías. Ellos forman parte de una enorme cadena de pushers que alimentan esta industria multimillonaria liderada por laboratorios como Roche (Valium, Rivotril, Lexotanil), GSK (Paxil, Wellbutrin) y Pfizer (Altruline, Edronax, Sinequan). Es importante recalcar que no todos tienen agendas secretas y que aun cuando nunca podríamos destacar la filantropía como el leitmotiv de los gigantes industriales, las intenciones a veces no son incompatibles con el buen resultado. Sin duda mucha gente se beneficia de estos productos. Pero, debido a la vulnerabilidad propia de sus víctimas, la depresión merece ser atendida por manos de profesionales con vocación humanista y no por comerciantes.

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La expansión entre las nuevas generaciones de los trastornos de depresión es tan grande que según la Organización Mundial de la Salud (OMS), para 2020, la depresión puede llegar a ser la segunda causa de discapacidad, sólo un escaño por debajo de las enfermedades isquémicas cardiacas. Se hace inevitable hablar de la depresión sin mencionar a su hijo bastardo: el suicidio. “La mitad de la gente que comete suicidio lo hace bajo la influencia del alcohol o las drogas […] Cuando los precios del vodka subieron en forma sustancial, las tasas de suicidio bajaron”, dijo Brian Mishara (presidente de la Asociación Internacional de Prevención del Suicido) en una entrevista concedida a AFP. Acorde a los datos que publica la OMS, poco más de un millón de personas se suicidan anualmente —dos por minuto— mientras que alrededor de diez y 20 millones más intentan hacerlo sin lograrlo.
Se estima que las cifras reales son más elevadas ya que por ser un fenómeno tabú en muchas sociedades, en ocasiones las muertes autoinfligidas se registran como accidentes u homicidios. Según informes recientes de la Secretaría de Salud del Gobierno del Distrito Federal, la cantidad de suicidios en la capital aumentó en un 20 por ciento en las últimas dos décadas. Durante 2007 se registraron 307 suicidios en el Distrito Federal de un aproximado de 3 mil 500 en toda la República (según indica el INEGI).

Los números son escalofriantes: 4 mil 800 personas se suicidaron durante la elaboración de este escrito y otras 12 mil lo harán antes de que esta revista llegue a los puestos de periódicos. Si uno se pone a meditar sobre los próximos efectos de la crisis económica y en su inevitable impacto mundial, producto de ocho años de bushismo; si uno se toma unos cuantos minutos para imaginar el futuro inmediato de la humanidad —la sobrepoblación, la hambruna, la contaminación, el cáncer, el calentamiento global y el estrepitoso escalamiento del crimen—, el panorama es verdaderamente… deprimente.
¿Qué podemos hacer frente a esta avalancha de escombros? La respuesta depende del consumidor. ¿Consulte a su médico?

* Un cálculo promedio entre las estadísticas proporcionadas por el IMSS y Víctor López Suero, director del Grupo Interdisciplinario de Salud Mental y gerente médico en el país del grupo Roche Syntex (fabricantes de Rivotril).

** La Organización Mundial de la Salud (OMS) define las drogas como cualquier sustancia psicoactiva que en el interior del organismo viviente pueda modificar su percepción, estado de ánimo, cognición, conducta o funciones motoras.

*** Gater de Almeida B, Sousa E, Barrientos G, Caraveo J, Chandashekar CR y Dhadphale M et al. Cols.: The pathways to the psychiatric care: across-cultural study. Psychological Medicine, 21:761-774, 1991.

**** Según una encuesta publicada por la Enadic y el Conadic, las fuentes de obtención de drogas médicas fuera de prescripción se dan principalmente a través de los médicos y las farmacias.

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One Comment en “In Drugs We Trust”

  1. drflaviometz Says:

    Gracias, muy interesante.


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