Slava’s Snow Show

Una locomotora invisible viaja por debajo de las paredes de la sala de espera del desangelado Teatro del Centro Cultural Telmex como una gota de plomo escurridiza. El sonido creciente del vapor expulsado de la tobera anuncia una próxima llegada de lo desconocido. El rumor de las ruedas entra en el auditorio, interrumpido de vez en vez por lo que parecen ser voceros de una terminal rusa que alimentan, de manera gradual, una impaciencia saludable en los espectadores. Basta con una intervención publicitaria para recordarnos que vivimos en un mundo desencantado. Sin embargo, este abuso mercadotécnico se ve opacado de un solo golpe en el momento en que el escenario cobra vida. Desde la viñeta que da inicio a Slava’s Snowshow podemos advertir que los pasajeros de este tren fantasma son habitantes de un mundo diseñado por un maestro de la fantasía. Una pieza profundamente melancólica antecede la entrada en escena de un payaso que lleva arrastrando consigo una soga. Éste se detiene en el centro del escenario, se echa la soga al cuello y lanza una mirada incierta acompañada de una sonrisa triste que van dirigidas hacia las butacas, despertando una avalancha de augurios catastróficos en las conciencias menos optimistas del público. No es sino hasta cuando éste tira de la soga para mostrarnos a otro payaso que aparece en el extremo opuesto, cuando entendemos que las intenciones suicidas de nuestro protagonista existían únicamente en nuestro concepto de lo predecible.

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Los personajes de Slava’s Snowshow transitan de la tristeza a la inocencia con la facilidad lúdica que sólo conocen los verdaderos virtuosos. “Deshazte de todo lo que sabes, ahora estás en mi elemento”, es lo que parece querer decirnos Slava Polunin —ex integrante del Cirque du Soleil, presidente y fundador de la Academy of Fools, entre decenas de proyectos que brotan del interior de un currículum infinito—: el padre intelectual de este delirante teatro visual, además de los espectáculos Asisyai-revue y Diabolo, y quien es considerado por algunos críticos “el payaso más destacado del mundo”.
El universo surrealista creado por Slava Polunin nos obliga a caer en una regresión que logra reiniciar nuestras exigencias conceptuales para exponer así la vigencia de nuestra vulnerabilidad frente a sentimientos primordiales, infantiles, aparentemente perdidos en el tiempo. Son pocos los espacios en donde podemos presenciar a niños, padres de familia fatigados, empresarios puntiagudos, adolescentes —sobran los calificativos—, oficinistas color sepia e incluso alguno que otro reportero escéptico compartiendo la misma sonrisa radiante e ilusa que generalmente asociamos con la infancia o la estupidez. “Es un teatro que se escapa de la definición y del entendimiento inequívoco de sus acciones, al igual que de cualquier intento por usurpar su libertad”, dice el galardonado artista ruso, que al igual que su obra se escapa de cualquier definición.
El escenario se ve abatido por puñados de payasos-vagabundos que visten las mismas gabardinas desgastadas y los mismos sombreros de orejeras estiradas, quienes interactúan con el payaso protagónico —destacado por su vestimenta amarilla y roja— en una sucesión de viñetas musicalizadas tan improbables como la de una cama que surca un mar de niebla intentando esquivar, entre otras cosas, una nueva especie de tiburón-payaso. Si bien no existe una continuidad narrativa entre cada escena, sí existe una sensación de que los verdaderos denominadores comunes son la melancolía, la inocencia, y un delirio colectivo elaborado meticulosamente con el propósito de ser altamente contagioso.
“Mucha gente trata de analizar mis representaciones desde el ángulo de su trama o carácter. Bueno, hay algo de eso en éstas. Yo me aferro a otra cosa, a algo que no puedes captar a través de los ojos o la palabra —a la atmósfera. Yo estiro los lazos entre mi personaje y cada uno de los espectadores […] No hay trama más que nuestra relación”, comentó Polunin en una entrevista que nunca llegó a publicarse en The Herald of Europe, traducida al inglés por Julie Delvaux y realizada por Natalia Kazmina.
La barrera entre actores y público se desdibuja de manera explícita cuando el protagonista intenta desenmarañarse de las profundidades de una red gigantesca, logrando con esto enredar a un público eufórico que pasa alrededor de dos minutos tratando de quitarse de encima esta telaraña que escala a través de las hileras hasta desaparecer en el fondo del teatro, para poner al descubierto un escenario vacío que marca la pauta del intermedio.
El foyer del teatro se llena en cuestión de segundos. Es un cúmulo de rostros atónitos que se inspeccionan entre sí, como tratando de descifrar si los repentinos brotes de infantilidad son producto de una regresión personal o si han sido víctimas de un experimento colectivo.
La gente vuelve a sus asientos de manera espontánea. El teatro está invadido por una horda de payasos que caminan sobre las butacas mientras arrojan puñados de nieve sobre los espectadores, dejando en claro que la desintegración de la línea divisoria va en aumento.
“El payaso es la criatura más espontánea de la Tierra. Cuando empiezas a restringir su libertad, éste se pierde y lanza quejidos como un niño. Básicamente, significa que lo has ofendido profundamente. Los payasos son muy especiales, por lo tanto necesitan un trato especial. Como los lunáticos o, no sé, como los borrachos o los perros”, comentaba Slava Polunin ante Kazmina.

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Una de las escenas más sobresalientes dentro del repertorio de Slava’s Snowshow se da cuando el protagonista interactúa con una gabardina y un sombrero que penden colgados sobre un perchero de pie. Las prendas cobran vida para personificar una breve historia de amor que parece contener dentro de sí toda la soledad del universo. Inmediatamente después uno tiene la sensación de haber presenciado una pieza clásica de la altura de artistas inmortales como Chaplin o Marcel Marceau —dos grandes influencias en la obra de Polunin.
“Hablando de manera general, no me gusta el teatro dramático moderno; obtengo muy poco placer de éste. Por eso es que trato de ir lo menos posible. Ese tipo de actuación no te posee, no fluye por encima de los reflectores. Sí, te hace cosquillas, pero no inspira”, confesó Polunin en la misma entrevista.
Nuestro protagonista encarna otro momento inspirador del universo Slava cuando se muestra desafiante frente a un horizonte que sólo él puede ver. Todo esto al son de la creciente imponencia de Carmina Burana. El pequeño payaso de ojeras pronunciadas se mantiene erguido mientras que una tormenta de nieve atraviesa su cuerpo con violencia hasta inundar el teatro entero y penetrar las pupilas extasiadas del público que, sin darse cuenta, está metido, al igual que el payaso, en el naufragio diseñado por Polunin.
La magia poética envuelta en Slava’s Snowshow se quiebra y se desvanece de los sentidos a la velocidad de un sueño una vez afuera del Centro Cultural Telmex. De pronto, todo adquiere una indeseada connotación hiperrealista. El tráfico sobre la avenida Cuauhtémoc acaba por aplastar los pocos residuos de melancolía azul que llegaron a la calle. El mundo parece una suma de desilusiones mal distribuidas. Ahora sólo queda afrontar la realidad. Caminar con la certeza de que los únicos payasos verdaderos son los que están al mando del país y que todos vamos montados a bordo de un tren fantasma que se dirige hacia ninguna parte.

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3 comentarios en “Slava’s Snow Show”

  1. adrian Says:

    ess impresionante el talento que tienen..


  2. Hola Ari. Me acabo de ver el show en internet y me gusto mucho tu reseña. La ligué a mi facebook para tenerla a la mano, espero no molestar. Excelente final el de tu texto, aunque desconsoladamente cierto.
    Saludos!


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