Archivo para junio 2010

In Drugs We Trust

junio 22, 2010

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¿Alguna vez has sentido que se te cierra la garganta de manera repentina, que te falta el aliento, que estás a punto de ahogarte? ¿Has tenido la desgracia de sufrir taquicardias, temblores, sudores fríos, náuseas? ¿Has experimentado episodios que parecen irreales, como vividos a través de otra persona y que te llevan a pensar que estás muy cerca de perder el control y salirte de tus casillas? No estás solo. Eres uno de los 14 millones* de mexicanos que sufren algún tipo de trastorno de ansiedad. Y si además padeces de síntomas depresivos —ánimo decaído, pérdida de interés, debilitamiento, mala concentración, apetito y sueño alterados o disminución de las funciones físicas y mentales—, entonces te unes al grupo compuesto por uno de cada cinco mexicanos (según el Instituto Mexicano de Psiquiatría), y la Organización Mundial de la Salud (OMS) te incluye en su censo de 350 millones de personas con problemas de depresión en el mundo.

A pesar de que nuestros padres y abuelos insistan en contrariarnos con su retórica triunfalista, los nuestros son tiempos difíciles. El ritmo que imprime la cotidianeidad urbana es intimidante; todo se ha vuelto más rápido y violento. Nuestras patologías obedecen a su entorno. Nos devolvieron el fuego de Prometeo cuando nos dijeron que el mundo era nuestro, cuando nos extendieron un horizonte de oportunidades imposibles que debíamos devorar sin piedad hasta convertirnos en bestias eufóricas, alimentadas por la ambición. Somos una generación marcada por los excesos y por la adicción. Aun cuando tenemos industrias que satisfacen casi todas nuestras necesidades anímicas, estamos más alterados que nunca.

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Los psiquiatras explican la depresión como un desbalance bioquímico del cerebro que depende de dos neurotransmisores: la serotonina y la norepinefrina. Así, las drogas** serían el tratamiento más práctico para combatir este mal (“A pesar de los avances científicos, la atención de los enfermos sigue siendo deficiente, se sabe que la primera puerta que tocan las personas con trastornos mentales es la medicina general. Sin embargo, su detección, tratamiento y canalización a servicios especializados es insuficiente, existe aún un importante estigma social que segrega a los pacientes psiquiátricos y el tiempo que pasa entre que el paciente identifica sus síntomas y recibe ayuda especializada es considerable”***). Pero existe una evidente y larga disputa —léase: una guerra ideológica— entre la metodología empleada por los psiquiatras y la contrapropuesta de sus homólogos psicoanalistas y psicoterapeutas quienes defienden y ofrecen un tratamiento emocional para remediar la depresión y la ansiedad. No obstante y haciendo caso omiso de las intenciones humanistas detrás de la psicoterapia, cada vez son más quienes recurren a los fármacos para obtener una solución que acabe con el problema, ya sea bajo supervisión médica o por automedicación sin prescripción****. Según el Instituto Nacional de Psiquiatría los fármacos psicoactivos más populares, antidepresivos como antiansiolíticos, son el Valium, el Alboral (diazepam), el Lexotan (bromazepam), el Ativán (Lorazepam), el Tafil (Alprozolam) y el Rivotril (clonazepam).

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“Yo soy Charly, tráiganme whisky y Rivotril”, gritaba Charly García tras golpear a uno de sus asistentes en junio de 2008, antes de ser ingresado a terapia intensiva. Charly estaba sufriendo el síndrome de abstinencia por su largo abuso de las benzodiazepinas. La lista de los síntomas es larga (según la británica Heather Ashton, profesora en psicofarmacología y experta en benzodiacepinas): la agresividad, el insomnio, los ataques de pánico, las pesadillas, la despersonalización, la hipersensibilidad sensorial y las alucinaciones están entre las manifestaciones más frecuentes.
Cinco años atrás, en marzo de 2003, El Réquiem de Mozart sonaba a todo volumen dentro del Volvo blanco de Luis. El auto cortaba el trópico oaxaqueño como un machete hecho de acero japonés. Minutos después de haber vaciado media lata de cerveza para deslizar el trozo de una pastilla en su garganta, con las manos al volante y sin quitar sus pupilas dilatadas de la carretera, me dijo en un tono profundamente meloso que, con el Rivotril, observaba la vida desde “el sofá más cómodo del mundo”. Menciono el caso de mi amigo Luis porque al igual que Charly, él es un ejemplo más de una moda creciente: la de la farmacodependencia hedonista. Cada vez son más aquellos que recurren a los ansiolíticos y antidepresivos para cumplir con un modus vivendi que postula la felicidad sintética como un ideal. El abuso de estas sustancias, sobre todo si se combinan con otros estimulantes como el alcohol, a veces obedece a una postura social, a un fashion statement tal como lo es la bulimia en Hollywood o el esnobismo en Santa Fe.

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Queda claro que en la mayoría de los casos, con o sin supervisión profesional, estos estupefacientes son utilizados para lo mismo que cualquiera otra droga: para modificar la realidad al gusto del usuario.
Si bien es cierto que millones de personas se han visto beneficiadas por estos fármacos, indispensables para poder mejorar su calidad de vida, también existe la manipulación del marketing publicitario que se ha encargado de ensanchar su mercado potencial, promoviendo una gama de enfermedades abstractas cada vez más extensa para poder vender medicinas que no todos necesitamos. Por eso es que términos como “Mejoramiento del Desempeño Humano” no dejan de sonar como un simple eslogan comercial. “Tu vida te está esperando”, el lema de Paxil (antidepresivo de los laboratorios GlaxoSmithKline que ha sido vinculado al suicidio en niños y adolescentes), es otro ejemplo de las asociaciones que uno podría hacer entre la campaña publicitaria de una compañía farmacéutica y las de Master Card, por mencionar algún producto igualmente aspiracional.
Resalta el capricho y la falta de ética de algunos psiquiatras quienes recomiendan las medicinas dependiendo de la generosidad de los laboratorios farmacéuticos, tomando nota de las veces que éstos los mandan a algún destino exótico —todo incluido— para asistir a los muchos seminarios de psiquiatría patrocinados por las compañías. Ellos forman parte de una enorme cadena de pushers que alimentan esta industria multimillonaria liderada por laboratorios como Roche (Valium, Rivotril, Lexotanil), GSK (Paxil, Wellbutrin) y Pfizer (Altruline, Edronax, Sinequan). Es importante recalcar que no todos tienen agendas secretas y que aun cuando nunca podríamos destacar la filantropía como el leitmotiv de los gigantes industriales, las intenciones a veces no son incompatibles con el buen resultado. Sin duda mucha gente se beneficia de estos productos. Pero, debido a la vulnerabilidad propia de sus víctimas, la depresión merece ser atendida por manos de profesionales con vocación humanista y no por comerciantes.

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La expansión entre las nuevas generaciones de los trastornos de depresión es tan grande que según la Organización Mundial de la Salud (OMS), para 2020, la depresión puede llegar a ser la segunda causa de discapacidad, sólo un escaño por debajo de las enfermedades isquémicas cardiacas. Se hace inevitable hablar de la depresión sin mencionar a su hijo bastardo: el suicidio. “La mitad de la gente que comete suicidio lo hace bajo la influencia del alcohol o las drogas […] Cuando los precios del vodka subieron en forma sustancial, las tasas de suicidio bajaron”, dijo Brian Mishara (presidente de la Asociación Internacional de Prevención del Suicido) en una entrevista concedida a AFP. Acorde a los datos que publica la OMS, poco más de un millón de personas se suicidan anualmente —dos por minuto— mientras que alrededor de diez y 20 millones más intentan hacerlo sin lograrlo.
Se estima que las cifras reales son más elevadas ya que por ser un fenómeno tabú en muchas sociedades, en ocasiones las muertes autoinfligidas se registran como accidentes u homicidios. Según informes recientes de la Secretaría de Salud del Gobierno del Distrito Federal, la cantidad de suicidios en la capital aumentó en un 20 por ciento en las últimas dos décadas. Durante 2007 se registraron 307 suicidios en el Distrito Federal de un aproximado de 3 mil 500 en toda la República (según indica el INEGI).

Los números son escalofriantes: 4 mil 800 personas se suicidaron durante la elaboración de este escrito y otras 12 mil lo harán antes de que esta revista llegue a los puestos de periódicos. Si uno se pone a meditar sobre los próximos efectos de la crisis económica y en su inevitable impacto mundial, producto de ocho años de bushismo; si uno se toma unos cuantos minutos para imaginar el futuro inmediato de la humanidad —la sobrepoblación, la hambruna, la contaminación, el cáncer, el calentamiento global y el estrepitoso escalamiento del crimen—, el panorama es verdaderamente… deprimente.
¿Qué podemos hacer frente a esta avalancha de escombros? La respuesta depende del consumidor. ¿Consulte a su médico?

* Un cálculo promedio entre las estadísticas proporcionadas por el IMSS y Víctor López Suero, director del Grupo Interdisciplinario de Salud Mental y gerente médico en el país del grupo Roche Syntex (fabricantes de Rivotril).

** La Organización Mundial de la Salud (OMS) define las drogas como cualquier sustancia psicoactiva que en el interior del organismo viviente pueda modificar su percepción, estado de ánimo, cognición, conducta o funciones motoras.

*** Gater de Almeida B, Sousa E, Barrientos G, Caraveo J, Chandashekar CR y Dhadphale M et al. Cols.: The pathways to the psychiatric care: across-cultural study. Psychological Medicine, 21:761-774, 1991.

**** Según una encuesta publicada por la Enadic y el Conadic, las fuentes de obtención de drogas médicas fuera de prescripción se dan principalmente a través de los médicos y las farmacias.

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El Führer de los machos

junio 12, 2010

Slava’s Snow Show

junio 8, 2010

Una locomotora invisible viaja por debajo de las paredes de la sala de espera del desangelado Teatro del Centro Cultural Telmex como una gota de plomo escurridiza. El sonido creciente del vapor expulsado de la tobera anuncia una próxima llegada de lo desconocido. El rumor de las ruedas entra en el auditorio, interrumpido de vez en vez por lo que parecen ser voceros de una terminal rusa que alimentan, de manera gradual, una impaciencia saludable en los espectadores. Basta con una intervención publicitaria para recordarnos que vivimos en un mundo desencantado. Sin embargo, este abuso mercadotécnico se ve opacado de un solo golpe en el momento en que el escenario cobra vida. Desde la viñeta que da inicio a Slava’s Snowshow podemos advertir que los pasajeros de este tren fantasma son habitantes de un mundo diseñado por un maestro de la fantasía. Una pieza profundamente melancólica antecede la entrada en escena de un payaso que lleva arrastrando consigo una soga. Éste se detiene en el centro del escenario, se echa la soga al cuello y lanza una mirada incierta acompañada de una sonrisa triste que van dirigidas hacia las butacas, despertando una avalancha de augurios catastróficos en las conciencias menos optimistas del público. No es sino hasta cuando éste tira de la soga para mostrarnos a otro payaso que aparece en el extremo opuesto, cuando entendemos que las intenciones suicidas de nuestro protagonista existían únicamente en nuestro concepto de lo predecible.

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Los personajes de Slava’s Snowshow transitan de la tristeza a la inocencia con la facilidad lúdica que sólo conocen los verdaderos virtuosos. “Deshazte de todo lo que sabes, ahora estás en mi elemento”, es lo que parece querer decirnos Slava Polunin —ex integrante del Cirque du Soleil, presidente y fundador de la Academy of Fools, entre decenas de proyectos que brotan del interior de un currículum infinito—: el padre intelectual de este delirante teatro visual, además de los espectáculos Asisyai-revue y Diabolo, y quien es considerado por algunos críticos “el payaso más destacado del mundo”.
El universo surrealista creado por Slava Polunin nos obliga a caer en una regresión que logra reiniciar nuestras exigencias conceptuales para exponer así la vigencia de nuestra vulnerabilidad frente a sentimientos primordiales, infantiles, aparentemente perdidos en el tiempo. Son pocos los espacios en donde podemos presenciar a niños, padres de familia fatigados, empresarios puntiagudos, adolescentes —sobran los calificativos—, oficinistas color sepia e incluso alguno que otro reportero escéptico compartiendo la misma sonrisa radiante e ilusa que generalmente asociamos con la infancia o la estupidez. “Es un teatro que se escapa de la definición y del entendimiento inequívoco de sus acciones, al igual que de cualquier intento por usurpar su libertad”, dice el galardonado artista ruso, que al igual que su obra se escapa de cualquier definición.
El escenario se ve abatido por puñados de payasos-vagabundos que visten las mismas gabardinas desgastadas y los mismos sombreros de orejeras estiradas, quienes interactúan con el payaso protagónico —destacado por su vestimenta amarilla y roja— en una sucesión de viñetas musicalizadas tan improbables como la de una cama que surca un mar de niebla intentando esquivar, entre otras cosas, una nueva especie de tiburón-payaso. Si bien no existe una continuidad narrativa entre cada escena, sí existe una sensación de que los verdaderos denominadores comunes son la melancolía, la inocencia, y un delirio colectivo elaborado meticulosamente con el propósito de ser altamente contagioso.
“Mucha gente trata de analizar mis representaciones desde el ángulo de su trama o carácter. Bueno, hay algo de eso en éstas. Yo me aferro a otra cosa, a algo que no puedes captar a través de los ojos o la palabra —a la atmósfera. Yo estiro los lazos entre mi personaje y cada uno de los espectadores […] No hay trama más que nuestra relación”, comentó Polunin en una entrevista que nunca llegó a publicarse en The Herald of Europe, traducida al inglés por Julie Delvaux y realizada por Natalia Kazmina.
La barrera entre actores y público se desdibuja de manera explícita cuando el protagonista intenta desenmarañarse de las profundidades de una red gigantesca, logrando con esto enredar a un público eufórico que pasa alrededor de dos minutos tratando de quitarse de encima esta telaraña que escala a través de las hileras hasta desaparecer en el fondo del teatro, para poner al descubierto un escenario vacío que marca la pauta del intermedio.
El foyer del teatro se llena en cuestión de segundos. Es un cúmulo de rostros atónitos que se inspeccionan entre sí, como tratando de descifrar si los repentinos brotes de infantilidad son producto de una regresión personal o si han sido víctimas de un experimento colectivo.
La gente vuelve a sus asientos de manera espontánea. El teatro está invadido por una horda de payasos que caminan sobre las butacas mientras arrojan puñados de nieve sobre los espectadores, dejando en claro que la desintegración de la línea divisoria va en aumento.
“El payaso es la criatura más espontánea de la Tierra. Cuando empiezas a restringir su libertad, éste se pierde y lanza quejidos como un niño. Básicamente, significa que lo has ofendido profundamente. Los payasos son muy especiales, por lo tanto necesitan un trato especial. Como los lunáticos o, no sé, como los borrachos o los perros”, comentaba Slava Polunin ante Kazmina.

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Una de las escenas más sobresalientes dentro del repertorio de Slava’s Snowshow se da cuando el protagonista interactúa con una gabardina y un sombrero que penden colgados sobre un perchero de pie. Las prendas cobran vida para personificar una breve historia de amor que parece contener dentro de sí toda la soledad del universo. Inmediatamente después uno tiene la sensación de haber presenciado una pieza clásica de la altura de artistas inmortales como Chaplin o Marcel Marceau —dos grandes influencias en la obra de Polunin.
“Hablando de manera general, no me gusta el teatro dramático moderno; obtengo muy poco placer de éste. Por eso es que trato de ir lo menos posible. Ese tipo de actuación no te posee, no fluye por encima de los reflectores. Sí, te hace cosquillas, pero no inspira”, confesó Polunin en la misma entrevista.
Nuestro protagonista encarna otro momento inspirador del universo Slava cuando se muestra desafiante frente a un horizonte que sólo él puede ver. Todo esto al son de la creciente imponencia de Carmina Burana. El pequeño payaso de ojeras pronunciadas se mantiene erguido mientras que una tormenta de nieve atraviesa su cuerpo con violencia hasta inundar el teatro entero y penetrar las pupilas extasiadas del público que, sin darse cuenta, está metido, al igual que el payaso, en el naufragio diseñado por Polunin.
La magia poética envuelta en Slava’s Snowshow se quiebra y se desvanece de los sentidos a la velocidad de un sueño una vez afuera del Centro Cultural Telmex. De pronto, todo adquiere una indeseada connotación hiperrealista. El tráfico sobre la avenida Cuauhtémoc acaba por aplastar los pocos residuos de melancolía azul que llegaron a la calle. El mundo parece una suma de desilusiones mal distribuidas. Ahora sólo queda afrontar la realidad. Caminar con la certeza de que los únicos payasos verdaderos son los que están al mando del país y que todos vamos montados a bordo de un tren fantasma que se dirige hacia ninguna parte.

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Jarochos en Tierra Santa

junio 2, 2010

Los Ramírez llevan más de catorce años en Israel. Pertenecen a la corriente de los religiosos nacionalistas que representan a la gran mayoría de los pobladores de los asentamientos ilegales en los territorios ocupados.

Si quieren conocer la historia completa de los Jarochos en Tierra Santa pues entonces pásenle, pásenle, sin compromiso…