Archivos para abril 2010

Locos de amor

abril 27, 2010

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Nadie ha pasado por este mundo sin haber experimentado el vacío punzante que deja el desamor, su vértigo, y la irremediable orfandad existencial que le sigue. Sin embargo, la mayoría de nosotros salimos sin más que unas cuantas cicatrices como recuerdo. Pero hay quienes no lograron encontrar alivio; mentes turbias y sensibles que no pudieron ver más allá de la desolación y la melancolía, y que ante una vida sin amor eligieron la muerte.

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El 13 de febrero de 1836 Mariano José de Larra —escritor, dramaturgo, político y periodista madrileño del siglo XIX— jaló el gatillo poco después de ver cómo su musa, Dolores Armijo, desaparecía en definitiva de su vida acompañada de una de sus cuñadas tras exponerle sus intenciones de volver con su marido, el adinerado hijo del célebre abogado Manuel María Cambronero. “En cada artículo entierro una esperanza o una ilusión”, llegó a confesar Fígaro (su seudónimo). Las desventuras amorosas abundaron en la vida de Mariano José de Larra. Uno de sus primeros amores resultó ser la amante de don Mariano de Larra y Langelot: su padre. El matrimonio de Fígaro con Josefina Wetoret —una burguesa anodina y la madre de sus hijos— no era más que un trámite social. La mujer que ocupó su mente durante los últimos seis años de su vida no fue otra que Dolores Armijo; la amante, la obsesión y la gota que finalmente derramó la sangre y desesperación del autor de El doncel de Don Enrique el Doliente, entre una lista interminable de títulos.

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Quizá uno de los suicidios más resonantes en Latinoamérica haya sido el de Alfonsina Storni. Mercedes Sosa le dio voz a las letras de Ariel Ramírez y Félix Luna en su homenaje a esta poeta argentina —nacida en Suiza—, sobre todo por su muerte supuestamente vinculada a un desencuentro amoroso. Pero, al parecer, Alfonsina no se “vistió de mar” caminando serenamente hacia las aguas del Mar del Plata, como sugiere el folclor, sino que se zambulló saltando desde un espigón. Aún más importante: no lo hizo para acallar su soledad o un amor imposible; la madrugada del 25 de octubre de 1938 Storni se arrojó al mar para ahogar el cáncer de mama que la venía aquejando a lo largo de sus últimos tres años de vida. Aunque también influyó su personalidad depresiva y el suicidio de amigos cercanos, como Horacio Quiroga: “Morir como tú, Horacio, en tus cabales/ Y así como en tus cuentos, no está mal. Un rayo a tiempo y se acabó la feria…/ Allá dirán./ Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte/ Que a las espaldas va./ Bebiste bien, que luego sonreías…/ Allá dirán”, escribió Alfonsina en 1936 en un poema dedicado a su amigo acaso como presagio de su propia muerte.

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Otro caso emblemático es el de las desatenciones amorosas del poeta inglés Ted Hughes hacia su esposa (Sylvia Plath) y amante (Asia Wevill). Plath —galardonada con el Premio Pulitzer dos décadas después de su muerte—, además de poseer un talento literario considerable, contaba con un largo historial de depresión e incluso había intentado quitarse la vida a sus 20 años. Apenas 10 años más tarde —el 11 de febrero de 1963— y al poco tiempo de haberse enterado del hasta entonces romance secreto de su marido, esta bellísima poeta estadounidense ingirió una buena dosis de somníferos, dejó un vaso de leche al lado de la cabecera de Frieda y Nicholas —sus dos hijos— antes de sellar la puerta de su dormitorio y bajar hacia la cocina para dejar fluir el gas y descansar su cabeza eternamente dentro del horno. “La mujer alcanzó la perfección./ Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización,/ la apariencia de una necesidad griega/ fluye por los pergaminos de su toga, sus pies desnudos parecen decir,/ hasta aquí hemos llegado, se acabó./ Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,/ uno a cada pequeña jarra de leche ahora vacía./ Ella los ha plegado de nuevo hacia su cuerpo;/ así los pétalos de una rosa cerrada, cuando el jardín se envara/ y los olores sangran de las dulces gargantas/ profundas de la flor de la noche./ La luna no tiene por qué entristecerse,/ mirando con fijeza desde su capucha de hueso./ Está acostumbrada a este tipo de cosas./ Sus negros crepitan y se arrastran”, escribió la joven bostoniana antes de poner a prueba la aparente insensibilidad de la luna.
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El suicidio de Assia Wevill provoca más revuelo que empatía, ya que la amante del poeta inglés se llevó junto con ella —en marzo de 1969— a Shuna, la hija de cuatro años que compartía con Hughes. Wevill entendió que el distanciamiento de Hughes hacia ella estaba relacionado con su relación cuando Plath se suicidó, y que él nunca se casaría con ella. La descorazonada joven alemana lo dijo en la nota de suicidio que dejó a su padre: “Me he mantenido con la esperanza de vivir con Ted, pero esto se ha acabado (…) Nunca podrá haber otro hombre. Nunca”. En una carta dirigida a su amigo Lucas Myers, Hughes confiesa que el suicidio de Plath respondía a sus “decisiones disparatadas”, mientras que la muerte de Wessel era producto de sus “indecisiones disparatadas”.

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El desamor también desempeñó un papel determinante en el suicidio del poeta, narrador, traductor y ensayista italiano Cesare Pavese. “Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada”, advertía Cesare Pavese, quien además fue uno de los editores y fundadores de la editorial Einaudi. La decepción amorosa del traductor de Melville y Hemingway se llamaba Battistina Pizzardo: militante comunista de quien se dice fue la responsable de su arresto debido a las comprometedoras cartas escritas por Altiero Spinelli —miembro del Partido Comunista Italiano, al igual que Pavese, y uno de los propulsores de la actual Unión Europea— desde su celda, las cuales Pavese aceptó recibir en su nombre. La policía del entonces régimen fascista italiano halló la correspondencia en el hogar del escritor y éste fue encarcelado y posteriormente exiliado de Turín para ser confinado a Brancaleone, un pequeño pueblo calabrés. Ya con la devastadora noticia del casamiento de Battistina y poco antes de su regreso a Turín —en 1935—, Cesare se dispone a escribir durante el resto de su vida El oficio de vivir, considerado por algunos como la nota de suicidio más larga jamás escrita. El adiós oficial que dejó Pavese, a sus 42 años, no rebasaba los dos renglones: “Perdono a todos y a todos ofrezco perdón. ¿Está bien? No hagáis demasiados comentarios”. El 27 de agosto de 1950 salió de su casa y se encaminó hacia el hotel Roma de Turín para ingerir una docena de somníferos.

Tortura (“Para hacer un omelette hay que romper unos cuantos huevos”)

abril 10, 2010

Una vez disipado el humo, el nacionalismo atroz y las consignas de guerra, quedaron al desnudo las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Sumando las bajas de los campos de batalla, las muertes de los civiles y las víctimas de la despiadada limpieza étnica ordenada durante el Tercer Reich, cerca de 60 millones de personas perdieron la vida entre 1939 y 1945.
Más allá del ejercicio estadístico, el impacto que esta guerra tuvo sobre la conciencia colectiva respondió al nuevo potencial destructivo alcanzado por el hombre. Nunca antes fue más evidente que la mayor amenaza para el ser humano era él mismo. Así, el 24 de octubre de 1945 los Aliados engendraron a las Naciones Unidas y el 10 de diciembre de 1948, su Asamblea General publicó un documento que debía convertirse en el manual conductivo de todas las naciones: la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH).
A la fecha nos hemos encargado de violar cada uno de los 30 artículos del documento. Más precisamente, el quinto: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”. Paradójicamente, Estados Unidos, “La tierra de los libres”, ha tomado el 11 de Septiembre y el lema de la Guerra Contra el Terrorismo y la Seguridad Nacional como una carta blanca para emplear “cualquier medio necesario” en la recaudación de inteligencia. Según un reportaje publicado en The New York Times en julio de 2008, los métodos de tortura utilizados por la CIA con los “presos secretos” y los prisioneros de Guantánamo son los mismos que los aplicados por los chinos para obtener confesiones de los prisioneros de guerra estadounidenses durante la guerra de Corea; entre otras, la privación del sueño, la prolongación de posiciones incómodas, la exposición a temperaturas extremas, el aislamiento y las amenazas. El gobierno de Bush no sólo comparte el discurso maniqueísta de la Santa Inquisición sino que también se ha inspirado en algunas de sus técnicas, como la “asfixia simulada” o el waterboarding (derramar agua sobre la cabeza del prisionero hasta causar la sensación de ahogo) para emplearlas en Guantánamo. El mandatario saliente de EU justificó abiertamente el uso de este método medieval argumentando que gracias a éste se había logrado salvar muchas vidas. Como dijera Lenin: “Para hacer un omelette hay que romper unos cuantos huevos”.
De este lado de la frontera también se hacen omelettes. En marzo de 2005, Vicente Fox mentía abiertamente ante la audiencia de la ceremonia de “incorporación del Estado mexicano al Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura de Naciones Unidas” cuando aseguraba que en los últimos dos años se había hecho “una sola denuncia de tortura, la cual fue debidamente resuelta y quedó totalmente aclarada la inexistencia de ese señalamiento”. Por alguna razón Fox no reparó en las denuncias que los manifestantes altermundistas tapatíos presentaron ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), en mayo de 2004. En agosto de ese mismo año, el ombudsman nacional y presidente de la CNDH (José Luis Soberanes) hizo público un informe en el que se denunciaba a las autoridades de procuración de justicia y seguridad pública de Jalisco por 78 retenciones ilegales, 70 casos documentados de tratos crueles y degradantes, 70 de incomunicación y seis casos de tortura contra los manifestantes durante la III Cumbre América Latina y El Caribe. Sobra mencionar que los funcionarios en cuestión nunca fueron llevados a juicio.
Los eventos ocurridos en San Salvador Atenco en mayo de 2006 son un ejemplo más. Según Amnistía Internacional: “Todas las 47 mujeres detenidas, como casi el total de las 207 personas detenidas sufrieron tortura u otras formas de maltrato. Sin embargo, los casos más graves son los de las 26 mujeres que presentaron quejas ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos por actos de violencia sexual, incluso violación y otras formas de agresión sexual y violencia, durante su traslado a la cárcel de Santiaguito a manos de los policías estatales. En el reclusorio inicialmente les fue negado el acceso a un tratamiento médico adecuado y la posibilidad de denunciar lo ocurrido. A pesar de evidencia médica que apoya las declaraciones de las mujeres y los testimonios de otros testigos, la investigación llevada a cabo por las autoridades estatales sólo resultó en cargos contra 21 policías. Los tribunales ya han exonerado a 15 de ellos. Sólo seis policías siguen procesados, cinco por abuso de autoridad y uno por actos libidinosos. Estos cargos menores no reflejan la gravedad de los actos de tortura cometidos ni el número de policías y oficiales involucrados directamente, o por negligencia, en estos crímenes.

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La gran cobertura mediática que recibieron estos eventos parece posicionarlos como ejemplos excepcionales, pero la realidad es que la tortura en México se manifiesta de manera frecuente: el sistema jurídico mexicano admite las confesiones bajo tortura como evidencia. Así, ¿qué incentivo puede tener un funcionario público para llevar a cabo una investigación exhaustiva?
De diciembre de 2006 a mayo de 2008 la CNDH recibió más de 250 quejas de maltrato, amenazas e intimidaciones por parte de las autoridades. La Organización de Derechos Humanos señala a los agentes de la Procuraduría General de la República, agentes judiciales de las procuradurías estatales y de la AFI, así como las Autoridades Municipales, los militares y miembros de la Secretaría de Seguridad Pública como los principales agresores en nuestro país. Todos ellos se han dedicado a la tarea de perfeccionar sus métodos para no dejar huella en las víctimas. Entre las técnicas más frecuentes destacan las amenazas, los golpes, los famosos “tehuacanazos”, las humillaciones, las privaciones de necesidades fisiológicas básicas, las asfixias con bolsas de plástico, las posiciones forzadas y la tortura sexual (en el 33 por ciento de las mujeres, según la ODH). “Aquí no están dañando al alcalde, están generando una mala imagen en la ciudad. A mí me vale Wilson lo que digan de mí. Duermo muy bien”, aseguraba en un tono desafiante el alcalde panista Vicente Guerrero Reynoso en respuesta a las críticas recibidas después de los videos que salieron al aire en julio de 2008, en los que se ve cómo agentes del Grupo Especial Táctico (GET) de la Policía Municipal de León, Guanajuato, son entrenados por dos instructores extranjeros en métodos de tortura. Esa misma semana, también en León, se vio a policías utilizando la parte trasera de su camioneta como un cuadrilátero de lucha libre para golpear a un detenido mientras soltaban risitas nerviosas.
El gobierno de Felipe Calderón reconoció durante marzo de 2007 ante la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH) la recurrencia de la tortura en México. Cabe destacar que la gran mayoría de las denuncias van dirigidas en contra de militares. El mandatario mexicano se ha encargado de fortalecer y multiplicar la presencia de este organismo a lo largo de la República a causa de la guerra contra los cárteles del narcotráfico mexicano. Parece un tanto desatinado denunciar y alimentar el mismo fenómeno a la vez. Lo cierto es que siempre y cuando estos crímenes florezcan bajo la cómoda indiferencia institucional, la tortura seguirá siendo parte de nuestro bagaje político. “El gran problema es la impunidad, cuando se puede recurrir a estas prácticas sin riesgo y sin temor a una investigación seria”, decía Theo van Boven (quien formó parte de la ONU como relator especial de la tortura) a propósito del informe que entregó en 2004 sobre los casos de tortura en España, principalmente contra miembros de la ETA. “Si la investigación es llevada a cabo por el mismo organismo que ha violentado los derechos humanos, no basta. Es necesaria siempre una instancia independiente para hacer la investigación […] Las autoridades españolas han rechazado o ignorado todo mi informe, incluidas, claro, sus conclusiones y las recomendaciones”, agregó.
Al igual que las conclusiones de Van Boven, la Declaración Universal de los Derechos Humanos es, en la práctica, ampliamente despreciada por la comunidad internacional. Y es que ¿cómo combatir con palabras un fenómeno que ve en el sufrimiento la única forma posible de diálogo?

Ojo por ojo

abril 3, 2010

¿Qué tal el siguiente como castigo para los terroristas frustrados?: Obligarlos a quitarse los zapatos, el cinturón y a vaciar sus bolsillos en una bandeja de plástico cada media hora ad infinitum. Además, en sus ratos libres, sentarlos frente a una tienda que cobra 6 dólares por una botella de agua y diez más por un sándwich de queso sintético; todo esto mientras que tienen anexado a un agente de seguridad puertorriqueño que busca comprobar la autenticidad de su patriotismo frente a sus superiores anglosajones.